martes, 30 de mayo de 2017

El Sendero de la Furia IX. Clan.



Los tres amigos encararon el sendero que conducía al Trono de los Elementos con alegría. Gromil narraba con todo lujo de detalles su encuentro en el mundo espiritual con el brujo y las hordas demoníacas, mientras su hermana sonreía con aprobación, orgullosa, y Pan´Chok no perdía detalle para poder narrar adecuadamente la historia la próxima vez que recalasen en una taberna.
Había sido toda una aventura, solos y con todo en contra, triunfantes frente a la Legión Ardiente. Era la clase de historia que, con un poco de trabajo escénico y algunos trucos de manos, le valdría buenas cervezas. El Riecráneos asintió satisfecho, mientras buscaba en la lejanía lo que sería el cierre a su historia: el reencuentro con el pariente de otro mundo y época. Sin embargo, lo que vio fue algo bastante diferente a lo esperado.

Un orco gigantesco, tan enorme que podría haber rivalizado en tamaño con el mismísimo Puño Negro, y que hacía pequeños a sus dos acompañantes, se alzaba en medio del camino. Lucía una armadura de evidente calidad y dos espadones desproporcionados, que en sus gigantescos puños parecían extrañamente adecuados. A su lado, hablando con el anciano y pasando mucho más desapercibida, se encontraba una hembra de tamaño más normal, a la que acompañaba un animal extraño que él nunca había visto: era como una especie de sablerón cuadrúpedo y estilizado, con rayas plateadas sobre un espeso y corto pelaje negro.

-Eh, troncos, ¿habéis visto esa cosa? Es como un animal sablerón.
La confianza se desvaneció de repente del rostro de los hermanos, que se tornaron de un color verde pálido. 

- Estamos muertos. - Afirmó Gromil con solemnidad, mientras la montaña verde se acercaba hacia ellos a buen paso.

Pan´Chok miraba maravillado al imponente gigante; había escuchado historias sobre orcos de ese tamaño, pero nunca había visto uno así. Definitivamente, este había sido el mejor viaje de su vida. Tendría la historia más emocionante jamás contada: aventuras, demonios, criaturas exóticas y guerreros gigantes. 

- Hola, soy Pan´Chok, y ellos son...

-Sabemos quién son. - La orca, que vista de cerca era algo más pequeña que Shan´Nah, interrumpió con una voz fría como el hielo, y una mirada que indicaba claramente que lo mejor para él era estarse calladito y al margen. Los dos veloces bofetones que dio a Gromil y Shan´Nah lo confirmaron.
-Estoy muy decepcionado. - El gigante habló con voz apenada.

-Nos teníais muy preocupados. - La mujer gruñó. - ¿En qué diablos pensabais?

-Verás mami... - Comenzó a excusarse Gromil, dispuesto a asumir la culpa de todo el lío que él había comenzado, pese a las protestas de su hermana. Había temido que este día llegaría, aunque esperaba que tardara más.

-Fue mi culpa, yo le hice venir a esta aventura. - Shan´Nah fue más rápida que su hermano, al que lanzó una mirada indicándole que no dijese nada. Gromil siempre había sido el bueno de los dos, el responsable que no se metía en líos; lo mejor era ahorrarles a sus padres esa decepción. El chamán se limitó a mirar hacia el suelo.

-¿Sois conscientes de lo que habéis hecho? - Preguntó el guerrero, en cuya cara se mezclaban la rabia y la decepción más profundas.

- Sí, os hemos dado un susto de muerte e hicimos un viaje sin permiso. - Shan´Nah dudó un segundo y decidió terminar la frase. - Pero hemos salvado Draenor, y hemos traído gloria y honor al Clan.
-¿Qué? - La voz del coloso esmeralda denotó que había dado en hueso con la última frase. - ¡Habéis fallado al Clan! ¡No sólo nos habéis avergonzado a nosotros en frente de todo el mundo, os habéis aprovechado de las debilidades de vuestro tío y habeis fallado a todo el Clan.

-Siento haberte decepcionado papá pero todo eso que dices no tiene sentido. - Shan´Nah protestó enfurecida - El Tito Rosadito es un borracho, si nos escapamos fue porque no estaba vigilándonos es su culpa y el resto del Clan son en su mayoría mercachifles que en su vida han cogido un hacha mas que para talar leña. Deberían aclamarnos.

El Gigante iracundo alzó a la enorme guerrera por el cuello como si no costase, Gromil se lanzó  hacia el brazo de su padre tratando de bajarlo, aunque era inútil. - Ese es tu problema, eres una cabezahueca como lo fue Grito Infernal - Bufó - Un Clan es mucho mas que gestas y logros, un clan no se sostiene sin esos "mercachifles", un Clan cubre los puntos débiles de los demás miembros y un Clan respeta y obedece las órdenes de su lider. Debiste quedarte y mantener a salvo a todo el mundo, es un milagro que al final no haya pasado nada malo.

Shan´Nah cayó de rodillas a los pies de su familia, la rabia podía verse en la cara de la orca que apretaba los dientes y los puños, como si de un momento a otro fuese a saltar y atacar al orco. Sin embargo no pasó nada y el lider de los Lightningblade continuó hablando. -Eres arrogante y egoista, actuas imprudentemente en busca de tu propia gloria. No mereces ser parte del Clan y desde este momento dejas de serlo. Tal vez algún día, cuando seas capaz de pensar en el resto del mundo antes que en ti misma, te ganes el derecho a reclamar tu sitio.

Gromil no sabía que hacer ni que decir, no podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. Idnaar, su propio padre acababa de echar del Clan a su hermana, la que siempre había estado mas unida a él de los dos, su favorita. Debían de haberle enfadado de verdad.

-Papá, espera no ha sido culpa de Shan´Nah - Tragó saliva - Yo fui quein quiso viajar para conocer a las Furias y ver si quedaba algo de nuestro Clan en este Draenor.

El guerrero, que ya había echado a andar se detuvo y suspiró, pues se temía que esto podría suceder. - En ese caso eres tan culpable o más que tu hermana al haber dejado que ella cargase con la culpa al principio - Ni siquiera se giró -  Un Clan no puede permitirse cobardes que se escondan cuando las cosas se ponen difíciles. Compartirás su destino. No volvais hasta que no seais dignos.

Gromil por primera vez en su vida no sabía que decir cuando vió a su familia alejarse por el camino dejando atrás a una Shan´Nah completamente derrotada.


-Así que ha ido así de mal ¿eh? - Eidorian, el Tito Rosadito, que se encontraba acostado a la sombra de un árbol se incorporó y palmeo a su gigantesco hermano verde en el brazo - Son chicos fuertes. Estarán bien.

-Tal vez, pero supongo que esperaba no tener que llegar a esto - Una lágrima rodó por el rostro surcado de cicatrices de Idnaar - Esperaba ... No sé que esperaba, otra cosa, pero no me han dejado otra opción. - Radna, tan apenada como su compañero aunque de modo menos visible abarcó con sus brazos todo lo que pudo y le abrazó. El gigantón pasó tristemente, de modo distraido la mano por el pelo de su pareja.

- Idnaar - Zor ´Tek se dirigió a su nieto - Se que es duro alejar a los tuyos de ti, el corazón no siempre quiere lo mismo que el deber nos obliga a hacer. - El anciano pensó unos segundos en su hijo perdido en ambos mundos - Pero todos tenemos una senda que recorrer, a veces es dura pero debemos seguirla con honor. Ayer tus hijos me hicieron sentirme orgulloso, pese a sus defectos son buenos muchachos y les has enseñado bien, pero de seguir a tu lado sabes que sus defectos no habrían desaparecido. -El viejo suspiró y sonrió - Has hecho lo correcto aunque no fuese lo mas fácil, me alegra que mi nieto sea alguien así, tu padre se habría sentido orgulloso. Tienes mucho de él.
Idnaar miró a su recién hallado abuelo algo más aliviado gracias a sus sabias palabras.

Eidorian encendió un cigarrillo ante la extrañada mirada del anciano y entró en la choza donde éste vivía. Radna e Idnaar quedaron solos afuera de la tienda y se miraron con ojos tristes.

