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miércoles, 23 de marzo de 2016

El Heredero Cap. 7

Capitulo 7- Llamamiento

Imperialdra se dirigió hacia la calle donde se hallaban las grandes casas sobrevivientes a la destrucción de Lunargenta. Nunca le habían llamado la atención aquellas casas. Siempre había pensado que los ricos y nobles eran una panda de arrogantes egocéntricos y de hecho; todos los que había conocido, en su mayoría protectores, miraban por encima del hombro a sus compañeros como perdonándoles la vida por tener que molestarse en protegerlos.

Pero Yuhe era muy diferente. Siempre dispuesto a servir y proteger a cualquiera que lo necesitase sin pedir nada a cambio. Nunca se habría imaginado que había crecido en una mansión con sirvientes si él no se lo hubiera dicho.

Sonrió como una niña pequeña al sentir el hormigueo que le recorría el estomago cada vez que pensaba en él. Estaba deseando verle de nuevo. Aflojó el paso y empezó a dudar, quizás era demasiado descarado presentarse en su casa, al fin y al cabo hacía poco que pertenecía a su escuadrón. “pero soy la sanadora, es normal que me interese por su recuperación” se convenció a sí misma y retomó el paso, dobló la esquina. Allí estaba la vieja mansión con el escudo de los Runaplata labrado en piedra sobre el dintel.
Reconoció al mensajero oficial que estaba entregando correo en la puerta. Conocía a la mujer personalmente, era una vieja amiga de su tía.

-¿¡Cómo estás ni niña?!- la mujer le dio un cariñoso abrazo.- Perdona que no haya ido a verte pero he estado de lo más atareada con tanto comunicado oficial. La cosa anda muy revuelta y las noticias de Tierras Devastadas no son buenas. Lord Theron ha llamado a todos sus consejeros. Ves esa casa de ahí-señaló la mansión Runaplata sin parar de hablar- ahí vive un pez gordo del consejo arcano. Dicen que es el mayor experto en cosas de demonios. Yo digo que es un viejo brujo de lo más estirado y desagradable. ¡Nada que ver con su hermano Koga! Yo le conocí ¿Sabes? Su hermano sí que era un encanto ¡Y muy guapo! ¡Guapísimo! - la mensajera dio un profundo suspiro. Imperialdra no tuvo muy claro si era por recordar un amor de juventud o porque necesitaba aire para seguir hablando. -Tu madre sirvió en su batallón ¿lo sabías? Seguro conoces a su hijo. ¿No le conoces? Tiene tu edad. Un muchacho moreno, muy atractivo. Seguro que le conoces. ..

Mientras la cartera seguía con su retahíla algo llamó la atención de la paladina. Un cuervo negro se posó sobre el escudo de piedra de la mansión. El pájaro no era de la fauna autóctona, tenía que ser compañero de algún cazador. Una figura cubierta de pies a cabeza con una raída capa de cuero se detuvo al pié de la escalera seguido de un enorme lobo gris.

-Botas gruesas, gastadas y polvorientas, paso firme. Un explorador – Pensó Impe. Si por algo era una excelente sanadora era por su gran capacidad de observación.

La puerta se abrió lentamente y de ella salió un hombre pelirrojo, que por su vestimenta tenía más pinta de truhan que de noble. Entregó al hombre de la capa lo que parecían unas páginas enrolladas, murmuró algo y el otro asintió. Ambos se marcharon cada uno por donde había venido.

……a tu orden. Y hablando de orden, ahora que lo mencionas-La señora cartera que no había dejado de hablar rebuscó en su zurrón.- También hay un llamamiento para los caballeros de sangre.
 Impe cogió la carta sin prestar atención. La escena de la escalera le había resultado tan extraña que se sentía desconcertada. No era porque los dos hombres la habían mirado directamente a ella por un instante. Si no por el color de ojos del encapuchado.

-o-

“…y a pesar de estar sellado en mi interior siento como lucha por abrirse camino hacia mi conciencia. Mi voluntad es fuerte, cada vez estoy más cerca de hallar el modo de deshacer esta maldición.
Mi investigación me ha traído hasta Rasganorte. Aquí es muy probable que… “

Era la última anotación del diario, las siguientes páginas estaban arrancadas y el resto en blanco. Eray las pasó frenética, no había nada más escrito. Lo cerró de golpe. Nunca se había sentido tan impotente y frustrada. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos.

-¿Que se me escapa?- Se repetía una y otra vez- ¿Qué salió mal?

Pensar que la muerte de Koga había sido en vano dolía demasiado, sin embargo era evidente que el demonio dominaba a voluntad la conciencia de su padre. ¿Les había estado engañando y riéndose de ellos todos estos años? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Yuhe? ¿Había dejado Koga algo en herencia a su hijo? ¿Algo que Razíd ansiaba y no podía tocar? Entonces tendría algo de sentido haberle nombrado heredero pero...no, era absurdo. Koga murió sin saber de la existencia de su hijo. No lo sabía.

