martes, 10 de noviembre de 2015

El Sendero De La Furia. III- El cubil de los lobos



Las olas, llevadas por el gélido y fuerte viento, azotaban el casco del barco. Shan’Nah se alzaba estoica en la proa, ignorando la nieve que caía a su alrededor, mientras en la distancia veía aparecer por fin tierra firme.

-¡Eh! Gordo, levántate y mira eso. – Sacudió una patada a su hermano, que dormitaba en cubierta tapado por completo con gruesas pieles, parte del botín que habían obtenido de sus asaltantes de la Horda de Hierro.

- ¿Ya llegamos? – Preguntó Gromil entre gruñidos casi ininteligibles. – Y no estoy gordo, soy fornido.

- La palabra que buscas es fondón. – Miró hacia la costa escarpada y sonrió. – ¿Ves aquello? Era nuestro hogar tal y como nuestros ancestros lo conocieron. No la ruina desértica que dejó la Legión Ardiente.

Gromil se limitó a asentir, mientras en su mucho más ágil mente elucubraba todo lo que podría haber llevado aquella tierra fría y salvaje a convertirse en el erial que ahora ellos llamaban hogar. - Cresta del fuego Glacial.- Se limitó a murmurar.

Desembarcaron en una ciudadela costera propiedad de la Horda de su mundo, cogieron sus escasas pertenencias, pues viajaban ligeros, y se acercaron a la gigantesca hoguera central del campamento en busca de calor. Pasaron un rato escuchando las historias de los viajeros que allí se reunían, mientras comían algo para reponer fuerzas, y entonces Shan’Nah escuchó unas voces familiares.
Un semiorco azulado se acercaba a la hoguera, acompañado de un guerrero y una mujer. Todos ellos llevaban el emblema de los Lobo Gélido; eran de su mundo y amigos de sus padres. Shan’Nah maldijo su suerte y pegó un tirón de una de las pieles de su hermano, que comía distraídamente, para tratar de cubrirse con ella y ocultarse.

-¡Oye! ¡Que eso es mío! – El joven orco protestó a voces mientras agarraba su piel y tiraba de ella de vuelta. – Tuviste tu oportunidad de quedarte con pieles, pero la señora soy-muy-dura-para-tener-frío no quiso.

-¡Calla, cúbrete la cabeza y dame eso! – La orca echó una mirada asesina que desconcertó a su hermano. Sin embargo, el desconcierto no duró demasiado, pues una mano grande y verde se posó sobre el hombro del chamán.

-Vaya, si son los niños de los Lightningblade. - Dijo el guerrero con una sonrisa afable. – Me alegra ver que estáis bien. ¿Dónde están Idnaar y Radna?

Shannah se quedó sin palabras. Su escapada iba a terminar antes aún de haber empezado: les habían pillado de pleno y les devolverían a casa. Maldijo en silencio. 

– Ellos vienen en otro barco, tuvieron que quedarse un poco más en el puerto por un carro que recuperamos de unos de la Horda de Hierro. – Lo imposible acababa de suceder: el cabezahueca de su hermano habría salvado la situación si se tragaban esa mentira. Que bien mirado, no era más que la verdad, omitiendo el hecho de que sus padres vendrían dándoles caza.– Nos mandaron delante para que fuésemos buscando un buen sitio para hospedarnos. Debemos asumir responsabilidades y valernos por nosotros mismos.

El medio orco sonrió.

 –Sí, ya no sois niños, es normal que vuestros padres confíen en vosotros. – Tras aquello, frunció el ceño y miró fijamente a Gromil. – Veo que los espíritus de Draenor te hablan con fuerza… El rayo te llama.

-Sí y la cama en la taberna también nos llama, ha sido un viaje largo, ¡sangre y truenos! – La joven orca agarró a su hermano del brazo y tiró de él en dirección a la taberna. Comprarían algunas provisiones y saldrían de allí antes de que los Lobo Gélido se diesen cuenta de que les habían mentido.