- Id, sabes que tienen razón - Radna, normalmente de pocas palabras en cuanto a los sentimientos se trataba hizo un esfuerzo por comunicarse - Les hemos educado durante una vida para valerse por si mismos. Ahora debemos confiar en ellos.

Idnaar abrazó a su compañera y no dijo nada. Era consciente de que tenían razón, era hora de que sus pequeños vivieran sus aventuras y la experiencia les diera forma. Pero a pesar de todo, al pensar en ellos no podía evitar recordar aquellos tiempos en los que viajaba y peleaba con ellos sujetos a un arnés, cuando eran rechonchitos, verdes y blandos, pues en el fondo siempre serían sus pequeños y los quería por encima de todas las cosas. Abrazó con mas fuerza a su compañera durante unos segundos y entraron a la tienda a reunirse con el resto de su familia.

El Sendero de la Furia VIII. En la tormenta



Se alzaron sobre el peñasco y miraron en dirección al valle donde se encontraba el campamento de la Horda de Hierro, o al menos de la parte lo suficientemente estúpida para no darse cuenta de que habían perdido la guerra.

-Son muchos. – Observó el joven chamán, que aún tenía dificultades para digerir la titánica tarea que les habían encomendado: Salvar el mundo.

-Sí. – Shan´Nah asintió.– Será una lucha memorable. – La guerrera estaba mucho más tensa de lo que dejaban entrever sus palabras, pero ella siempre había cuidado de su hermano y debía ser fuerte, o aparentarlo para que él también lo fuese.

-¿Te has preguntado qué pasará si fallamos? – Gromil paseaba los ojos por todo el campamento, nervioso, en busca de algo.

-No fallaremos. – Posó la mano sobre el hombro de su hermano.- Las Furias nos eligieron, llevamos el rayo en nuestros corazones. ¿Qué dice siempre papá?

-¿Golpea como el rayo? – Gromil se extrañó.

-No, lo otro, lo de que mientras tengas a un soldado fiable cubriéndote las espaldas, no hay batalla imposible. – Ladeó levemente la cabeza, pensativa.- Aunque supongo que lo de golpear como el rayo también se puede aplicar aquí.

Shan´Nah interrumpió su comentario al ver unos destellos en el perímetro exterior del campamento. Era su amigo Pan´Chok, indicándoles que había encontrado un lugar por donde colarse al campamento, y por ende, traspasar la barrera mística que impedía actuar a las Furias.

Descendieron hacia el lugar donde se hallaba el Riecráneos con mucho cuidado, y con todo el sigilo que permitía la pesada armadura de Shan´Nah. Pan´Chok, que había escondido su máscara-cráneo y se había agenciado algo de armadura menos llamativa, les esperaba junto a la empalizada de madera.
-Hay un agujero oculto unos metros más adelante, podéis colaros por ahí. Yo me quedaré atrás y me ocupare de mantener segura la salida. Más adelante, hacia la derecha, hay un edificio grande, un almacén. Podréis esconderos ahí para que Gromil haga su rollo espiritual.

Los mellizos asintieron ante lo que parecía un buen plan, y tras golpearse dos veces el pecho a la altura del corazón, partieron hacia su destino.

-Cuando echéis abajo eso, esto va a ser la mayor hoguera de Draenor. – Pan´Chok reía mientras se alejaban en dirección al socavón.

Reptaron por el agujero, que probablemente había hecho alguien para desertar ante las noticias de su derrota, y avanzaron cubiertos por la noche y las sombras que las escasas y tenues antorchas producían.

A pesar de la oscuridad podía verse que el mantenimiento del campamento dejaba mucho que desear, muy probablemente debido a la escasez de número del enemigo. Eso en principio era bueno; parecía que la suerte les sonreía.

Pasaron a toda velocidad frente a una pila de cadáveres de soldados de la Horda de Hierro. Aquellos pobres diablos probablemente eran los que habían decidido que incluso la atrocidad tenía un límite que no estaban dispuestos a tolerar. Buenos orcos, con ideas erróneas y líderes dementes. Shan´Nah gruñó con disgusto, mientras que Gromil, preocupado, apenas les prestó atención.

Llegaron por fin al almacén y buscaron un lugar apartado en donde Gromil pudiera descansar y dejar libre a su espíritu. El chamán se concentró, mientras su hermana se quedaba pendiente de la puerta. Notó como las barreras del reino espiritual y el mundo se debilitaban, dejó atrás la carne y se halló en un lugar muy distinto a aquel en el que había estado.

El paraje espiritual en aquella zona era un páramo corrupto: la energía vil fluía con fuerza, y una gargantuesca muralla, cuya cima no alcanzaba a ver, se alzaba rodeando al campamento. Atados a la muralla se hallaban los espíritus elementales que deberían haber corrido libres por aquella zona, casi agotados por completo, mientras el muro drenaba sus energías para mantener fuera a las Furias.
Gromil se enfureció y deseó tener un arma con la que luchar y liberarlos. Para su sorpresa, unas garras con forma de relámpago aparecieron en sus puños, a juego con una armadura que ahora le recubría el cuerpo. Se observó y vio que estaba más delgado y fuerte de lo que jamás había estado; era la viva imagen de su padre. 

Sonrió al comprender las normas que regían este mundo: aquí, la fuerza del espíritu y la voluntad daban forma al mundo, y si algo había adquirido tras una vida de guerras y dificultades, era eso exactamente.

Se concentró y lanzó una poderosa descarga de rayos contra la muralla. Las cadenas que ataban a los elementales se rompieron y les permitieron huir por el páramo. El muro se había agrietado un poquito, sin los elementales era más débil. Cargó sus puños con la fuerza del rayo y descargó un golpe tras otro contra el muro. Si lograba abrir tan sólo una brecha, restauraría el flujo de energías y las Furias podrían actuar.

Unos ruidos cercanos a la puerta captaron la atención de Shan´Nah, que se escondió tras unos cajones cercanos a la puerta; saltaría sobre el que quiera que viniese y lo mataría sin piedad.

-¡Vamos, pequeña golfilla, voy a enseñarte lo que es un orco de verdad! – Dijo una voz ronca y evidentemente ebria al otro lado de la puerta. La orco maldijo, quien quiera que fuese traía a una mujer consigo, y a juzgar por sus palabras, sus intenciones no eran nada buenas.

Tal vez fuese una esclava capturada de entre los orcos que se les resistieron, o incluso por repugnante que resultase, una draenei. Esperó hasta que el macho había dado unos pasos hacia el interior y se abalanzó sobre él, enarbolando sus espadas. Un tajo limpio separó la cabeza del bribón antes de que siquiera pudiera darse cuenta de que estaba pasando.

-Tranquila, este malnacido ya no…- Un chillido desde el umbral interrumpió las palabras de Shan´Nah, seguido por una llamada a los guardias a pleno pulmón. Se quedó paralizada unos segundos por la sorpresa: no esperaba que la chica fuese a reaccionar así, debería habérselo agradecido. Esos escasos segundos fueron más que suficientes para que la chica echase a correr hacia el poblado.

Maldijo sus buenas intenciones y comenzó a correr tras ella. Ya sabían que estaba allí, así que mejor que la encontrasen lejos de su hermano. Tenía que ganar tiempo.

El muro comenzaba a estar bastante fracturado; Gromil habría estado sudando si en forma astral se sudase. A través de las grietas podía percibir las energías de Draenor filtrándose lentamente. Un poco más y podría lograr que el equilibrio se restableciera.

Alzó el puño con fuerza para descargar otro golpe sobre el impío muro de negra sustancia, cuando de repente sintió una fuerte embestida desde su lateral, que le lanzó varios metros en la distancia.
-Vaya, vaya… - Un brujo, enfundado en un siniestro hábito, se alzaba en la lejanía con la punta de su bastón aun humeando energía vil. – Creí que habíamos acabado con todo vuestro maldito Clan.
Gromil se quejó mientras se levantaba y se llevó la mano al costado, donde la quemadura de magia vil aún ardía. – ¿Tú mataste a los Lightningblade? – Preguntó, preparándose para el combate.
-Nosotros lo hicimos. Aniquilamos a esos obtusos incapaces de ver la gloria de la Horda de Hierro. Un precio pequeño a pagar a cambio de todo este poder. – El brujo rió y lanzó una potente descarga de caos en dirección al joven chamán, que salió despedido hacia atrás, a pesar de haberse cubierto con las garras y alzado un escudo de relámpagos.

