Cap. 4
Elección.
Dhante contaba las monedas de oro mientras pasaba por la galería ajardinada. Al otro extremo se encontraba Yuhe sentado en un banco y cabizbajo.
- El titulo de heredero parece que no te ha sentado muy bien muchacho- Dhante se sentó a su lado y encendió su pipa.
El joven paladín se echó hacia atrás y se pasó las manos por el pelo, resopló. No dejaba de darle vueltas a la cabeza.
- Esto es absurdo. No sé en qué piensa el tío. Toda la vida insistiendo en que me labrara una carrera militar y ahora quiere que lo deje para ocuparme de toda la familia. -protestó - Empiezo a cansarme de que haga lo que haga, nunca estoy a la altura.
Dhante soltó una bocanada de humo
- Entiendo. Imagino que no es fácil ser el hijo de un héroe de Rasganorte pero no creo que sea por eso Yu. No olvides que las leyendas son solo eso: leyendas. Y como dijo el poeta: “De lo que ves créete la mitad. Lo que no ves no te creas nada" No te empeñes en ser alguien quien no eres solo para contentar a los demás.-Dio una calada a la pipa - Quizás sea hora de dejar de ser "el hijo de" y empezar a ser egoísta.
- No quisiera verme obligado a dejar la orden de los caballeros de sangre - se cruzó de brazos. Miro al suelo.
- Acabas de decir que estar harto de ser la sombra de tu padre y que yo sepa, nunca fuiste muy entusiasta de actos bélicos.
- No es eso, es que....
Dhante miró a su primo, enarcó una ceja - ¿Es por una mujer? ¿Otra compañera de armas?
- Bueno, también pero no exactamente…- El joven paladín empezó a sonrojarse.
La sonrisa de Dhante se fue ensanchando hasta estallar en una carcajada- ¡Te has vuelto a enamorar!
- Bueno, en verdad no hay nada entre nosotros- Yuhe desvió la mirada - solo es la sanadora de mi grupo.
-¡Ay hermano! - Dhante suspiró divertido - Te tengo dicho que donde tengas la saca no metas la...
- ¡Ya lo sé! - Yuhe levanto la mano para interrumpirle - Ya conozco ese dicho gobling.
- Pues no quiero escuchar llantos cuando te de la patada como las otras... ¿Cuántas? ¿Tres? ¿Cuatro?
- Tres - dijo Yuhe mirando a su primo con antipatía - Gracias.
-¡En fin! Yo me vuelvo a Bahía- apagó su pipa en el banco - Te daré un consejo muchacho: Ten bien abiertos los ojos - le dio una enérgica palmada en la espalda y se levantó- Si alguna vez necesitas a tu "hermanito mayor" solo tienes que preguntar a algún comerciante gobling.
-o-
Yuhe entró sin llamar en el despacho de Zerth. Estaba decidido a desafiar de nuevo la autoridad de su tutor. Esta vez no se iba a dejar pisar.
La estancia estaba en penumbras. Zerth descansaba en un amplio sillón.
-¿podemos hablar sin que me silencies?
Zerth hizo un gesto indicándole que hablara.
- Tu decisión es un error. Ni me pertenece ni soy el más indicado.
- Mañana será oficial. No voy a cambiar mi dictamen.- La voz del patriarca sonaba cansada.
Yuhe tomó aire, se preparó para iniciar una nueva discusión.
– Sinceramente tío Zerth; si hasta hoy he cedido a todos tus designios ha sido por respeto pero eso se ha terminado. Cuando ingresé en la orden de paladines hice un juramento: “servir y proteger” y eso es lo que pienso seguir haciendo.
- No lo entiendes. Cuando yo no esté no podré protegerte.
- Pusiste una espada en mi mano siendo un crio. Te puedo asegurar que he aprendido a defenderme solo.- A Yuhe le irritaba cada vez más que siguiera tratándole como a un niño.
- No, no puedes. Tu padre te condenó. Nos condenó a los dos. Yuhe, tienes que saber la verdad…-Le costaba mucho hablar. No pudo seguir. Cada vez que intentaba contar la verdad aquel maldito demonio se lo impedía. Estaba exhausto de luchar durante tantos años contra aquel ente que invadía su ser anulando su pensamiento y sus palabras. Ya no le quedaban fuerzas y se rindió.
El brujo juntó los dedos frente a su mentón y sonriendo susurró para sí –Un obstáculo menos.-subió el tono de voz para que fuera audible- ¡Muy bien paladín! Si quieres renunciar al título de heredero tendrás que renunciar al nombre de tu casa.
¿¡Renunciar al nombre Runaplata?! Yuhe se mordió la lengua para no soltar una barbaridad. ¿A qué venía semejante estupidez?
Llamaron a la puerta. Yuhe no esperó a que su tutor diera permiso y abrió. No quería seguir conversando porque terminaría perdiendo la calma. El ama de llaves le entregó un comunicado oficial para su tío del consejo arcano y otro para él. Era un llamamiento a la tropa para su reincorporación inmediata. El muchacho se sintió alarmado. Aquello no era buena señal.
Fanficcion, fanarts y otros desvaríos de unos jugones del WoW
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martes, 7 de julio de 2015
lunes, 1 de junio de 2015
El heredero Cap.3
Notas de
autor: Aclarar que nunca he tenido muy claro la cronología de acontecimientos
según blizzard y estaba convencida de que entre la apertura del portal oscuro
(BC) y el Cataclismo habían pasado varias generaciones. El relato lo construí según mi percepción del paso del tiempo. En
base a este; entre el asalto a Corona de hielo y el asedio a Orgrimar ha pasado
el suficiente tiempo para que Yuhe (Elfo de sangre de longevidad más extensa
que la humana que tampoco tengo muy
claro cuánto más) Nazca y se haga adulto.
Cap. 3
Demonio.
Zerth cerró
los ojos y por un instante quedó petrificado. Al abrirlos de nuevo, sus ojos
habían cambiado. Eray era incapaz de mirarle directamente, era como si otro ser
la observara desde el infinito. La postura señorial de su padre cambió a una
más relajada. Se apoyo en la mesa y tamborileó con los dedos.
- ¿Si? Ama-
el demonio sonrió divertido.
- Se que sigues manipulando la voluntad de mi
padre y que mi vinculo contigo no es lo
suficiente mente fuerte para mantenerte sometido por completo. ¿Qué tramas
Razíd?
- Terminar
lo que empecé.- Respondió en tono despreocupado.
- Ya tienes
un nombre*- Los temores de Eray se hacían cada vez más certeros.
- Débil, incompleto. Aunque sólo es una ínfima
parte del todo. Corregible - El demonio avanzó unos pasos con aire distraído -
El paladín Koga solo consiguió retrasarme. Tenía que haberse cerciorado de que
no dejaba descendencia antes de...-hizo un gesto con el pulgar alrededor de su
cuello y sonrió.- Una lástima. ¿No crees?
Eray no se
movió. No iba a permitir que notase la punzada de miedo que le invadía. El plan
de Koga no había funcionado.
- No puedes
dañar a ningún Runaplata, hiciste un juramento arcano. Ninguna criatura ligada
a la magia puede romperlo.
- He superado
obstáculos mayores, me las puedo apañar - Razíd ladeó la cabeza y su sonrisa se hizo más amplia - El universo
tiene infinitos caminos paralelos.
Las conversaciones con Razíd siempre estaban
llenas de metáforas, acertijos y respuestas esquivas. Siempre que le
interrogaba sobre sus orígenes e intenciones respondía en su extraña lengua
bajo el pretexto de que la verdad solo podía decirse con las verdaderas
palabras. Esto sacaba de quicio a Eray pero se mantuvo firme.
-No voy a
permitir que utilices a Yuhe ni a nadie.
- El joven
paladín no hará nada que no quiera hacer - Se acercó más a la sacerdotisa - Mi
querida niña - Estaba delante de ella. Se inclinó para susurrarle al oído - El
juego sigue. Tendrás que darte prisa - Acarició el rostro de la mujer - Se te
acaba el tiempo.
-Retírate y
no vuelvas hasta que seas llamado- Eray se aparto de su contacto asqueada.
- Si, ama-
Razíd hizo una leve reverencia y el cuerpo del brujo volvió a quedar congelado
un breve instante.
Eray giró
en redondo, sin mediar palabra se dirigió hacia una mesita. Cogió papel y
garabateó un par de notas. Se miró las manos. La edad empezaba a cubrirlas de
manchas resultado de su herencia humana. El maldito demonio tenía razón, su
tiempo se esfumaba.
Ya en el
pasillo pidió a un sirviente que entregase las notas a los destinatarios.
-o-
Yrena subió
a toda prisa la escalera que conducía a la segunda planta. Miró hacia atrás asegurándose
que nadie la veía. Era fácil escabullirse por los pasillos de aquella enorme
mansión vestigio de los días de gloria del pueblo Sindorei.
Se
introdujo con sigilo por una pequeña puerta en el extremo más alejado de la
planta. Eray la esperaba.
- ¡Increíble!
Tu padre ha pateado los derechos patrimoniales de su hermana, mi madre, que
lleva ocupándose de las bodegas toda la vida- Dijo Yrena cuando estuvo junto a
Eray.
- Si, si
pero baja la voz y centrémonos en lo que importa.- la chistó- ¿Conseguiste
traducir las palabras del demonio?
