martes, 10 de noviembre de 2015

El Sendero De La Furia. II - Más allá del portal oscuro



Shan´Nah terminó de subir las escaleras y se detuvo frente al Portal Oscuro. Los vientos de magia que emanaban del mismo movían con suavidad las pequeñas trenzas que venían desde la base de su cresta. Un olor familiar en el aire hizo que agriase el gesto: Brujería.

Jadeando con fuerza tras ella, su hermano por fin le había dado alcance. Shan´Nah era una orca de acción, se ejercitaba a diario y hacía todo lo posible por ser siempre más fuerte y resistente, tratando en vano de algún día, tal vez, lograr igualar a su padre. Él, por el contrario, tenía una filosofía de vida más contemplativa, y eso se notaba en su panza. Con tan solo 14 años ya era mucho más sabio y culto que la mayoría de los orcos. Siempre había sido el inteligente de la familia: fue el primero de los dos en aprender a leer y escribir; al poco tiempo ya era mejor que sus padres en ello. Había aprendido de su "tito Rosadito" las peculiaridades de la conducta y el lenguaje de los elfos de Sangre, e incluso a pesar de la ausencia de ningún mentor, fue capaz de lograr comunicarse con los espíritus. Gromil era un chamán, o lo sería si se esforzaba lo suficiente y estudiaba. Su responsabilidad era infinita: era el primero de su estirpe bendecido con esos poderes, y si bien todo lo relativo a los espíritus resultaba algo alienígena para sus padres y su hermana, sabía que contaban con él para que el día de mañana se ocupase de los asuntos espirituales del clan.

-Odio la brujería. - Declaró la adolescente ante su hermano mellizo, que se encogió de hombros.
-Es lo que hay. Pero si te sirve de consuelo, sin ella no tendríamos esta oportunidad.- Al escucharle, Shan´Nah gruñó levemente.

- ¿Nos va a doler? - La guerrera trataba de hacerse a la idea de lo que sería su viaje a través del Portal Oscuro.

-No, será como el que atravesamos con papá y mamá. – Respondió él, con más seguridad de la que realmente tenía.

-Pero este no es igual: es rojo y da al pasado. - Shan´Nah sentía una profunda desconfianza por cualquier tipo de magia.

- Será exactamente igual. - Gromil sonrió con malicia. - ¿No tendrás miedo, verdad?
La joven orca no respondió y se limitó a avanzar hacha en mano hacia el brillo rojizo de la imponente construcción. Tenía miedo; no comprendía la magia, y si algo iba mal, no podría salir de los problemas con su hacha, pero el tacto familiar del arma le reconfortaba igualmente, aunque jamás iba a admitirlo frente a su hermano. Ella era la mayor, aunque solo fuese por segundos: ella debía protegerle.

Gromil la siguió, satisfecho de sí mismo. Su hermana resultaba extremadamente fácil de manipular.


En lo que para ellos apenas fueron un par de pasos, recorrieron una distancia imposible de medir, e incluso retrocedieron más de 30 años en el tiempo. Ahora se hallaban de pie frente a una enorme selva, que en la época de donde ellos procedían no era más que un árido páramo destrozado y corrupto por la energía vil.

Ninguno de los dos pudo reprimir una sonrisa al ver su mundo natal aún rebosante de vida. La mayor de los hermanos se giró hacia su mellizo, justo a tiempo para ver como éste se desplomaba.
-¿Es cosa de la magia, verdad? – Preguntó, ayudándole a levantarse.

-No exactamente. Es que los elementos aquí son diferentes, fuertes, chillan. - Gromil se separó de su hermana, haciendo ver que podía valerse por sí mismo. - Estaré bien, debo acostumbrarme y esforzarme por comprenderlos. Pero ya tendré tiempo para eso cuando acampemos. En marcha.
Shan´Nah, aunque no estaba muy conforme con la respuesta, no discutió, y comenzó a bajar las escaleras. Debían adentrarse en la selva dirección al oeste para llegar al embarcadero que les llevaría a zona segura.

