jueves, 19 de febrero de 2015

Darnai



Darnai se asomó a la ventana de su lujoso despacho y observó cómo su hijo jugaba en el jardín. El niño trataba de realizar una carga, armado con un escudo y una espada de madera exquisitamente tallada, cortesía de Nadari, su niñera y uno de los soldados más fiables de su padre.

Nadari era un ser profundamente inquietante. El trauma de recuperar su consciencia y deber reconciliar las atrocidades cometidas como siervo de la plaga, había sido demasiado para su pobre mente, que se había sumido en un estado cercano a la catatonía, desprovisto de cualquier atisbo de moral o sentimentalismo. Únicamente la sacaban de ese estado lamentable tres cosas: la batalla, que tan presente había estado en su vida como forestal, los animales, especialmente la crueldad con ellos, y los niños.

La pobre Gurth´dorei era en el fondo un alma realmente digna de lástima. Durante la batalla experimentaba una lucidez que rozaba la brillantez y demostraba un conocimiento táctico asombroso; ante la crueldad con los animales experimentaba rabia y odio, pero únicamente cuando estaba con niños parecía experimentar algo de felicidad. Era por eso que Darnai y Kyrie la habían acogido en su hogar.

Entrañas no era un lugar en el que los niños abundasen. La mayoría de razas de la Horda la evitaban si podían, y rara vez traían a sus cachorros. Kinay era la excepción: una pequeña excentricidad concedida a uno de sus más eminentes Generales por años de leal servicio. Muchos lo veían como una especie de mascota exótica; el niño elfo de Darnai, un objeto de lujo, como sus muchas armaduras, que simplemente remarcaba su estatus. Para él no era nada de eso.

Darnai soltó una leve carcajada cuando reflexionó sobre eso. En los viejos tiempos nunca se habría considerado un padre. Kinay simplemente había sido el resultado de actos abominables cometidos únicamente por amor a su esposa, y sin embargo, con los años había llegado a querer a aquel niño hasta hacer de su bienestar y protección su máxima prioridad.

Lejos quedaban los años de aventurero descarado que renegaba de servir a nada mayor que a sí mismo. Lejos quedaba la estupidez de la juventud, forjada en cientos de batallas en templanza, sabiduría, y lealtad a una nación que, a pesar de comenzar siendo poco más que un medio para escapar de su pasado como criminal, se había ganado su lealtad, y en pago le había dado todo.

Era por ello que luchaba a día de hoy, por conseguir mantener ese pequeño pedazo de felicidad que otros se empeñaban en negar a los de su raza: La Alianza, despreciables bastardos de doble moral, que habían aceptado a los Caballeros de la Muerte entre sus filas, pero tan sólo unos años antes habían rechazado a los renegados, y decretado que puesto que eran iguales a la Plaga, debían ser destruidos; Los idiotas de Kalimdor, incapaces de ver más allá de sus prejuicios y desconfianza, o los arrogantes elfos, que frecuentemente olvidaban que sin Su Majestad estarían muertos a manos de la Plaga. Razas inferiores, envidiosas de su inmortalidad y empeñadas en convertirles en desgraciados, únicamente para no darse cuenta de su patetismo.

Se dispuso a escupir y maldecir a todos aquellos bastardos, pero se contuvo. No tenía ganas de discutir con Ky si llegara a enterarse. A pesar de que los sirvientes lo limpiasen, diría que aquel comportamiento tabernario era incorrecto en una casa y un mal ejemplo para el niño. En lugar de eso, Darnai pensó en algo más alegre: la caída del Rey Exánime. Uno de sus enemigos, el mayor de su raza, que ya había caído, aunque no sin el valiente sacrificio de todos los que en aquel entonces habían sido sus amigos: Mïna, Valandil, Necro y cientos de leales renegados más habían dado sus vidas por el futuro que hoy él protegía con celo.

Tanto pensar en enemigos y caídos llevó su mente al inevitable recuerdo de Drakaren, el que había sido su mejor amigo y compañero de fatigas desde siempre, hasta que pocos meses atrás fuese despedazado en una emboscada huargen. 

Había hurgado en una herida reciente que aún escocía. Echaba de menos a su amigo y le odiaba, a la vez que se sentía culpable por su sacrificio: décadas de amistad terminadas por una carga suicida, que si bien le habían garantizado una retirada segura, él hubiera preferido tener que abrirse paso con sangre y acero al lado de su amigo; estaba seguro de que lo habrían conseguido. Pero no fue sólo su lealtad lo que llevó a Drak a la muerte: fueron también el  amor y la decepción de ver que su amada había seguido con su vida cuando por fin logró encontrarla en Villadorada, y que había muerto ya en la época en la que Drakaren se hallaba luchando en Rasganorte.

Darnai sacudió la cabeza y murmuró: “Ah, viejo idiota. Siempre fuiste un romántico estúpido. Ojalá ahora la hayas encontrado por fin”.

El General se acercó a un elaborado armario, sacó una botella de bourbon de Costasur y se sirvió un vaso mientras repasaba mentalmente todo lo que podía haber llevado al pobre Drak a ese arrebato de locura. Si de él dependía, procuraría que ninguno de sus hombres pasase por lo mismo. Era su deber cuidar de ellos; la mayoría de los nuevos aún le veían como una figura distante y en cierto modo aterradora, pero con los otros era diferente.

Volvió a echar un vistazo a Nadari, que arremetía con una de sus letales espadas contra el niño, que por acto reflejo, además de bloquear con el escudo, se envolvió en una burbuja protectora. Definitivamente lo estaba haciendo bien. Nadari había mejorado mucho desde que la habían acogido, incluso ocasionalmente hablaba. Y el cabo Joss, la cabo, se corrigió, iba mejorando desde que la reclutase forzosamente. Aún no tenía claro el empeño en hacerse pasar por un chico, pero podía dejarlo correr; había muerto en plena adolescencia, eso debía de ser confuso para ella. Ya maduraría, aunque sabía que, de algún modo, mientras la amiga esa suya siguiera rondando por ahí, eso iba a ser algo más difícil.

A pesar de todo, Joss era una buena muchacha y de fiar. Estaba seguro de podría hacer una buena oficial de ella; tal vez algún día llegase a capitana, aunque lograrlo requeriría tiempo, esfuerzo, y entender algunas de las cosas raras que hacía a veces.

-¿En qué piensas, querido? - La voz dulce de su esposa llegó desde la puerta del despacho.

-Nada, recordaba viejos tiempos y a algunos de los muchachos.- Darnai sonrió con tristeza y se acercó a su mujer, a la que besó con ternura.

-Yo también los echo de menos a veces. Pero debemos seguir adelante y hacer que sus vidas hayan servido para algo.

-Lo sé. Ven, vamos abajo, acabo de ver a Kinay invocar una burbuja protectora. A ver si puede repetirlo.

-¡Qué bien! Será sacerdote como mamá. – La guapa muerta pelirroja sonrió, orgullosa de su hijo.

- No si yo puedo evitarlo. Ese niño aprenderá a blandir espadas y usar escudos como que me llamo Darnai. A fin de cuentas, él es el futuro.

2 comentarios:

  1. ¡Por fin noticias de mis muertos favoritos! ^_^ Me quedo con ganas de saber más.

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  2. Pues no lo creo, últimamente Darnai vive una cómoda vida de funcionario. Va de casa al cuartel y del cuartel pa casa, un día de estos hasta se jubila y tó!

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