Mostrando entradas con la etiqueta Yuhe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Yuhe. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2016

El Heredero Cap. 7

Capitulo 7- Llamamiento

Imperialdra se dirigió hacia la calle donde se hallaban las grandes casas sobrevivientes a la destrucción de Lunargenta. Nunca le habían llamado la atención aquellas casas. Siempre había pensado que los ricos y nobles eran una panda de arrogantes egocéntricos y de hecho; todos los que había conocido, en su mayoría protectores, miraban por encima del hombro a sus compañeros como perdonándoles la vida por tener que molestarse en protegerlos.

Pero Yuhe era muy diferente. Siempre dispuesto a servir y proteger a cualquiera que lo necesitase sin pedir nada a cambio. Nunca se habría imaginado que había crecido en una mansión con sirvientes si él no se lo hubiera dicho.

Sonrió como una niña pequeña al sentir el hormigueo que le recorría el estomago cada vez que pensaba en él. Estaba deseando verle de nuevo. Aflojó el paso y empezó a dudar, quizás era demasiado descarado presentarse en su casa, al fin y al cabo hacía poco que pertenecía a su escuadrón. “pero soy la sanadora, es normal que me interese por su recuperación” se convenció a sí misma y retomó el paso, dobló la esquina. Allí estaba la vieja mansión con el escudo de los Runaplata labrado en piedra sobre el dintel.
Reconoció al mensajero oficial que estaba entregando correo en la puerta. Conocía a la mujer personalmente, era una vieja amiga de su tía.

-¿¡Cómo estás ni niña?!- la mujer le dio un cariñoso abrazo.- Perdona que no haya ido a verte pero he estado de lo más atareada con tanto comunicado oficial. La cosa anda muy revuelta y las noticias de Tierras Devastadas no son buenas. Lord Theron ha llamado a todos sus consejeros. Ves esa casa de ahí-señaló la mansión Runaplata sin parar de hablar- ahí vive un pez gordo del consejo arcano. Dicen que es el mayor experto en cosas de demonios. Yo digo que es un viejo brujo de lo más estirado y desagradable. ¡Nada que ver con su hermano Koga! Yo le conocí ¿Sabes? Su hermano sí que era un encanto ¡Y muy guapo! ¡Guapísimo! - la mensajera dio un profundo suspiro. Imperialdra no tuvo muy claro si era por recordar un amor de juventud o porque necesitaba aire para seguir hablando. -Tu madre sirvió en su batallón ¿lo sabías? Seguro conoces a su hijo. ¿No le conoces? Tiene tu edad. Un muchacho moreno, muy atractivo. Seguro que le conoces. ..

Mientras la cartera seguía con su retahíla algo llamó la atención de la paladina. Un cuervo negro se posó sobre el escudo de piedra de la mansión. El pájaro no era de la fauna autóctona, tenía que ser compañero de algún cazador. Una figura cubierta de pies a cabeza con una raída capa de cuero se detuvo al pié de la escalera seguido de un enorme lobo gris.

-Botas gruesas, gastadas y polvorientas, paso firme. Un explorador – Pensó Impe. Si por algo era una excelente sanadora era por su gran capacidad de observación.

La puerta se abrió lentamente y de ella salió un hombre pelirrojo, que por su vestimenta tenía más pinta de truhan que de noble. Entregó al hombre de la capa lo que parecían unas páginas enrolladas, murmuró algo y el otro asintió. Ambos se marcharon cada uno por donde había venido.

……a tu orden. Y hablando de orden, ahora que lo mencionas-La señora cartera que no había dejado de hablar rebuscó en su zurrón.- También hay un llamamiento para los caballeros de sangre.
 Impe cogió la carta sin prestar atención. La escena de la escalera le había resultado tan extraña que se sentía desconcertada. No era porque los dos hombres la habían mirado directamente a ella por un instante. Si no por el color de ojos del encapuchado.

-o-

“…y a pesar de estar sellado en mi interior siento como lucha por abrirse camino hacia mi conciencia. Mi voluntad es fuerte, cada vez estoy más cerca de hallar el modo de deshacer esta maldición.
Mi investigación me ha traído hasta Rasganorte. Aquí es muy probable que… “

Era la última anotación del diario, las siguientes páginas estaban arrancadas y el resto en blanco. Eray las pasó frenética, no había nada más escrito. Lo cerró de golpe. Nunca se había sentido tan impotente y frustrada. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos.

-¿Que se me escapa?- Se repetía una y otra vez- ¿Qué salió mal?

Pensar que la muerte de Koga había sido en vano dolía demasiado, sin embargo era evidente que el demonio dominaba a voluntad la conciencia de su padre. ¿Les había estado engañando y riéndose de ellos todos estos años? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Yuhe? ¿Había dejado Koga algo en herencia a su hijo? ¿Algo que Razíd ansiaba y no podía tocar? Entonces tendría algo de sentido haberle nombrado heredero pero...no, era absurdo. Koga murió sin saber de la existencia de su hijo. No lo sabía.

Eray quedó pensativa unos minutos y de repente la luz se hizo en su cabeza. Se puso en pié impulsada como por un resorte. - ¡Eso es! ¡No lo sabía!-Tenía que hablar con Yuhe y contarle toda la verdad sobre su padre.- Koga nunca supo que su mujer dio a luz. La maldición...

La puerta se cerró de golpe. Una figura voluptuosa empezó a tomar forma delante de la puerta.

-¿¿La súcubo de mi padre??- Zerth jamás invocaba demonios dentro de la casa excepto en su laboratorio. Algo iba condenadamente mal.- ¡Déjame pasar demonio!

La súcubo se recostó contra la puerta y se estrujó los pechos de forma lasciva – solo obedezco al maestro.

-No puedes impedirme salir.

- Claro que no querida pero tú no quieres salir, tú lo que quieres es dormir.- La súcubo hizo un gesto con su mano y un enorme sopor invadió a la sacerdotisa. Solo le dio tiempo de agarrarse al brazo del sillón antes de caer en él profundamente dormida.

Yuhe se dirigía al pequeño despacho donde el ama le había dicho que encontraría a su tata para despedirse de ella. La puerta cerrada le frenó en seco. Era extraño. Si mal no recordaba, aquella puerta no tenía cerrojo. Volvió a forcejear con la puerta y finalmente consiguió abrirla. Tendría que pedir que la revisaran.

Eray estaba dormida en un sillón con un libro en su regazo. Yuhe se agachó para ponerse a su altura, le cogió la mano y observó su dulce rostro en el que empezaban a marcarse las arrugas. El paladín la beso en la frente y se despidió con tristeza. Era la peor parte de la vida que había elegido: estar lejos de la familia.


-o-

jueves, 3 de diciembre de 2015

El heredero. Cap 6

Notas: Este capítulo no lo he escrito yo, lo ha escrito Alexjandro. En principio iban a ser un relato conjunto pero por circunstancias él no lo puede seguir así que dejo aquí su contribución.

Capítulo 6. La sanadora.

-Mamá, ¡vamos a jugar con la magia! ¡Enséñame ese hechizo de magia sagrada otra vez por favor! - decía la pequeña elfa entusiasmada.

La madre de la pequeña la miró sonriendo, cerró los ojos, extendió los brazos en cruz para un instante después juntar las manos a modo de rezo. Inmediatamente de las mismas salió un resplandor de luz que se extendió poco a poco. La niña miraba cómo su madre conjuraba el hechizo, mientras la luz dorada la rodeaba y  su pelo se elevaba y movía, como si una agradable brisa soplara alrededor de ellas. Al instante la pequeña sentía una reconfortante y cálida sensación. No era sólo por aquel hechizo de magia sagrada; era también por el amor con el que su madre lo hacía. Y ese amor deja una marca, la cual no se puede ver.