- No. Según
los expertos que he consultado no parece lengua conocida. Solo los eremitas
pandaren distinguieron cierto dialecto de la era de los Sha pero nada en
concreto, sin embargo...- Yrena le tendió un rollo de pergamino - Encontré un
escrito que me llamó la atención. Habla de un ser aparecido durante el reinado
del emperador Shaohao
llamado Daijitsu, el devora ánimas o Demonio de las mil dimensiones. Se apodera
de la forma física de las almas que adsorbe.
Las dos
mujeres estudiaban el manuscrito con atención en la pequeña sala. Una voz se
elevó tras el hombro de Eray.
-Nunca vi a
una sacerdotisa que se interesase tanto por los demonios.
Eray dio
tal respingo que tiró la silla en la que estaba sentada.
- Y te
aseguro que conozco gente muuuy rara- Dhante sonrió.
- ¡Por
todos los dioses Dhante! No vuelvas a acercarte así.
Yrena
comenzó a recoger los escritos que se habían desperdigado con el susto. Dhante
intentó echarles un ojo, Eray se interpuso.
- ¿Tienes
lo que te encargué?
- ¿Lo
dudabas?- Dhante sacó de su chaquetilla de cuero un grueso cuaderno bastante
manoseado. Leyó en voz alta- "Diarios de campo. Terrallende" escrito
por un tal... Zerth Runaplata. Un libro muy interesante. -Dhante enarco una
ceja con curiosidad-¿Le vas a regalar al viejo su extraviado diario después de
que te ha desheredado? Eso es amor de hija.
- Así es.
Dame el libro - Eray extendió la mano impaciente.
- Me temo
que su precio a subido- Dhante levantó el brazo poniendo el diario fuera del
alcance - He tenido que seducir a una bruja enana para conseguirlo y eso es una
dificultad añadida lo que encarece el precio.
- ¡Puag!
¡Hermano, eres capaz de tirarte a una naga!-
Yrena hizo una mueca de repugnancia.
- Si me
paga.- Dhante se encogió de hombros si darle importancia al comentario- Y
hablando de pagar; me he cruzado con un par de tipos con interés en libros
exóticos. Me pregunto...
-¡Está bien!
¡Está bien! - Eray comenzó a maldecir para sí- Maldito traficante. No respetas
ni a tu sangre.
-o-
* Hace referencia a los viejos tiempos en que
los brujos se ganaban a sus demonios en misiones, creo que ya no es así.
domingo, 1 de marzo de 2015
Chamán
La joven orco cayó de rodillas al suelo, con la lluvia
golpeando con fuerza sobre su piel llena de heridas aún humeantes. Hizo un
esfuerzo para tratar de ponerse en pie, sin éxito, y volvió a caer sobre el
barro.
-Deja que te ayude, bajaremos a la fortaleza y… - Comenzó a
decir su hermano Gromil, antes de verse súbitamente interrumpido.
-¡No! – Shan´Nah interrumpió al orco regordete. – Bajaremos de
aquí como orcos de pleno derecho y por nuestro propio pie, o no bajaremos. - La
respiración acelerada de la orco hacía ver que para ella la segunda opción era
la más probable, aunque también era cierto que siempre había ido en contra de
las probabilidades y había prevalecido.
-Vamos Shani, sé razonable. – El joven chamán suspiró,
sabedor de que, muy a su pesar, su hermana era muchas cosas: fuerte, valiente,
temeraria, honorable… pero desde luego razonable no estaba en la lista. – Puedo
volver otro día y hacerlo yo también.
La joven guerrera rugió y se acercó ayudada por su hacha,
que usaba como muleta, a su hermano. Le miro a los ojos llena de ira y enseñó
los dientes. – Ponte ahí y levanta esa maldita hacha de juguete que llamas arma.
Gromil tragó saliva y comenzó a avanzar hacia el lugar que
le correspondía. A decir verdad, aunque confiaba plenamente en ella, su hermana
también le daba algo de miedo. Maldijo refunfuñando a sus ancestros, a las
tradiciones barbáricas de su clan y a su familia, por no escuchar sus objeciones
cuando su padre hizo esto por primera vez, cuando lo repitió su madre, su tío,
o hacía unos instantes cuando su hermana había hecho la misma estupidez. Ahora
esperaban que fuese él quien lo hiciera, y a pesar de que no veía el modo en el
que ser alcanzado por tres rayos podría beneficiarle, prefería arriesgarse con
la electricidad que enfadar a su melliza.
El joven orco, dubitativo, alzó su hacha hacia las terribles
nubes de tormenta que rugían sobre ellos como bestias furiosas, lanzó un ruego
a los elementos para que cuidasen de él y aspiró hondo, justo antes de que el
rayo impactase sobre su arma, y la crepitante electricidad recorriese todo su
cuerpo, abrasando su carne. Curiosamente, Gromil ni tan siquiera gruñó.
Sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Estaba en El Cruce,
pero era un niño de nuevo. Otros cachorros de la Horda le habían tirado su
libro al suelo y se burlaban de él llamándole elfito verde. Él no entendía muy
bien a qué venía ese insulto. A fin de cuentas, su tío era realmente un elfo,
uno muy honorable y fuerte, tanto que incluso se había ganado el sobrenombre de
“Rosadito” porque según su padre, el elfo era en realidad un orco rosadito.
Se levantó, y sin cortarse un pelo, les dijo a los abusones
que eso no era un insulto, que su tío era un elfo y era mil veces más honorable
que todos sus padres juntos. En cuestión de segundos se vio alzado del cuello
por un muchacho tauren, mientras otro joven orco, unos años mayor que él y
bastante más corpulento, se crujía los nudillos. Gromil era demasiado listo y
bocazas para su propio bien, y ahora se hallaba en una situación que tenía una
frecuencia sorprendentemente habitual.
Entonces un borrón verde impactó de pleno contra la cara del
orco que se disponía a arrearle, derribándolo. El tauren soltó instantáneamente
a Gromil cuando sintió la rodilla de Shan´Nah clavarse en su estómago, justo
antes de irse al suelo inconsciente de un cabezazo de la orco.
Su hermana se giró hacia Gromil, que estaba en el suelo
junto a su libro. Sangraba profusamente por la frente, y los goterones
resbalaban por su cara hasta una sonrisa de autosuficiencia, mientras le tendía
la mano para levantarse.
Gromil parpadeó y contempló de nuevo ante sí el escarpado
paisaje de Filospada ante sus pies. Echó un vistazo a su hermana maltrecha, por
el rabillo del ojo, y sonrió. Por fin comenzaba a comprender la insistencia de
su padre en aquella tradición que le había parecido tan estúpida al principio.
Idnaar podía no ser muy listo, desde luego no tanto como él, pero a pesar de
todo aún tenía lecciones que enseñarle. El primer rayo le había recordado su
necesidad de humildad, y que aunque muchas veces las tuviera, no tenía todas
las respuestas. El segundo rayo impactó sobre el arma, pero de algún modo esta
vez no sintió el dolor lacerante del primer impacto, aunque sí el suficiente
como para cerrar los ojos en una mueca de sufrimiento.
Cuando los abrió, vio ante él a un orco que no conocía,
malherido. Un hueso partido asomaba entre la carne de su pierna. Gromil, sin
pensarlo dos veces, lo recolocó mientras el orco aullaba de dolor, y canalizó
la fuerza de los espíritus de vida a través de sí para sanar la herida. Sólo
entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de lo que sucedía: un enorme gronn,
mucho más de lo que había imaginado incluso en las leyendas sobre Gruul, estaba
atacando la Fortaleza del Clan. Su madre yacía tirada en el suelo mientras Silver,
protector, gruñía amenazando a la bestia, y su padre hacía retroceder al
gigantesco monstruo con diestros golpes.
Cada vez que Idnaar golpeaba con las espadas del clan, era
como si estallase un trueno, y allí donde hacía mella, la electricidad
chisporroteaba con fuerza. El monstruo no estaba preparado para el gigantesco
orco ni sus excepcionales armas. Gromil estaba seguro de que si lograba
distraer a la bestia, su padre podría darle muerte, así que se concentró en
canalizar la crepitante energía del aire en un potente rayo, que salió directo
al único ojo de la bestia.
El monstruo rugió irritado, lleno de furia y dolor, se giró
con una velocidad inesperada para una criatura de su tamaño, y lanzó un
poderoso manotazo en dirección al chamán. Vio la mano descender hacia él,
incapaz de reaccionar a tiempo, y se preparó para enfrentar su muerte con la
cabeza alta. Esperaba que su padre le diera su merecido a ese engendro. De repente
sintió un fuerte tirón que le sacó volando hacia atrás, seguido de un grito de
dolor. Él estaba bien, pero su hermana había sido atrapada por el golpetazo.
Una nueva amenaza desde su costado llamo la atención del
gronn: era Eidorian, su tío, que le ordenaba a gritos que sacase de ahí a su
hermana. Claro que eso era más fácil decirlo que hacerlo. El cuerpo de Shan´Nah
estaba destrozado, aplastado por la titánica fuerza del gronn, aunque ella
milagrosamente aún seguía consciente y le sonreía entre tosidos sanguinolentos.
Su hermana había muerto para salvarle. Gromil se sacudió las lágrimas de los
ojos; su hermana estaba a las puertas de la muerte, pero aún no había muerto. Él
era un chamán y podía traerla de vuelta.