Llevaban varias horas de viaje cuando se encontraron con un grupo de orcos diferentes a ellos, pues en lugar de tener la piel verde, la tenían marrón, tal y como la habrían tenido ellos de no haberse contaminado su sangre generaciones atrás con la magia vil de la Legión Ardiente.
-¡Vaya, chica, menudo hacha llevas ahí! - Exclamo uno de los orcos marrones, calvo y con barba trenzada.

-Es un arma fiable y nunca se sabe cuándo hará falta. – Respondió, cortante y en guardia.
- Jaja. - Otro más joven y levemente más atractivo al estilo de los orcos se rió del comentario. - Son buenas palabras, muchacha. ¿Tú y tu novio viajáis solos?

-No somos novios, es mi hermana. - Aclaró Gromil. - Nos dirigimos al Puerto de Hierro.
Shan´Nah reprimió una mueca ante la ingenuidad de su hermano.

- ¿Y quiénes sois vosotros que preguntáis tanto? - Desconfió la orca.

-Perdón, que modales. - Respondió nuevamente el atractivo. - Soy Gaz, y él es Trok.- Señalando al barbudo.- Ellos dos son Thrakka y Dakka. - Añadió en referencia a un orco bajito y obeso, y otro que parecía no comer lo suficiente.

-Eso aún no responde a quienes sois. - Señaló Shan´Nah.

-Somos simples comerciantes que llevamos mercancías a tierras de nuestro Clan, los Lobo Gélido. Si os apetece, podemos compartir el camino; las selvas son peligrosas y nunca vienen mal un par de hachas extra en caso de ataque.

-No lleváis el emblema de los Lobo Gélido. - Puntualizó Shan´Nah, extrañada de que todo fuese tan conveniente.

-¿Cómo que no? - Interrumpió el gordo. - Lo tenemos aquí mismo.- Se señaló a un medallón en el pecho y que traía un logotipo desconocido para ellos.

La joven miró a su hermano en busca de confirmación de la veracidad de las palabras de Thrakka. Gromil se encogió de hombros, incapaz de recordar dónde había visto ese símbolo antes. Lo más probable es que lo hubiese visto de pasada con Gromgard en la sede de los Lobo Gélido de su mundo. Podría ser una versión antigua del emblema; a fin de cuentas estaban muchos años en el pasado, y el colgante de hierro seguía mostrando un lobo.

- Os agradecemos la oferta, generosos comerciantes. Viajaremos con vosotros.- Decretó el muchacho.
El viaje transcurrió sin más sorpresas. Los comerciantes eran charlatanes y animados. A Gromil le caían especialmente bien los hermanos, que se pasaban el día contando chistes subidos de tono y haciendo bromas. Por su parte, Shan´Nah charlaba de vez en cuando con Gaz, el guaperas, que parecía tener cierto interés en ella. Sonrió ante la idea de ver a Shani con un pretendiente: el pobre no sabía lo que le esperaba. Trok, por su parte, se dedicaba a conducir el carro de mercancías, atento al camino.

Acamparon en un claro amplio, un lugar en apariencia seguro desde el cual verían venir cualquier amenaza con tiempo suficiente. Cenaron copiosamente e incluso bebieron algo del licor que los gemelos les ofrecieron. Tenía un sabor extraño, aunque reconfortaba el estómago. Shan´Nah se ofreció para hacer la primera guardia.

Era una noche tranquila, dentro de todo lo tranquilo que puede ser un lugar desbordado por los sonidos de las bestias nocturnas y el crujir continuo de los árboles. La joven orca removía distraídamente las brasas, valiéndose de un palo para evitar que el fuego se apagase, mientras mantenía la vista fija en la espesura para no quedar deslumbrada.

El viejo Trok se acercó y se sentó cerca de ella.