La mujer, de cabello largo dorado, con una tiara plateada en la cabeza y de una belleza sin precedentes, acarició el rostro de su pequeña hija, mientras la miraba sonriendo.

-Mamá, ¿a que siempre vas a estar conmigo? ¡Y seremos amigas para siempre y siempre estaremos juntas! ¿A que sí mamá? - Agarró la mano de su madre mientras ambas se miraban y sonreían.

Las dos se encontraban en un hermoso paisaje, en el Bosque Canción Eterna, rodeadas de flores y árboles. De repente, todo ese bosque desapareció para dejar paso a la nada, un mundo todo blanco sin vida, sin nada alrededor, nada mas que la nada. La niña asustada miró y se aferró a su madre, la cual sin motivo empezó a retirarse de su hija. Esta no podía evitarlo ni comprenderlo. Era una extraña fuerza que tiraba de su madre. La pequeña sin poder hacer nada perdió las fuerzas y acabó soltando a su madre, la cual se alejaba mirándola, como levitando por el suelo sin que ella pudiera hacer nada. La niña comenzó a llorar mientras veía a su madre irse de su lado, alejándose, cada vez más lejos.

-Mamá... hasta siempre, te echaré de menos. - Entre sollozos comprendió al fin que estaba sola...

-o-

La joven elfa se despertó de golpe. Hacía mucho que no soñaba con su madre, casi desde que era pequeña. Solo había soñado con su madre un par de veces más.

-Imperialdra, ven a desayunar. - Se oyó desde afuera de la alcoba. La joven elfa, se levantó de su cama, se acercó a la ventana y contempló por un instante la bella ciudad de Lunargenta.

-Ya voy. - Respondió. Y la elfa acudió a la llamada.

-¿Qué te pasa querida? Pareces disgustada. - Le preguntó una mujer elfa de avanzada edad.

-Estoy bien tía, nada en especial. - Imperialdra tenía gesto serio y decaído.

-Te pasa algo, venga cuéntaselo a tu tía. - La joven se sentó en una silla para comer junto a su tía.

-He soñado con mi madre. - dijo con rostro alicaído. - La echo de menos.

-Ella estaría orgullosa de ti. - La cogió de la mano y la miró a los ojos. -Sé que te lo he dicho ya unas cuantas veces, pero cómo te pareces a ella. Eres la viva imagen de tu madre...

La madre de Imperialdra murió cuando ella era pequeña. Era sacerdotisa, en una orden que protegía a los más desfavorecidos de las batallas. Se dedicaba a sanar las heridas de los soldados. Era una mujer buena, noble y desinteresada. Imperialdra guarda un grato recuerdo de ella; cuando pasaban tiempo juntas, cuando le enseñaba los hechizos de sanación, jugar con la magia como lo llamaba ella de pequeña, y de su gran belleza. Imperialdra siempre quiso ser como ella. Ya desde muy joven comenzó a tener un gran manejo de los hechizos de magia sagrada que su madre le había mostrado y enseñado desde que era muy pequeña. Ahora es una gran sanadora y miembro conocida y respetada en la Orden de los Caballeros de Sangre, al servicio de la Horda, los cuales salieron victoriosos hace poco en el Asedio de Orgrimmar. Impe, como la conocen en su grupo, siempre quiso aprender a manejar este tipo de magia, la magia Sagrada, desde que su madre le mostró este camino, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Impe recuerda estas palabras que le dijo su madre prácticamente a diario. También tiene un extraordinario manejo de las armas para el combate, se preparó y entrenó durante años para conseguir la agilidad y destreza que ahora posee. La motivación para entrenarse en el arte de combatir le viene de su padre, un elfo alto, fuerte y valeroso, que cayó en batalla al servicio de la Horda, también cuando era muy pequeña. Al quedarse huérfana, su tía, una hermana de su padre, se hizo cargo de ella.

-Hoy te has levantado tarde. - Le dijo su tía. - Supongo que aún estarás cansada de la última batalla y del viaje de regreso.

-Si, la sanación es una magia que no todo el mundo puede ni sabe manejar. Conlleva mucho gasto de energía y te acaba agotando. Sacas parte del poder que llevas dentro para dárselo a tus compañeros en forma de vida y energía. Eso es la magia sagrada. - Se acordaba de su madre al decirle estas palabras a su tía. - Hubo muchos heridos en batalla, entre ellos mis compañeros, pero son duros de pelar.

Hacía tiempo ya que Impe había vuelto a su casa de Lunargenta. Decidió ingresar en la orden de los Caballeros de Sangre, por sus padres, un valeroso guerrero y formidable espadachín y una bondadosa y noble sacerdotisa sanadora. Tenía que honrar la memoria de ambos, por todo lo que ellos le transmitieron desde que nació, lealtad y un gran sentido de la justicia, y que de alguna manera ellos estuvieran orgullosos de ella. En lo que Imperialdra se parecía a su padre era en que como él, tenía una mirada llena de sentido de la justicia. Acabaron de comer.

-Ahora que recuerdo, esta mañana creo haber visto a uno de tus compañeros de armas. Parecía un poco nervioso. Llevaba una espada y un escudo, de pelo oscuro con una coleta.

-Así es, es uno de mis compañeros. - Los labios de Impe se movieron ligeramente, esbozando una leve sonrisa. - Yuhe, uno de nuestros protectores, estamos en el mismo grupo, le he sanado unas cuantas veces. -La tía se río ligeramente. - Es un valeroso paladín, aunque de pocas palabras...

-Y guapo por lo que veo. - Dijo su tía sin pensarlo con un cierto tono de indirecta, mientras escuchaba y observaba a su sobrina.

-¿Pero qué cosas dices tía? - Al instante Impe se puso roja. - Sólo es un compañero de armas, nada más.

-Yo diría por la leve sonrisilla que se te escapó antes, que la vi, y por lo roja que te has puesto cuando he dicho que era guapo, te gusta un poco, ¿no crees?

-Yo me centro en las batallas y en sanar a mi grupo tía, no puedo desconcentrarme ni pensar en otra cosa, nuestra vidas dependen de ello, ¿sabes? - Impe quiso zanjar rápido el tema para que su tía no le preguntara más. De repente se acordó de lo que hace un momento le había dicho su tía. -Ahora que lo pienso, dijiste que le viste un tanto nervioso, ¿no? - La elfa asintió con la cabeza. - En un rato vengo.

Imperialdra se preparó y salió de la casa, pensativa. No sabía si era por una nueva amenaza de guerra, o por algo que le pasara a su compañero por la cabeza, o quien sabe si por ella… Impe para despejar la duda, se dirigió a ver a su compañero para preguntarle.

-o-









martes, 14 de julio de 2015

El heredero Cap. 5

Nota del autor: Iba a escribir otros capítulos más para aclarar ciertos puntos pero suponía explicar las motivaciones y conclusiones de otros personajes  enredando y alargando demasiado la cosa. Así que cedo ya el turno a mi compi de aventuras para que siga la trama. Si alguien está leyendo la historia y le interesa saber algo que se le escape se agradece el comentario.

Cap. 5: Koga.

El pequeño destacamento se preparaba minuciosamente para el asalto. Aunque eran los mejores del torneo Argenta sabían que la misión que tenían por delante era peligrosa y no todos volverían.

Koga se recogió la larga melena rojiza en una coleta alta. Comenzó a vestirse con su pesada armadura mientras rezaba en la soledad de su tienda de campaña. Rezaba a la luz, a los ancestros, a los dioses antiguos y a cualquier ente celestial que quisiera escuchar su ruego.

Todos decían que era un valiente, un héroe, pero la cruda realidad era que le aterraba volver a Corona de hielo y lo que allí le esperaba. El corazón le iba a cien y le templaban las manos. No había vuelta atrás se repetía una y otra vez.

