miércoles, 20 de mayo de 2015

El heredero. Cap. 2

Cap.2  Reunión.

A la mañana siguiente todos se reunieron en el despacho principal. Al rato entró tío Zerth, dio la bienvenida y agradeció la presencia de los familiares mientras tomaba asiento tras su mesa.

Yuhe le observaba atentamente. Los comentarios de su primo el día anterior le habían intrigado. Su tutor era un hombre bastante alto, caminaba erguido y sus pasos eran enérgicos. Nada que ver con los apolillados eruditos de su misma edad y condición. Siempre llevaba las manos enguantadas y una capucha que dejaba en sombras su rostro debido a una extraña dolencia que le hacía muy sensible a la luz. ¿Sería eso cierto? ¿Y cómo sabía Dhante que aspecto tenía su tío si siempre iba ataviado de igual modo? El paladín miró a su primo. Dhante le miraba, guiñó un ojo con picardía a Yuhe y luego continuó mordisqueando su pipa apagada fingiendo prestar  atención al discurso del cabeza de familia .

Zerth hablaba sobre la designación del nuevo heredero de la casa Runaplata. Yuhe intentaba recordar la última vez que le había visto sin guantes ni capucha. La vez más reciente en que había visto sus manos. Aquella en que su tío se había quitado un guante para abofetearle por haber desobedecido. Su mano era firme y fuerte. La bofetada dolorosa. Pero más que el dolor de su mejilla lo que más recordaba era la humillación.

-…mi hija Eray renunció a su derecho al casarse con un humano-seguía hablando Zerth

- Se llama Verem, padre. Y tampoco me diste otras opciones.

- Tampoco me opuse a tu matrimonio pero no estamos aquí para volver a discutir esa cuestión. – Levantó la mano para acallar la posible protesta de su hija.- Como ya he dicho: quiero comunicaros mi decisión sobre quien será mi sucesor y siguiente regente de nuestra casa. No nombraré a mi hermana menor Vhez por  temor a que su amor de madre delegue en los gemelos Dharem, del cual no se tiene noticias desde hace tiempo y Dhante aquí presente, cuyos negocios de dudosa legalidad en Bahía de botín me hacen cuestionar la integridad del legado familiar. - Zerth enarcó una  ceja al oír la risa de Dhante- ¿Me equivoco querido sobrino?

- Quizás te refieras a mis servicios como buscador extremadamente eficiente…-Dhante hizo una reverencia tan exagerada que el extremo de su coleta tocó el suelo-…querido “tío”

- Considero que no son los más adecuados para manejar el patrimonio de los Runaplata.- Entrelazó las manos sin prestar atención al tono sarcástico de su sobrino.

- Yrena será perfectamente capaz de llevar los asuntos de familia- Vhez estaba visiblemente molesta.

- No nombraré a Yrena- afirmó tajante - nombraré a Yuhe.

Los murmullos y las protestas subieron de tono. El patriarca se había saltado toda la linea sucesoria para nombrar al benjamín de la familia.

- ¡Pero tío!- Yuhe era el más desconcertado de todos - Me educaste para ser militar. Mi deber hacia el ejercito de la horda no me...

-¡Silencio!- Zerth hizo un gesto con la mano, no era una simple palabra. Les había silenciado a todos.-  Tu deber es para esta familia y mientras yo sea el patriarca harás lo que yo  diga. - suavizó el tono- luego podrás hacer lo que te de la gana.

El paladín apretó los dientes incapaz de  hablar. No era la primera vez que usaba ese hechizo con él, lo hacía siempre que intentaba oponerse a los designios de su tutor.

- Esa es mi decisión - Zerth se levantó dando por finalizada la reunión - Quien no esté de acuerdo es libre de abandonar mi casa.

Todos salieron en silencio excepto Eray que se quedó allí plantada.

- Ya te dejé bien claro que no permitiría que mi legado acabase en manos de la Alianza. - dijo Zerth cuando se cerró la puerta y quedaron solos.

- Sabes de sobra que mi marido renunció a ella. Tu racismo me sigue resultando incomprensible teniendo en cuenta que mi madre era humana.- Eray respiró hondo procurando apaciguar su enfado.- Pero no es de eso de lo que quiero hablar padre. -Se dirigió a ambas puertas de la sala y echó los cerrojos- De hecho, no es contigo con quien quiero hablar.

Zerth se quitó la capucha.

La vejez de los elfos no era comparable a la humana pero aun así aquel Sindorei no había envejecido lo más mínimo desde que le tomaran aquella foto a las puertas de la bodega. Eray retrocedió unos pasos, no le gustaba la proximidad del ente al que estaba apunto de invocar. Tomó aire.

- Acude a mi llamada Razíd.

-o-

viernes, 15 de mayo de 2015

El heredero. Cap 1

                             El heredero. Cap 1
La familia.

Era una tarde fría de finales de otoño. El sol bañaba de suave luz dorada la bella y solitaria ciudad de Lunargenta.
El joven paladín respiró hondo. Hacía muchísimo tiempo que Yuhe no pisaba su patria. Su hipogrifo caminaba despacio, no tenía prisa por llegar. Quería disfrutar de los recuerdos de niñez vividos en aquellas calles.
Desmontó al llegar a la mansión familiar. Alguien le esperaba sentado en la escalera de entrada: Su primo Dhante. Llevaba la larga melena roja como el fuego recogida en una cola y con su habitual desparpajo fumaba en pipa; una fea costumbre de los habitantes de bahía del botín.
Dhante le recibió con los brazos abiertos y una amplia sonrisa.

-¡Vaya, vaya! Pero si es el pequeño Yuhe.- Se dieron un fraternal abrazo.- ¡Mírate. Estás hecho todo un señor de la guerra!