Eray quedó pensativa unos minutos y de repente la luz se hizo en su cabeza. Se puso en pié impulsada como por un resorte. - ¡Eso es! ¡No lo sabía!-Tenía que hablar con Yuhe y contarle toda la verdad sobre su padre.- Koga nunca supo que su mujer dio a luz. La maldición...

La puerta se cerró de golpe. Una figura voluptuosa empezó a tomar forma delante de la puerta.

-¿¿La súcubo de mi padre??- Zerth jamás invocaba demonios dentro de la casa excepto en su laboratorio. Algo iba condenadamente mal.- ¡Déjame pasar demonio!

La súcubo se recostó contra la puerta y se estrujó los pechos de forma lasciva – solo obedezco al maestro.

-No puedes impedirme salir.

- Claro que no querida pero tú no quieres salir, tú lo que quieres es dormir.- La súcubo hizo un gesto con su mano y un enorme sopor invadió a la sacerdotisa. Solo le dio tiempo de agarrarse al brazo del sillón antes de caer en él profundamente dormida.

Yuhe se dirigía al pequeño despacho donde el ama le había dicho que encontraría a su tata para despedirse de ella. La puerta cerrada le frenó en seco. Era extraño. Si mal no recordaba, aquella puerta no tenía cerrojo. Volvió a forcejear con la puerta y finalmente consiguió abrirla. Tendría que pedir que la revisaran.

Eray estaba dormida en un sillón con un libro en su regazo. Yuhe se agachó para ponerse a su altura, le cogió la mano y observó su dulce rostro en el que empezaban a marcarse las arrugas. El paladín la beso en la frente y se despidió con tristeza. Era la peor parte de la vida que había elegido: estar lejos de la familia.


-o-

jueves, 3 de diciembre de 2015

El heredero. Cap 6

Notas: Este capítulo no lo he escrito yo, lo ha escrito Alexjandro. En principio iban a ser un relato conjunto pero por circunstancias él no lo puede seguir así que dejo aquí su contribución.

Capítulo 6. La sanadora.

-Mamá, ¡vamos a jugar con la magia! ¡Enséñame ese hechizo de magia sagrada otra vez por favor! - decía la pequeña elfa entusiasmada.

La madre de la pequeña la miró sonriendo, cerró los ojos, extendió los brazos en cruz para un instante después juntar las manos a modo de rezo. Inmediatamente de las mismas salió un resplandor de luz que se extendió poco a poco. La niña miraba cómo su madre conjuraba el hechizo, mientras la luz dorada la rodeaba y  su pelo se elevaba y movía, como si una agradable brisa soplara alrededor de ellas. Al instante la pequeña sentía una reconfortante y cálida sensación. No era sólo por aquel hechizo de magia sagrada; era también por el amor con el que su madre lo hacía. Y ese amor deja una marca, la cual no se puede ver.

La mujer, de cabello largo dorado, con una tiara plateada en la cabeza y de una belleza sin precedentes, acarició el rostro de su pequeña hija, mientras la miraba sonriendo.

-Mamá, ¿a que siempre vas a estar conmigo? ¡Y seremos amigas para siempre y siempre estaremos juntas! ¿A que sí mamá? - Agarró la mano de su madre mientras ambas se miraban y sonreían.

Las dos se encontraban en un hermoso paisaje, en el Bosque Canción Eterna, rodeadas de flores y árboles. De repente, todo ese bosque desapareció para dejar paso a la nada, un mundo todo blanco sin vida, sin nada alrededor, nada mas que la nada. La niña asustada miró y se aferró a su madre, la cual sin motivo empezó a retirarse de su hija. Esta no podía evitarlo ni comprenderlo. Era una extraña fuerza que tiraba de su madre. La pequeña sin poder hacer nada perdió las fuerzas y acabó soltando a su madre, la cual se alejaba mirándola, como levitando por el suelo sin que ella pudiera hacer nada. La niña comenzó a llorar mientras veía a su madre irse de su lado, alejándose, cada vez más lejos.

-Mamá... hasta siempre, te echaré de menos. - Entre sollozos comprendió al fin que estaba sola...

-o-

La joven elfa se despertó de golpe. Hacía mucho que no soñaba con su madre, casi desde que era pequeña. Solo había soñado con su madre un par de veces más.

-Imperialdra, ven a desayunar. - Se oyó desde afuera de la alcoba. La joven elfa, se levantó de su cama, se acercó a la ventana y contempló por un instante la bella ciudad de Lunargenta.

-Ya voy. - Respondió. Y la elfa acudió a la llamada.

-¿Qué te pasa querida? Pareces disgustada. - Le preguntó una mujer elfa de avanzada edad.