Gromil no dijo ni una palabra más; se levantó rápidamente y se lanzó a la carga contra el brujo. Un fiero golpe con las garras impactó en el pecho del malvado, rasgándole con un sonido similar al del trueno. Un rápido golpe del bastón a la mandíbula del joven orco dejó claro que el brujo no dependía únicamente de la magia, pero tampoco Gromil lo hacía de su poder físico.

Entrechocó las garras mientras convocaba el poder del rayo y creó una potente explosión que lanzó al brujo contra la sección agrietada del muro. Se abalanzó sobre él con velocidad, y agarrándolo por el cráneo con su enorme mano, estrelló su cabeza una y otra vez contra el muro resquebrajado, por el que cada vez se filtraba más del mundo exterior, aunque aún sin ser suficiente. Soltó al brujo con el cráneo destrozado, y aunque agotado, alzó el puño para terminar lo que había empezado. Golpeó con todas sus fuerzas en el mismo momento en el que una salva de bolas de fuego impactó en su espalda y lo derribó.

Dolorido, se giró a duras penas para contemplar a sus agresores: una enorme manada de diablillos que se carcajeaba de su penuria. Miró a la grieta, pequeña pero brillante, y se apoyó en el muro para levantarse. Pensó en su padre y cómo nunca se rendía, en busca de fuerzas para luchar; tal vez su hora había llegado, pero iba a afrontarla con honor y eliminando a cuantos demonios pudiese. Rugió con fuerza y se lanzó para enfrentar a los enemigos.

Shan´Nah presentaba numerosos cortes, y casi una decena de orcos yacían a sus pies. Los enemigos eran muchos, casi infinitos a sus ojos, pero eran torpes y ella necesitaba ganar tiempo para su hermano y las Furias. El encantamiento de las armas, fuera cual fuese, daba buen resultado: las armas se sentían más ligeras, como si fuesen una prolongación de ella misma; cortaban las armaduras como si fuesen mero papel y los enemigos cada vez temían más acercarse a ella.

Un perímetro de orcos la rodeaba, aunque ninguno se atrevía a enfrentar a aquella coloso bañada en sangre propia y ajena. Parecía que iba a tener un respiro, pero fue entonces cuando lo vio, abriéndose paso a empujones entre la multitud, alzándose a más del doble de altura de la propia Shan´Nah: un gigantesco guardia vil.

El demonio llegó frente a ella y sin mediar palabra lanzó un poderoso hachazo que Shan´Nah esquivó con la maestría que sólo una vida de combates puede dar. Ella había nacido para luchar por su Clan, y eso se notaba. Lanzó una estocada en dirección al monstruo, que la repelió de una patada con su pesada bota metálica, que por la potencia del golpe bien podría haber sido un mazazo. La orca, de espíritu indomable, se levantó y lo intentó de nuevo, sólo para ver su ataque rechazado una vez más, y esta vez recibir un golpetazo del mango del hacha. Un tajo en plena espalda, mortal de no haber sido por la excelente armadura, terminó de derribarla.

El Guardia Vil la alzó del cuello, malherida, y la exhibió frente a los otros orcos como muestra inequívoca del poderío de la Legión Ardiente.

Gromil luchaba con fiereza; los rayos surcaban el reino espiritual electrocutando a los diablillos a velocidades pasmosas. Muchos caían a cada segundo que pasaba, pero por cada uno, tres más ocupaban su lugar. El joven orco estaba agotado por el esfuerzo y los numerosos impactos recibidos, no podía más. Se desplomó e hincó la rodilla en el suelo, esperando el golpe que acabaría con él.
Esperaba encontrarse la visión de un diablillo carcajeante al alzar la cabeza; sin embargo, en su lugar lo que vi fue un enorme lobo espiritual que comenzó a despedazar a los diablillos restantes. 

Esperanzado por este nuevo e inesperado aliado, Gromil se levantó como pudo. Miró hacia la grieta, que se había hecho algo mayor durante el combate. Tal vez si el lobo había podido cruzar la abertura, a través de ella él podría reunir poder suficiente para un último y devastador ataque.

Gromil dejó que el lobo mantuviese la batalla a raya, cerró los ojos y respiró con calma. Se concentró en el mundo que le rodeaba más allá de la barrera y entró en comunión con el agua, la tierra, el aire y las llamas; trató de percibir cada mota de polvo llevada por el viento, las chispas que surgían de la tormenta, cada gota de agua. En ese momento Draenor era él y él era Draenor. Ya no sentía dolor ni agotamiento, sólo la furia de una tierra mancillada.

Abrió los ojos, brillando con energía, y descargó su furia en forma de rayo sobre la ya dañada muralla, que estalló en pedazos, permitiendo que las energías de Draenor penetrasen como un torrente, barriendo a los diablillos y la corrupción.

Shan´Nah esperaba el momento en el que la bestia terminaría con ella. Había fallado a su hermano, a las Furias y a Draenor al completo. Sintió una lágrima caer por su mejilla, y entonces escuchó el trueno que anunciaba la tormenta; aquello no había sido una lágrima: comenzaba a llover. Sacó fuerzas de su interior, que creía agotadas por completo, y en un rápido movimiento desenfundó un pequeño cuchillo de su cinturón y lo clavó en el ojo del guardia vil.

El gigante rugió de dolor, herido también en su orgullo al haber sido dañado por aquella orca insignificante. La lanzó contra el suelo y atacó enarbolando su pesada hacha. Eso era exactamente lo que Shan´Nah pretendía: rodó por el suelo nada más tocar tierra y logró esquivarle con facilidad, desplazándose hacia el lugar donde habían caído sus espadas. Recogió las armas, que ahora brillaban en un azul intenso y despedían pequeños rayos y saltó por el aire en dirección al flanco del monstruo con ambos espadones en alto, dispuesta a asestar un golpe definitivo. 

Impactó con todas sus fuerzas. 

-¡Golpea como el rayo! – Gritó, mientras las espadas rebosantes de electricidad, produciendo un sonido semejante al trueno, se hundían en la carne del demonio y lo convertían en un cadáver humeante.

La guerrera, completamente cubierta de sangre y barro, miró a los aterrorizados orcos mientras la tempestad arrasaba todo a su alrededor. 

– Soy Shan´Nah, del Clan Lightningblade, y os desafío a que me ataquéis, perros adoradores de demonios, ¡pues las Furias me han enviado aquí a traeros muerte! – Los allí presentes corrieron por sus vidas, temerosos de la ira que habían desatado.

Gromil despertó con Pan´Chok a su lado y vio el cadáver de un guardia un poco más allá.
-¿Qué ha pasado? – Preguntó, desconcertado.

-Ése vino mientras dormías. – Pan´Chok sonreía, visiblemente emocionado. – Tu hermana montó un jaleo tremendo en medio del pueblo, y cuando lo escuché me vine para aquí. Supuse que me necesitaríais. Luego te vi así y decidí que era mejor quedarme contigo.

Gromil se incorporó, algo mareado, y puso la mano en el hombro de Pan´Chok. – Gracias, amigo.- Trató de esbozar una sonrisa.- Busquemos a Shani y salgamos de aquí.

-Claro, tronco, la habéis liado buena. – Ayudó a caminar a Gromil, que exhausto, apenas podía moverse.- Primero el jaleo, que duró un rato, y de repente ¡zas! y ¡bum! Empiezan a caer rayos que prenden las chozas y todo arde, y el viento huracanado derribando torres de vigilancia, ¡y hasta hubo temblores! - Pan´Chok se carcajeaba al hablar de toda la destrucción.

Los dos amigos salieron por la puerta del almacén, que parecía ser el único edificio intacto, a las ruinas humeantes de lo que otrora había sido el campamento. Los cadáveres de los orcos que allí se habían reunido sembraban las calles. Si alguno de ellos había escapado de allí, era seguro que no volvería a querer meterse con las Furias.
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jueves, 19 de enero de 2017

Elkam: Caballero de la espada de ébano

Elkam Plenilunio

Elkam se envolvió en su capa para protegerse del frio de la noche, añoraba los cálidos bosques de Vallefresno, su tierra natal. El invierno se acercaba y las noches eran cada vez más gélidas.  Cruzó el patio en dirección a la torreta  este. No hacía mucho que lo habían nombrado capitán de la guardia de aquel puesto fronterizo.