Resoluto, enfocó toda su energía en reunir el poder
suficiente para devolverle la vitalidad y sanar las heridas de Shan’Nah. Sentía
el cansancio y la fatiga abrirse paso, mientras él acumulaba el poder necesario
que envolvía a su hermana moribunda y la restauraba. Finalmente no pudo más y
se desplomó, exhausto.
Shan´Nah se levantó y lo ayudó a ponerse en pie. Estaba
completamente restablecida y llena de vigor. Le dio una palmada en el hombro y
echó a correr desarmada y con la armadura destrozada hacia su padre y su tío,
que combatían a la bestia. Idnaar lanzó una de las espadas a la joven, que la
cogió en el aire y con una gran agilidad se encaramó a la espalda del gronn,
por la que ascendió hasta la base del cuello, donde hundió la espada. La luz
les cegó, y un trueno ensordecedor resonó por los estrechos cañones de
Filospada, ahogando los vítores de los muchos orcos que habían participado en
la batalla.
Su familia se acercaba a él: su tío, ahora sin un ojo,
ayudaba a su madre herida a caminar, mientras que su enorme padre, al que la
cresta ya se le comenzaba a volver gris, bromeaba con su hermana, aún joven
pero ya adulta. Él siempre había envidiado aquella camaradería, aunque ahora se
alegraba de poder presenciarla una vez más. Entonces su padre se acercó, y
cogiéndolo de la muñeca, alzó su brazo en alto. Los orcos, que portaban el
tabardo azul del clan, estallaron nuevamente en vítores, mientras su hermana posaba
su mano sobre el otro hombro.
La fría lluvia fue lo que le trajo de vuelta a Filospada una
vez más. Había visto un futuro no muy lejano, uno con un clan fuerte y unido,
con el sueño de su padre hecho realidad, luchando juntos como verdaderos orcos.
No pudo evitar sentirse orgulloso de sí mismo y de su
familia. Esperó con tranquilidad el tercer y último de los rayos que debían
impactarle, cerrando los ojos, listo para el dolor, pero en su lugar simplemente
se sintió bien, en comunión con los elementos; el rayo, el viento, la lluvia y
la montaña bajo sus pies, eran uno.
Abrió los ojos frente a una gran pira funeraria. Notando el
peso de los años a sus espaldas, miró a su alrededor. Unos enormes monumentos
funerarios presidían la ceremonia; pertenecían a sus padres. Observó la pira y vio
el cuerpo de su hermana, marcado por los años y la guerra. A su lado se
encontraba Rosadito, viejo, pero aun así más joven que él, con las enormes
espadas de Idnaar a la espalda, y cogiendo por el hombro a un entristecido adolescente
orco de facciones extrañamente familiares. Un elfo custodiando las espadas de
un clan orco; la imagen no pudo evitar recordarle a cuando los niños del Cruce
se burlaban de él, y sonrió.
Avanzó con confianza ante los cientos de orcos allí reunidos
para despedir a su hermana. A juzgar por la multitud, debía de haber sido una
guerrera excepcional y una gran líder. Ahora él se encargaría de que su
espíritu se reuniera con el de sus padres y otros ancestros, que la recibirían,
complacidos con su legado y el honor y la gloria que había traído al clan en
vida. Ese era su último regalo para su hermana: una despedida digna de los más
grandes héroes de su clan.
La calidez del sol trajo de vuelta al mundo real a Gromil.
La tormenta había pasado, y su hermana le esperaba con el hacha por muleta.
Caminó hacia ella, con la piel crepitante aún por la energía, y los ojos
brillantes.
-Has hecho trampa con tus cosas de chamán. –Shan´Nah torció
el gesto. – No sé si eso es honorable.
El chamán simplemente rió y abrazó a su hermana, cuyas
heridas comenzaron a sanar.
jueves, 19 de febrero de 2015
Darnai
Darnai se asomó a la ventana de su lujoso despacho y observó
cómo su hijo jugaba en el jardín. El niño trataba de realizar una carga, armado
con un escudo y una espada de madera exquisitamente tallada, cortesía de
Nadari, su niñera y uno de los soldados más fiables de su padre.
Nadari era un ser profundamente inquietante. El trauma de
recuperar su consciencia y deber reconciliar las atrocidades cometidas como
siervo de la plaga, había sido demasiado para su pobre mente, que se había
sumido en un estado cercano a la catatonía, desprovisto de cualquier atisbo de
moral o sentimentalismo. Únicamente la sacaban de ese estado lamentable tres
cosas: la batalla, que tan presente había estado en su vida como forestal, los
animales, especialmente la crueldad con ellos, y los niños.
La pobre Gurth´dorei era en el fondo un alma realmente digna
de lástima. Durante la batalla experimentaba una lucidez que rozaba la
brillantez y demostraba un conocimiento táctico asombroso; ante la crueldad con
los animales experimentaba rabia y odio, pero únicamente cuando estaba con
niños parecía experimentar algo de felicidad. Era por eso que Darnai y Kyrie la
habían acogido en su hogar.
Entrañas no era un lugar en el que los niños abundasen. La
mayoría de razas de la Horda la evitaban si podían, y rara vez traían a sus
cachorros. Kinay era la excepción: una pequeña excentricidad concedida a uno de
sus más eminentes Generales por años de leal servicio. Muchos lo veían como una
especie de mascota exótica; el niño elfo de Darnai, un objeto de lujo, como sus
muchas armaduras, que simplemente remarcaba su estatus. Para él no era nada de
eso.
Darnai soltó una leve carcajada cuando reflexionó sobre eso.
En los viejos tiempos nunca se habría considerado un padre. Kinay simplemente
había sido el resultado de actos abominables cometidos únicamente por amor a su
esposa, y sin embargo, con los años había llegado a querer a aquel niño hasta
hacer de su bienestar y protección su máxima prioridad.
Lejos quedaban los años de aventurero descarado que renegaba
de servir a nada mayor que a sí mismo. Lejos quedaba la estupidez de la
juventud, forjada en cientos de batallas en templanza, sabiduría, y lealtad a
una nación que, a pesar de comenzar siendo poco más que un medio para escapar
de su pasado como criminal, se había ganado su lealtad, y en pago le había dado
todo.
Era por ello que luchaba a día de hoy, por conseguir
mantener ese pequeño pedazo de felicidad que otros se empeñaban en negar a los
de su raza: La Alianza, despreciables bastardos de doble moral, que habían
aceptado a los Caballeros de la Muerte entre sus filas, pero tan sólo unos años
antes habían rechazado a los renegados, y decretado que puesto que eran iguales
a la Plaga, debían ser destruidos; Los idiotas de Kalimdor, incapaces de ver más
allá de sus prejuicios y desconfianza, o los arrogantes elfos, que
frecuentemente olvidaban que sin Su Majestad estarían muertos a manos de la Plaga.
Razas inferiores, envidiosas de su inmortalidad y empeñadas en convertirles en
desgraciados, únicamente para no darse cuenta de su patetismo.
Se dispuso a escupir y maldecir a todos aquellos bastardos,
pero se contuvo. No tenía ganas de discutir con Ky si llegara a enterarse. A
pesar de que los sirvientes lo limpiasen, diría que aquel comportamiento
tabernario era incorrecto en una casa y un mal ejemplo para el niño. En lugar
de eso, Darnai pensó en algo más alegre: la caída del Rey Exánime. Uno de sus
enemigos, el mayor de su raza, que ya había caído, aunque no sin el valiente
sacrificio de todos los que en aquel entonces habían sido sus amigos: Mïna,
Valandil, Necro y cientos de leales renegados más habían dado sus vidas por el
futuro que hoy él protegía con celo.
Tanto pensar en enemigos y caídos llevó su mente al
inevitable recuerdo de Drakaren, el que había sido su mejor amigo y compañero
de fatigas desde siempre, hasta que pocos meses atrás fuese despedazado en una
emboscada huargen.
Había hurgado en una herida reciente que aún escocía. Echaba
de menos a su amigo y le odiaba, a la vez que se sentía culpable por su
sacrificio: décadas de amistad terminadas por una carga suicida, que si bien le
habían garantizado una retirada segura, él hubiera preferido tener que abrirse
paso con sangre y acero al lado de su amigo; estaba seguro de que lo habrían
conseguido. Pero no fue sólo su lealtad lo que llevó a Drak a la muerte: fueron
también el amor y la decepción de ver
que su amada había seguido con su vida cuando por fin logró encontrarla en Villadorada,
y que había muerto ya en la época en la que Drakaren se hallaba luchando en
Rasganorte.
Darnai sacudió la cabeza y murmuró: “Ah, viejo idiota.
Siempre fuiste un romántico estúpido. Ojalá ahora la hayas encontrado por fin”.
El General se acercó a un elaborado armario, sacó una
botella de bourbon de Costasur y se sirvió un vaso mientras repasaba mentalmente
todo lo que podía haber llevado al pobre Drak a ese arrebato de locura. Si de
él dependía, procuraría que ninguno de sus hombres pasase por lo mismo. Era su
deber cuidar de ellos; la mayoría de los nuevos aún le veían como una figura
distante y en cierto modo aterradora, pero con los otros era diferente.
