Idnaar terminó su ascensión por la escarpada pendiente. Se
giró y tendió la mano a su hijo Gromil para ayudarle con el último tramo.
Gromil era un niño enclenque para ser un orco, su padre no se explicaba la
enorme diferencia entre el muchacho y su hermana, mucho más grande que la
mayoría de jóvenes hembras, mucho más parecida a él. Quería a su hijo, a pesar
de que pasase más tiempo con Shan´Nah. Gromil era extraño; hablaba de sabiduría
y de los elementos, leía todo libro que caía en sus manos, e incluso
chapurreaba algo del idioma de los elfos, mientras que él mismo a duras penas
era capaz de leer en su propio idioma. Por eso se alegraba de que este momento
fuese para ellos dos solos: tras años de penurias, él y su familia habían
logrado llegar a Filospada, el hogar ancestral de su malogrado Clan, los
Lightningblade. Habían luchado contra ogros, recuperado los trozos de las
antiguas reliquias del Clan, que había reforjado en dos enormes espadas, y todo
para que los espíritus de sus ancestros se riesen de él.
“Sólo eres un niño, no sabes quién eres. No has superado los
ritos de madurez del Clan a tus treinta y cuatro años, y quieres alzar con orgullo
nuestro estandarte y liderarnos a la batalla. Eres una vergüenza para tus
ancestros, chico.”
Las palabras del espíritu aún resonaban en su cabeza. Tras
una vida de sangre, honor y esfuerzo por estar a la altura de lo que sus
ancestros podrían esperar, las palabras le habían herido más profundamente de
lo que nunca había hecho un arma, a pesar de que, como probaban las cicatrices
de su enorme corpacho, esas ocasiones habían sido abundantes.
Idnaar miró al horizonte despejado. A sus pies se extendían
cientos de picos afilados, y en la lejanía podía verse el bastión Thunderlord,
donde aguardaban su compañera, Radna, y su hija.
-Hazlo, hijo mío. – Ordenó al enclenque muchacho de cresta
púrpura, algo más oscura que el pelo de su madre.
-Papá, no creo que pueda hacerlo. – Gromil estaba claramente
nervioso.- Mis poderes de chamán no son lo suficientemente fuertes, necesito
adiestramiento y…
-Confío en ti. –Idnaar posó su gigantesca mano en el hombro
del joven orco.- Además, nuestros ancestros te ayudarán. Ellos mismos me
desafiaron a probar mi valía, no sería honorable no ofrecerme la batalla
prometida.
-Ahora que lo mencionas, sobre eso también tengo mis dudas.
No veo cómo va a probar nada el que te golpeen tres rayos, ni cómo va a
ayudarte a que te conozcas a ti mismo, ni…
-Hazlo. – Idnaar interrumpió a su cachorro, que suspiró y se
puso a meditar en lo alto del pico, a unos metros de su padre. Pronto, los ojos
del niño quedaron en blanco, y una enorme tormenta relampagueante comenzó a
formarse en el horizonte, acercándose a toda velocidad y cubriéndolo todo de
negrura a su paso. Idnaar alzó los dos descomunales espadones y los cruzó en el
aire.
-¡Padre Rayo, yo Idnaar, del Clan Lightningblade, te hablo!
– Gritaba enérgico entre el estruendo de la tormenta. – ¡He venido aquí para
probarme ante ti y mis ancestros, para que me otorgues tu sabiduría y pueda
llevar a mi Clan una vez más a la gloria de la batalla!
Un enorme relámpago surcó el aire e impactó de pleno en las
espadas cruzadas del orco, que comenzaron a relumbrar con energía azul que se
transmitió a sus ojos, mientras la electricidad surcaba su cuerpo, llenándolo
de quemaduras. Dolía como nada que Id hubiese experimentado jamás, pero no
gritó. Entonces le sobrevino una visión:
Era un niño de apenas tres años. Estaba junto a Radna,
viajando presos de los ogros, muertos de miedo. Un orco algunos años mayor que
él le recordaba que era un Lightningblade, y le hablaba de las grandes gestas
que había hecho su Clan. Le decía que no debía temer, que ahora eran con casi
total seguridad los últimos de su Clan y que por ello debían ser bravos,
fuertes y honorables. Le hablaba de quienes habían sido sus padres, y por qué
su deber era crecer y proteger al Clan.
Idnaar volvió a la realidad y una sensación de congoja se
apoderó de él. Por un instante había vuelto a estar con su viejo amigo, que
había hallado la muerte en las arenas de gladiadores antes de llegar al cuarto
de siglo. Reprimió una lágrima y gritó de nuevo a la tormenta.
