martes, 10 de noviembre de 2015

El Sendero De La Furia. III- El cubil de los lobos



Las olas, llevadas por el gélido y fuerte viento, azotaban el casco del barco. Shan’Nah se alzaba estoica en la proa, ignorando la nieve que caía a su alrededor, mientras en la distancia veía aparecer por fin tierra firme.

-¡Eh! Gordo, levántate y mira eso. – Sacudió una patada a su hermano, que dormitaba en cubierta tapado por completo con gruesas pieles, parte del botín que habían obtenido de sus asaltantes de la Horda de Hierro.

- ¿Ya llegamos? – Preguntó Gromil entre gruñidos casi ininteligibles. – Y no estoy gordo, soy fornido.

- La palabra que buscas es fondón. – Miró hacia la costa escarpada y sonrió. – ¿Ves aquello? Era nuestro hogar tal y como nuestros ancestros lo conocieron. No la ruina desértica que dejó la Legión Ardiente.

Gromil se limitó a asentir, mientras en su mucho más ágil mente elucubraba todo lo que podría haber llevado aquella tierra fría y salvaje a convertirse en el erial que ahora ellos llamaban hogar. - Cresta del fuego Glacial.- Se limitó a murmurar.

Desembarcaron en una ciudadela costera propiedad de la Horda de su mundo, cogieron sus escasas pertenencias, pues viajaban ligeros, y se acercaron a la gigantesca hoguera central del campamento en busca de calor. Pasaron un rato escuchando las historias de los viajeros que allí se reunían, mientras comían algo para reponer fuerzas, y entonces Shan’Nah escuchó unas voces familiares.
Un semiorco azulado se acercaba a la hoguera, acompañado de un guerrero y una mujer. Todos ellos llevaban el emblema de los Lobo Gélido; eran de su mundo y amigos de sus padres. Shan’Nah maldijo su suerte y pegó un tirón de una de las pieles de su hermano, que comía distraídamente, para tratar de cubrirse con ella y ocultarse.

-¡Oye! ¡Que eso es mío! – El joven orco protestó a voces mientras agarraba su piel y tiraba de ella de vuelta. – Tuviste tu oportunidad de quedarte con pieles, pero la señora soy-muy-dura-para-tener-frío no quiso.

-¡Calla, cúbrete la cabeza y dame eso! – La orca echó una mirada asesina que desconcertó a su hermano. Sin embargo, el desconcierto no duró demasiado, pues una mano grande y verde se posó sobre el hombro del chamán.

-Vaya, si son los niños de los Lightningblade. - Dijo el guerrero con una sonrisa afable. – Me alegra ver que estáis bien. ¿Dónde están Idnaar y Radna?

Shannah se quedó sin palabras. Su escapada iba a terminar antes aún de haber empezado: les habían pillado de pleno y les devolverían a casa. Maldijo en silencio. 

– Ellos vienen en otro barco, tuvieron que quedarse un poco más en el puerto por un carro que recuperamos de unos de la Horda de Hierro. – Lo imposible acababa de suceder: el cabezahueca de su hermano habría salvado la situación si se tragaban esa mentira. Que bien mirado, no era más que la verdad, omitiendo el hecho de que sus padres vendrían dándoles caza.– Nos mandaron delante para que fuésemos buscando un buen sitio para hospedarnos. Debemos asumir responsabilidades y valernos por nosotros mismos.

El medio orco sonrió.

 –Sí, ya no sois niños, es normal que vuestros padres confíen en vosotros. – Tras aquello, frunció el ceño y miró fijamente a Gromil. – Veo que los espíritus de Draenor te hablan con fuerza… El rayo te llama.

-Sí y la cama en la taberna también nos llama, ha sido un viaje largo, ¡sangre y truenos! – La joven orca agarró a su hermano del brazo y tiró de él en dirección a la taberna. Comprarían algunas provisiones y saldrían de allí antes de que los Lobo Gélido se diesen cuenta de que les habían mentido.

La chamana esperó a que los niños se hubiesen ido y echó una mirada reprobatoria a Grizoltk.
-Sabes tan bien como yo que mienten.

-¿Han mentido? – Gromgard, el guerrero, se sorprendió. – En ese caso debemos detenerles, sus padres estarán preocupados.

El chamán semiorco alzó una mano para parar a Gromgard, que ya iba tras los muchachos, y negó con la cabeza. – Normalmente te daría la razón, pero las Furias deben de tener algún tipo de plan para el chico.- Hizo una pausa. – Como dije, el rayo le llama. Los espíritus del relámpago se arremolinaban a su alrededor.

Gromgard, poco conforme con la respuesta miró a Dagra, quien asintió. – Tampoco yo estoy muy conforme, pero Griz tiene razón. El guerrero bufó. 

–Les daremos ventaja. Si los espíritus tienen planes, espero que los cumplan antes de que sus padres lleguen aquí, porque entonces, con espíritus o sin ellos, el honor me obligará a ayudar a nuestros amigos.

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