La chamana esperó a que los niños se hubiesen ido y echó una mirada reprobatoria a Grizoltk.
-Sabes tan bien como yo que mienten.

-¿Han mentido? – Gromgard, el guerrero, se sorprendió. – En ese caso debemos detenerles, sus padres estarán preocupados.

El chamán semiorco alzó una mano para parar a Gromgard, que ya iba tras los muchachos, y negó con la cabeza. – Normalmente te daría la razón, pero las Furias deben de tener algún tipo de plan para el chico.- Hizo una pausa. – Como dije, el rayo le llama. Los espíritus del relámpago se arremolinaban a su alrededor.

Gromgard, poco conforme con la respuesta miró a Dagra, quien asintió. – Tampoco yo estoy muy conforme, pero Griz tiene razón. El guerrero bufó. 

–Les daremos ventaja. Si los espíritus tienen planes, espero que los cumplan antes de que sus padres lleguen aquí, porque entonces, con espíritus o sin ellos, el honor me obligará a ayudar a nuestros amigos.

El Sendero De La Furia. II - Más allá del portal oscuro



Shan´Nah terminó de subir las escaleras y se detuvo frente al Portal Oscuro. Los vientos de magia que emanaban del mismo movían con suavidad las pequeñas trenzas que venían desde la base de su cresta. Un olor familiar en el aire hizo que agriase el gesto: Brujería.

Jadeando con fuerza tras ella, su hermano por fin le había dado alcance. Shan´Nah era una orca de acción, se ejercitaba a diario y hacía todo lo posible por ser siempre más fuerte y resistente, tratando en vano de algún día, tal vez, lograr igualar a su padre. Él, por el contrario, tenía una filosofía de vida más contemplativa, y eso se notaba en su panza. Con tan solo 14 años ya era mucho más sabio y culto que la mayoría de los orcos. Siempre había sido el inteligente de la familia: fue el primero de los dos en aprender a leer y escribir; al poco tiempo ya era mejor que sus padres en ello. Había aprendido de su "tito Rosadito" las peculiaridades de la conducta y el lenguaje de los elfos de Sangre, e incluso a pesar de la ausencia de ningún mentor, fue capaz de lograr comunicarse con los espíritus. Gromil era un chamán, o lo sería si se esforzaba lo suficiente y estudiaba. Su responsabilidad era infinita: era el primero de su estirpe bendecido con esos poderes, y si bien todo lo relativo a los espíritus resultaba algo alienígena para sus padres y su hermana, sabía que contaban con él para que el día de mañana se ocupase de los asuntos espirituales del clan.

-Odio la brujería. - Declaró la adolescente ante su hermano mellizo, que se encogió de hombros.
-Es lo que hay. Pero si te sirve de consuelo, sin ella no tendríamos esta oportunidad.- Al escucharle, Shan´Nah gruñó levemente.

- ¿Nos va a doler? - La guerrera trataba de hacerse a la idea de lo que sería su viaje a través del Portal Oscuro.

-No, será como el que atravesamos con papá y mamá. – Respondió él, con más seguridad de la que realmente tenía.

-Pero este no es igual: es rojo y da al pasado. - Shan´Nah sentía una profunda desconfianza por cualquier tipo de magia.

- Será exactamente igual. - Gromil sonrió con malicia. - ¿No tendrás miedo, verdad?
La joven orca no respondió y se limitó a avanzar hacha en mano hacia el brillo rojizo de la imponente construcción. Tenía miedo; no comprendía la magia, y si algo iba mal, no podría salir de los problemas con su hacha, pero el tacto familiar del arma le reconfortaba igualmente, aunque jamás iba a admitirlo frente a su hermano. Ella era la mayor, aunque solo fuese por segundos: ella debía protegerle.

Gromil la siguió, satisfecho de sí mismo. Su hermana resultaba extremadamente fácil de manipular.


