Las olas, llevadas por el gélido y fuerte viento, azotaban
el casco del barco. Shan’Nah se alzaba estoica en la proa, ignorando la nieve
que caía a su alrededor, mientras en la distancia veía aparecer por fin tierra
firme.
-¡Eh! Gordo, levántate y mira eso. – Sacudió una patada a su
hermano, que dormitaba en cubierta tapado por completo con gruesas pieles,
parte del botín que habían obtenido de sus asaltantes de la Horda de Hierro.
- ¿Ya llegamos? – Preguntó Gromil entre gruñidos casi
ininteligibles. – Y no estoy gordo, soy fornido.
- La palabra que buscas es fondón. – Miró hacia la costa
escarpada y sonrió. – ¿Ves aquello? Era nuestro hogar tal y como nuestros
ancestros lo conocieron. No la ruina desértica que dejó la Legión Ardiente.
Gromil se limitó a asentir, mientras en su mucho más ágil
mente elucubraba todo lo que podría haber llevado aquella tierra fría y salvaje
a convertirse en el erial que ahora ellos llamaban hogar. - Cresta del fuego
Glacial.- Se limitó a murmurar.
Desembarcaron en una ciudadela costera propiedad de la Horda
de su mundo, cogieron sus escasas pertenencias, pues viajaban ligeros, y se
acercaron a la gigantesca hoguera central del campamento en busca de calor.
Pasaron un rato escuchando las historias de los viajeros que allí se reunían,
mientras comían algo para reponer fuerzas, y entonces Shan’Nah escuchó unas
voces familiares.
Un semiorco azulado se acercaba a la hoguera, acompañado de
un guerrero y una mujer. Todos ellos llevaban el emblema de los Lobo Gélido;
eran de su mundo y amigos de sus padres. Shan’Nah maldijo su suerte y pegó un
tirón de una de las pieles de su hermano, que comía distraídamente, para tratar
de cubrirse con ella y ocultarse.
-¡Oye! ¡Que eso es mío! – El joven orco protestó a voces
mientras agarraba su piel y tiraba de ella de vuelta. – Tuviste tu oportunidad
de quedarte con pieles, pero la señora soy-muy-dura-para-tener-frío no quiso.
-¡Calla, cúbrete la cabeza y dame eso! – La orca echó una
mirada asesina que desconcertó a su hermano. Sin embargo, el desconcierto no
duró demasiado, pues una mano grande y verde se posó sobre el hombro del
chamán.
-Vaya, si son los niños de los Lightningblade. - Dijo el
guerrero con una sonrisa afable. – Me alegra ver que estáis bien. ¿Dónde están
Idnaar y Radna?
Shannah se quedó sin palabras. Su escapada iba a terminar
antes aún de haber empezado: les habían pillado de pleno y les devolverían a
casa. Maldijo en silencio.
– Ellos vienen en otro barco, tuvieron que quedarse un poco
más en el puerto por un carro que recuperamos de unos de la Horda de Hierro. – Lo
imposible acababa de suceder: el cabezahueca de su hermano habría salvado la
situación si se tragaban esa mentira. Que bien mirado, no era más que la verdad,
omitiendo el hecho de que sus padres vendrían dándoles caza.– Nos mandaron
delante para que fuésemos buscando un buen sitio para hospedarnos. Debemos
asumir responsabilidades y valernos por nosotros mismos.
El medio orco sonrió.
–Sí, ya no sois niños,
es normal que vuestros padres confíen en vosotros. – Tras aquello, frunció el
ceño y miró fijamente a Gromil. – Veo que los espíritus de Draenor te hablan
con fuerza… El rayo te llama.
-Sí y la cama en la taberna también nos llama, ha sido un
viaje largo, ¡sangre y truenos! – La joven orca agarró a su hermano del brazo y
tiró de él en dirección a la taberna. Comprarían algunas provisiones y saldrían
de allí antes de que los Lobo Gélido se diesen cuenta de que les habían
mentido.
La chamana esperó a que los niños se hubiesen ido y echó una
mirada reprobatoria a Grizoltk.
-Sabes tan bien como yo que mienten.
-¿Han mentido? – Gromgard, el guerrero, se sorprendió. – En
ese caso debemos detenerles, sus padres estarán preocupados.
El chamán semiorco alzó una mano para parar a Gromgard, que
ya iba tras los muchachos, y negó con la cabeza. – Normalmente te daría la
razón, pero las Furias deben de tener algún tipo de plan para el chico.- Hizo
una pausa. – Como dije, el rayo le llama. Los espíritus del relámpago se
arremolinaban a su alrededor.
Gromgard, poco conforme con la respuesta miró a Dagra, quien
asintió. – Tampoco yo estoy muy conforme, pero Griz tiene razón. El guerrero
bufó.
–Les daremos ventaja. Si los espíritus tienen planes, espero
que los cumplan antes de que sus padres lleguen aquí, porque entonces, con espíritus
o sin ellos, el honor me obligará a ayudar a nuestros amigos.
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