Capitulo
7- Llamamiento
Imperialdra se dirigió hacia la calle donde se
hallaban las grandes casas sobrevivientes a la destrucción de Lunargenta. Nunca
le habían llamado la atención aquellas casas. Siempre había pensado que los
ricos y nobles eran una panda de arrogantes egocéntricos y de hecho; todos los
que había conocido, en su mayoría protectores, miraban por encima del hombro a
sus compañeros como perdonándoles la vida por tener que molestarse en
protegerlos.
Pero Yuhe era muy diferente. Siempre dispuesto
a servir y proteger a cualquiera que lo necesitase sin pedir nada a cambio.
Nunca se habría imaginado que había crecido en una mansión con sirvientes si él
no se lo hubiera dicho.
Sonrió como una niña pequeña al sentir el
hormigueo que le recorría el estomago cada vez que pensaba en él. Estaba
deseando verle de nuevo. Aflojó el paso y empezó a dudar, quizás era demasiado
descarado presentarse en su casa, al fin y al cabo hacía poco que pertenecía a
su escuadrón. “pero soy la sanadora, es normal que me interese por su
recuperación” se convenció a sí misma y retomó el paso, dobló la esquina. Allí
estaba la vieja mansión con el escudo de los Runaplata labrado en piedra sobre
el dintel.
Reconoció al mensajero oficial que estaba entregando
correo en la puerta. Conocía a la mujer personalmente, era una vieja amiga de
su tía.
-¿¡Cómo estás ni niña?!- la mujer le dio un
cariñoso abrazo.- Perdona que no haya ido a verte pero he estado de lo más
atareada con tanto comunicado oficial. La cosa anda muy revuelta y las noticias
de Tierras Devastadas no son buenas. Lord Theron ha llamado a todos sus
consejeros. Ves esa casa de ahí-señaló la mansión Runaplata sin parar de
hablar- ahí vive un pez gordo del consejo arcano. Dicen que es el mayor experto
en cosas de demonios. Yo digo que es un viejo brujo de lo más estirado y
desagradable. ¡Nada que ver con su hermano Koga! Yo le conocí ¿Sabes? Su
hermano sí que era un encanto ¡Y muy guapo! ¡Guapísimo! - la mensajera dio un
profundo suspiro. Imperialdra no tuvo muy claro si era por recordar un amor de
juventud o porque necesitaba aire para seguir hablando. -Tu madre sirvió en su
batallón ¿lo sabías? Seguro conoces a su hijo. ¿No le conoces? Tiene tu edad.
Un muchacho moreno, muy atractivo. Seguro que le conoces. ..
Mientras la cartera seguía con su retahíla algo
llamó la atención de la paladina. Un cuervo negro se posó sobre el escudo de
piedra de la mansión. El pájaro no era de la fauna autóctona, tenía que ser
compañero de algún cazador. Una figura cubierta de pies a cabeza con una raída
capa de cuero se detuvo al pié de la escalera seguido de un enorme lobo gris.
-Botas gruesas, gastadas y polvorientas, paso
firme. Un explorador – Pensó Impe. Si por algo era una excelente sanadora era
por su gran capacidad de observación.
La puerta se abrió lentamente y de ella salió
un hombre pelirrojo, que por su vestimenta tenía más pinta de truhan que de
noble. Entregó al hombre de la capa lo que parecían unas páginas enrolladas,
murmuró algo y el otro asintió. Ambos se marcharon cada uno por donde había
venido.
……a tu orden. Y hablando de orden, ahora que
lo mencionas-La señora cartera que no había dejado de hablar rebuscó en su
zurrón.- También hay un llamamiento para los caballeros de sangre.
Impe
cogió la carta sin prestar atención. La escena de la escalera le había
resultado tan extraña que se sentía desconcertada. No era porque los dos hombres
la habían mirado directamente a ella por un instante. Si no por el color de
ojos del encapuchado.
-o-
“…y a
pesar de estar sellado en mi interior siento como lucha por abrirse camino
hacia mi conciencia. Mi voluntad es fuerte, cada vez estoy más cerca de hallar
el modo de deshacer esta maldición.
Mi
investigación me ha traído hasta Rasganorte. Aquí es muy probable que… “
Era la última anotación del diario, las siguientes
páginas estaban arrancadas y el resto en blanco. Eray las pasó frenética, no
había nada más escrito. Lo cerró de golpe. Nunca se había sentido tan impotente
y frustrada. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos.
-¿Que se me escapa?- Se repetía una y otra vez-
¿Qué salió mal?
Pensar que la muerte de Koga había sido en
vano dolía demasiado, sin embargo era evidente que el demonio dominaba a
voluntad la conciencia de su padre. ¿Les había estado engañando y riéndose de
ellos todos estos años? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Yuhe? ¿Había dejado Koga algo
en herencia a su hijo? ¿Algo que Razíd ansiaba y no podía tocar? Entonces
tendría algo de sentido haberle nombrado heredero pero...no, era absurdo. Koga
murió sin saber de la existencia de su hijo. No lo sabía.
Eray quedó pensativa unos minutos y de repente
la luz se hizo en su cabeza. Se puso en pié impulsada como por un resorte. -
¡Eso es! ¡No lo sabía!-Tenía que hablar con Yuhe y contarle toda la verdad
sobre su padre.- Koga nunca supo que su mujer dio a luz. La maldición...
La puerta se cerró de golpe. Una figura voluptuosa
empezó a tomar forma delante de la puerta.
-¿¿La súcubo de mi padre??- Zerth jamás invocaba
demonios dentro de la casa excepto en su laboratorio. Algo iba condenadamente
mal.- ¡Déjame pasar demonio!
La súcubo se recostó contra la puerta y se
estrujó los pechos de forma lasciva – solo obedezco al maestro.
-No puedes impedirme salir.
- Claro que no querida pero tú no quieres
salir, tú lo que quieres es dormir.-
La súcubo hizo un gesto con su mano y un enorme sopor invadió a la sacerdotisa.
Solo le dio tiempo de agarrarse al brazo del sillón antes de caer en él
profundamente dormida.
Yuhe se dirigía al pequeño despacho donde el
ama le había dicho que encontraría a su tata para despedirse de ella. La puerta
cerrada le frenó en seco. Era extraño. Si mal no recordaba, aquella puerta no
tenía cerrojo. Volvió a forcejear con la puerta y finalmente consiguió abrirla.
Tendría que pedir que la revisaran.
Eray estaba dormida en un sillón con un libro
en su regazo. Yuhe se agachó para ponerse a su altura, le cogió la mano y
observó su dulce rostro en el que empezaban a marcarse las arrugas. El paladín
la beso en la frente y se despidió con tristeza. Era la peor parte de la vida
que había elegido: estar lejos de la familia.
-o-
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