En lo que para ellos apenas fueron un par de pasos, recorrieron una distancia imposible de medir, e incluso retrocedieron más de 30 años en el tiempo. Ahora se hallaban de pie frente a una enorme selva, que en la época de donde ellos procedían no era más que un árido páramo destrozado y corrupto por la energía vil.

Ninguno de los dos pudo reprimir una sonrisa al ver su mundo natal aún rebosante de vida. La mayor de los hermanos se giró hacia su mellizo, justo a tiempo para ver como éste se desplomaba.
-¿Es cosa de la magia, verdad? – Preguntó, ayudándole a levantarse.

-No exactamente. Es que los elementos aquí son diferentes, fuertes, chillan. - Gromil se separó de su hermana, haciendo ver que podía valerse por sí mismo. - Estaré bien, debo acostumbrarme y esforzarme por comprenderlos. Pero ya tendré tiempo para eso cuando acampemos. En marcha.
Shan´Nah, aunque no estaba muy conforme con la respuesta, no discutió, y comenzó a bajar las escaleras. Debían adentrarse en la selva dirección al oeste para llegar al embarcadero que les llevaría a zona segura.

Llevaban varias horas de viaje cuando se encontraron con un grupo de orcos diferentes a ellos, pues en lugar de tener la piel verde, la tenían marrón, tal y como la habrían tenido ellos de no haberse contaminado su sangre generaciones atrás con la magia vil de la Legión Ardiente.
-¡Vaya, chica, menudo hacha llevas ahí! - Exclamo uno de los orcos marrones, calvo y con barba trenzada.

-Es un arma fiable y nunca se sabe cuándo hará falta. – Respondió, cortante y en guardia.
- Jaja. - Otro más joven y levemente más atractivo al estilo de los orcos se rió del comentario. - Son buenas palabras, muchacha. ¿Tú y tu novio viajáis solos?

-No somos novios, es mi hermana. - Aclaró Gromil. - Nos dirigimos al Puerto de Hierro.
Shan´Nah reprimió una mueca ante la ingenuidad de su hermano.

- ¿Y quiénes sois vosotros que preguntáis tanto? - Desconfió la orca.

-Perdón, que modales. - Respondió nuevamente el atractivo. - Soy Gaz, y él es Trok.- Señalando al barbudo.- Ellos dos son Thrakka y Dakka. - Añadió en referencia a un orco bajito y obeso, y otro que parecía no comer lo suficiente.

-Eso aún no responde a quienes sois. - Señaló Shan´Nah.

-Somos simples comerciantes que llevamos mercancías a tierras de nuestro Clan, los Lobo Gélido. Si os apetece, podemos compartir el camino; las selvas son peligrosas y nunca vienen mal un par de hachas extra en caso de ataque.

-No lleváis el emblema de los Lobo Gélido. - Puntualizó Shan´Nah, extrañada de que todo fuese tan conveniente.

-¿Cómo que no? - Interrumpió el gordo. - Lo tenemos aquí mismo.- Se señaló a un medallón en el pecho y que traía un logotipo desconocido para ellos.

La joven miró a su hermano en busca de confirmación de la veracidad de las palabras de Thrakka. Gromil se encogió de hombros, incapaz de recordar dónde había visto ese símbolo antes. Lo más probable es que lo hubiese visto de pasada con Gromgard en la sede de los Lobo Gélido de su mundo. Podría ser una versión antigua del emblema; a fin de cuentas estaban muchos años en el pasado, y el colgante de hierro seguía mostrando un lobo.

- Os agradecemos la oferta, generosos comerciantes. Viajaremos con vosotros.- Decretó el muchacho.
El viaje transcurrió sin más sorpresas. Los comerciantes eran charlatanes y animados. A Gromil le caían especialmente bien los hermanos, que se pasaban el día contando chistes subidos de tono y haciendo bromas. Por su parte, Shan´Nah charlaba de vez en cuando con Gaz, el guaperas, que parecía tener cierto interés en ella. Sonrió ante la idea de ver a Shani con un pretendiente: el pobre no sabía lo que le esperaba. Trok, por su parte, se dedicaba a conducir el carro de mercancías, atento al camino.