Abandonó la tienda y fue en busca de su sobrina Eray. La joven sacerdotisa deambulaba  visiblemente nerviosa, era la primera vez que iba a ejercer de sanadora en un combate.

-¿Estas lista?- Le preguntó el paladín cuando se reunieron. La cogió por los hombros y la miró directa a los ojos. - Prométeme que harás lo que te dije. Júrame por lo más sagrado que pase lo que pase lo harás.

- No te fallaré. Lo juro- a la joven sacerdotisa le falló la voz.

-o-

Los sonidos de la batalla lejana se extendían por los amplios pasillos de la ciudadela helada. El grupo de Koga se había separado del resto del destacamento con la misión de liberar a los prisioneros de las mazmorras. A pesar de sufrir importantes bajas el maltrecho grupo escoltaba a los liberados a lugar seguro.

Koga hizo una señal a Eray. Se fue quedando rezagado separándose del grupo. Se desvió por un largo pasillo. Miró varias veces hacia atrás. No había indicios de que la sacerdotisa le estuviese siguiendo. Maldijo.

Deambuló por las estancias vacías. Tarde o temprano el demonio saldría a su encuentro, sabía que él estaba allí. Lo que no esperaba es que llevase a la joven sacerdotisa como rehén.

- Suéltala. Esto es entre tú y yo.

Koga sostenía la espada en alto amenazando a su adversario. El demonio se rascó la perilla en un gesto despreocupado.

-No voy a perder el tiempo luchando contigo. La cuestión es mucho más simple paladín y lo sabes. Me sellaste en el cuerpo de tu hermano. Tu alma es la llave para liberarme de este débil cuerpo mortal y recuperar mi poder. Dame lo que quiero o mato a esta preciosa niña.- Le apretó con fuerza el cuello por donde la sujetaba- Puedo ser más persuasivo con tu mujer. Cuando acabe con ella su alma no tendrá un cuerpo al que volver, también mataré tu hermana y sus adorables gemelos.

El paladín cerró los ojos por un instante rogando a la luz sagrada que le diese fuerzas.

- Si me entrego… ¿Qué me garantiza que liberaras el alma de mi hermano y no harás daño a ninguna de ellas?

El demonio ladeó la cabeza y sonrió- Nada.

Koga bajó la espada. Miró a Eray, vio la suplica en sus ojos.

- Hagamos un trato. Júrame que jamás harás daño a mi familia, Un juramento arcano y yo haré un juramento sagrado.

- ¡Está bien paladín testarudo!- Exclamó el demonio exasperado-Primero tú.

Koga hincó una rodilla se apoyó en su espada- Juro por la luz, lo más sagrado y por mi honor que después de que pronuncies el juramento arcano podrás hacer conmigo lo que quieras.

El demonio trazó unos símbolos en el aire. La atmosfera vibró – Que las fuerzas arcanas impidan que dañe a nadie que lleve el nombre de la casa Runaplata. Excepto al paladín aquí presente.-liberó a la muchacha del hechizo de inmovilidad que cayó de rodillas al suelo jadeando.

El paladín apretó la empuñadura de su espada para que no le temblara el pulso. Una vez más suplico en silencio el perdón. Bajo la mirada y tomó aire. Con un giro rápido de muñeca apoyo el filo de su hoja en el cuello y dio un enérgico tirón.

Sintió el agudo dolor y la calidez que brotaba de su cuello, luego las voces los sollozos quedaban muy lejos. Se le nubló la vista. Le fallaron las rodillas y cayó al suelo. La oscuridad le envolvió.

 -¡¡Venga hombre!! ¡¡No fastidies!!- el demonio levantó los brazos desconcertado e irritado. Era algo impensable que un protector de lo más sagrado como era la vida rompiera su juramento y cometiera tal sacrilegio contra la suya propia. Estaba furioso, el maldito paladín se la había jugado.

Koga se encontró mirando al suelo donde yacía su cuerpo en un charco de sangre. A su lado estaba Eray, una luz blanca y pura. Lagrimas de luz se desprendían de ella. Intentaba resucitarle. No podía saber que a las almas de los suicidas no se les permitía volver.

Tras ella había una extraña nebulosa de luz con infinidad de formas y colores. Supo lo que aquel demonio era en realidad. De súbito la nube se abalanzó sobre él. No pudo tocarle, ahora era un alma desterrada. La extraña niebla vibraba y se retorcía rabiosa. No había sonidos en aquel mundo difuso. Los labios de la sacerdotisa se movían entonaban el salmo que él le había enseñado. Encerraría para siempre a aquel ente devorador de almas a lo más profundo del subconsciente de Zerth.

La nube se condensó y su forma se definió en la conocida silueta de su hermano. Los colores se arremolinaron en su interior. Este extendió la mano hacia el cuerpo inerte de Koga y una luz mortecina se desprendió cubriendo su cadáver. El cuerpo se movió, al poco rato se incorporó.

¿Para qué animar aquella cascara vacía carente de alma? Koga no se sorprendió. Ya no sentía temor, ni alegría, ni desesperación ni nada. Solo sentía que había llegado el momento de marcharse.

-o-

martes, 7 de julio de 2015

El heredero Cap.4

Cap. 4

Elección.

Dhante contaba las monedas de oro mientras pasaba por la galería ajardinada. Al otro extremo se encontraba Yuhe sentado en un banco y cabizbajo.

- El titulo de heredero parece que no te ha sentado muy bien muchacho- Dhante se sentó a su lado y encendió su pipa.

El joven paladín se echó hacia atrás y se pasó las manos por el pelo, resopló. No dejaba de darle vueltas a la cabeza.

- Esto es absurdo. No sé en qué piensa el tío. Toda la vida insistiendo en que me labrara una carrera militar y ahora quiere que lo deje para ocuparme de toda la familia. -protestó - Empiezo a cansarme de que haga lo que haga, nunca estoy a la altura.

Dhante soltó una bocanada de humo

- Entiendo. Imagino que no es fácil ser el hijo de un héroe de Rasganorte pero no creo que sea por eso Yu. No olvides que las leyendas son solo eso: leyendas. Y como dijo el poeta: “De lo que ves créete la mitad. Lo que no ves no te creas nada" No te empeñes en ser alguien quien no eres solo para contentar a los demás.-Dio una calada a la pipa - Quizás sea hora de dejar de ser "el hijo de" y empezar a ser egoísta.

- No quisiera verme obligado a dejar la orden de los caballeros de sangre - se cruzó de brazos. Miro al suelo.

- Acabas de decir que estar harto de ser la sombra de tu padre y que yo sepa, nunca fuiste muy entusiasta de actos bélicos.

- No es eso, es que....

Dhante miró a su primo, enarcó una ceja - ¿Es por una mujer? ¿Otra compañera de armas?

- Bueno, también pero no exactamente…- El joven paladín empezó a sonrojarse.

La sonrisa de Dhante se fue ensanchando hasta estallar en una carcajada- ¡Te has vuelto a enamorar!

- Bueno, en verdad no hay nada entre nosotros- Yuhe desvió la mirada - solo es la sanadora de mi grupo.

-¡Ay hermano! - Dhante suspiró divertido - Te tengo dicho que donde tengas la saca no metas la...

- ¡Ya lo sé! - Yuhe levanto la mano para interrumpirle - Ya conozco ese dicho gobling.

- Pues no quiero escuchar llantos cuando te de la patada como las otras... ¿Cuántas? ¿Tres? ¿Cuatro?

- Tres - dijo Yuhe mirando a su primo con antipatía - Gracias.