Volvió a echar un vistazo a Nadari, que arremetía con una de
sus letales espadas contra el niño, que por acto reflejo, además de bloquear
con el escudo, se envolvió en una burbuja protectora. Definitivamente lo estaba
haciendo bien. Nadari había mejorado mucho desde que la habían acogido, incluso
ocasionalmente hablaba. Y el cabo Joss, la cabo, se corrigió, iba mejorando
desde que la reclutase forzosamente. Aún no tenía claro el empeño en hacerse
pasar por un chico, pero podía dejarlo correr; había muerto en plena
adolescencia, eso debía de ser confuso para ella. Ya maduraría, aunque sabía
que, de algún modo, mientras la amiga esa suya siguiera rondando por ahí, eso
iba a ser algo más difícil.
A pesar de todo, Joss era una buena muchacha y de fiar.
Estaba seguro de podría hacer una buena oficial de ella; tal vez algún día
llegase a capitana, aunque lograrlo requeriría tiempo, esfuerzo, y entender
algunas de las cosas raras que hacía a veces.
-¿En qué piensas, querido? - La voz dulce de su esposa llegó
desde la puerta del despacho.
-Nada, recordaba viejos tiempos y a algunos de los muchachos.-
Darnai sonrió con tristeza y se acercó a su mujer, a la que besó con ternura.
-Yo también los echo de menos a veces. Pero debemos seguir
adelante y hacer que sus vidas hayan servido para algo.
-Lo sé. Ven, vamos abajo, acabo de ver a Kinay invocar una
burbuja protectora. A ver si puede repetirlo.
-¡Qué bien! Será sacerdote como mamá. – La guapa muerta
pelirroja sonrió, orgullosa de su hijo.
- No si yo puedo evitarlo. Ese niño aprenderá a blandir
espadas y usar escudos como que me llamo Darnai. A fin de cuentas, él es el
futuro.
jueves, 12 de febrero de 2015
Takemaru
Notas: Esto lo escribí hace tiempo para un dk que tengo super abandonado pero como Vivaldi también reciclaba sus obras, la reciclé para Takemaru. XP
Takemaru. Caballero de la muerte.
La ciudad de Orgrimmar rebozaba bullicio desde altas horas de la mañana, era normal en los tiempos que corrían. Las tropas entraban y salían. Los soldados entrenaban duramente, preparaban sus equipos y reparaban su armamento. Los oficiales organizaban sus batallones para las nuevas campañas en Rasganorte. Era un constante ir y venir de gente; pero entre tanta actividad siempre se podía sacar un rato libre para tomarse un respiro.
Aquel día la taberna estaba atestada. La guerrera y el chaman orcos disfrutaban de sus últimas horas juntos. Pronto cada uno de ellos partiría hacia su nuevo destino y quién sabe cuando volverían a verse. Se levantaron de la mesa para marcharse.
- Espera un momento, voy a…-Dijo el chamán a su compañera señalando hacia el baño.
- Te espero fuera - respondió la guerrera.
Absorta en sus pensamiento se dirigía a la puerta sin prestar atención a su alrededor cuando una mano la agarró con fuerza por el brazo obligándola a volverse.
- ¿No vas a saludar a una vieja amiga?- Dijo el caballero de negra armadura que la sujetaba.
La guerrera quedó petrificada. Conocía muy bien aquella voz y aquel rostro, pero no aquellos ojos de mirada gélida. Aquella siniestra figura que estaba frente a ella no podía ser Takema. No podía ser ella, la orca de corazón valiente y sonrisa fanfarrona con el que había crecido en las llanuras de Durotar. No era posible. Takema Ru estaba muerta, había dado la vida defendiendo su patria. No podía ser ella. No podía ser.
- Zemdra ¿No me reconoces? - insistió la caballero.
Zemdra era incapaz de reaccionar paralizada de horror. Como si el helado contacto de la mano que le agarraba la hubiese congelado. La oportuna llegada de su compañero y el empujón que este propinó ala caballero la sacó de su trance.
- ¿Buscas problemas?- increpó el chaman a la caballero.
- No Zamdor...es…es...es una amiga. – Lo detuvo la guerrera.
La caballero Takema dirigió una mirada desafiante a su agresor pero se contuvo. Sabía que no era prudente retar a un oficial; podía acarrearle muchos problemas. Nadie apreciaba a los caballeros de la espada de ébano. Simplemente se les toleraba porque eran un poderoso aliado frente a los ejércitos de la plaga en tierras del norte. Se limitó a recolocarse la oscura armadura con parsimonia. Sin decir palabra se encaminó a la salida con andar pausado. Al pasar junto a la guerrera se detuvo brevemente. Takema Ru se inclinó para hablarle tan cerca que Zemdra notó como el glacial halo de aquel cuerpo, que una vez fue cálido, la envolvía de forma asfixiante.
- Que el brillo de tus hojas nunca se apague. – Takema lanzó una última mirada desdeñosa al chaman mientras hablaba. - Nos volveremos a ver - Aquella frase en su voz distorsionada por la muerte sonó a amenaza más que a despedida.
Zamdor se puso a la defensiva. A pesar de la amnistía decretada por Thrall pocos eran los que no sentían aversión hacia aquellas aberraciones de la madre tierra.
- ¿Qué clase de amiga es esa?- exclamó Zamdor airado- ¿De qué va esa imbec...?- Se detuvo al ver el estado en que se encontraba su compañera. Estaba pálida y temblaba. Se agarraba el pecho en un intento inútil de controlar el torbellino de emociones que se le venía encima.
- ¿Qué te ocurre Zemdra? ¿Estás bien?- El enfado dejó paso a la preocupación.
- Hace seis años... -Dijo ella en un hilo de voz.-... ¿Recuerdas la primera noche que pasaste conmigo?
Zamdor lo entendió -¿Ese caballero es...? – Recordó el terrible mazazo que había supuesto para Zemdra la muerte de mejor amiga, a la que quería como a un hermana.
La caballero de la espada de ébano dejó atrás la ruidosa calle mayor inmersa en sus oscuros pensamientos. Abordar así a Zemdra había sido una estupidez. Sabía muy bien el efecto que provocaba en los demás. ¿Qué esperaba? Era muy consciente de su condición de exánime y de sus acciones pasadas. ¿Qué había pretendido? ¿Volver a ser la que era, recuperar su vida pasada? Soltó una seca carcajada de forma inconsciente y escupió al suelo. Ya nada podía ser como antes. El pasado que recordaba no le pertenecía. No; Takema Ru ya no existía. Solo Takema; Takemaru Caballero de la Muerte.
Fin.
Takemaru. Caballero de la muerte.
La ciudad de Orgrimmar rebozaba bullicio desde altas horas de la mañana, era normal en los tiempos que corrían. Las tropas entraban y salían. Los soldados entrenaban duramente, preparaban sus equipos y reparaban su armamento. Los oficiales organizaban sus batallones para las nuevas campañas en Rasganorte. Era un constante ir y venir de gente; pero entre tanta actividad siempre se podía sacar un rato libre para tomarse un respiro.
Aquel día la taberna estaba atestada. La guerrera y el chaman orcos disfrutaban de sus últimas horas juntos. Pronto cada uno de ellos partiría hacia su nuevo destino y quién sabe cuando volverían a verse. Se levantaron de la mesa para marcharse.
- Espera un momento, voy a…-Dijo el chamán a su compañera señalando hacia el baño.
- Te espero fuera - respondió la guerrera.
Absorta en sus pensamiento se dirigía a la puerta sin prestar atención a su alrededor cuando una mano la agarró con fuerza por el brazo obligándola a volverse.
- ¿No vas a saludar a una vieja amiga?- Dijo el caballero de negra armadura que la sujetaba.
La guerrera quedó petrificada. Conocía muy bien aquella voz y aquel rostro, pero no aquellos ojos de mirada gélida. Aquella siniestra figura que estaba frente a ella no podía ser Takema. No podía ser ella, la orca de corazón valiente y sonrisa fanfarrona con el que había crecido en las llanuras de Durotar. No era posible. Takema Ru estaba muerta, había dado la vida defendiendo su patria. No podía ser ella. No podía ser.
- Zemdra ¿No me reconoces? - insistió la caballero.
Zemdra era incapaz de reaccionar paralizada de horror. Como si el helado contacto de la mano que le agarraba la hubiese congelado. La oportuna llegada de su compañero y el empujón que este propinó ala caballero la sacó de su trance.
- ¿Buscas problemas?- increpó el chaman a la caballero.
- No Zamdor...es…es...es una amiga. – Lo detuvo la guerrera.
La caballero Takema dirigió una mirada desafiante a su agresor pero se contuvo. Sabía que no era prudente retar a un oficial; podía acarrearle muchos problemas. Nadie apreciaba a los caballeros de la espada de ébano. Simplemente se les toleraba porque eran un poderoso aliado frente a los ejércitos de la plaga en tierras del norte. Se limitó a recolocarse la oscura armadura con parsimonia. Sin decir palabra se encaminó a la salida con andar pausado. Al pasar junto a la guerrera se detuvo brevemente. Takema Ru se inclinó para hablarle tan cerca que Zemdra notó como el glacial halo de aquel cuerpo, que una vez fue cálido, la envolvía de forma asfixiante.
- Que el brillo de tus hojas nunca se apague. – Takema lanzó una última mirada desdeñosa al chaman mientras hablaba. - Nos volveremos a ver - Aquella frase en su voz distorsionada por la muerte sonó a amenaza más que a despedida.