Elkam era alto y ancho de espaldas como la mayoría de los guerreros de Darnasus. Portaba a la espalda dos espadas. Sus hojas eran largas, estrechas y muy afiladas. Ligeras de manejar, flexibles y a su vez extremadamente resistentes. Se las había comprado a un vendedor ambulante tras mucho insistir y muchas cervezas. El comerciante  contó que esas “Katanas”, así  las  llamó el tipo, habían sido forjadas en tierras ignotas y eran piezas extraordinarias. Sin duda lo eran para el guerrero elfo.
Al llegar a lo alto de la torre, el vigía allí apostado lo saludo con respeto.

- ¿Alguna novedad?- preguntó Elkam

- No capitán, aunque parece que tendremos niebla esa anoche.

El capitán escrutó el horizonte y observó  como la bruma que se formaba parecía avanzar hacia ellos. Volvió a bajar y ordenó que cerraran las puertas.

La temperatura bajo de forma súbita. Finos copos de nieve empezaron a caer. Elkam los contempló con fastidio y maldijo para sí. Oyó a su espalda que alguien le llamaba. Era su hombre de apoyo y mejor amigo Hykram.

- He pensado que te vendría bien algo caliente- le ofreció un tazón de caldo humeante.

- Lo que realmente me sentaría bien es el calor de los muslos de Suna- Contestó con nostalgia.

-¡No hables así de mi hermana!- exclamó Hykram enfadado.

Elkam se echó a  reír; le divertían los celos de “hermano mayor” que le entraban a su amigo cada vez que hablaba de su relación con ella.

-No he dicho nada malo. Es la verdad- El guerrero no paraba de reír ante la cara de irritación de su amigo.

-¿No te había mandado a paseo? ¡Olvídate de ella!

Elkam dejó de reír y torció el gesto, se llevo la taza a los labios- Cambiará de parecer cuando vuelva a Darnasus.

Hykram abrió la boca para seguir con la reprimenda pero la cerró de pronto. Los dos amigos se miraron alarmados, ambos lo habían oído: el sonido inconfundible del silbar de una flecha, el impacto y el golpe sordo de un cuerpo al desplomarse.

De inmediato la campana de alarma de la torre oeste comenzó a sonar, segundos después otra flecha la hizo callar.

-¡Ve a la torre! ¡Corre!- Le ordenó Elkam mientras salía disparado a dar la voz de alarma.

Hykram subió los escalones como un rayo. Al llegar arriba vio a su compañero centinela muerto. Una flecha le había entrado por debajo de la mandíbula  atravesándole el cráneo. Se asomó con cautela y gracias a su aguda visión pudo distinguir a todo un batallón moviéndose torpemente entre la inusual niebla muy cerca de las puestas.

Algo se movió a su espalda, se giró rápidamente. Contempló horrorizado como el centinela se levantaba. Era imposible que alguien con semejante herida estuviera vivo. El soldado muerto sacó la espada de su cinto y lo atacó. Hykram lo esquivó por poco, la conmoción casi le tenía paralizado. El centinela volvió a la carga y esta vez casi logró  su objetivo alcanzándole en un brazo. Era difícil moverse en un espacio tan reducido. Hizo otra finta agarrando al soldado por el brazo empujándolo contra una de las vigas.  Sacó su daga y se la clavó en la espalda sin ningún resultado. ¡Qué idiota, no se puede matar lo que ya está muerto! Ese funesto pensamiento le bloqueaba. Oyó a Elkam en el patio gritando órdenes. El jaleo le sacó de su estupor justo a tiempo para aprovechar la inercia de su atacante y tirarle por la baranda abajo.

En la otra torreta, el centinela también con una flecha mortal atravesándole la garganta, estaba en píe disparando contra sus compañeros del patio con puntería mortífera.

-¡Abatidle, maldita sea!- gritó el capitán Elkam a los desconcertados arqueros.

El centinela de la torre este, sin duda debía ser víctima de algún hechizo de control de masas, o al menos eso pensaron. Había abatido a los soldados apostados en la puerta norte del fuerte y a los compañeros que habían subido a detenerle.  Por más flechas que le clavaban este no parecía cejar en su empeño asesino.

Hykram llegó corriendo a la posición de su capitán. El tremendo sprint le había dejado sin aliento.

-Enemigo a las puertas- pudo decir mientras intentaba recuperar el resuello.

-¿Cuántos son? ¿A qué distancia?- le apremió Elkam.

-Elkam…..el centinela…..muertos…..se levantan- Hykram intentaba hablar entre jadeos.

Elkam lo miró sin comprender; de pronto un soldado gritó “¡Capitán, las puertas!” Dirigió la mirada hacia ellas y comprendió de inmediato lo que quería decir su amigo: Los soldados que hacia escasos momentos yacían muertos sobre la fina capa de nieve se habían levantado y comenzaban a abrir las puertas del fortín.

-¡Detenedles, deprisa!- Su reacción fue rápida, desenvainó sus dos katanas  y salió de su parapeto sin importarle que el centinela poseído siguiera lanzando flechas- ¡Quiero un grupo de arqueros en cada atalaya! Hykram, acaba con ese bastardo de la torre. ¡¡Defended las puertas!! ¡¡Moveos!!

Nada podía haber preparado a aquellos soldados de la Alianza para enfrentarse a semejante enemigo.
 Las puertas cedieron y dieron paso a un ejército de cadáveres andantes en diferentes grados de descomposición. Alguno no eran más que huesos unidos por jirones de carne seca. Su mera visión era perturbadora.

La primera carga fue brutal. Muchos defensores cayeron incapaces de reaccionar ante tan horrenda visión. A pesar del desconcierto inicial los soldados lucharon con fiereza frenando la incursión del enemigo en el patio.

-¡¡No vaciléis!! ¡¡Desmembradlos!!- Las katanas de Elkam cortaban los cuerpos putrefactos como si fueran mantequilla.  En seguida se había dado cuenta que era la única manera de pararlos.

A medida que luchaban el caos empezó a apoderarse de la vanguardia de defensores. Los soldados caídos se levantaban y combatían contra sus compañeros vivos. Un golpe devastador para las fuerzas defensoras. Por cada soldado de la Alianza que moría, el ejército profano ganaba un nuevo combatiente.

Un asaltante esqueleto se abatió sobre el capitán. Con una finta lo esquivó cortándole un brazo con una katana y con la otra le cortó las piernas. Sin perder tiempo pisó el brazo del cuerpo desplomado que aún se agitaba furioso y de una patada se lo arrancó.

Sus hombres perdían terreno con mucha rapidez. Por más enemigos que derribaban no parecía hacer mella entre los atacantes.  No había más opción que resistir y ganar tiempo.

Buscó a Hykram entre los combatientes.  Lo llamó a gritos mientras corría hacia la torre de vuelo.  Los dos se encontraron a los pies de la torre y se refugiaron dentro.

-Quiero que cojas el vuelo y alertes al bastión - le apremió Elkam.

-¡No! ¡Yo me quedo contigo!-Hykram rectifico ante la hosca mirada de Elkam- Quiero decir…que puede hacerlo cualquier, yo soy más útil en combate y lo sabes. ¡Déjame luchar contigo¡

No le faltaba razón y el guerrero elfo lo sabía. Hykram era más bajo y delgado que el resto pero lo suplía con creces con su tremenda agilidad y celeridad.  Era tan sigiloso y letal con sus dagas como una serpiente.

Elkam miró hacia fuera mientras Hykram seguía suplicándole que le dejara luchar a su lado. Volvió a sopesar la situación. Les estaban masacrando. El ataque inicial había dejado a sus hombres sin capacidad de reacción y la intensa lucha les estaba llevando al límite de sus fuerzas. Él mismo estaba exhausto y malherido. La hoja de sus espadas se habían roto por la mitad aunque todavía conservaban el suficiente largo para ser mortales.

