domingo, 8 de febrero de 2015

Tradiciones familiares



Idnaar terminó su ascensión por la escarpada pendiente. Se giró y tendió la mano a su hijo Gromil para ayudarle con el último tramo. Gromil era un niño enclenque para ser un orco, su padre no se explicaba la enorme diferencia entre el muchacho y su hermana, mucho más grande que la mayoría de jóvenes hembras, mucho más parecida a él. Quería a su hijo, a pesar de que pasase más tiempo con Shan´Nah. Gromil era extraño; hablaba de sabiduría y de los elementos, leía todo libro que caía en sus manos, e incluso chapurreaba algo del idioma de los elfos, mientras que él mismo a duras penas era capaz de leer en su propio idioma. Por eso se alegraba de que este momento fuese para ellos dos solos: tras años de penurias, él y su familia habían logrado llegar a Filospada, el hogar ancestral de su malogrado Clan, los Lightningblade. Habían luchado contra ogros, recuperado los trozos de las antiguas reliquias del Clan, que había reforjado en dos enormes espadas, y todo para que los espíritus de sus ancestros se riesen de él.

“Sólo eres un niño, no sabes quién eres. No has superado los ritos de madurez del Clan a tus treinta y cuatro años, y quieres alzar con orgullo nuestro estandarte y liderarnos a la batalla. Eres una vergüenza para tus ancestros, chico.”

Las palabras del espíritu aún resonaban en su cabeza. Tras una vida de sangre, honor y esfuerzo por estar a la altura de lo que sus ancestros podrían esperar, las palabras le habían herido más profundamente de lo que nunca había hecho un arma, a pesar de que, como probaban las cicatrices de su enorme corpacho, esas ocasiones habían sido abundantes.

Idnaar miró al horizonte despejado. A sus pies se extendían cientos de picos afilados, y en la lejanía podía verse el bastión Thunderlord, donde aguardaban su compañera, Radna, y su hija.

-Hazlo, hijo mío. – Ordenó al enclenque muchacho de cresta púrpura, algo más oscura que el pelo de su madre.

-Papá, no creo que pueda hacerlo. – Gromil estaba claramente nervioso.- Mis poderes de chamán no son lo suficientemente fuertes, necesito adiestramiento y…

-Confío en ti. –Idnaar posó su gigantesca mano en el hombro del joven orco.- Además, nuestros ancestros te ayudarán. Ellos mismos me desafiaron a probar mi valía, no sería honorable no ofrecerme la batalla prometida.

-Ahora que lo mencionas, sobre eso también tengo mis dudas. No veo cómo va a probar nada el que te golpeen tres rayos, ni cómo va a ayudarte a que te conozcas a ti mismo, ni…

-Hazlo. – Idnaar interrumpió a su cachorro, que suspiró y se puso a meditar en lo alto del pico, a unos metros de su padre. Pronto, los ojos del niño quedaron en blanco, y una enorme tormenta relampagueante comenzó a formarse en el horizonte, acercándose a toda velocidad y cubriéndolo todo de negrura a su paso. Idnaar alzó los dos descomunales espadones y los cruzó en el aire.

-¡Padre Rayo, yo Idnaar, del Clan Lightningblade, te hablo! – Gritaba enérgico entre el estruendo de la tormenta. – ¡He venido aquí para probarme ante ti y mis ancestros, para que me otorgues tu sabiduría y pueda llevar a mi Clan una vez más a la gloria de la batalla!

Un enorme relámpago surcó el aire e impactó de pleno en las espadas cruzadas del orco, que comenzaron a relumbrar con energía azul que se transmitió a sus ojos, mientras la electricidad surcaba su cuerpo, llenándolo de quemaduras. Dolía como nada que Id hubiese experimentado jamás, pero no gritó. Entonces le sobrevino una visión:

Era un niño de apenas tres años. Estaba junto a Radna, viajando presos de los ogros, muertos de miedo. Un orco algunos años mayor que él le recordaba que era un Lightningblade, y le hablaba de las grandes gestas que había hecho su Clan. Le decía que no debía temer, que ahora eran con casi total seguridad los últimos de su Clan y que por ello debían ser bravos, fuertes y honorables. Le hablaba de quienes habían sido sus padres, y por qué su deber era crecer y proteger al Clan.

Idnaar volvió a la realidad y una sensación de congoja se apoderó de él. Por un instante había vuelto a estar con su viejo amigo, que había hallado la muerte en las arenas de gladiadores antes de llegar al cuarto de siglo. Reprimió una lágrima y gritó de nuevo a la tormenta.