Zamdor se puso a la defensiva. A pesar de la amnistía decretada por Thrall pocos eran los que no sentían aversión hacia aquellas aberraciones de la madre tierra.
- ¿Qué clase de amiga es esa?- exclamó Zamdor airado- ¿De qué va esa imbec...?- Se detuvo al ver el estado en que se encontraba su compañera. Estaba pálida y temblaba. Se agarraba el pecho en un intento inútil de controlar el torbellino de emociones que se le venía encima.
- ¿Qué te ocurre Zemdra? ¿Estás bien?- El enfado dejó paso a la preocupación.
- Hace seis años... -Dijo ella en un hilo de voz.-... ¿Recuerdas la primera noche que pasaste conmigo?
Zamdor lo entendió -¿Ese caballero es...? – Recordó el terrible mazazo que había supuesto para Zemdra la muerte de mejor amiga, a la que quería como a un hermana.
La caballero de la espada de ébano dejó atrás la ruidosa calle mayor inmersa en sus oscuros pensamientos. Abordar así a Zemdra había sido una estupidez. Sabía muy bien el efecto que provocaba en los demás. ¿Qué esperaba? Era muy consciente de su condición de exánime y de sus acciones pasadas. ¿Qué había pretendido? ¿Volver a ser la que era, recuperar su vida pasada? Soltó una seca carcajada de forma inconsciente y escupió al suelo. Ya nada podía ser como antes. El pasado que recordaba no le pertenecía. No; Takema Ru ya no existía. Solo Takema; Takemaru Caballero de la Muerte.
Fin.
domingo, 8 de febrero de 2015
El despertar del druida.
Notas de la autora: He corregido un fallo de lore que había sobre la ubicación de los druidas durmientes y como soy así de fatiga no puedo releer un relato sin reescribir ciertas partes.
Cap. I - Ulsey CimadelTrueno.
Era una cálida mañana y como era la tradición tauren un grupo de jóvenes aprendices de druida se había reunido en Claro de Luna para celebrar el rito de primavera.
Ulsey no paraba de rascarse la barbilla. Estaba en esa edad en la que a los jóvenes taurens empieza a crecerles la barba, lo que era un incordio porque picaba bastante. Comenzó a aburrirse. Conocía la ceremonia de memoria, la habían ensayado muchas veces. Tenía que permanecer allí sentado un buen rato hasta que sus maestros terminaran los rituales de presentación de ofrendas a los ancestros.
Distraído observó el paisaje que le rodeaba. Su mirada se posó en una arboleda cercana que emanaba un tenue resplandor esmeralda. Dos palabras cobraron forma en su cabeza de modo inmediato “Sueño esmeralda” Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa pícara apareció en su cara. ¿Sería allí donde los druidas dormían el sueño esmeralda? ¡Eso tenía que verlo con sus propios ojos!
- ¡Oye Tolem! - le susurro a su compañero - Vuelvo enseguida, no me delates.
- ¡Que dices Ul! ¡¿A dónde vas?! - Tolem le miró sorprendido.
Ulsey puso la mano en el suelo e hizo brotar un enorme champiñón. Cogió una rama, la partió en dos y se las clavó a modo de cuernos. Le puso su capa por encima y ¡Listo! Nadie notaría su ausencia.
- Volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo.- y se escabulló con sigilo felino hasta la arboleda.
- ¡Vuelve Ul! ¡Te la vas a cargar!- susurró su compañero alarmado.
Ulsey cruzó la arboleda y llegó a la puerta del túmulo. Descendió de dos en dos los escalones que conducían a la cámara. La estancia estaba bañada de suave luz esmeralda y en su interior descansaban los druidas en círculo sobre lechos de piedra. Parecían congelados en el tiempo, pensó. Extendió la mano hacia la cúpula de luz pero no llegó a tocarla, sabía que no debía hacerlo. Su mirada recorrió las figuras durmientes hasta posarse en una fácilmente reconocible. El único tauren que descansaba allí. Le inundó un sentimiento de admiración y devoción. Lentamente caminó rodeando la cúpula hasta donde yacía el archidruida Hamuul. Tan fascinado se sentía que no se fijó donde pisaba. Una raíz se enredó en su pezuña y sin que nada lo impidiera Ulsey cayó de bruces al interior de la cúpula esmeralda. Se dio la vuelta e intentó levantarse pero el cuerpo no le respondía, le pesaba demasiado. Un inmenso sopor le invadió. Los parpados se le cerraban sin poder evitarlo.
- ¡No puede ser! Tengo que volver, tengo que…- El sueño esmeralda le envolvió por completo y el joven tauren quedó dormido junto a los demás druidas.
-o-
Ulsey intentó abrir los ojos. La luz era de un azul brillante y le dañaba. Los parpados le pesaban sobre manera. Lo intentó de nuevo. Con los ojos entreabiertos vio un rostro de piel pálida y cabellera negra. La imagen era borrosa. Alguien cantaba una dulce canción. No pudo entender lo que decía. Permaneció tumbado largo rato hasta que consiguió abrir los ojos por completo. Se encontró contemplando el techo de la cámara bellamente decorada. Entonces calló en la cuenta: la luz esmeralda había desaparecido. Se incorporó hasta quedar sentado. Los durmientes tampoco estaban.
Sintió un enorme peso en su cabeza que le hizo inclinarla hacía abajo, se quedó perplejo con lo que vio. Sus crines y su barba le habían crecido hasta la cintura y su pelaje gris se había vuelto negro. Se llevó las manos a las sienes donde sentía el peso palpando la enorme cornamenta que había crecido apuntando al frente como los de un adulto. ¿Un adulto? ¡Espera, no puede ser! Ulsey empezó a ponerse nervioso. Miró sus manos. Eran anchas y fuertes. ¡Eran Enormes! Cada vez estaba más alterado, no entendía nada. Se levantó de un salto pero el suelo y sus pies estaban a más distancia de la que debería. No controló el equilibrio y calló de morros. Su cornamenta se clavó en el terreno. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo aquello? Ulsey se sentía cada vez más aterrado. Decenas de champiñones empezaron a brotar a su alrededor, uno nació debajo de su hocico y al crecer se le metió por el orificio nasal. Intentó zafarse pero estaba bien clavado al suelo, tuvo que dar un enérgico impulso para soltarse. Tan fuerte fue el envite que quedó de nuevo tumbado boca arriba mientras montones de hongos surgían y explotaban soltando esporas a su alrededor.
Un disco lunar comenzó a formarse encima de él, cuando completó la formación descargó su rayo. Ulsey quedó paralizado por el miedo. El rayo había impactado justo entre sus piernas. Se incorporó. El caos a su alrededor se aceleraba a medias que crecía su pánico. El disco lunar aparecía aleatoriamente descargando rayos. Los champiñones germinaban y explotaban a un ritmo tan frenético como su respiración. El aire empezaba a arremolinarse y a formar pequeños tornados y él...él estaba a punto de ponerse a gritar igual que un crío histérico. El champiñón que le obstruía la fosa nasal hizo que se sintiese mareado. Le faltaba el aire y comenzó a perder la conciencia. En ese momento pudo percibir como la energía de su interior bullía descontrolada.
-¡Un momento!- Pensó- Aquí no hay nadie. ¿Esto lo estoy provocando yo?- Se sacó el hongo de la nariz, tomo una bocanada profunda de aire y exhaló despacio. Comenzó a controlar su respiración y a tratar de clamarse. A medida que lo hacía también se iba aplacando la naturaleza desatada de su alrededor.
¿Que había ocurrido? Se preguntó mientras recuperaba la calma. Recordó haberse escabullido de la ceremonia para ver a los archidruidas durmientes y de haber tropezado en la estancia esmeralda. No recordaba nada del sueño, era más bien una sensación. La sensación de haber estado haciendo algo. ¿El qué? No lo recordaba. ¿Durante cuanto tiempo? Volvió a mirarse los brazos anchos como troncos de árbol. Sin duda había pasado el tiempo suficiente como para hacer de él un tauren adulto. Se quedó tumbado contemplando el techo abrumado por ese pensamiento. Una figura le tapó la visión. Ulsey se incorporó y reconoció al elfo de la noche que le miraba divertido. Era uno de los druidas durmientes, tuvo la certeza de conocerlo desde hacía mucho. El elfo se agachó y cubrió con su capa al tauren. Solo entonces Ulsey se percató de que estaba desnudo.
- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- Preguntó.
- No lo sé amigo mío- respondió el elfo sosegado- Debes volver con tu gente. Cuando llegue el momento búscanos en el santuario de Malorne. Ahora debo irme.
El druida elfo se alejó dejando a Ulsey sentado en el suelo intentando asimilar todo aquello. ¿Qué habría sido de su gente? ¿Le reconocerían al verle? ¿Les reconocería él? Le caería una enorme bronca. Suspiró resignado y se puso en pié.
Cap. II - Yuhe Runaplata.
Yuhe reprimió un bostezo. Estaba algo cansado de estar allí plantado junto a su compañero durante horas. Guardaba las puertas del pabellón mientras sus superiores estaban reunidos. Una tarea bastante tediosa para un joven sendorei deseoso de demostrar su valía. De momento tenía que conformarse con misiones de escolta o vigilancia y poco más. En aquella ocasión le había tocado escoltar a una delegación Horda a Claro de Luna.