Pronto acabaría todo.

- No es momento para cuestionar mis órdenes- su tono fue tajante-¡Vé!

-Si tu mueres yo muero contigo- Quiso decir Hykram,  quiso decirle muchas cosas pero lo único que salió de su boca fue “Si capitán”

Hykram llegó a la plataforma de vuelo donde el hipogrifo graznaba y coceaba alterado por la contienda y los olores a sangre y muerte. Tardó un buen rato en calmar al animal y conseguir ponerle la silla, entonces reparó en que se había hecho el silencio. Le dio un vuelco el corazón y se asomó.

El combate se había de tenido. Solo quedaban en el patio el capitán y puñado soldados rodeados por la horda de cadáveres y Al frente el comandante de las huestes seguido de otro de igual aspecto; Un caballero vestido con una armadura negra adornada con calaveras y colmillos. Contempló al reducido grupo que no cedía en su empeño de defender el paso. Levantó un brazo en dirección al grupo y una mano invisible agarró a Elkam por el cuello y lo levantó en el aire. Los soldados se lanzaron a defender a su capitán pero no tenían la menor oportunidad. Fueron aniquilados.

El siniestro caballero se acercó con parsimonia mientras desenvainaba su acero. La espada brilló con los primeros rayos del sol haciendo que las runas inscritas en su hoja refulgieran con más intensidad. Y sin más miramiento atravesó con ella el pecho del elfo que seguía luchando por soltarse.

-Admirable- dijo el caballero de la muerte sin ningún rastro de emoción en su voz. Observó como el guerrero exhalaba su último aliento en el suelo y su sangre teñía la nieve de rojo.

- Llevad a este al bastión de Ébano. Lucha bien.

--o---

jueves, 5 de enero de 2017

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 4)

Tras la noticia impactante que la mujer pandaren cuenta a sus relativos, un silencio se apoderó de los tres por un breve momento. No daban crédito... ¡Extranjeros en Pandaria! Lo primero que pensaron los tres fueron los pandarens provenientes de la Isla Errantes. Sin embargo, les sonaba extraño dado que Shen-zin Su solía llegar al continente por la Espesura Krasarang, su lugar de nacimiento.

- ¡Por los cuatro vientos! - Saltaba Xingani.

- Encima los del Shado-Pan nos retienen aquí. - Sacaba el tema la señora. - Se acabó nuestro viajecito al Templo del Dragón de Jade...

- Pues yo pienso ir a ver lo que pasa. A mí no me retienen aquí por las buenas. - Sacaba pecho Lliffy.

- ¿En serio tenemos que investi...? - Preguntaba Xingani perezosamente antes de que Musi le cortase.

- ¡Ya sé! ¡Subamos la Escalera Velada! -

- Cortada. - El marido niega la propuesta rotundamente.

- Te equivocas, Alfre, están cortando los caminos hacia el bosque y la espesura. -

- Digo yo que no: cortarían también la escalera para que no hubiera ninguna forma para llegar al bosque, tía. - Xin la corregía.

- Bueno, por probar que no falte. - Decía Musi.

- Pues nosotros escuchamos en la taberna algo de barcos voladores... - Recordaba Lliffy rascándose la barbilla mientras miraba a su sobrino, quien le respondía asintiendo con la cabeza.

- ¡Y por qué no me lo habéis dicho antes! - Respondía a los pandarens con collejas con un estilo que era inevitable recibirlas.

A partir de aquí, la trama se vuelve algo irrealista aunque fue así como pasó.

Entre dolores y algún quejido del menor de los dos, Lliffy dijo - No tenemos ningún vehículo para subir la escalera. Mogueh no será capaz de llev... - Se cortó de repente al notar que su sobrino le retorcía el brazo para recordarle el camino por el que iba sus palabras (no será capaz de llevarte). Entonces carraspeó. - Preguntemos al grumel del establo para ver si nos ofrece una montura. - Ambos miraba a la mujer con una sonrisa fingida y Xin con temblores sospechosos.

Musi, con una ceja levantada y la otra arrugada, miraba a ambos pero lo dejó pasar. - Vayamos tirando para la Escalera.

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Tras una pequeña caminata desde El Alcor hasta la entrada de la Escalera Velada, los pandarens encontraron a un par de grumels: uno de ellos era el encargado del establo y el otro era el maestro de cometas de vuelo. El segundo estaba sentado en un rincón. Debido al revuelo en el Este, no era posible recurrir a este servicio.

- Mira Alfre, allí está los grumels. Pregunta~ - Le da un empujoncito a su marido para que haga el recado.

Lliffry cede ante el empujón y se presenta ante el grumel del establo. - Disculpe...- 

- ¡Hola, camarada de los grumels! - Le respondía. Se apellidaba Altocamino.

- Ho-hola. Me preguntaba si pudiéramos acceder hacia la cima con algún medio para los tres. -

- Con un yak... - Se retiró para traer a un yak de viaje con 3 plazas. - como este llegaréis muy lejos. -

El enorme yak sorprendió a los tres pandarens. Era inmenso y robusto. Se quedaron con la boca abierta al ver tal cantidad de carne bien compuesta con sus lujosos harapos.

- ¡Anda, qué majestuoso! - Sorprendido comenta el hombre de la casa. - ¿Por cuánto nos lo alquilas?

El grumel negaba con la cabeza. - Tan solo devolvérselo a mi primo en la cima. -

- A este le daba pereza devolvérselo que nos ha pasado el marrón, tssk. - Musitaba Xin aunque, sin quererlo, la señora le escuchó con sus tonificadas orejas le hizo callar con una colleja por tal bordería.

- Ah... Vale. Muchísimas gracias. - Agradecía Lliffy al maestro de establo. - Chicos, en marcha.

El grumel arreó unas palmadas suaves sobre el pelaje del animal para que éste se agachase y los pandarens se pudieran subir con mayor facilidad mientras Musi dejaba a Mogueh cerca de las escaleras para que le esperase, con la correa enlazada en lo primero que vio para amarrar. Cuando los tres procedieron a subirse, en el rostro del animal se mostraban gestos de fatiga por el peso de cada uno de ellos... Cada esos gestos se hacían más significativos, sobre todo cuando la parienta subió la última de ellos.

- Mi madre, qué de lujo tiene el bicho este... - Pronunciaba Musi sintiéndose una reina encima del animal. - Esto sí que es clase.

- Y tanta.- Respondía Xingani.

Por otro lado, Lliffy sacó un gorro de explorador. ¿Qué quieres que os diga? Le hacía mucha ilusión al hombre.


Los pandarens procedieron a dialogar mientras el yak subía por las dichosas escaleras:

- X: Pues se está cómodo y todo. *:D*

- M: Ahora que lo pienso, yo debería sentarme delante. Aquí detrás me siento mercancía, Alfre.

- Ll: Pues me extraña que hayas subido tu sola, si necesitas ayuda para subirte encima de Mogueh. Con ese culo que tiene...

- M: Al menos no soy como tú, que te tocas el higo cada vez que encuentras la situación. *¬¬*

- X: *Risa descarada*

- Ll: [...]

Después de un rato subiendo...

- Ll: Yo quiero uno de estos en casa. En serio, qué porte...

- M: Pues curra.

- X: O róbalo, también es una opción.

- Ll: A ver si puedo hacer mis pinitos...

- M: Xin, cuando bajemos, prepara el cuello para la mayor colleja del siglo.

- X: *glubs*

Acercándose al final de la escalera:

- Ll: Cada vez me cuesta más respirar...

- M: A mí también... T eso que vamos sentados...

- X: Me duelen los oídos... *Se coge de la cabeza*

- Ll: Veo algo... *Achina los ojos* Es la taberna de la Goya esa...

Sin embargo, el camino se empezó a derrumbar por el peso de los cuatro. Mientras el yak intentaba estabilizarse, los pandarens temían lo peor:

- X: ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

- M: ¡ALFREEEEEEEEE!

- X: ¡QUE ME CAIGOOO!

- M: ¡ESO TE PASA POR GORDO! *Sufriendo los tambaleos*

- X: *Agarrándose lo máximo que podía*

- Ll: *Intentando controlar al animal* ¡Ayuda!