Acamparon en un claro amplio, un lugar en apariencia seguro desde el cual verían venir cualquier amenaza con tiempo suficiente. Cenaron copiosamente e incluso bebieron algo del licor que los gemelos les ofrecieron. Tenía un sabor extraño, aunque reconfortaba el estómago. Shan´Nah se ofreció para hacer la primera guardia.

Era una noche tranquila, dentro de todo lo tranquilo que puede ser un lugar desbordado por los sonidos de las bestias nocturnas y el crujir continuo de los árboles. La joven orca removía distraídamente las brasas, valiéndose de un palo para evitar que el fuego se apagase, mientras mantenía la vista fija en la espesura para no quedar deslumbrada.

El viejo Trok se acercó y se sentó cerca de ella.

-Tu hermano y tú sois muy valientes al haber hecho este viaje tan largo solos. - Hizo una pausa. - Es admirable, ¿pero qué esperáis encontrar?

-Buscamos a las Furias. Él es un chamán y desea aprender de los espíritus de Draenor. - Bajó la mirada. - En el lugar de donde provenimos el mundo está destrozado y los espíritus son débiles. Explorando este mundo y aprendiendo de la Furias, traeremos gloria y honor al Clan.

Trok sonrió y de repente Shan´Nah sintió unos fuertes brazos que la sujetaban desde su espalda. Era Gaz, flanqueado por los hermanos, quien la había atrapado en una presa férrea de la que muy pocos orcos podrían escapar.

Sin embargo Shan´Nah no era una orca cualquiera: era la digna hija de su padre Idnaar, y heredera de sus increíbles testarudez y fuerza. Juntó su barbilla contra su pecho y descargó un fortísimo golpe hacia atrás con la cabeza. El ruido del hueso al partirse y el alarido de Gaz le hicieron sonreír levemente, pero lejos de detenerse a disfrutar de su triunfo, aprovechó los breves instantes en los que Gaz había aflojado su presa para liberarse y derribar al joven con una fuerte patada.

Rodeada como se encontraba, sus opciones eran escasas. De hecho, se resumían en elegir oponente. Tras valorar sus opciones, cargó contra Thrakka, el que parecía más fornido de los hermanos. Un brutal derechazo dio con el orco inconsciente en el suelo, a tiempo para girarse y ver como Dakka cargaba contra ella.

Recordó sus enseñanzas esquivando jabalíes en el Cruce y esperó hasta el último segundo para apartarse. Dakka tropezó con su hermano y rodó por el suelo, al igual que Shan´Nah al recibir la brutal carga del viejo, que logró inmovilizarla en el suelo.

-Padre, mira lo que me ha hecho esa ramera. - Gaz retiró la mano de su nariz rota, que sangraba profusamente. - ¡Me ha destrozado la cara!

-Tranquilo, cachorro, la venderemos como esclava de placer al peor tugurio que encontremos.- Sonrió malévolamente. - Deseará no haber nacido. Tal vez antes incluso puedas probarla tú mismo.
Shan´Nah forcejeó en vano al escuchar sobre su nuevo destino.  

Gromil dormía plácidamente. Había bebido abundantemente del licor, que le había dado somnolencia sospechosamente rápido. Roncaba sereno, cuando una voz en su cabeza le llamó: "Despierta". Gromil se encontraba tan sumido en el sueño que aún resultaba inalcanzable para la voz. La lluvia comenzó a tocar con suavidad la piel del orco dormido, en cuyos sueños se estaba colando una voz apenas audible: "Despierta". El viento arreció y la hoguera ardió con más fuerza, a la par que el monzón se intensificaba y esta vez escuchó con claridad varias voces al unísono: "¡DESPIERTA!".