-¡En fin! Yo me vuelvo a Bahía- apagó su pipa en el banco - Te daré un consejo muchacho: Ten bien abiertos los ojos - le dio una enérgica palmada en la espalda y se levantó- Si alguna vez necesitas a tu "hermanito mayor" solo tienes que preguntar a algún comerciante gobling.

-o-

Yuhe entró sin llamar en el despacho de Zerth. Estaba decidido a desafiar de nuevo la autoridad de su tutor. Esta vez no se iba a dejar pisar.

La estancia estaba en penumbras. Zerth descansaba en un amplio sillón.

-¿podemos hablar sin que me silencies?

Zerth hizo un gesto indicándole que hablara.

- Tu decisión es un error. Ni me pertenece ni soy el más indicado.

- Mañana será oficial. No voy a cambiar mi dictamen.- La voz del patriarca sonaba cansada.

Yuhe tomó aire, se preparó para iniciar una nueva discusión.

– Sinceramente tío Zerth; si hasta hoy he cedido a todos tus designios ha sido por respeto pero eso se ha terminado. Cuando ingresé en la orden de paladines hice un juramento: “servir y proteger” y eso es lo que pienso seguir haciendo.

- No lo entiendes. Cuando yo no esté no podré protegerte.

- Pusiste una espada en mi mano siendo un crio. Te puedo asegurar que he aprendido a defenderme solo.- A Yuhe le irritaba cada vez más que siguiera tratándole como a un niño.

- No, no puedes. Tu padre te condenó. Nos condenó a los dos. Yuhe, tienes que saber la verdad…-Le costaba mucho hablar. No pudo seguir. Cada vez que intentaba contar la verdad aquel maldito demonio se lo impedía. Estaba exhausto de luchar durante tantos años contra aquel ente que invadía su ser anulando su pensamiento y sus palabras. Ya no le quedaban fuerzas y se rindió.

El brujo juntó los dedos frente a su mentón y sonriendo susurró para sí –Un obstáculo menos.-subió el tono de voz para que fuera audible- ¡Muy bien paladín! Si quieres renunciar al título de heredero tendrás que renunciar al nombre de tu casa.

¿¡Renunciar al nombre Runaplata?! Yuhe se mordió la lengua para no soltar una barbaridad. ¿A qué venía semejante estupidez?

Llamaron a la puerta. Yuhe no esperó a que su tutor diera permiso y abrió. No quería seguir conversando porque terminaría perdiendo la calma. El ama de llaves le entregó un comunicado oficial para su tío del consejo arcano y otro para él. Era un llamamiento a la tropa para su reincorporación inmediata. El muchacho se sintió alarmado. Aquello no era buena señal.




lunes, 1 de junio de 2015

El heredero Cap.3

Notas de autor: Aclarar que nunca he tenido muy claro la cronología de acontecimientos según blizzard y estaba convencida de que entre la apertura del portal oscuro (BC) y el Cataclismo habían pasado varias generaciones. El relato lo construí  según mi percepción del paso del tiempo. En base a este; entre el asalto a Corona de hielo y el asedio a Orgrimar ha pasado el suficiente tiempo para que Yuhe (Elfo de sangre de longevidad más extensa que la humana que  tampoco tengo muy claro cuánto más) Nazca y se haga adulto.


Cap. 3

Demonio.
Zerth cerró los ojos y por un instante quedó petrificado. Al abrirlos de nuevo, sus ojos habían cambiado. Eray era incapaz de mirarle directamente, era como si otro ser la observara desde el infinito. La postura señorial de su padre cambió a una más relajada. Se apoyo en la mesa y tamborileó con los dedos.

- ¿Si? Ama- el demonio sonrió divertido.

-  Se que sigues manipulando la voluntad de mi padre y que  mi vinculo contigo no es lo suficiente mente fuerte para mantenerte sometido por completo. ¿Qué tramas Razíd?

- Terminar lo que empecé.- Respondió en tono despreocupado. 

- Ya tienes un nombre*- Los temores de Eray se hacían cada vez más certeros.

 - Débil, incompleto. Aunque sólo es una ínfima parte del todo. Corregible - El demonio avanzó unos pasos con aire distraído - El paladín Koga solo consiguió retrasarme. Tenía que haberse cerciorado de que no dejaba descendencia antes de...-hizo un gesto con el pulgar alrededor de su cuello y sonrió.- Una lástima. ¿No crees?

Eray no se movió. No iba a permitir que notase la punzada de miedo que le invadía. El plan de Koga no había funcionado.

- No puedes dañar a ningún Runaplata, hiciste un juramento arcano. Ninguna criatura ligada a la magia  puede romperlo.

- He superado obstáculos mayores, me las puedo apañar - Razíd ladeó la cabeza y  su sonrisa se hizo más amplia - El universo tiene infinitos caminos paralelos. 

 Las conversaciones con Razíd siempre estaban llenas de metáforas, acertijos y respuestas esquivas. Siempre que le interrogaba sobre sus orígenes e intenciones respondía en su extraña lengua bajo el pretexto de que la verdad solo podía decirse con las verdaderas palabras. Esto sacaba de quicio a Eray pero se mantuvo firme.

-No voy a permitir que utilices a Yuhe ni a nadie.

- El joven paladín no hará nada que no quiera hacer - Se acercó más a la sacerdotisa - Mi querida niña - Estaba delante de ella. Se inclinó para susurrarle al oído - El juego sigue. Tendrás que darte prisa - Acarició el rostro de la mujer - Se te acaba el tiempo.

-Retírate y no vuelvas hasta que seas llamado- Eray se aparto de su contacto asqueada.

- Si, ama- Razíd hizo una leve reverencia y el cuerpo del brujo volvió a quedar congelado un breve instante.

Eray giró en redondo, sin mediar palabra se dirigió hacia una mesita. Cogió papel y garabateó un par de notas. Se miró las manos. La edad empezaba a cubrirlas de manchas resultado de su herencia humana. El maldito demonio tenía razón, su tiempo se  esfumaba.
Ya en el pasillo pidió a un sirviente que entregase las notas a los destinatarios.

-o-

Yrena subió a toda prisa la escalera que conducía a la segunda planta. Miró hacia atrás asegurándose que nadie la veía. Era fácil escabullirse por los pasillos de aquella enorme mansión vestigio de los días de gloria del pueblo Sindorei.

Se introdujo con sigilo por una pequeña puerta en el extremo más alejado de la planta. Eray la esperaba.

- ¡Increíble! Tu padre ha pateado los derechos patrimoniales de su hermana, mi madre, que lleva ocupándose de las bodegas toda la vida- Dijo Yrena cuando estuvo junto a Eray.

- Si, si pero baja la voz y centrémonos en lo que importa.- la chistó- ¿Conseguiste traducir las palabras del demonio?

- No. Según los expertos que he consultado no parece lengua conocida. Solo los eremitas pandaren distinguieron cierto dialecto de la era de los Sha pero nada en concreto, sin embargo...- Yrena le tendió un rollo de pergamino - Encontré un escrito que me llamó la atención. Habla de un ser aparecido durante el reinado del emperador Shaohao llamado Daijitsu, el devora ánimas o Demonio de las mil dimensiones. Se apodera de la forma física de las almas que adsorbe.

Las dos mujeres estudiaban el manuscrito con atención en la pequeña sala. Una voz se elevó tras el hombro de Eray.

-Nunca vi a una sacerdotisa que se interesase tanto por los demonios.

Eray dio tal respingo que tiró la silla en la que estaba sentada.

- Y te aseguro que conozco gente muuuy rara- Dhante sonrió.

- ¡Por todos los dioses Dhante! No vuelvas a acercarte así.

Yrena comenzó a recoger los escritos que se habían desperdigado con el susto. Dhante intentó echarles un ojo, Eray se interpuso.