-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade!

Reflexionó durante unos segundos sobre lo que acababa de decir. Hasta que el primer rayo le había golpeado, ni tan siquiera recordaba el nombre de su padre. Otra cosa más que agradecer a su viejo amigo Gromil, por el cual había sido nombrado su hijo. Miró al niño en trance y sintió que de algún modo, el espíritu de su amigo velaba por todos ellos y se encontraba allí en esos momentos.

Un segundo rayo impactó con mayor fuerza sobre las espadas. Esta vez el dolor fue insoportable. El gigantón verde rugió con furia hacia el enemigo inexistente, más por reflejo que por otra cosa, y nuevamente sobrevino una visión:

Era un orco joven. Aún no llegaba a la veintena y luchaba en las arenas junto a Radna, el tauren Ragem y Rosadito, su hermano de batalla, un atípico sin´dorei que gustaba más de vivir como un orco que como uno de su raza, a pesar de que en ocasiones tenía ciertos ramalazos elfos de libertinaje. Todos juntos luchaban en la arena contra unos ogros. Recordaba aquella pelea; había sido de las últimas en sus días de esclavo. La visión se transformó en la lucha contra los nagas, que había permitido que los cuatro huyesen hacia la libertad y la seguridad de la Horda. Luego las visiones se fueron sucediendo una tras otra a toda velocidad: luchaba junto a Rad y Rosadito como guardia del Cruce contra jabaespines y Kol´kar, luchaba contra las atrocidades del Cataclismo para proteger el mundo en el que sus hijos habrían de criarse, luchaba contra la tiranía que los Kor´Kron que oprimían a sus vecinos trols, y finalmente, junto a su familia, contra lo ogros que descendían de aquellos que habían acabado con su Clan.

Gritó de nuevo, malherido, hacia la tormenta.

-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade! ¡Lucho con fuerza y honor por mi libertad y la seguridad de los míos!

El rayo no se hizo esperar. Golpeó salvajemente y con fuerza implacable, bañándolos en luz azulada, como si la tormenta se empeñase en quebrar al orco y su voluntad, que hincó la rodilla en el suelo sin bajar las espadas cuando le sobrevino la tercera visión:

Esta visión era sencilla. No se trataba ni de una gran batalla, ni de recuerdos largo tiempo olvidados. Era simplemente él, sosteniendo a su diminuto hijo en el día de su nacimiento, mientras su compañera recién parida tenía en brazos a la enorme niña. Contaba con veintidós años en aquel entonces, y ya supo que jamás se rendiría ante nada con tal de dar a sus hijos la vida que él no había tenido.

La visión se desvaneció y se puso en pie, con la piel negra y supurante, con las armas crepitantes de energía aún en alto, y gritó de nuevo con todas las fuerzas que le quedaban hacia la tormenta.
-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade! Lucho con fuerza y honor por la libertad y seguridad de los míos, y los llevaré a ellos y al Clan a la gloria que merecen. ¡Y si a ti o a los espíritus no os gusta, espero que tengáis algo más que rayos para impedirlo!

La tormenta, como si se hubiese acobardado ante las palabras del orco gravemente herido, comenzó a disolverse y permitió que el sol se abriese paso. Las espadas, a pesar de la desaparición de la tormenta, aún crepitaban con energía, y por su superficie corría de vez en cuando algún rayo azulado. Por fin Id se permitió bajarlas.

-¡Los espíritus están contentos, papá! – Gromilín parecía entusiasmado, tanto por haberlo logrado él como por su padre. – Creo que nuestros ancestros ya no se atreverán a insultarte nunca más.
Idnaar miró a su hijo, orgulloso. Probablemente un crío tan listo era el mayor logro que iba a conseguir jamás. Le revolvió la cresta con la gargantuesca mano, se colgó las espadas a la espalda, y se dispuso a bajar nuevamente por la escarpada pendiente.

-Vamos, debemos llegar al bastión Thunderlord antes de que anochezca. – Al moverse, sintió dolor por todo el cuerpo chamuscado. – A ver si un sanador puede ayudarme con estas quemaduras tan feas.
-Sí, y deberías bañarte. – El niño, que había comenzado a descender, soltó una risilla.- Apestas a jabaespín quemado.

3 comentarios:

  1. Este es el que te hizo ganar labeta. Está muy chulo. ^__^

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  3. A ver si publicáis algo de Darnai o Kyrié que no conozco nada de su historia. ^_^

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