Gaz se desabrochó el pantalón de cuero, mientras sus compinches sujetaban a la joven, ahora desprovista de armadura de ninguna clase. El acuerdo al que habían llegado para el castigo a la orca es que él sería el primero, al ser el más perjudicado; a continuación sería el turno de Thrakka, que había sido golpeado por la hembra, y finalmente le tocaría a Dakka, que aunque había salido bien parado, no planeaba quedarse sin su parte de la diversión. Trok, por su parte, se contentaba con la expectativa de dinero. La mercancía demasiado usada valía menos, y aunque no podía evitar que los chicos fuesen chicos, él era un viejo con suficiente autocontrol. Ya se gastaría la recompensa en alcohol y en putas, que aunque menos atractivas, seguro que sobrepasaban a la joven en experiencia.
-Ten cuidado, Gaz, las cachorrillas gélidas muerden. - Dakka se rió.

-Soy una Lightningblade. – Gruñó, forcejeando con renovadas fuerzas, aunque insuficientes. Tras haberle obligado a beber aquel licor mientras la inmovilizaban, permanecer consciente era una batalla que requería de casi todas sus fuerzas. Tal vez sería mejor dejarse ir, no sentir nada, rendirse, pensó. Pero ella era Shan´Nah, hija de Idnaar; ella no se rendía. Podría estar derrotada y humillada, pero eso sólo alimentaría su furia, sus fuerzas. En algún momento iban a descuidarse, y en ese instante se tomaría su venganza.

-Hace años que el Lobo de Hierro exterminó a esos debiluchos.- Thrakka se rió, y una chispa de odio ardió con intensidad en los ojos violetas de Shan´Nah.

-Si tienes suerte, tal vez des a luz a un Thunderlord. Sería un honor para tu lamentable linaje.- Gaz escondía tras su fachada a un ser verdaderamente horrible.

-¿Sabéis cuál es el problema de los Thunderlord? - Preguntó una voz a las espaldas del retorcido guaperas.- ¡Que el trueno arma mucho jaleo, pero el rayo golpea!

Gaz se giró al escucharlo, y un mazazo crepitante de electricidad impactó sobre su pecho, haciéndole volar varios metros hacia atrás en una explosión cegadora. Shan´Nah, viendo su oportunidad, reunió todas sus fuerzas para dar un tirón al brazo que sujetaba Dakka y acercarlo lo suficiente como para alcanzar su cuello de un mordisco y desgarrarlo sin piedad.

-Her... mano… - Alcanzó a decir lastimeramente y entre gorgoteos.

Thrakka, sin perder un solo instante ni soltar a la orca, sacó un puñal y trató de clavárselo a su enemiga. Un rodillazo bien dirigido a la entrepierna terminó con el ataque. Una serie de puñetazos furiosos acabaron con la cara del pobre desgraciado, hasta que su cráneo se convirtió en una masa rojiza e irreconocible. 

Con su obra terminada y la ira levemente apaciguada, por fin el licor sedante se impuso y regresaron los mareos. Trok, atraído por el estruendo apareció en escena y pudo ver a su cachorro con el pecho hundido varios metros más allá del charco de sangre que conformaban los hermanos, y sobre el que se encontraba Shan´Nah de rodillas.

-¡Perra lobo gélido! - El viejo cargó, hacha en mano.

-Soy una Lightningblade y golpeo como el rayo.- Aunque mareada, hizo acopio de todas sus fuerzas y se lanzó hacia adelante contra el orco armado. Trató de esquivar la acometida, pero recibió un hachazo. Le daba igual, eso no la mataría. Cargó contra las rodillas del orco a la carrera, y se valió del impulso de su enemigo para lanzarlo por los aires; frenó en seco y se abalanzó sobre su rival derribado, donde apretó el cuello hasta escuchar el inequívoco sonido de éste al romperse.

Gromil posó la mano sobre el hombro de su hermana, y ésta pudo sentir como los restos del veneno iban desapareciendo, mientras que su herida se cerraba con rapidez.

- ¿Estás bien? – Preguntó, no muy seguro de querer conocer la respuesta. Shan´Nah asintió.
- Ese fue un golpe de mil demonios. Papá se enorgullecería de ti.