Al término de la reunión su capitán les dio descanso hasta nueva orden. Comió con sus compañeros y luego decidió darse un paseo por el lugar. La frondosidad y belleza de aquel valle le recordaba mucho a los bosques de su patria.
Caminaba tranquilamente cuando reparó en una puerta tallada en la roca. Había oído infinidad de veces las historias sobre los túmulos del sueño esmeralda y sus ocupantes. No pudo reprimir su curiosidad y bajó a la cámara. Al entrar llamó su atención un enorme tauren despatarrado en el suelo. Su ropa estaba hecha jirones como si le hubiesen estallado. Yuhe se acercó alarmado para comprobar si estaba vivo. Sorprendentemente el tauren roncaba plácidamente. Reparó en los druidas que descansaban en sus lechos de piedra a escasos metros de él. No había ninguna cama vacia, algo no encajaba en aquella escena. ¿Qué podía haber sucedido para que aquel druida estuviese en el suelo de aquella manera?
Se levantó para acercarse al círculo de durmientes y antes de poder dar un paso sus pies tropezaron con algo yendo a aterrizar sobre la barriga del tauren. El joven elfo contuvo la respiración inmóvil. El druida abrió ligeramente los ojos, parpadeó resoplando levemente. El sonido de un cuerno se oyó en la lejanía. El paladín horrorizado se puso blanco y el pulso se le disparó. ¡Había sacado al druida del sueño esmeralda! Sin saber que hacer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar una nana Sin’dorei. Aquello pareció dar resultado. El tauren volvió a cerrar los ojos pero antes de poder sentirse aliviado Yuhe percibió movimientos a su alrededor. Levantó la vista y descubrió que los druidas estaban despertando. El cuerno seguía sonando ¡Había profanado el sueño de los druidas con su torpeza! Ese pensamiento se encendió en su cabeza chillando como una alarma gobling. No podía imaginar las consecuencias de semejante acto. Un pánico irracional le invadió y salió corriendo del túmulo.
Sin aliento llegó a la orilla del lago y se dejó caer. No podía creer lo que acababa de hacer. Había huido de la escena del crimen. Permaneció un buen rato allí intentado en vano calmarse. Lo que más aterraba a Yuhe no era el castigo por haber interrumpido el sueño de los druidas si no la vergüenza que supondría para la familia Runaplata. Su padre era un héroe caído en Rasganorte. Prefería afrontar cualquier castigo aunque la condena supusiera el fin de su carrera como paladín antes que manchar su nombre. Se encogió angustiado. Les decepcionaría igualmente. Nunca estaría a su altura. Nunca sería lo suficientemente bueno.
-¡Yuhe, al fin te encuentro!- exclamó una voz a su espalda. Al oír a su compañero yuhe se puso rigido de un salto. - El capitán quiere que nos reunamos con él en el pabellón central.
El joven paladín sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza. El tauren le había visto y le habrían identificado enseguida. Otros elfos de sangre componían la delegación horda pero solo él tenía el pelo de un negro azulado, algo bastante inusual entre los Sin’dorie. No podía huir otra vez, tenía que afrontar su culpa.
Entró en el pabellón como un zombi. Todo el mundo estaba allí reunido. Se quedó plantado en la entrada. Estaba totalmente pálido y un sudor frío le recorría la espalda. Su compañero al verle allí quieto le instó a que ocupara su lugar como escolta. Su capitán estaba de espaldas, se volvió hacía él. Yuhe tragó saliva y deseó con todas sus fuerzas que un vacío abisal se abriera en ese preciso instante bajo sus pies y le tragara. Aquello significaba el fin. Armándose de valor dio un paso al frente.
-Mi capitán, yo...yo...- intentó formar una frase coherente.
- ¿Qué te ocurre muchacho? Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?- El capitán le miraba preocupado.
- No. Yo…- Yuhe estaba cada vez más blanco.
- Tienes permiso para retirarte - Le interrumpió el capitán-. En cuanto nos aclaren el motivo de hacer sonar el cuerno de Cenarius despertando a los druidas, le pediré a algún sanador que vaya a atenderte.
¿¿Como?? ¿Cenarius era quien había despertado a los druidas? El joven elfo sintió que la tensión de su cuerpo se relajaba de golpe. Le fallaron las rodillas.
- ¡Dahirus, Llévale a la enfermería!- ordenó el capitán.
- No, no. Estoy bien, estoy bien – Yuhe se sentó. El color volvió poco a poco a sus mejillas mientras daba gracias mentalmente a la luz, a Cenarius y todos los ancestros jurandose que jamás volvería a huir de sus responsabilidades y que siempre afrontaría las consecuencias de sus actos.
Ya recuperado del traumático trance observó a los reunidos. Se fijó en los druidas durmientes ahora despiertos. Había un tauren entre ellos pero no era aquél sobre el que había caído. Pensándolo con más calma, la presencia de aquel tauren en el túmulo era bastante extraña. Estaba fuera del círculo de piedra, tumbado sobre el suelo frío como si alguien lo hubiese arrojado allí sin ningún miramiento y su ropa estaba destrozada. Lo buscó con la mirada por toda la sala pero no lo vio. No volvería a verle hasta muchos años después.
Afortunadamente para Yuhe aquello quedó en una vergonzosa anécdota que jamás contaría a nadie.
Cap. III.
Las tropas de la Horda comenzaron a embarcar en los zeppelines. Había un gran bullicio. Todos estaban entusiasmados y charlaban animados sobre el nuevo continente descubierto al sur de Azeroth al que se dirigían como apoyo.
Una vez dentro del zeppelín Yuhe buscó un hueco entre sus enormes compañeros donde soltar su equipo de campaña. Orcos, taurens y trols le doblaban en tamaño.
Entre la algarabía se oía la voz grave de un tauren que no paraba de contar chiste, hacer bromas y animar a sus compañeros con su alegre cháchara. Se volvió para mirarle divertido por su acento sureño. Se quedó de piedra. Conocía a aquel druida. Jamás había olvidado su rostro. ¿Como olvidarlo después de lo sucedido en Claro de Luna? Un sentimiento de vergüenza y culpa le había perseguido durante todos aquellos años. El druida reparó en la cara desencajada del elfo y se acercó.
-¡Eh, tú!- dijo posando su mano en el hombro del pálido Yuhe- ¿Es tu primera vez? No tienes ná que temer compañero. Los camaradas estamos pa protegernos los unos a los otros. Yo soy sanador y te aseguro que me emplearé al máximo pa que ninguno de vosotros recibáis daño.- el druida hablaba con entusiasmo mientras le estrujaba con su enorme brazo. Al retirar la mano de la armadura de Yuhe brotó un champiñón.
-¡Ups! Disculpa- dijo el druida mientras le quitaba el hongo- Aún no controlo del tó este hechizo.
- Deja al muchacho Ul. Le vas a poner más nervioso de lo que ya está – dijo la sacerdotisa que lideraba el grupo.
-Y a mi me va a estallar la cabeza como no te calles - Exclamó un orco que andaba cerca.
- Pos aquí tengo un champiñón curativo ideal pa dolores de cabeza compañero Jorf- El druida se giró para seguir dando la tabarra al orco.
El joven paladín aprovechó para escabullirse. Al parecer el druida no le había reconocido, le había tomado por un novato. Prefirió pasar desapercibido y no discutir sobre sus logros.
- ¿Te encuentras bien?- La sacerdotisa se le acercó.
- No se preocupe por mí, lady Aorela- Yuhe se puso firme.
Sentía una enorme admiración por aquella mujer. Siempre que la miraba no podía evitar preguntarse como alguien que llevaba tantos años luchando en tantas guerras absurdas podía seguir conservando la serenidad. No solo tenía el don de sanar el cuerpo si no también de sosegar el alma con la dulzura de su voz.
- Procura descansar, el viaje será largo- Tocó suavemente su hombro y la agitación que sentía desapareció.
- Así haré, lady Aorela.
- ¡Para de una vez Ul! - Se oyó protestar una voz al fondo -¡Eres más latoso que un gobling!
- ¡¡Eeeeh!! ¡¿Que pasa con los goblings?! - respondió otra voz chillona.
Las horas pasaban lentamente. La noche había caído ya. En el interior de la nave solo se escuchaba el monótono rugir de los motores. Todos dormían excepto Yuhe que no conseguía conciliar el sueño. Comenzó cantar en voz baja una vieja canción Sin’dorei. Cantar le ayudaba a relajarse en las noches difíciles previas a un enfrentamiento.
- Eras tú quien cantaba aquel día. ¿Verdad?- era la voz del druida.
Yuhe calló de inmediato. Dudó un instante, luego tomó aire y contestó.
- Sí. Fui yo quien te despertó- Esperó la reacción del druida sin atreverse a mirarle directamente.
- Gracias- respondió el tauren recostado en un nicho cercano. Tenía cerrados los ojos y reposaba tranquilo con una sonrisa en la cara.
- ¿No estás enfadado?- Dijo Yuhe desconcertado.
- Ummm...yo no debía estar en el sueño esmeralda y...aún estaría perdido en él de no ser... por ti- Esta vez hablaba con la parsimonia habitual de los taurens- Lo que estoy es...agradecido.
- ¿Qué hacías allí tirado? Siempre me lo he preguntado- La cuestión le había estado reconcomiendo desde entonces.
- Digamos que...mi entrada en el sueño fue... un dasafortunado…tropiezo.
- Y tu despertar también lo fue- Murmuró Yuhe sintiéndose aliviado.