-Estoy bien tía, nada en especial. - Imperialdra tenía gesto serio y decaído.

-Te pasa algo, venga cuéntaselo a tu tía. - La joven se sentó en una silla para comer junto a su tía.

-He soñado con mi madre. - dijo con rostro alicaído. - La echo de menos.

-Ella estaría orgullosa de ti. - La cogió de la mano y la miró a los ojos. -Sé que te lo he dicho ya unas cuantas veces, pero cómo te pareces a ella. Eres la viva imagen de tu madre...

La madre de Imperialdra murió cuando ella era pequeña. Era sacerdotisa, en una orden que protegía a los más desfavorecidos de las batallas. Se dedicaba a sanar las heridas de los soldados. Era una mujer buena, noble y desinteresada. Imperialdra guarda un grato recuerdo de ella; cuando pasaban tiempo juntas, cuando le enseñaba los hechizos de sanación, jugar con la magia como lo llamaba ella de pequeña, y de su gran belleza. Imperialdra siempre quiso ser como ella. Ya desde muy joven comenzó a tener un gran manejo de los hechizos de magia sagrada que su madre le había mostrado y enseñado desde que era muy pequeña. Ahora es una gran sanadora y miembro conocida y respetada en la Orden de los Caballeros de Sangre, al servicio de la Horda, los cuales salieron victoriosos hace poco en el Asedio de Orgrimmar. Impe, como la conocen en su grupo, siempre quiso aprender a manejar este tipo de magia, la magia Sagrada, desde que su madre le mostró este camino, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Impe recuerda estas palabras que le dijo su madre prácticamente a diario. También tiene un extraordinario manejo de las armas para el combate, se preparó y entrenó durante años para conseguir la agilidad y destreza que ahora posee. La motivación para entrenarse en el arte de combatir le viene de su padre, un elfo alto, fuerte y valeroso, que cayó en batalla al servicio de la Horda, también cuando era muy pequeña. Al quedarse huérfana, su tía, una hermana de su padre, se hizo cargo de ella.

-Hoy te has levantado tarde. - Le dijo su tía. - Supongo que aún estarás cansada de la última batalla y del viaje de regreso.

-Si, la sanación es una magia que no todo el mundo puede ni sabe manejar. Conlleva mucho gasto de energía y te acaba agotando. Sacas parte del poder que llevas dentro para dárselo a tus compañeros en forma de vida y energía. Eso es la magia sagrada. - Se acordaba de su madre al decirle estas palabras a su tía. - Hubo muchos heridos en batalla, entre ellos mis compañeros, pero son duros de pelar.

Hacía tiempo ya que Impe había vuelto a su casa de Lunargenta. Decidió ingresar en la orden de los Caballeros de Sangre, por sus padres, un valeroso guerrero y formidable espadachín y una bondadosa y noble sacerdotisa sanadora. Tenía que honrar la memoria de ambos, por todo lo que ellos le transmitieron desde que nació, lealtad y un gran sentido de la justicia, y que de alguna manera ellos estuvieran orgullosos de ella. En lo que Imperialdra se parecía a su padre era en que como él, tenía una mirada llena de sentido de la justicia. Acabaron de comer.

-Ahora que recuerdo, esta mañana creo haber visto a uno de tus compañeros de armas. Parecía un poco nervioso. Llevaba una espada y un escudo, de pelo oscuro con una coleta.

-Así es, es uno de mis compañeros. - Los labios de Impe se movieron ligeramente, esbozando una leve sonrisa. - Yuhe, uno de nuestros protectores, estamos en el mismo grupo, le he sanado unas cuantas veces. -La tía se río ligeramente. - Es un valeroso paladín, aunque de pocas palabras...

-Y guapo por lo que veo. - Dijo su tía sin pensarlo con un cierto tono de indirecta, mientras escuchaba y observaba a su sobrina.

-¿Pero qué cosas dices tía? - Al instante Impe se puso roja. - Sólo es un compañero de armas, nada más.

-Yo diría por la leve sonrisilla que se te escapó antes, que la vi, y por lo roja que te has puesto cuando he dicho que era guapo, te gusta un poco, ¿no crees?

-Yo me centro en las batallas y en sanar a mi grupo tía, no puedo desconcentrarme ni pensar en otra cosa, nuestra vidas dependen de ello, ¿sabes? - Impe quiso zanjar rápido el tema para que su tía no le preguntara más. De repente se acordó de lo que hace un momento le había dicho su tía. -Ahora que lo pienso, dijiste que le viste un tanto nervioso, ¿no? - La elfa asintió con la cabeza. - En un rato vengo.

Imperialdra se preparó y salió de la casa, pensativa. No sabía si era por una nueva amenaza de guerra, o por algo que le pasara a su compañero por la cabeza, o quien sabe si por ella… Impe para despejar la duda, se dirigió a ver a su compañero para preguntarle.

-o-