Gromil la miró, confuso. La habilidad de Shan´Nah para recomponerse era asombrosa. Si él hubiera estado en la misma situación que ella, con tres orcas, estaba casi seguro de que habría abrazado a su hermana y se habría echado a llorar.

-Vamos, tenemos que recuperar mi hacha y mi armadura.- La orca marchó en dirección al carro, totalmente ajena a lo que acababa de suceder.

El chamán echó un último vistazo al tórax reventado de Gaz. Los espíritus le habían ayudado esa noche, y en Draenor eran mucho más poderosos de lo que él jamás habría soñado. Sin embargo, y a pesar de no haber deseado lo contrario de ninguna de las maneras, no podía evitar la sensación de que esa ayuda iba a tener un precio que no tardaría en descubrir.

El sendero de la Furia. I - leyendas vivientes.



Gromil corría todo lo rápido que podía, que no era mucho, por las calles del bastión aún medio en ruinas. El bastión Lightningblade hacía tan sólo unos meses que se había recuperado de manos de los ogros, gracias a los esfuerzos de la Horda, para cedérselo de nuevo a sus legítimos propietarios.
Había sido algo inusual que la Horda se movilizase para recuperar aquellos territorios con poco más valor que el sentimental. Sin embargo, Idnaar se había ganado muchos aliados durante los años que había combatido con honor en nombre de la Horda. Eso, y una gran cantidad de oro que Eidorian había logrado sacarle a su hermana Tuzah en concepto de limosna, habían sido suficiente para recuperar aquellos terrenos de manos ogras.

Con los ogros expulsados, la Horda no tardó en enviar algunos efectivos para colaborar en la defensa y la reconstrucción. A fin de cuentas, nunca estaba de más asegurar un trocito de Filospada.
Desde entonces algunos orcos habían ido acudiendo al Clan para unirse en busca de fama, fortuna o simplemente una vida mejor, y con ellos, el bastión había ido reconstruyéndose del mal estado en el que décadas de dominación ogra lo habían dejado. Ahora los Lightningblade por fin tenían un verdadero lugar al que llamar hogar con orgullo.

Gromil llegó jadeando y empujó las pesadas y enormes puertas de la que ahora era su casa. Era el edificio más grande de todo el asentamiento, nada que ver con la modesta casita del Cruce en la que se había criado. Su padre, Idnaar, no estaba muy de acuerdo con aquella nueva casa al considerarla excesiva, aunque sus amigos, especialmente Rosadito, habían insistido en que ahora era un líder y debía aparentarlo. Aún después de más de una década como un orco libre, a veces aún le resultaba ajena la sensación de poseer algo, no digamos ya una casa.

El joven orco buscó con la mirada alrededor de la estancia central sin encontrar a nadie más que a Silver, el tigre de su madre. Asomó a los dormitorios y tampoco encontró a nadie. Salió por la cocina en dirección al patio, donde a pocos metros se hallaban las cuadras y unos rudimentarios muñecos de entrenamiento. Allí estaba su hermana Shan´Nah, golpeando con furia al grueso tronco que hacía de torso del muñeco, con un hacha roma que hacía crujir la madera con cada impacto.

Shan´Nah era su melliza: una orca grande y musculosa, en una forma física envidiable y cuyo cuerpo, que ya comenzaba a mostrar evidentes signos de madurez, estaba salteado de algunas cicatrices. Shan´Nah  tenía planes de tatuarse, aunque eso sólo lo sabía Gromil, por temor a que Radna, su madre, pudiera tener una opinión diferente.

-¿Dónde está el tito Rosadito?- Preguntó, extrañado de que el responsable de cuidarlos en ausencia de sus padres no anduviera por allí.