- ¿Tienes lo que te encargué?

- ¿Lo dudabas?- Dhante sacó de su chaquetilla de cuero un grueso cuaderno bastante manoseado. Leyó en voz alta- "Diarios de campo. Terrallende" escrito por un tal... Zerth Runaplata. Un libro muy interesante. -Dhante enarco una ceja con curiosidad-¿Le vas a regalar al viejo su extraviado diario después de que te ha desheredado? Eso es amor de hija.

- Así es. Dame el libro - Eray extendió la mano impaciente.

- Me temo que su precio a subido- Dhante levantó el brazo poniendo el diario fuera del alcance - He tenido que seducir a una bruja enana para conseguirlo y eso es una dificultad añadida lo que encarece el precio.

- ¡Puag! ¡Hermano, eres capaz de tirarte a una naga!- Yrena hizo una mueca de repugnancia.

- Si me paga.- Dhante se encogió de hombros si darle importancia al comentario- Y hablando de pagar; me he cruzado con un par de tipos con interés en libros exóticos. Me pregunto...

-¡Está bien! ¡Está bien! - Eray comenzó a maldecir para sí- Maldito traficante. No respetas ni a tu sangre.

-o-
* Hace referencia a los viejos tiempos en que los brujos se ganaban a sus demonios en misiones, creo que ya no es así.


miércoles, 20 de mayo de 2015

El heredero. Cap. 2

Cap.2  Reunión.

A la mañana siguiente todos se reunieron en el despacho principal. Al rato entró tío Zerth, dio la bienvenida y agradeció la presencia de los familiares mientras tomaba asiento tras su mesa.

Yuhe le observaba atentamente. Los comentarios de su primo el día anterior le habían intrigado. Su tutor era un hombre bastante alto, caminaba erguido y sus pasos eran enérgicos. Nada que ver con los apolillados eruditos de su misma edad y condición. Siempre llevaba las manos enguantadas y una capucha que dejaba en sombras su rostro debido a una extraña dolencia que le hacía muy sensible a la luz. ¿Sería eso cierto? ¿Y cómo sabía Dhante que aspecto tenía su tío si siempre iba ataviado de igual modo? El paladín miró a su primo. Dhante le miraba, guiñó un ojo con picardía a Yuhe y luego continuó mordisqueando su pipa apagada fingiendo prestar  atención al discurso del cabeza de familia .

Zerth hablaba sobre la designación del nuevo heredero de la casa Runaplata. Yuhe intentaba recordar la última vez que le había visto sin guantes ni capucha. La vez más reciente en que había visto sus manos. Aquella en que su tío se había quitado un guante para abofetearle por haber desobedecido. Su mano era firme y fuerte. La bofetada dolorosa. Pero más que el dolor de su mejilla lo que más recordaba era la humillación.

-…mi hija Eray renunció a su derecho al casarse con un humano-seguía hablando Zerth

- Se llama Verem, padre. Y tampoco me diste otras opciones.

- Tampoco me opuse a tu matrimonio pero no estamos aquí para volver a discutir esa cuestión. – Levantó la mano para acallar la posible protesta de su hija.- Como ya he dicho: quiero comunicaros mi decisión sobre quien será mi sucesor y siguiente regente de nuestra casa. No nombraré a mi hermana menor Vhez por  temor a que su amor de madre delegue en los gemelos Dharem, del cual no se tiene noticias desde hace tiempo y Dhante aquí presente, cuyos negocios de dudosa legalidad en Bahía de botín me hacen cuestionar la integridad del legado familiar. - Zerth enarcó una  ceja al oír la risa de Dhante- ¿Me equivoco querido sobrino?

- Quizás te refieras a mis servicios como buscador extremadamente eficiente…-Dhante hizo una reverencia tan exagerada que el extremo de su coleta tocó el suelo-…querido “tío”

- Considero que no son los más adecuados para manejar el patrimonio de los Runaplata.- Entrelazó las manos sin prestar atención al tono sarcástico de su sobrino.

- Yrena será perfectamente capaz de llevar los asuntos de familia- Vhez estaba visiblemente molesta.

- No nombraré a Yrena- afirmó tajante - nombraré a Yuhe.

Los murmullos y las protestas subieron de tono. El patriarca se había saltado toda la linea sucesoria para nombrar al benjamín de la familia.

- ¡Pero tío!- Yuhe era el más desconcertado de todos - Me educaste para ser militar. Mi deber hacia el ejercito de la horda no me...

-¡Silencio!- Zerth hizo un gesto con la mano, no era una simple palabra. Les había silenciado a todos.-  Tu deber es para esta familia y mientras yo sea el patriarca harás lo que yo  diga. - suavizó el tono- luego podrás hacer lo que te de la gana.

El paladín apretó los dientes incapaz de  hablar. No era la primera vez que usaba ese hechizo con él, lo hacía siempre que intentaba oponerse a los designios de su tutor.

- Esa es mi decisión - Zerth se levantó dando por finalizada la reunión - Quien no esté de acuerdo es libre de abandonar mi casa.

Todos salieron en silencio excepto Eray que se quedó allí plantada.

- Ya te dejé bien claro que no permitiría que mi legado acabase en manos de la Alianza. - dijo Zerth cuando se cerró la puerta y quedaron solos.

- Sabes de sobra que mi marido renunció a ella. Tu racismo me sigue resultando incomprensible teniendo en cuenta que mi madre era humana.- Eray respiró hondo procurando apaciguar su enfado.- Pero no es de eso de lo que quiero hablar padre. -Se dirigió a ambas puertas de la sala y echó los cerrojos- De hecho, no es contigo con quien quiero hablar.

Zerth se quitó la capucha.

La vejez de los elfos no era comparable a la humana pero aun así aquel Sindorei no había envejecido lo más mínimo desde que le tomaran aquella foto a las puertas de la bodega. Eray retrocedió unos pasos, no le gustaba la proximidad del ente al que estaba apunto de invocar. Tomó aire.

- Acude a mi llamada Razíd.

-o-

viernes, 15 de mayo de 2015

El heredero. Cap 1

                             El heredero. Cap 1
La familia.

Era una tarde fría de finales de otoño. El sol bañaba de suave luz dorada la bella y solitaria ciudad de Lunargenta.
El joven paladín respiró hondo. Hacía muchísimo tiempo que Yuhe no pisaba su patria. Su hipogrifo caminaba despacio, no tenía prisa por llegar. Quería disfrutar de los recuerdos de niñez vividos en aquellas calles.
Desmontó al llegar a la mansión familiar. Alguien le esperaba sentado en la escalera de entrada: Su primo Dhante. Llevaba la larga melena roja como el fuego recogida en una cola y con su habitual desparpajo fumaba en pipa; una fea costumbre de los habitantes de bahía del botín.
Dhante le recibió con los brazos abiertos y una amplia sonrisa.

-¡Vaya, vaya! Pero si es el pequeño Yuhe.- Se dieron un fraternal abrazo.- ¡Mírate. Estás hecho todo un señor de la guerra!

Yuhe iba ataviado con una capa de piel y una armadura ligera de viaje. Se llevó la mano al cinto tras separarse del abrazo - y tú sigues siendo el mismo pícaro de siempre. - Extendió la mano - Devuélveme la espada.

Dhante chasqueó la lengua - Estoy perdiendo facultades.

-Me has hecho demasiadas faenas de niño como para fiarme de ti.