-Tu hermano y tú sois muy valientes al haber hecho este viaje tan largo solos. - Hizo una pausa. - Es admirable, ¿pero qué esperáis encontrar?

-Buscamos a las Furias. Él es un chamán y desea aprender de los espíritus de Draenor. - Bajó la mirada. - En el lugar de donde provenimos el mundo está destrozado y los espíritus son débiles. Explorando este mundo y aprendiendo de la Furias, traeremos gloria y honor al Clan.

Trok sonrió y de repente Shan´Nah sintió unos fuertes brazos que la sujetaban desde su espalda. Era Gaz, flanqueado por los hermanos, quien la había atrapado en una presa férrea de la que muy pocos orcos podrían escapar.

Sin embargo Shan´Nah no era una orca cualquiera: era la digna hija de su padre Idnaar, y heredera de sus increíbles testarudez y fuerza. Juntó su barbilla contra su pecho y descargó un fortísimo golpe hacia atrás con la cabeza. El ruido del hueso al partirse y el alarido de Gaz le hicieron sonreír levemente, pero lejos de detenerse a disfrutar de su triunfo, aprovechó los breves instantes en los que Gaz había aflojado su presa para liberarse y derribar al joven con una fuerte patada.

Rodeada como se encontraba, sus opciones eran escasas. De hecho, se resumían en elegir oponente. Tras valorar sus opciones, cargó contra Thrakka, el que parecía más fornido de los hermanos. Un brutal derechazo dio con el orco inconsciente en el suelo, a tiempo para girarse y ver como Dakka cargaba contra ella.

Recordó sus enseñanzas esquivando jabalíes en el Cruce y esperó hasta el último segundo para apartarse. Dakka tropezó con su hermano y rodó por el suelo, al igual que Shan´Nah al recibir la brutal carga del viejo, que logró inmovilizarla en el suelo.

-Padre, mira lo que me ha hecho esa ramera. - Gaz retiró la mano de su nariz rota, que sangraba profusamente. - ¡Me ha destrozado la cara!

-Tranquilo, cachorro, la venderemos como esclava de placer al peor tugurio que encontremos.- Sonrió malévolamente. - Deseará no haber nacido. Tal vez antes incluso puedas probarla tú mismo.
Shan´Nah forcejeó en vano al escuchar sobre su nuevo destino.  

Gromil dormía plácidamente. Había bebido abundantemente del licor, que le había dado somnolencia sospechosamente rápido. Roncaba sereno, cuando una voz en su cabeza le llamó: "Despierta". Gromil se encontraba tan sumido en el sueño que aún resultaba inalcanzable para la voz. La lluvia comenzó a tocar con suavidad la piel del orco dormido, en cuyos sueños se estaba colando una voz apenas audible: "Despierta". El viento arreció y la hoguera ardió con más fuerza, a la par que el monzón se intensificaba y esta vez escuchó con claridad varias voces al unísono: "¡DESPIERTA!".

Gaz se desabrochó el pantalón de cuero, mientras sus compinches sujetaban a la joven, ahora desprovista de armadura de ninguna clase. El acuerdo al que habían llegado para el castigo a la orca es que él sería el primero, al ser el más perjudicado; a continuación sería el turno de Thrakka, que había sido golpeado por la hembra, y finalmente le tocaría a Dakka, que aunque había salido bien parado, no planeaba quedarse sin su parte de la diversión. Trok, por su parte, se contentaba con la expectativa de dinero. La mercancía demasiado usada valía menos, y aunque no podía evitar que los chicos fuesen chicos, él era un viejo con suficiente autocontrol. Ya se gastaría la recompensa en alcohol y en putas, que aunque menos atractivas, seguro que sobrepasaban a la joven en experiencia.
-Ten cuidado, Gaz, las cachorrillas gélidas muerden. - Dakka se rió.