-Se ha ido a la taberna. – Gruñó su hermana, mientras descargaba otro golpe al maltrecho muñeco.- A ver si se encama con alguna de las recién llegadas. – Dio otro golpe. – Para ser tan feo, rosa y enclenque tiene un éxito relativamente alto, claro que aún no se ha topado más que con mercaderes. Cuando encuentre una mujer orca de verdad, se va a liar, porque papá tendrá que ir a ver quién le ha partido la cara, entonces ella le tirará los trastos a papá, y mamá le sacará los ojos a la tipa, con la destrucción que todo eso va a llevar.

Gromil torció el gesto, dubitativo, y ladeó levemente la cabeza mientras imaginaba la escena, y se vio obligado a admitir para sus adentros que ciertamente la escena era bastante plausible. Su tío no era precisamente uno de los elfos más galantes que hubiese conocido, ni tampoco de los más educados, pero sí que era soez y descarado, además de propenso a meterse en líos con su tremenda bocaza.
-En fin, Shani, lo que te venía a contar. – Dijo el joven chamán, como si acabase de recordar por qué había corrido tanto de camino a casa. – ¡Ha venido un viajero y cuenta historias increíbles de Draenor!

-Bien por él. –La joven y belicosa orca asestó un nuevo tajo al muñeco, que comenzaba a balancearse peligrosamente.

-¡No, no lo entiendes! – Gromil parecía emocionado. – ¡Las Furias allí están en perfecto estado, más fuertes de lo que nunca estarán en este mundo! Su tierra no se marchita.

-Genial, ¿pero a mí qué más me da eso? – Un nuevo golpe hizo crujir sonoramente la madera.
-Pues…- Gromil hizo una pausa dramática y sonrió de medio lado como el gato que se va a comer al ratón. – Que el viaje para visitarlas está lleno de peligros y aventuras, oportunidades para que un guerrero demuestre su valía. Hay gronns por todas partes, y tal vez incluso podamos encontrarnos con nuestros antepasados.

Shan´Nah clavó el hacha en el suelo y se giró hacia su hermano. – Vale, te escucho.
-Es la oportunidad de que papá esté orgulloso de mí, ¡imagínate que consigo la bendición de las Furias! – Los ojos de Gromil brillaban con intensidad.- Podría convertirme en un chamán de gran poder, traería honor al Clan e impresionaría a papá.

-Bueno, podemos preguntar cuando vuelvan del Kosh’harg. – La joven se encogió de hombros. – Pero ya te sabes la respuesta.

-No, nada de preguntarles. – Gromil puso expresión seria. – Puede que para ti sea poco importante: eres la fuerte, la matademonios, su favorita, pero es mi oportunidad de ser yo el que destaque por una vez. Además, ¿no estás harta de que nos consideren niños? A nuestra edad ellos ya eran héroes de la arena.

Shan´Nah estalló en carcajadas. – Eres idiota, tú eres con mucho el mimado. Pero sí que tienes razón, estoy algo harta de no poder hacer nada porque somos niños. ¡Hemos pasado por el Om´Riggor!
-¡De eso nada, te dedica a ti todo el tiempo! – Gromil protestó, enfadado por las acusaciones.

-Porque tú le haces sentirse idiota, todo tu rollo de chamán le suena a murlock. – Refutó la muchacha sin amedrentarse.- Demonios, me suena raro a mí y soy mucho más lista que él. Pasa más tiempo conmigo porque a mí me entiende. A fin de cuentas yo hago lo que él: le atizo a las cosas.

-Me da igual. – Gromil se obcecó.- Entenderá lo que significa que las Furias me den su bendición; entenderá que lo reúna con el abuelo, y por una vez yo seré el que haga bien las cosas. Iré contigo, o iré solo.

Shan´Nah gruñó. – Vale, si esto es tan importante para ti, iré contigo, pero deberíamos ponernos en marcha lo antes posible. Si tenemos suerte, el tito Rosadito no se dará cuenta de que no estamos hasta mañana por la mañana. Si mangamos un dracoleón, ni él ni Silver podrán rastrearnos.
Gromil sonrió y entró corriendo a casa a preparar su petate; le esperaba una gran aventura.