La escandalosa risa de Dhante hizo que otros miembros de la familia Runaplata salieran a recibirle. Todos habían sido convocados en la mansión a requerimiento de su tío Zerth el cabeza de familia y tutor de Yuhe.
La primera en echársele al cuello fue Eray, la mayor de todos los primos e hija de Zerth. Una segunda madre para el paladín. Se había ocupado de él tras la muerte de su madre en extrañas circunstancias.
Le abrazó tan fuerte que de no ser por la armadura que llevaba le habría sacado el aire de los pulmones. Yuhe reprimió un gesto de dolor, aún no se había recuperado de las heridas sufridas en el asedio a Orgrimar

-¡Por todos los dioses Yu!-Le cogió las manos y le contempló visiblemente emocionada-¡estás guapísimo! Eres la viva imagen de tu padre.

Yuhe sonrió incomodo sin saber que decir. Luego vino la tía Vhez, madre de Dhante, que también le recordó el parecido paterno y el orgullo que esto suponía. Dentro le esperaba la familia al completo: Otra hija de Vhez, Ynera. Los hijos de Eray, cuatro en total. El esposo de esta; un sensato humano que prefería mantenerse al margen de asuntos familiares sabedor de la escasa simpatía que despertaba en su suegro.
Solo faltaba el gemelo de Dhante. Su hermano era un entusiasta explorador, un espíritu errante; o en palabras de su propio hermano “un culo inquieto incapaz de permanecer más de una temporada en el mismo lugar”

-o-

A la hora de la cena, el patriarca de los Runaplata aún no había hecho acto de presencia. Nadie se extrañó, Zerth no solía participar en los actos familiares y también era un alivio pues era un hombre bastante autoritario y a menudo inquietante.
En el postre todos hablaban animada mente, poniéndose al día de sus vidas. El centro de atención era Yuhe y su participación en los recientes acontecimientos. Al paladín no le gustaba alardear de lo que consideraba su deber pero ante la insistencia de los presentes accedió a relatar el asedio y como le habían dejado fuera de combate.
 Como siempre la tía Vhez derivaba la conversación a las hazañas de su querido y difunto hermano, el padre de Yuhe. Hablaba con devoción del coraje demostrado al escapar de su cautiverio en Corona de Hielo y de su valentía al regresar a liberar a los demás prisioneros entre los que se encontraba su hermano mayor Zerth.
En realidad la tía Vhez y el resto de la familia sabía lo mismo que se contaba en todas partes. Una heroica historia de honor y sacrificio debidamente adornada. Yuhe estaba cansado de oír aquella historia. Cansado de las comparaciones, cansado de tener que estar siempre a la altura de aquel cuento para niños. Cansado de la vida militar que había seguido solo porque era lo que se esperaba de él.  Le dolía el costado y el agotamiento físico por la larga campaña hacía mella en su estado de ánimo. Se separó de la reunión y entro en una sala de lecturas contigua. De niño solía refugiarse allí cuando se sentía así.
La sala estaba en penumbras, solo un pequeño candil arcano flotaba encima del solitario lienzo que adornaba la pared. Yuhe la había contemplado cientos de veces. En la imagen aparecía la fachada de las prestigiosas bodegas Runaplata, el negocio familiar; y delante los tres hermanos: Zerth el mayor, sonreía. La única ocasión en la que le había visto sonreír. Ya por aquel entonces tenía el pelo blanco. A su lado la pequeña y pecosa tía Vhez. Rodeándola con el brazo el hermano mediano: Koga, un joven de expresión risueña con el pelo del color del otoño recogido en una coleta alta de mechones rebeldes y flequillo despeinado. Era cierto que se parecían muchísimo, debían tener la misma edad en aquella foto.
Un leve chasquido y un destello le sacó de sus pensamientos. Se volvió instintivamente echando mano  a la inexistente espada de su cinto.

- Tranquilo soldado. - Dhante había encendido su pipa en un rincón de la sala en sombras. Se incorporó del sillón en el que había estado cómoda mente sentado con sus desgastadas botas encima de la mesita del té.

- A mi también me resulta inquietante esa foto - se puso junto a Yuhe a contemplar el cuadro mientras fumaba.

- ¿A que te refieres?

Dhante señaló la figura de Zerth, Yuhe la miró sin comprender.

- Esa foto fué tomada mucho antes de que nosotros naciéramos. ¿No te resulta extraño que nuestro "amado" tío tenga el mismo aspecto que ahora?

Yuhe se fijó atentamente. Su primo tenía razón, ni el más mínimo signo del paso de los años diferenciaban aquella vieja foto del aspecto actual de su tutor.

- La verdad es que nunca me había fijado.

- ¿Te has criado en esta mansión y nunca te has fijado?

- El tío Zerth siempre se ha limitado a lo referente a mi educación y poco más.

Los dos hombres se quedaron en silencio mirando el lienzo.

- No sé si lo que cuentan las viejas sobre tu padre es verdad o no - Dhante exhaló el humo - Solo te puedo decir lo que yo recuerdo. Era un buen hombre que amaba a su familia. - le dio unas suaves palmadas en la espalda y alzó su pipa hacía el cuadro- Quédate con esta imagen Yuhe, porque esta es la única verdad.

-o-



domingo, 8 de febrero de 2015

El despertar del druida.

Notas de la autora: He corregido un fallo de lore que había sobre la ubicación de los druidas durmientes y como soy así de fatiga no puedo releer un relato sin reescribir ciertas partes. 

Cap. I - Ulsey  CimadelTrueno.

Era una cálida mañana y como era la tradición tauren un grupo de jóvenes aprendices de druida se había reunido en Claro de Luna para celebrar el rito de primavera. 
Ulsey  no paraba de rascarse la barbilla. Estaba en esa edad en la que a los jóvenes  taurens empieza a crecerles la barba, lo que era un incordio porque picaba bastante. Comenzó a aburrirse. Conocía la ceremonia de memoria, la habían ensayado muchas veces. Tenía que permanecer allí sentado un buen rato hasta que sus maestros terminaran los rituales de presentación de ofrendas a los ancestros. 
Distraído observó el paisaje que le rodeaba. Su mirada se posó en una arboleda cercana que emanaba un tenue resplandor esmeralda. Dos palabras cobraron  forma en su cabeza de modo inmediato “Sueño esmeralda” Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa pícara apareció en su cara. ¿Sería allí donde los druidas dormían el sueño esmeralda? ¡Eso tenía que verlo con sus propios ojos!

- ¡Oye Tolem! - le susurro a su compañero - Vuelvo enseguida, no me delates.
- ¡Que dices Ul! ¡¿A dónde vas?! - Tolem le miró sorprendido. 

Ulsey puso la mano en el suelo e hizo brotar un enorme champiñón. Cogió una rama, la partió en dos y se las clavó a modo de cuernos. Le puso su capa por encima y ¡Listo! Nadie notaría su ausencia. 

- Volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo.- y se escabulló con sigilo felino hasta la arboleda.
- ¡Vuelve Ul! ¡Te la vas a cargar!- susurró su compañero alarmado.

Ulsey  cruzó la arboleda y llegó a la puerta del túmulo. Descendió de dos en dos los escalones que conducían a la cámara. La estancia estaba bañada de suave luz esmeralda y en su interior descansaban los druidas en círculo sobre lechos de piedra. Parecían congelados en el tiempo, pensó. Extendió la mano hacia la cúpula de luz pero no llegó a tocarla, sabía que no debía hacerlo. Su mirada recorrió las figuras durmientes hasta posarse en una fácilmente reconocible. El único tauren que descansaba allí. Le inundó un sentimiento de admiración y devoción. Lentamente caminó rodeando la cúpula hasta donde yacía el archidruida Hamuul. Tan fascinado se sentía  que no se fijó donde pisaba. Una raíz se enredó en su pezuña y sin que nada lo impidiera Ulsey cayó de bruces al interior de la cúpula esmeralda. Se dio la vuelta e intentó levantarse pero el cuerpo no le respondía, le pesaba demasiado. Un inmenso sopor le invadió. Los parpados se le cerraban sin poder evitarlo.
   - ¡No puede ser! Tengo que volver, tengo que…- El sueño esmeralda le envolvió por completo y el joven tauren quedó dormido junto a los demás druidas.