- M: *Se baja del yak en cuanto pudo*

- X: *No pudo resistír más y se cae al suelo* ¡Aaaaaaaah! Duele...

- Ll: *Pega un brinco desde su sitio y aterriza firmemente*

Por otro lado, el yak sufrió la peor parte. Sufrió el desprendimiento cayendo al anterior nivel de escaleras, lo que le provocó una huida pavorosa hacia el inicio.

- M: Pobre animalito...

- X: *Se sentía ignorado por culpa del yak*

- Ll: *Viendo al animal* Poh se va...

- X: *Se recompone* Nadie ha visto nada...

- Ll: En fin, espero que no lo echen de menos.

- X: No creo.

- M: Si alguien pregunta, no sabeís nada. ¿De acuerdo? Sigamos.

Tras este acontecimiento inesperado, los tres pandarens continuaron su subida a la cima. ¿Cuáles fueron las respuestas que encontraron?¿Cuáles fueron sus reacciones?





jueves, 24 de marzo de 2016

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 3)

Tras la tormenta que la señora de la casa desató en esa humilde granja, la calma llegó. Musi bajó a la planta de abajo, intentando relajarse lo más que pudiese, mientras, los otros dos no se podían creer que habían sobrevivido a tal fiera. Exhalaron un suspiro al unísono y luego se miraron mutuamente.

- Ufff, bueno...- Se relajaba Xingani.

- Cómo que "bueno". La próxima vez te las apañas. ¡Mi comida, mi tesoro! - Le regañaba Lliffy al joven pandaren.

- ¡Pero si hace un momento me pedías a mí! -

- ¡Niño, que comes de mi sueldo! -

En mitad de la discusión doméstica, la parienta irrumpió con un mandato escandaloso.- ¡BAJAD LOS DOS! ¡YA! -

Un nuevo escalofrío recorrieron por los cuerpos de Xin y Lliffy y obedecieron velozmente al reclamo de Musi. Ella les estaba esperando en las puertas y, al llegar estos, se mantuvieron en una posición militar a la espera de la orden de la sargento. Sin embargo, la cara de Musi no era como se la esperaban: una sonrisa de convenida aparecía en su rostro.

- Vamos a El Alcor de inmediato. ¡Quiero noticias, NO-TI-CIAS FRES-CAS! - La sangre de maruja empezaba a bullir por sus vasos sanguíneos.

- ¿Tan pronto? ¿Por qué? - Reprochaban los dos.

De nuevo, se le marcaron las venas de la frente de la mujer y patadea el suelo impacientemente. - ¿Es necesario dar explicaciones? -

Los dos hombres tragaron saliva y asintieron la cabeza como buen calzonazos que eran.

- Iré a por Mogueh...- Lliffy tiró al recinto donde tienen las cabras durante los momentos de no pastoreo y saca una con un cencerro destacado. Era la única de las cabras que se dejaban montar.

Babas, al que su dueña se preparaba para irse de casa, empezó a seguirla. Sin embargo, ésta le ordenó aguardar en casa.



Mientras, Xin se encontraba con ella. Cuando Lliffy estuvo lo suficiente cerca, Musi empezó a... Interrogar al joven pandaren.

- Y ahora tú...- Le miraba de forma fría.

Al escucharla, Xin se giraba lentamente hasta estar en frente de ésta.- ¿S-sí?

- Dime dónde guarda sus provisiones el inútil de mi marido.- Le presionaba en una postura de brazos cruzados.

- C-creo que de-detrás de la cama...- Le decía mirando al cielo por falta de valentía, aunque desvía sus ojos a ellas por temor a su reacción.

Y era de esperar, Musi le empezaba a mirar con una mirada entrecerrada con un significado de escepticismo que inquietaba incluso a cualquier rey o jefe de guerra.

Acorbadado, le respondía.- ¡Y-ya le vi comiendo cuando llegué allí, lo ju-juro! -

Musi le seguía presionando con aquella mirada, pero se percató de que Lliffy llegaba con Mogueh desde el corral, por lo que se relajó e hizo un voto de confianza a su sobrino.- De acuerdo...-

Cuando llegó, Lliffy se desmontó de Mogueh y, tras él, Musi se puso su gorro de paja y se subió a Mogueh. El animal no le parecía molestar el peso de cada uno de ellos, por lo que siguió con sus cosas.

Tras preparar la casa para la salida y dejar a Babas en la puerta de ésta, los tres pandarens se dirigieron a la capital del valle como una imagen de la Natividad, solo que en vez de José tirando de la mula y María apunto de parir, era Musi con impaciencia por llegar, su marido tirando de la cabra y preguntándose al mismo tiempo si esto era vida, y Xin detrás de su tía relajado y sin parar de observar aquel mundo que le rodeaba.

- CORTINILLA DE ESTRELLAS -

Un poco antes de entrar en El Alcor, Lliffy pudo observar más revuelo que en el día anterior. El bullicio de la vida local se escuchaba bastante desde aquella distancia, por lo que por momentos Musi irradiaba mayor interés. En cambio, Xin seguía con su rollo de inocente, aunque le empezó a rugir el estómago de repente.

- ¡A la aventura! - Decía Musi con una pose de descubridor mientras su marido se avergonzaba cada vez más.

A cada paso que daban, el gentío era cada vez más apreciable. El olor de los manjares que se cocinaban allí les entraban en las fosas de los hombres como agua bendita, haciendo más decadente el desayuno que tomaron.

Una vez que llegaron, Musi bajó de Mogueh y, remangándose, cogió carrerilla y entró de lleno en el gentío, dispuesta a arrasar con todos. Por otro lado, Lliffy y Xin se propusieron tomar el brunch en la taberna de la ciudad.

El panorama era el siguiente: los transportistas, una vez asumidos el tema de quedarse estancados en El Alcor durante un tiempo, empezaron desde muy temprano a vender sus mercancías a precios que provocaban una gran competitividad con los mercaderes del pueblo, los peregrinos no les quedaron otra que asentarse hasta próximo aviso hasta el punto de pedir alojamiento a los vecinos, etc.

Tras un par de horas cosechando información, la señora pandaren entró en la taberna, donde se encontraban los dos hombres teniendo un percance con el propietario hozen. La conversación era la siguiente:

- Unos menudillos de mushan y dos cervezas de Trueno, por favor. - Pedía amablemente Lliffy a Den Den, el camarero-propietario.

- Sí, por favor.- Reafirmaba Xingani.

- ¡Uh, uh, Dingue dar a panda carne mustia! -

- [...] - Ambos pandas se quedaron en blanco y el hozen sirve el plato.



- Mejor que la comida de la tía es. - Bromeaba Xingani con su tío. Ambos se dispusieron a probar los platos que el tabernero les sirvió.

- Diós, cómo echo de menos la sopa de esta mañana. - Al parecer, no era de su agrado ese plato de carne al mayor de los dos. - Menos mal que los Cerveza de Trueno no defraudan. - Empezó a beber seguidamente.

- ¡Nunca! - Alzó la voz Xingani.

- Aunque... Parece un poco aguado... - Lliffy se paró un momento para estudiar esa cerveza...

- ¡Ahora pandas pagar a Dingue! - Se impacientaba el hozen.

- ¿Pagar? ¿Crees que esto es calidad? - Se indignaba el viejo pandaren con el propietario.

Ese comentario no le sentó muy bien al tabernero. Es más, su instinto salvaje cada vez se hacía más presentable en establecimiento. Para no buscarse ninguna bronca en el lugar, tanto con el propietario como con la parienta, los dos pandarens tuvieron que ceder:

- ¡Esos modales, macaco! - Decía Lliffy mientras buscaba en sus bolsillos y, seguidamente, aflojaba la pasta. - Dios, mucha geta tiene algunos.

Tras la regañina, los gritos de Musi eran cada vez más nítidos, más fuertes. Cada vez estaba más cerca de la taberna.

- ¿Dónde estáis? - Gritaba la mujer de Lliffy a los cuatro vientos.

Al escuchar los gritos, Lliffy cerró la boca de Xin de inmediato, el cuál estaba algo acobardado. - No-di-gas-na-da.-

Entonces, esta se presenta en el local algo cansada y resoplando. Cuando los dos hombres escucharon aquellos pasos notorios que Musi hizo al entrar, se dispusieron firmes instantáneamente y se dieron la vuelta para saludarla de una forma antinatural.