El druida se incorporó y le tendió la mano amistosamente.
– Me llamo Ulsey Cimadeltrueno- le guiñó un ojo con picardía- Ul para los amigos.
- Yuhe – El elfo le estrechó la mano profundamente agradecido por el indulto que acababa de recibir- Yuhe Runaplata.
Al soltar la mano del tauren sintió un tremendo hormigueo en su palma. Un champiñón crecía en ella.
- ¡Ups!- Ulsey disculpándose le despegó la seta de la mano- Tengo que practicar más.
Al joven elfo le entró la risa floja y los dos comenzaron a reír.
-¡Callaos!- grito un orco irritado- ¡algunos intentamos dormir!
Ambos volvieron a sus nichos y permanecieron en silencio. Aquella noche Yuhe durmió tan profundamente como hacia años que no lo hacía.
Fin.
Cap. I - Ulsey CimadelTrueno.
Era una cálida mañana y como era la tradición tauren un grupo de jóvenes aprendices de druida se había reunido en Claro de Luna para celebrar el rito de primavera.
Ulsey no paraba de rascarse la barbilla. Estaba en esa edad en la que a los jóvenes taurens empieza a crecerles la barba, lo que era un incordio porque picaba bastante. Comenzó a aburrirse. Conocía la ceremonia de memoria, la habían ensayado muchas veces. Tenía que permanecer allí sentado un buen rato hasta que sus maestros terminaran los rituales de presentación de ofrendas a los ancestros.
Distraído observó el paisaje que le rodeaba. Su mirada se posó en una arboleda cercana que emanaba un tenue resplandor esmeralda. Dos palabras cobraron forma en su cabeza de modo inmediato “Sueño esmeralda” Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa pícara apareció en su cara. ¿Sería allí donde los druidas dormían el sueño esmeralda? ¡Eso tenía que verlo con sus propios ojos!
- ¡Oye Tolem! - le susurro a su compañero - Vuelvo enseguida, no me delates.
- ¡Que dices Ul! ¡¿A dónde vas?! - Tolem le miró sorprendido.
Ulsey puso la mano en el suelo e hizo brotar un enorme champiñón. Cogió una rama, la partió en dos y se las clavó a modo de cuernos. Le puso su capa por encima y ¡Listo! Nadie notaría su ausencia.
- Volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo.- y se escabulló con sigilo felino hasta la arboleda.
- ¡Vuelve Ul! ¡Te la vas a cargar!- susurró su compañero alarmado.
Ulsey cruzó la arboleda y llegó a la puerta del túmulo. Descendió de dos en dos los escalones que conducían a la cámara. La estancia estaba bañada de suave luz esmeralda y en su interior descansaban los druidas en círculo sobre lechos de piedra. Parecían congelados en el tiempo, pensó. Extendió la mano hacia la cúpula de luz pero no llegó a tocarla, sabía que no debía hacerlo. Su mirada recorrió las figuras durmientes hasta posarse en una fácilmente reconocible. El único tauren que descansaba allí. Le inundó un sentimiento de admiración y devoción. Lentamente caminó rodeando la cúpula hasta donde yacía el archidruida Hamuul. Tan fascinado se sentía que no se fijó donde pisaba. Una raíz se enredó en su pezuña y sin que nada lo impidiera Ulsey cayó de bruces al interior de la cúpula esmeralda. Se dio la vuelta e intentó levantarse pero el cuerpo no le respondía, le pesaba demasiado. Un inmenso sopor le invadió. Los parpados se le cerraban sin poder evitarlo.
- ¡No puede ser! Tengo que volver, tengo que…- El sueño esmeralda le envolvió por completo y el joven tauren quedó dormido junto a los demás druidas.
-o-
Ulsey intentó abrir los ojos. La luz era de un azul brillante y le dañaba. Los parpados le pesaban sobre manera. Lo intentó de nuevo. Con los ojos entreabiertos vio un rostro de piel pálida y cabellera negra. La imagen era borrosa. Alguien cantaba una dulce canción. No pudo entender lo que decía. Permaneció tumbado largo rato hasta que consiguió abrir los ojos por completo. Se encontró contemplando el techo de la cámara bellamente decorada. Entonces calló en la cuenta: la luz esmeralda había desaparecido. Se incorporó hasta quedar sentado. Los durmientes tampoco estaban.
Sintió un enorme peso en su cabeza que le hizo inclinarla hacía abajo, se quedó perplejo con lo que vio. Sus crines y su barba le habían crecido hasta la cintura y su pelaje gris se había vuelto negro. Se llevó las manos a las sienes donde sentía el peso palpando la enorme cornamenta que había crecido apuntando al frente como los de un adulto. ¿Un adulto? ¡Espera, no puede ser! Ulsey empezó a ponerse nervioso. Miró sus manos. Eran anchas y fuertes. ¡Eran Enormes! Cada vez estaba más alterado, no entendía nada. Se levantó de un salto pero el suelo y sus pies estaban a más distancia de la que debería. No controló el equilibrio y calló de morros. Su cornamenta se clavó en el terreno. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo aquello? Ulsey se sentía cada vez más aterrado. Decenas de champiñones empezaron a brotar a su alrededor, uno nació debajo de su hocico y al crecer se le metió por el orificio nasal. Intentó zafarse pero estaba bien clavado al suelo, tuvo que dar un enérgico impulso para soltarse. Tan fuerte fue el envite que quedó de nuevo tumbado boca arriba mientras montones de hongos surgían y explotaban soltando esporas a su alrededor.
Un disco lunar comenzó a formarse encima de él, cuando completó la formación descargó su rayo. Ulsey quedó paralizado por el miedo. El rayo había impactado justo entre sus piernas. Se incorporó. El caos a su alrededor se aceleraba a medias que crecía su pánico. El disco lunar aparecía aleatoriamente descargando rayos. Los champiñones germinaban y explotaban a un ritmo tan frenético como su respiración. El aire empezaba a arremolinarse y a formar pequeños tornados y él...él estaba a punto de ponerse a gritar igual que un crío histérico. El champiñón que le obstruía la fosa nasal hizo que se sintiese mareado. Le faltaba el aire y comenzó a perder la conciencia. En ese momento pudo percibir como la energía de su interior bullía descontrolada.
-¡Un momento!- Pensó- Aquí no hay nadie. ¿Esto lo estoy provocando yo?- Se sacó el hongo de la nariz, tomo una bocanada profunda de aire y exhaló despacio. Comenzó a controlar su respiración y a tratar de clamarse. A medida que lo hacía también se iba aplacando la naturaleza desatada de su alrededor.
¿Que había ocurrido? Se preguntó mientras recuperaba la calma. Recordó haberse escabullido de la ceremonia para ver a los archidruidas durmientes y de haber tropezado en la estancia esmeralda. No recordaba nada del sueño, era más bien una sensación. La sensación de haber estado haciendo algo. ¿El qué? No lo recordaba. ¿Durante cuanto tiempo? Volvió a mirarse los brazos anchos como troncos de árbol. Sin duda había pasado el tiempo suficiente como para hacer de él un tauren adulto. Se quedó tumbado contemplando el techo abrumado por ese pensamiento. Una figura le tapó la visión. Ulsey se incorporó y reconoció al elfo de la noche que le miraba divertido. Era uno de los druidas durmientes, tuvo la certeza de conocerlo desde hacía mucho. El elfo se agachó y cubrió con su capa al tauren. Solo entonces Ulsey se percató de que estaba desnudo.
- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- Preguntó.
- No lo sé amigo mío- respondió el elfo sosegado- Debes volver con tu gente. Cuando llegue el momento búscanos en el santuario de Malorne. Ahora debo irme.
El druida elfo se alejó dejando a Ulsey sentado en el suelo intentando asimilar todo aquello. ¿Qué habría sido de su gente? ¿Le reconocerían al verle? ¿Les reconocería él? Le caería una enorme bronca. Suspiró resignado y se puso en pié.
Cap. II - Yuhe Runaplata.
Yuhe reprimió un bostezo. Estaba algo cansado de estar allí plantado junto a su compañero durante horas. Guardaba las puertas del pabellón mientras sus superiores estaban reunidos. Una tarea bastante tediosa para un joven sendorei deseoso de demostrar su valía. De momento tenía que conformarse con misiones de escolta o vigilancia y poco más. En aquella ocasión le había tocado escoltar a una delegación Horda a Claro de Luna.
Al término de la reunión su capitán les dio descanso hasta nueva orden. Comió con sus compañeros y luego decidió darse un paseo por el lugar. La frondosidad y belleza de aquel valle le recordaba mucho a los bosques de su patria.
Caminaba tranquilamente cuando reparó en una puerta tallada en la roca. Había oído infinidad de veces las historias sobre los túmulos del sueño esmeralda y sus ocupantes. No pudo reprimir su curiosidad y bajó a la cámara. Al entrar llamó su atención un enorme tauren despatarrado en el suelo. Su ropa estaba hecha jirones como si le hubiesen estallado. Yuhe se acercó alarmado para comprobar si estaba vivo. Sorprendentemente el tauren roncaba plácidamente. Reparó en los druidas que descansaban en sus lechos de piedra a escasos metros de él. No había ninguna cama vacia, algo no encajaba en aquella escena. ¿Qué podía haber sucedido para que aquel druida estuviese en el suelo de aquella manera?