                   -o-

Ulsey intentó abrir los ojos. La luz era de un azul brillante y le dañaba. Los parpados le pesaban sobre manera. Lo intentó de nuevo. Con  los ojos entreabiertos vio un rostro de piel pálida y cabellera negra. La imagen era  borrosa. Alguien cantaba una dulce canción. No pudo entender lo que decía. Permaneció tumbado largo rato hasta que consiguió abrir los ojos por completo. Se encontró contemplando el techo de la cámara bellamente decorada. Entonces calló en la cuenta: la luz esmeralda había desaparecido. Se incorporó hasta quedar sentado.  Los durmientes tampoco estaban. 
Sintió un enorme peso en su cabeza que le hizo inclinarla hacía abajo, se quedó perplejo con lo que vio. Sus crines y su barba le habían crecido hasta la cintura y su pelaje gris se había vuelto negro. Se llevó las manos a las sienes donde sentía el peso palpando la enorme cornamenta que había crecido apuntando al frente como los de un adulto. ¿Un adulto? ¡Espera, no puede ser! Ulsey empezó a ponerse nervioso. Miró sus manos. Eran anchas y fuertes. ¡Eran Enormes! Cada vez estaba más alterado, no entendía nada. Se levantó de un salto pero el suelo y sus pies estaban a más distancia de la que debería. No controló el equilibrio y calló de morros. Su cornamenta se clavó en el terreno. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo aquello? Ulsey se sentía cada vez más aterrado. Decenas de champiñones empezaron a brotar a su alrededor, uno nació debajo de su hocico y al crecer se le metió por el orificio nasal. Intentó zafarse  pero estaba bien clavado al suelo, tuvo que dar un enérgico impulso para soltarse. Tan fuerte fue el envite que quedó de nuevo tumbado boca arriba mientras montones de hongos surgían y explotaban soltando esporas a su alrededor. 
Un disco lunar comenzó a formarse encima de él, cuando completó la formación descargó su rayo. Ulsey quedó paralizado por el miedo. El rayo había impactado justo entre sus piernas. Se incorporó. El caos a su alrededor se aceleraba a medias que crecía  su pánico. El disco lunar aparecía aleatoriamente descargando rayos. Los champiñones germinaban y explotaban a un ritmo tan frenético como su respiración. El aire empezaba a arremolinarse y a formar pequeños tornados y él...él estaba a punto de ponerse a gritar igual que un crío histérico. El champiñón que le obstruía la fosa nasal hizo que se sintiese mareado. Le faltaba el aire y comenzó a perder la conciencia. En ese momento pudo percibir como la energía de su interior bullía descontrolada. 

  -¡Un momento!- Pensó- Aquí no hay nadie. ¿Esto lo estoy provocando yo?- Se sacó el hongo de la nariz, tomo una bocanada profunda de aire y exhaló despacio. Comenzó a controlar su respiración y a tratar de clamarse. A medida que lo hacía también se iba aplacando la naturaleza desatada de su alrededor. 
¿Que había ocurrido? Se preguntó mientras recuperaba la calma. Recordó haberse escabullido de la ceremonia para ver a los archidruidas durmientes y de haber tropezado en la estancia esmeralda. No recordaba nada del sueño, era más bien una sensación. La sensación de haber estado haciendo algo. ¿El qué? No lo recordaba.  ¿Durante cuanto tiempo?  Volvió a mirarse los brazos anchos como troncos de árbol. Sin duda había pasado el tiempo suficiente como para hacer de él un tauren adulto. Se quedó tumbado contemplando el techo abrumado por ese pensamiento. Una figura le tapó la visión. Ulsey se incorporó y reconoció al elfo de la noche que le miraba divertido. Era uno de los druidas durmientes, tuvo la certeza de conocerlo desde hacía mucho. El elfo se agachó y cubrió con su capa al tauren. Solo entonces Ulsey se percató de que estaba desnudo.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- Preguntó.
- No lo sé amigo mío- respondió el elfo sosegado- Debes volver con tu gente. Cuando llegue el momento búscanos en el santuario de Malorne. Ahora debo irme.

El druida elfo se alejó dejando a Ulsey sentado en el suelo intentando asimilar todo aquello. ¿Qué habría sido de su gente? ¿Le reconocerían al verle? ¿Les reconocería él? Le caería una enorme bronca. Suspiró resignado y se puso en pié.
                                                



Cap. II - Yuhe Runaplata.

 Yuhe reprimió un bostezo. Estaba algo cansado de estar allí plantado junto a su compañero durante horas. Guardaba las puertas del pabellón mientras sus superiores estaban reunidos. Una tarea bastante tediosa para un joven sendorei deseoso de demostrar su valía. De momento tenía que conformarse con misiones de escolta o vigilancia y poco más. En aquella ocasión le había tocado escoltar a una delegación Horda a Claro de Luna. 
 Al término de la reunión su capitán les dio descanso hasta nueva orden. Comió con sus compañeros y luego decidió darse un paseo por el lugar. La frondosidad y belleza de aquel valle le recordaba mucho a los bosques de su patria.
 Caminaba tranquilamente cuando reparó en una puerta tallada en la roca. Había oído infinidad de veces las historias sobre los túmulos del sueño esmeralda y sus ocupantes. No pudo reprimir su curiosidad y bajó a la cámara. Al entrar llamó su atención un enorme tauren despatarrado en el suelo. Su ropa estaba hecha jirones como si le hubiesen estallado. Yuhe se acercó alarmado para comprobar si estaba vivo. Sorprendentemente el tauren roncaba plácidamente. Reparó en los druidas que descansaban en sus lechos de piedra a escasos metros de él. No había ninguna cama vacia, algo no encajaba en aquella escena. ¿Qué podía haber sucedido para que aquel druida estuviese en el suelo de aquella manera?
 Se levantó para acercarse al círculo de durmientes y antes de poder dar un paso sus pies tropezaron con algo yendo a aterrizar sobre la barriga del tauren. El joven elfo contuvo la respiración inmóvil. El druida abrió ligeramente los ojos, parpadeó resoplando levemente. El sonido de un cuerno se oyó en la lejanía. El paladín horrorizado se puso blanco y el pulso se le disparó. ¡Había sacado al druida del sueño esmeralda! Sin saber que hacer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar una nana Sin’dorei. Aquello pareció dar resultado. El tauren volvió a cerrar los ojos pero antes de poder sentirse aliviado Yuhe percibió movimientos a su alrededor. Levantó la vista y descubrió que los druidas estaban despertando. El cuerno seguía sonando ¡Había profanado el sueño de los druidas con su torpeza! Ese pensamiento se encendió en su cabeza chillando como una alarma gobling. No podía imaginar las consecuencias de semejante acto. Un pánico irracional le invadió y salió corriendo del túmulo. 
 Sin aliento llegó a la orilla del lago y se dejó caer. No podía creer lo que acababa de hacer. Había huido de la escena del crimen. Permaneció un buen rato allí intentado en vano calmarse. Lo que más aterraba a Yuhe no era el castigo por haber interrumpido el sueño de los druidas si no la vergüenza que supondría para la familia Runaplata. Su padre era un héroe caído en Rasganorte.  Prefería afrontar cualquier castigo aunque la condena supusiera el fin de su carrera como paladín antes que manchar su nombre. Se encogió angustiado. Les decepcionaría igualmente. Nunca estaría a su altura. Nunca sería lo suficientemente bueno.

-¡Yuhe, al fin te encuentro!- exclamó una voz a su espalda. Al oír a su compañero yuhe se puso rigido de un salto. - El capitán quiere que nos reunamos con él en el pabellón central. 