- ¡Ho-hola! - Saludaba Xingani.

- ¡Por fin que os encuentro! -

- ¿Qué tal te fue? - Preguntaba Lliffy a su esposa.

- Finiquitao'.-

- Me alegro.-

- ¿Y por qué hay tanta gente? ¿Y los agentes del Shado-Pan? - Preguntaba Xingani.

- ¡Es verdad, no lo vais a creer! ¡Extranjeros en el bosque! - Emocionada respondía Musi.

- ¿Extranjeros? ¿En el bosque? - Preguntaban los dos impactados.

- ¡Y UNA BATALLA CERCA DEL TEMPLO! ¡LA ESTÁN ARMANDO PERO BIEN! - Respondía Musi.

- ¡¿BATALLA?! -




miércoles, 23 de marzo de 2016

El Heredero Cap. 7

Capitulo 7- Llamamiento

Imperialdra se dirigió hacia la calle donde se hallaban las grandes casas sobrevivientes a la destrucción de Lunargenta. Nunca le habían llamado la atención aquellas casas. Siempre había pensado que los ricos y nobles eran una panda de arrogantes egocéntricos y de hecho; todos los que había conocido, en su mayoría protectores, miraban por encima del hombro a sus compañeros como perdonándoles la vida por tener que molestarse en protegerlos.

Pero Yuhe era muy diferente. Siempre dispuesto a servir y proteger a cualquiera que lo necesitase sin pedir nada a cambio. Nunca se habría imaginado que había crecido en una mansión con sirvientes si él no se lo hubiera dicho.

Sonrió como una niña pequeña al sentir el hormigueo que le recorría el estomago cada vez que pensaba en él. Estaba deseando verle de nuevo. Aflojó el paso y empezó a dudar, quizás era demasiado descarado presentarse en su casa, al fin y al cabo hacía poco que pertenecía a su escuadrón. “pero soy la sanadora, es normal que me interese por su recuperación” se convenció a sí misma y retomó el paso, dobló la esquina. Allí estaba la vieja mansión con el escudo de los Runaplata labrado en piedra sobre el dintel.
Reconoció al mensajero oficial que estaba entregando correo en la puerta. Conocía a la mujer personalmente, era una vieja amiga de su tía.

-¿¡Cómo estás ni niña?!- la mujer le dio un cariñoso abrazo.- Perdona que no haya ido a verte pero he estado de lo más atareada con tanto comunicado oficial. La cosa anda muy revuelta y las noticias de Tierras Devastadas no son buenas. Lord Theron ha llamado a todos sus consejeros. Ves esa casa de ahí-señaló la mansión Runaplata sin parar de hablar- ahí vive un pez gordo del consejo arcano. Dicen que es el mayor experto en cosas de demonios. Yo digo que es un viejo brujo de lo más estirado y desagradable. ¡Nada que ver con su hermano Koga! Yo le conocí ¿Sabes? Su hermano sí que era un encanto ¡Y muy guapo! ¡Guapísimo! - la mensajera dio un profundo suspiro. Imperialdra no tuvo muy claro si era por recordar un amor de juventud o porque necesitaba aire para seguir hablando. -Tu madre sirvió en su batallón ¿lo sabías? Seguro conoces a su hijo. ¿No le conoces? Tiene tu edad. Un muchacho moreno, muy atractivo. Seguro que le conoces. ..

Mientras la cartera seguía con su retahíla algo llamó la atención de la paladina. Un cuervo negro se posó sobre el escudo de piedra de la mansión. El pájaro no era de la fauna autóctona, tenía que ser compañero de algún cazador. Una figura cubierta de pies a cabeza con una raída capa de cuero se detuvo al pié de la escalera seguido de un enorme lobo gris.

-Botas gruesas, gastadas y polvorientas, paso firme. Un explorador – Pensó Impe. Si por algo era una excelente sanadora era por su gran capacidad de observación.

La puerta se abrió lentamente y de ella salió un hombre pelirrojo, que por su vestimenta tenía más pinta de truhan que de noble. Entregó al hombre de la capa lo que parecían unas páginas enrolladas, murmuró algo y el otro asintió. Ambos se marcharon cada uno por donde había venido.

……a tu orden. Y hablando de orden, ahora que lo mencionas-La señora cartera que no había dejado de hablar rebuscó en su zurrón.- También hay un llamamiento para los caballeros de sangre.
 Impe cogió la carta sin prestar atención. La escena de la escalera le había resultado tan extraña que se sentía desconcertada. No era porque los dos hombres la habían mirado directamente a ella por un instante. Si no por el color de ojos del encapuchado.

-o-

“…y a pesar de estar sellado en mi interior siento como lucha por abrirse camino hacia mi conciencia. Mi voluntad es fuerte, cada vez estoy más cerca de hallar el modo de deshacer esta maldición.
Mi investigación me ha traído hasta Rasganorte. Aquí es muy probable que… “

Era la última anotación del diario, las siguientes páginas estaban arrancadas y el resto en blanco. Eray las pasó frenética, no había nada más escrito. Lo cerró de golpe. Nunca se había sentido tan impotente y frustrada. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos.

-¿Que se me escapa?- Se repetía una y otra vez- ¿Qué salió mal?

Pensar que la muerte de Koga había sido en vano dolía demasiado, sin embargo era evidente que el demonio dominaba a voluntad la conciencia de su padre. ¿Les había estado engañando y riéndose de ellos todos estos años? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Yuhe? ¿Había dejado Koga algo en herencia a su hijo? ¿Algo que Razíd ansiaba y no podía tocar? Entonces tendría algo de sentido haberle nombrado heredero pero...no, era absurdo. Koga murió sin saber de la existencia de su hijo. No lo sabía.

Eray quedó pensativa unos minutos y de repente la luz se hizo en su cabeza. Se puso en pié impulsada como por un resorte. - ¡Eso es! ¡No lo sabía!-Tenía que hablar con Yuhe y contarle toda la verdad sobre su padre.- Koga nunca supo que su mujer dio a luz. La maldición...

La puerta se cerró de golpe. Una figura voluptuosa empezó a tomar forma delante de la puerta.

-¿¿La súcubo de mi padre??- Zerth jamás invocaba demonios dentro de la casa excepto en su laboratorio. Algo iba condenadamente mal.- ¡Déjame pasar demonio!

La súcubo se recostó contra la puerta y se estrujó los pechos de forma lasciva – solo obedezco al maestro.

-No puedes impedirme salir.

- Claro que no querida pero tú no quieres salir, tú lo que quieres es dormir.- La súcubo hizo un gesto con su mano y un enorme sopor invadió a la sacerdotisa. Solo le dio tiempo de agarrarse al brazo del sillón antes de caer en él profundamente dormida.

Yuhe se dirigía al pequeño despacho donde el ama le había dicho que encontraría a su tata para despedirse de ella. La puerta cerrada le frenó en seco. Era extraño. Si mal no recordaba, aquella puerta no tenía cerrojo. Volvió a forcejear con la puerta y finalmente consiguió abrirla. Tendría que pedir que la revisaran.

Eray estaba dormida en un sillón con un libro en su regazo. Yuhe se agachó para ponerse a su altura, le cogió la mano y observó su dulce rostro en el que empezaban a marcarse las arrugas. El paladín la beso en la frente y se despidió con tristeza. Era la peor parte de la vida que había elegido: estar lejos de la familia.


-o-

domingo, 21 de febrero de 2016

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 2)

Ya era de esperar que los acontecimientos entre ambas facciones evolucionasen a un ritmo alarmante para la población pandaren en todo el continente. La Alianza consiguió el apoyo de los jinyus, los cuales se mostraban escépticos al principio con estos, y la Horda se ganó el apoyo de los hozens del bosque, derrocando a su antiguo líder y defendiéndolos de las amenazas que se presentaban, tales como el hambre, las rivalidades jinyu y hozen, y la Alianza como nuevo problema. Gracias a estos avances en el norte y sur del Bosque de Jade, la tensión aumentaba por momentos...