-Soy una Lightningblade. – Gruñó, forcejeando con renovadas fuerzas, aunque insuficientes. Tras haberle obligado a beber aquel licor mientras la inmovilizaban, permanecer consciente era una batalla que requería de casi todas sus fuerzas. Tal vez sería mejor dejarse ir, no sentir nada, rendirse, pensó. Pero ella era Shan´Nah, hija de Idnaar; ella no se rendía. Podría estar derrotada y humillada, pero eso sólo alimentaría su furia, sus fuerzas. En algún momento iban a descuidarse, y en ese instante se tomaría su venganza.

-Hace años que el Lobo de Hierro exterminó a esos debiluchos.- Thrakka se rió, y una chispa de odio ardió con intensidad en los ojos violetas de Shan´Nah.

-Si tienes suerte, tal vez des a luz a un Thunderlord. Sería un honor para tu lamentable linaje.- Gaz escondía tras su fachada a un ser verdaderamente horrible.

-¿Sabéis cuál es el problema de los Thunderlord? - Preguntó una voz a las espaldas del retorcido guaperas.- ¡Que el trueno arma mucho jaleo, pero el rayo golpea!

Gaz se giró al escucharlo, y un mazazo crepitante de electricidad impactó sobre su pecho, haciéndole volar varios metros hacia atrás en una explosión cegadora. Shan´Nah, viendo su oportunidad, reunió todas sus fuerzas para dar un tirón al brazo que sujetaba Dakka y acercarlo lo suficiente como para alcanzar su cuello de un mordisco y desgarrarlo sin piedad.

-Her... mano… - Alcanzó a decir lastimeramente y entre gorgoteos.

Thrakka, sin perder un solo instante ni soltar a la orca, sacó un puñal y trató de clavárselo a su enemiga. Un rodillazo bien dirigido a la entrepierna terminó con el ataque. Una serie de puñetazos furiosos acabaron con la cara del pobre desgraciado, hasta que su cráneo se convirtió en una masa rojiza e irreconocible. 

Con su obra terminada y la ira levemente apaciguada, por fin el licor sedante se impuso y regresaron los mareos. Trok, atraído por el estruendo apareció en escena y pudo ver a su cachorro con el pecho hundido varios metros más allá del charco de sangre que conformaban los hermanos, y sobre el que se encontraba Shan´Nah de rodillas.

-¡Perra lobo gélido! - El viejo cargó, hacha en mano.

-Soy una Lightningblade y golpeo como el rayo.- Aunque mareada, hizo acopio de todas sus fuerzas y se lanzó hacia adelante contra el orco armado. Trató de esquivar la acometida, pero recibió un hachazo. Le daba igual, eso no la mataría. Cargó contra las rodillas del orco a la carrera, y se valió del impulso de su enemigo para lanzarlo por los aires; frenó en seco y se abalanzó sobre su rival derribado, donde apretó el cuello hasta escuchar el inequívoco sonido de éste al romperse.

Gromil posó la mano sobre el hombro de su hermana, y ésta pudo sentir como los restos del veneno iban desapareciendo, mientras que su herida se cerraba con rapidez.

- ¿Estás bien? – Preguntó, no muy seguro de querer conocer la respuesta. Shan´Nah asintió.
- Ese fue un golpe de mil demonios. Papá se enorgullecería de ti.

Gromil la miró, confuso. La habilidad de Shan´Nah para recomponerse era asombrosa. Si él hubiera estado en la misma situación que ella, con tres orcas, estaba casi seguro de que habría abrazado a su hermana y se habría echado a llorar.

-Vamos, tenemos que recuperar mi hacha y mi armadura.- La orca marchó en dirección al carro, totalmente ajena a lo que acababa de suceder.

El chamán echó un último vistazo al tórax reventado de Gaz. Los espíritus le habían ayudado esa noche, y en Draenor eran mucho más poderosos de lo que él jamás habría soñado. Sin embargo, y a pesar de no haber deseado lo contrario de ninguna de las maneras, no podía evitar la sensación de que esa ayuda iba a tener un precio que no tardaría en descubrir.

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