 El joven paladín sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza. El tauren le había visto y le habrían identificado enseguida. Otros elfos de sangre componían la delegación horda pero solo él tenía el pelo de un negro azulado, algo bastante inusual entre los Sin’dorie. No podía huir otra vez, tenía que afrontar su culpa.
 Entró en el pabellón como un zombi. Todo el mundo estaba allí reunido. Se quedó plantado en la entrada. Estaba totalmente pálido y un sudor frío le recorría la espalda. Su compañero al verle allí quieto le instó a que ocupara su lugar como escolta. Su capitán estaba de espaldas, se volvió hacía él. Yuhe tragó saliva y deseó con todas sus fuerzas que un vacío abisal se abriera en ese preciso instante bajo sus pies y le tragara. Aquello significaba el fin. Armándose de valor dio un paso al frente.

 -Mi capitán, yo...yo...- intentó formar una frase coherente.
- ¿Qué te ocurre muchacho? Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?- El capitán le miraba preocupado.
- No. Yo…- Yuhe estaba cada vez más blanco.
- Tienes permiso para retirarte - Le interrumpió el capitán-. En cuanto nos aclaren el motivo de hacer sonar el cuerno de Cenarius despertando a los druidas, le pediré a algún sanador que vaya a atenderte.
¿¿Como?? ¿Cenarius era quien había despertado a los druidas? El joven elfo sintió que la tensión de su cuerpo se relajaba de golpe. Le fallaron las rodillas.

- ¡Dahirus, Llévale a la enfermería!- ordenó el capitán.
- No, no. Estoy bien, estoy bien – Yuhe se sentó. El color volvió poco a poco a sus mejillas mientras daba gracias mentalmente a la luz, a Cenarius y todos los ancestros jurandose que jamás volvería a huir de sus responsabilidades y que siempre afrontaría las consecuencias de sus actos.
 Ya recuperado del traumático trance observó a los reunidos. Se fijó en los druidas durmientes ahora despiertos. Había un tauren entre ellos pero no era aquél sobre el que había caído. Pensándolo con más calma, la presencia de aquel tauren en el túmulo era bastante extraña. Estaba fuera del círculo de piedra, tumbado sobre el suelo frío como si alguien lo hubiese arrojado allí sin ningún miramiento y su ropa estaba destrozada. Lo buscó con la mirada por toda la sala pero no lo vio. No volvería a verle hasta muchos años después. 
Afortunadamente para Yuhe aquello quedó en una vergonzosa anécdota que jamás contaría a nadie.


Cap. III.

 Las tropas de la Horda comenzaron a embarcar en los zeppelines. Había un gran bullicio. Todos estaban entusiasmados y charlaban animados sobre el nuevo continente descubierto al sur de Azeroth al que se dirigían como apoyo. 
 Una vez dentro del zeppelín Yuhe buscó un hueco entre sus enormes compañeros donde soltar su equipo de campaña. Orcos, taurens y trols le doblaban en tamaño. 
Entre la algarabía se oía la voz grave de un tauren que no paraba de contar chiste, hacer bromas y animar a sus compañeros con su alegre cháchara. Se volvió para mirarle divertido por su acento sureño. Se quedó de piedra. Conocía a aquel druida. Jamás había olvidado su rostro. ¿Como olvidarlo después de lo sucedido en Claro de Luna? Un sentimiento de vergüenza y culpa le había perseguido durante todos aquellos años. El druida reparó en la cara desencajada del elfo y se acercó.

-¡Eh, tú!- dijo posando su mano en el hombro del pálido Yuhe- ¿Es tu primera vez? No tienes ná que temer compañero. Los camaradas estamos pa protegernos los unos a los otros. Yo soy sanador y te aseguro que me emplearé al máximo pa que ninguno de vosotros recibáis daño.- el druida hablaba con entusiasmo mientras le estrujaba con su enorme brazo. Al retirar la mano de la armadura de Yuhe brotó un champiñón.

-¡Ups! Disculpa- dijo el druida mientras le quitaba el hongo- Aún no controlo del tó este hechizo.
   - Deja al muchacho Ul. Le vas a poner más nervioso de lo que ya está – dijo la sacerdotisa que lideraba el grupo.
-Y a mi me va a estallar la cabeza como no te calles - Exclamó un orco que andaba cerca.
- Pos aquí tengo un champiñón curativo ideal pa dolores de cabeza compañero Jorf- El druida se giró para seguir dando la tabarra al orco.

El joven paladín aprovechó para escabullirse. Al parecer el druida no le había reconocido, le había tomado por un novato. Prefirió pasar desapercibido y no discutir sobre sus logros. 

- ¿Te encuentras bien?- La sacerdotisa se le acercó. 
- No se preocupe por mí, lady Aorela- Yuhe se puso firme. 

Sentía una enorme admiración por aquella mujer. Siempre que la miraba no podía evitar preguntarse como alguien que llevaba tantos años luchando en tantas guerras absurdas podía seguir conservando la serenidad. No solo tenía el don de sanar el cuerpo si no también de sosegar el alma con la dulzura de su voz. 

   - Procura descansar, el viaje será largo- Tocó suavemente su hombro y la agitación que sentía desapareció.
- Así haré, lady Aorela.

   - ¡Para de una vez Ul! - Se oyó protestar una voz al fondo -¡Eres más latoso que un gobling!
- ¡¡Eeeeh!! ¡¿Que pasa con los goblings?! - respondió otra voz chillona.

Las horas pasaban lentamente. La noche había caído ya. En el interior de la nave solo se escuchaba el monótono rugir de los motores. Todos dormían excepto Yuhe que no conseguía conciliar el sueño. Comenzó cantar en voz baja una vieja canción Sin’dorei. Cantar le ayudaba a relajarse en las noches difíciles previas a un enfrentamiento.

- Eras tú quien cantaba aquel día. ¿Verdad?- era la voz del druida.
Yuhe calló de inmediato. Dudó un instante, luego tomó aire y contestó.
- Sí. Fui yo quien te despertó- Esperó la reacción del druida sin atreverse a mirarle directamente.
- Gracias- respondió el tauren recostado en un nicho cercano. Tenía cerrados los ojos y reposaba tranquilo con una sonrisa en la cara.
- ¿No estás enfadado?- Dijo Yuhe desconcertado.
- Ummm...yo no debía estar en el sueño esmeralda y...aún estaría perdido en él de no ser... por ti- Esta vez hablaba con la parsimonia habitual de los taurens- Lo que estoy es...agradecido.
- ¿Qué hacías allí tirado? Siempre me lo he preguntado- La cuestión le había estado reconcomiendo desde entonces.
   - Digamos que...mi entrada en el sueño fue... un dasafortunado…tropiezo.
   - Y tu despertar también lo fue- Murmuró Yuhe sintiéndose aliviado.

El druida se incorporó y le tendió la mano amistosamente.

 – Me llamo Ulsey Cimadeltrueno- le guiñó un ojo con picardía- Ul para los amigos.
    - Yuhe – El elfo le estrechó la mano profundamente agradecido por el indulto que acababa de recibir- Yuhe Runaplata.

Al soltar la mano del tauren sintió un tremendo hormigueo en su palma. Un champiñón crecía en ella.

- ¡Ups!- Ulsey disculpándose le despegó la seta de la mano- Tengo que practicar más.
 Al joven elfo le entró la risa floja y los dos comenzaron a reír.
   -¡Callaos!- grito un orco irritado- ¡algunos intentamos dormir!

Ambos volvieron a sus nichos y permanecieron en silencio. Aquella noche Yuhe durmió tan profundamente como hacia años que no lo hacía.

                                      Fin.