Sin embargo, en la humilde casa de nuestros granjeros, las noticias de la inminente batalla seguían sin venir. Los esfuerzos del Shado-Pan por mantener la calma en el valle se volvían cada vez más fastidiosas... El olor a pólvora llegaba cada vez más al centro del continente, por lo que los rumores ya corrían desde muy temprano. El poder de la información era demasiado poderoso como para que los guardianes del muro lo manteniesen a raya.

Pero no vayamos tanto al grano. Empecemos narrando esa mañana:

La vida en villa Zarpa Ventosa continuaba sin ningún traspié. Tras el sonido del gallo, Musi comenzó a trastear con el desayuno, Lliffy se levantó después de su esposa a contemplar el paisaje por la ventana de su habitación. Xin, en cambio, ha tenido un momento de retraso, lo cual escuchó al gallo 15 minutos tarde. Tras su despertar, se dirigió al piso de arriba a hacerle compañía a Lliffy. Babas se mantenía dormido en su lecho de trapos sucios.

Mientras Musi tarareaba una canción de pueblo mientras cortaba las verduras, los dos hombres discutían sobre sus labores para ese día.

- Te dije ayer, Y TE RECORDÉ ANOCHE, que necesitaba ayuda en el cobertizo.- Lliffy le enunciaba a Xin su labor un poco molesto.

- Oh, mierda. Es verdad... Se me olvidó por completo.- Decía Xin mientras se rascaba la cabeza un poco avergonzado.

- Pues nada, tú sigue durmiendo, como lo hacemos los demás.- Las broncas de Lliffy eran un tanto sarcásticas.

Mientras tanto, Musi estaba acabando con el desayuno. Para esa mañana, ella había preparado una sopa de verduras.

- En fin...- Suspiraba Lliffy negando la cabeza de decepción ante Xin.

- Entonces, ¿qué quieres que haga?-

- Pues darme una alegría, de vez en cuando.-

- A saber cómo...-

- ¡BAJAD, PAZGUATOS! - Musi, aporreando una cacerola y un rodillo de cocina, gritaba al piso de arriba avisando del desayuno. Del grito, Babas empezó a despertarse, un poco molesto, y, seguidamente, bostezaba tendido en su lecho.

- Anda, ve a desayunar.- Ordenaba Lliffy a Xin de forma más sosegada.

- ¡A desayunar! - Continuaba Musi gritando.

- Sí, que ya mi estómago empieza a rugir.- Xin obedeció a su tío y corrió al piso de abajo. Saludó a su tía y se sentó rápido en la mesa.

Tras Xin, Lliffy bajó seguidamente de una forma más perezosa, rascándose la barriga de forma varonil. Musi le observaba negando la cabeza. Era una de las cosas que odiaba de su marido, entre muchas otras...

Ya abajo, el hombre de la casa le besó en la mejilla. - Buenos días, cariño.- Le deseó a ésta seguidamente.

- Venga, coge sitio que voy a repartir.- Mirándole un poco cabizbaja.

- ¿Qué hay de comer? - Preguntó Xin a su tía.

Musi se giró hacia la cocina para ir repartiendo los cuencos. - Sopa.-

Los dos pandarens se vieron decepcionados ante tal desayuno, guardando un pequeño tiempo de silencio, hasta que Xin lo rompió. - ¿Sopa para desayunar? -

Viendo que a los hombres no les sentaron bien ese menú para desayunar, la señora empezó a crujir los nudillos como forma de aviso. La respuesta de Lliffy y Xin fue un trago amargo de saliva y tomar la sopa a sorbos, sin rechistar. Al mismo tiempo, Musi cogió su propio cuenco y se sentó a degustarlo al lado de su marido tomando pequeños sorbos. Sin embargo, los dos hombres empezaron a mantener una conversación entre susurros.

- ¿No te parece algo insípido? - Le susurraba Lliffy a Xin.

- Bastante, la verdad. - Le respondió a éste.

- ¡Shhhhhh, que te puede escuchar con esas orejas super tonificadas! - Le advertía susurrando.

Como era de esperar, subestimaron el poder del correveydile de Musi, la cual respondió ante esos susurros mientras se le marcaba la vena de la frente. - ¿Perdón...? -

Los hombres, asustados, empezaron a responder de cualquier manera para apaciguar a la señora.

- Digo que nadie supera tus sopas, tía. Son muy buenas, bastante buenas.- Respondía Xin con una sonrisa temblorosa.

- Muy buena, cariño...- Respondió Lliffy de manera casi antinatural. - Todo un desayuno continental.-


Musi se emociona a escucharlos, de manera un tanto teatral, respondiéndoles... - Pues ha sobrado, así que preparad los cuencos que hay que acabársela.-

Los hombres empezaron a arrepentirse de sus actos por dentro. Por fuera eran más sonrisas forzadas o un "¡Qué bien!". Por otra parte, Musi no iba a repetir, sino se dirigió a lavar su cuenco mientras seguía tarareando aquella canción de pueblo.

- Pssssss. - Le chistaba Lliffy a Xingani. - Dime que tienes algo guardado en los bolsillos para comer.-

- Qué va.- Le respondió de con voz baja. - Ayer me acabé la cena de media noche.-

- Dios... Esto no se lo daba yo ni a los peces de acá.-

- Ya te digo...-

Durante la conversación secreta que Lliffy y Xin mantenían, Babas se espabiló de una vez, con lo que Musi respondió. - ¡Ayyy, mi Babas! - Seguidamente, le sirvió un cuenco de comida que a los dos hombres le parecía mejor que aquella sopa.

- ¡Ya he terminado! - Decía Lliffy a Musi de forma conveniente. - Voy a por las herramientas al piso de arriba...- Se marchó de ese piso, dejando a Xin tirado en la mesa.

- ¿Y ahora qué hago yo? - Pensaba Xingani en voz alta.

- Anda, ve a ayudar a tu tío...- Le respondió Musi mientras se volvía a la mesa y la recogía para lavar los cuencos.

- Está bieeeeeeen...- Xingani empezó a subir las escaleras de forma perezosa.

- ¡Luego tenemos que volver a El Alcor, que quiero enterarme de más cotilleos! - Grita la parienta, pero sin respuesta.

Dentro del piso se arriba, se encontraba a Lliffy rebuscando entre sus cosas algún resto de la comida de ayer. El muy gañán ocultaba sus cosas debajo de su almohada, cubierto con una tela para proteger. Desenvolvió los restos de ayer y empezó a comer en secreto. Xin, nada más pisar el suelo de ese piso, vio a su tío sentado de espaldas al mundo. Sabía lo que hacía...

- ¿TE QUEDA ALGO? - Preguntó de forma desesperada.

Lliffy, al escuchar a Xin, tragó una buena parte de lo que tenía guardado, tanto que sonó por el piso ese trago.

- ¡Pasa! - Pedía Xin.

- ¡Calla! -

- No diré nada si me das un poquito.-

- Toma, pero solo un poco.- Le cedió un mendrugo de pan y un poco de la cena de ayer.

- ¡Gracias! -

- ¡Shhhhhh! - Le chistó Lliffy a Xingani.

Lo que ellos no sabía, es que Musi le olía a sospecha. Tanto tiempo para coger su cinturón de herramientas la obligó a subir las escaleras de forma sigilosa hasta encontrarles con las manos en la masa.


 Musi empezó a patadear el suelo de forma impaciente y lo combinó con una tos fuerte y falsa. - ¡Ejem! -

Cuando se percataron de que la parienta les había pillado, empezaron a secretar sudores fríos por sus cuerpos y, titubeantes, se giraron para verla mejor. Musi entró en un estado de furia (Modo Sombras) y desenfundó su sartén para repartir lecciones de humildad a estos dos, los cuales suplicaron por sus vidas. Lógicamente, nadie escuchó sus súplicas...


Los granjeros que entraban a trabajar en sus respectivos huertos pudieron escuchar la bíblica bronca que Musi soltó esa "tranquila" mañana.

- ¡HASTA LOS OVARIOS ME TENÉIS! - Furiosa, se arregló las mangas y, después, bajó las escaleras de forma frustada.

En esa mañana... Los dos hombres lloraron de tal manera que incluso los vecinos temieron por sus vidas al escuchar esos gritos de ira infinita.