-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade!
Reflexionó durante unos segundos sobre lo que acababa de
decir. Hasta que el primer rayo le había golpeado, ni tan siquiera recordaba el
nombre de su padre. Otra cosa más que agradecer a su viejo amigo Gromil, por el
cual había sido nombrado su hijo. Miró al niño en trance y sintió que de algún
modo, el espíritu de su amigo velaba por todos ellos y se encontraba allí en
esos momentos.
Un segundo rayo impactó con mayor fuerza sobre las espadas.
Esta vez el dolor fue insoportable. El gigantón verde rugió con furia hacia el
enemigo inexistente, más por reflejo que por otra cosa, y nuevamente sobrevino
una visión:
Era un orco joven. Aún no llegaba a la veintena y luchaba en
las arenas junto a Radna, el tauren Ragem y Rosadito, su hermano de batalla, un
atípico sin´dorei que gustaba más de vivir como un orco que como uno de su
raza, a pesar de que en ocasiones tenía ciertos ramalazos elfos de libertinaje.
Todos juntos luchaban en la arena contra unos ogros. Recordaba aquella pelea;
había sido de las últimas en sus días de esclavo. La visión se transformó en la
lucha contra los nagas, que había permitido que los cuatro huyesen hacia la
libertad y la seguridad de la Horda. Luego las visiones se fueron sucediendo
una tras otra a toda velocidad: luchaba junto a Rad y Rosadito como guardia del
Cruce contra jabaespines y Kol´kar, luchaba contra las atrocidades del
Cataclismo para proteger el mundo en el que sus hijos habrían de criarse,
luchaba contra la tiranía que los Kor´Kron que oprimían a sus vecinos trols, y
finalmente, junto a su familia, contra lo ogros que descendían de aquellos que
habían acabado con su Clan.
Gritó de nuevo, malherido, hacia la tormenta.
-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade!
¡Lucho con fuerza y honor por mi libertad y la seguridad de los míos!
El rayo no se hizo esperar. Golpeó salvajemente y con fuerza
implacable, bañándolos en luz azulada, como si la tormenta se empeñase en
quebrar al orco y su voluntad, que hincó la rodilla en el suelo sin bajar las
espadas cuando le sobrevino la tercera visión:
Esta visión era sencilla. No se trataba ni de una gran
batalla, ni de recuerdos largo tiempo olvidados. Era simplemente él,
sosteniendo a su diminuto hijo en el día de su nacimiento, mientras su
compañera recién parida tenía en brazos a la enorme niña. Contaba con veintidós
años en aquel entonces, y ya supo que jamás se rendiría ante nada con tal de
dar a sus hijos la vida que él no había tenido.
La visión se desvaneció y se puso en pie, con la piel negra
y supurante, con las armas crepitantes de energía aún en alto, y gritó de nuevo
con todas las fuerzas que le quedaban hacia la tormenta.
-¡Soy Idnaar, hijo de Grazkar, del Clan Lightningblade!
Lucho con fuerza y honor por la libertad y seguridad de los míos, y los llevaré
a ellos y al Clan a la gloria que merecen. ¡Y si a ti o a los espíritus no os
gusta, espero que tengáis algo más que rayos para impedirlo!
La tormenta, como si se hubiese acobardado ante las palabras
del orco gravemente herido, comenzó a disolverse y permitió que el sol se
abriese paso. Las espadas, a pesar de la desaparición de la tormenta, aún
crepitaban con energía, y por su superficie corría de vez en cuando algún rayo
azulado. Por fin Id se permitió bajarlas.
-¡Los espíritus están contentos, papá! – Gromilín parecía
entusiasmado, tanto por haberlo logrado él como por su padre. – Creo que
nuestros ancestros ya no se atreverán a insultarte nunca más.
Idnaar miró a su hijo, orgulloso. Probablemente un crío tan
listo era el mayor logro que iba a conseguir jamás. Le revolvió la cresta con
la gargantuesca mano, se colgó las espadas a la espalda, y se dispuso a bajar
nuevamente por la escarpada pendiente.
-Vamos, debemos llegar al bastión Thunderlord antes de que
anochezca. – Al moverse, sintió dolor por todo el cuerpo chamuscado. – A ver si
un sanador puede ayudarme con estas quemaduras tan feas.
-Sí, y deberías bañarte. – El niño, que había comenzado a
descender, soltó una risilla.- Apestas a jabaespín quemado.
Este es el que te hizo ganar labeta. Está muy chulo. ^__^
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ResponderEliminarA ver si publicáis algo de Darnai o Kyrié que no conozco nada de su historia. ^_^
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