Se levantó para acercarse al círculo de durmientes y antes de poder dar un paso sus pies tropezaron con algo yendo a aterrizar sobre la barriga del tauren. El joven elfo contuvo la respiración inmóvil. El druida abrió ligeramente los ojos, parpadeó resoplando levemente. El sonido de un cuerno se oyó en la lejanía. El paladín horrorizado se puso blanco y el pulso se le disparó. ¡Había sacado al druida del sueño esmeralda! Sin saber que hacer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar una nana Sin’dorei. Aquello pareció dar resultado. El tauren volvió a cerrar los ojos pero antes de poder sentirse aliviado Yuhe percibió movimientos a su alrededor. Levantó la vista y descubrió que los druidas estaban despertando. El cuerno seguía sonando ¡Había profanado el sueño de los druidas con su torpeza! Ese pensamiento se encendió en su cabeza chillando como una alarma gobling. No podía imaginar las consecuencias de semejante acto. Un pánico irracional le invadió y salió corriendo del túmulo.
Sin aliento llegó a la orilla del lago y se dejó caer. No podía creer lo que acababa de hacer. Había huido de la escena del crimen. Permaneció un buen rato allí intentado en vano calmarse. Lo que más aterraba a Yuhe no era el castigo por haber interrumpido el sueño de los druidas si no la vergüenza que supondría para la familia Runaplata. Su padre era un héroe caído en Rasganorte. Prefería afrontar cualquier castigo aunque la condena supusiera el fin de su carrera como paladín antes que manchar su nombre. Se encogió angustiado. Les decepcionaría igualmente. Nunca estaría a su altura. Nunca sería lo suficientemente bueno.
-¡Yuhe, al fin te encuentro!- exclamó una voz a su espalda. Al oír a su compañero yuhe se puso rigido de un salto. - El capitán quiere que nos reunamos con él en el pabellón central.
El joven paladín sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza. El tauren le había visto y le habrían identificado enseguida. Otros elfos de sangre componían la delegación horda pero solo él tenía el pelo de un negro azulado, algo bastante inusual entre los Sin’dorie. No podía huir otra vez, tenía que afrontar su culpa.
Entró en el pabellón como un zombi. Todo el mundo estaba allí reunido. Se quedó plantado en la entrada. Estaba totalmente pálido y un sudor frío le recorría la espalda. Su compañero al verle allí quieto le instó a que ocupara su lugar como escolta. Su capitán estaba de espaldas, se volvió hacía él. Yuhe tragó saliva y deseó con todas sus fuerzas que un vacío abisal se abriera en ese preciso instante bajo sus pies y le tragara. Aquello significaba el fin. Armándose de valor dio un paso al frente.
-Mi capitán, yo...yo...- intentó formar una frase coherente.
- ¿Qué te ocurre muchacho? Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?- El capitán le miraba preocupado.
- No. Yo…- Yuhe estaba cada vez más blanco.
- Tienes permiso para retirarte - Le interrumpió el capitán-. En cuanto nos aclaren el motivo de hacer sonar el cuerno de Cenarius despertando a los druidas, le pediré a algún sanador que vaya a atenderte.
¿¿Como?? ¿Cenarius era quien había despertado a los druidas? El joven elfo sintió que la tensión de su cuerpo se relajaba de golpe. Le fallaron las rodillas.
- ¡Dahirus, Llévale a la enfermería!- ordenó el capitán.
- No, no. Estoy bien, estoy bien – Yuhe se sentó. El color volvió poco a poco a sus mejillas mientras daba gracias mentalmente a la luz, a Cenarius y todos los ancestros jurandose que jamás volvería a huir de sus responsabilidades y que siempre afrontaría las consecuencias de sus actos.
Ya recuperado del traumático trance observó a los reunidos. Se fijó en los druidas durmientes ahora despiertos. Había un tauren entre ellos pero no era aquél sobre el que había caído. Pensándolo con más calma, la presencia de aquel tauren en el túmulo era bastante extraña. Estaba fuera del círculo de piedra, tumbado sobre el suelo frío como si alguien lo hubiese arrojado allí sin ningún miramiento y su ropa estaba destrozada. Lo buscó con la mirada por toda la sala pero no lo vio. No volvería a verle hasta muchos años después.
Afortunadamente para Yuhe aquello quedó en una vergonzosa anécdota que jamás contaría a nadie.
Cap. III.
Las tropas de la Horda comenzaron a embarcar en los zeppelines. Había un gran bullicio. Todos estaban entusiasmados y charlaban animados sobre el nuevo continente descubierto al sur de Azeroth al que se dirigían como apoyo.
Una vez dentro del zeppelín Yuhe buscó un hueco entre sus enormes compañeros donde soltar su equipo de campaña. Orcos, taurens y trols le doblaban en tamaño.
Entre la algarabía se oía la voz grave de un tauren que no paraba de contar chiste, hacer bromas y animar a sus compañeros con su alegre cháchara. Se volvió para mirarle divertido por su acento sureño. Se quedó de piedra. Conocía a aquel druida. Jamás había olvidado su rostro. ¿Como olvidarlo después de lo sucedido en Claro de Luna? Un sentimiento de vergüenza y culpa le había perseguido durante todos aquellos años. El druida reparó en la cara desencajada del elfo y se acercó.
-¡Eh, tú!- dijo posando su mano en el hombro del pálido Yuhe- ¿Es tu primera vez? No tienes ná que temer compañero. Los camaradas estamos pa protegernos los unos a los otros. Yo soy sanador y te aseguro que me emplearé al máximo pa que ninguno de vosotros recibáis daño.- el druida hablaba con entusiasmo mientras le estrujaba con su enorme brazo. Al retirar la mano de la armadura de Yuhe brotó un champiñón.
-¡Ups! Disculpa- dijo el druida mientras le quitaba el hongo- Aún no controlo del tó este hechizo.
- Deja al muchacho Ul. Le vas a poner más nervioso de lo que ya está – dijo la sacerdotisa que lideraba el grupo.
-Y a mi me va a estallar la cabeza como no te calles - Exclamó un orco que andaba cerca.
- Pos aquí tengo un champiñón curativo ideal pa dolores de cabeza compañero Jorf- El druida se giró para seguir dando la tabarra al orco.
El joven paladín aprovechó para escabullirse. Al parecer el druida no le había reconocido, le había tomado por un novato. Prefirió pasar desapercibido y no discutir sobre sus logros.
- ¿Te encuentras bien?- La sacerdotisa se le acercó.
- No se preocupe por mí, lady Aorela- Yuhe se puso firme.
Sentía una enorme admiración por aquella mujer. Siempre que la miraba no podía evitar preguntarse como alguien que llevaba tantos años luchando en tantas guerras absurdas podía seguir conservando la serenidad. No solo tenía el don de sanar el cuerpo si no también de sosegar el alma con la dulzura de su voz.
- Procura descansar, el viaje será largo- Tocó suavemente su hombro y la agitación que sentía desapareció.
- Así haré, lady Aorela.
- ¡Para de una vez Ul! - Se oyó protestar una voz al fondo -¡Eres más latoso que un gobling!
- ¡¡Eeeeh!! ¡¿Que pasa con los goblings?! - respondió otra voz chillona.
Las horas pasaban lentamente. La noche había caído ya. En el interior de la nave solo se escuchaba el monótono rugir de los motores. Todos dormían excepto Yuhe que no conseguía conciliar el sueño. Comenzó cantar en voz baja una vieja canción Sin’dorei. Cantar le ayudaba a relajarse en las noches difíciles previas a un enfrentamiento.
- Eras tú quien cantaba aquel día. ¿Verdad?- era la voz del druida.
Yuhe calló de inmediato. Dudó un instante, luego tomó aire y contestó.
- Sí. Fui yo quien te despertó- Esperó la reacción del druida sin atreverse a mirarle directamente.
- Gracias- respondió el tauren recostado en un nicho cercano. Tenía cerrados los ojos y reposaba tranquilo con una sonrisa en la cara.
- ¿No estás enfadado?- Dijo Yuhe desconcertado.
- Ummm...yo no debía estar en el sueño esmeralda y...aún estaría perdido en él de no ser... por ti- Esta vez hablaba con la parsimonia habitual de los taurens- Lo que estoy es...agradecido.
- ¿Qué hacías allí tirado? Siempre me lo he preguntado- La cuestión le había estado reconcomiendo desde entonces.
- Digamos que...mi entrada en el sueño fue... un dasafortunado…tropiezo.
- Y tu despertar también lo fue- Murmuró Yuhe sintiéndose aliviado.
El druida se incorporó y le tendió la mano amistosamente.
– Me llamo Ulsey Cimadeltrueno- le guiñó un ojo con picardía- Ul para los amigos.
- Yuhe – El elfo le estrechó la mano profundamente agradecido por el indulto que acababa de recibir- Yuhe Runaplata.
Al soltar la mano del tauren sintió un tremendo hormigueo en su palma. Un champiñón crecía en ella.
- ¡Ups!- Ulsey disculpándose le despegó la seta de la mano- Tengo que practicar más.
Al joven elfo le entró la risa floja y los dos comenzaron a reír.
-¡Callaos!- grito un orco irritado- ¡algunos intentamos dormir!
Ambos volvieron a sus nichos y permanecieron en silencio. Aquella noche Yuhe durmió tan profundamente como hacia años que no lo hacía.
Fin.
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