Yuhe iba ataviado con una capa de piel y una armadura ligera de viaje. Se llevó la mano al cinto tras separarse del abrazo - y tú sigues siendo el mismo pícaro de siempre. - Extendió la mano - Devuélveme la espada.

Dhante chasqueó la lengua - Estoy perdiendo facultades.

-Me has hecho demasiadas faenas de niño como para fiarme de ti.

La escandalosa risa de Dhante hizo que otros miembros de la familia Runaplata salieran a recibirle. Todos habían sido convocados en la mansión a requerimiento de su tío Zerth el cabeza de familia y tutor de Yuhe.
La primera en echársele al cuello fue Eray, la mayor de todos los primos e hija de Zerth. Una segunda madre para el paladín. Se había ocupado de él tras la muerte de su madre en extrañas circunstancias.
Le abrazó tan fuerte que de no ser por la armadura que llevaba le habría sacado el aire de los pulmones. Yuhe reprimió un gesto de dolor, aún no se había recuperado de las heridas sufridas en el asedio a Orgrimar

-¡Por todos los dioses Yu!-Le cogió las manos y le contempló visiblemente emocionada-¡estás guapísimo! Eres la viva imagen de tu padre.

Yuhe sonrió incomodo sin saber que decir. Luego vino la tía Vhez, madre de Dhante, que también le recordó el parecido paterno y el orgullo que esto suponía. Dentro le esperaba la familia al completo: Otra hija de Vhez, Ynera. Los hijos de Eray, cuatro en total. El esposo de esta; un sensato humano que prefería mantenerse al margen de asuntos familiares sabedor de la escasa simpatía que despertaba en su suegro.
Solo faltaba el gemelo de Dhante. Su hermano era un entusiasta explorador, un espíritu errante; o en palabras de su propio hermano “un culo inquieto incapaz de permanecer más de una temporada en el mismo lugar”

-o-

A la hora de la cena, el patriarca de los Runaplata aún no había hecho acto de presencia. Nadie se extrañó, Zerth no solía participar en los actos familiares y también era un alivio pues era un hombre bastante autoritario y a menudo inquietante.
En el postre todos hablaban animada mente, poniéndose al día de sus vidas. El centro de atención era Yuhe y su participación en los recientes acontecimientos. Al paladín no le gustaba alardear de lo que consideraba su deber pero ante la insistencia de los presentes accedió a relatar el asedio y como le habían dejado fuera de combate.
 Como siempre la tía Vhez derivaba la conversación a las hazañas de su querido y difunto hermano, el padre de Yuhe. Hablaba con devoción del coraje demostrado al escapar de su cautiverio en Corona de Hielo y de su valentía al regresar a liberar a los demás prisioneros entre los que se encontraba su hermano mayor Zerth.
En realidad la tía Vhez y el resto de la familia sabía lo mismo que se contaba en todas partes. Una heroica historia de honor y sacrificio debidamente adornada. Yuhe estaba cansado de oír aquella historia. Cansado de las comparaciones, cansado de tener que estar siempre a la altura de aquel cuento para niños. Cansado de la vida militar que había seguido solo porque era lo que se esperaba de él.  Le dolía el costado y el agotamiento físico por la larga campaña hacía mella en su estado de ánimo. Se separó de la reunión y entro en una sala de lecturas contigua. De niño solía refugiarse allí cuando se sentía así.
La sala estaba en penumbras, solo un pequeño candil arcano flotaba encima del solitario lienzo que adornaba la pared. Yuhe la había contemplado cientos de veces. En la imagen aparecía la fachada de las prestigiosas bodegas Runaplata, el negocio familiar; y delante los tres hermanos: Zerth el mayor, sonreía. La única ocasión en la que le había visto sonreír. Ya por aquel entonces tenía el pelo blanco. A su lado la pequeña y pecosa tía Vhez. Rodeándola con el brazo el hermano mediano: Koga, un joven de expresión risueña con el pelo del color del otoño recogido en una coleta alta de mechones rebeldes y flequillo despeinado. Era cierto que se parecían muchísimo, debían tener la misma edad en aquella foto.
Un leve chasquido y un destello le sacó de sus pensamientos. Se volvió instintivamente echando mano  a la inexistente espada de su cinto.

- Tranquilo soldado. - Dhante había encendido su pipa en un rincón de la sala en sombras. Se incorporó del sillón en el que había estado cómoda mente sentado con sus desgastadas botas encima de la mesita del té.

- A mi también me resulta inquietante esa foto - se puso junto a Yuhe a contemplar el cuadro mientras fumaba.

- ¿A que te refieres?

Dhante señaló la figura de Zerth, Yuhe la miró sin comprender.

- Esa foto fué tomada mucho antes de que nosotros naciéramos. ¿No te resulta extraño que nuestro "amado" tío tenga el mismo aspecto que ahora?

Yuhe se fijó atentamente. Su primo tenía razón, ni el más mínimo signo del paso de los años diferenciaban aquella vieja foto del aspecto actual de su tutor.

- La verdad es que nunca me había fijado.

- ¿Te has criado en esta mansión y nunca te has fijado?

- El tío Zerth siempre se ha limitado a lo referente a mi educación y poco más.

Los dos hombres se quedaron en silencio mirando el lienzo.

- No sé si lo que cuentan las viejas sobre tu padre es verdad o no - Dhante exhaló el humo - Solo te puedo decir lo que yo recuerdo. Era un buen hombre que amaba a su familia. - le dio unas suaves palmadas en la espalda y alzó su pipa hacía el cuadro- Quédate con esta imagen Yuhe, porque esta es la única verdad.

-o-



lunes, 2 de marzo de 2015

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 1)

Antes de previa lectura, por si acaso, aquí dejo las fichas de cada personaje:
- http://es.wiki-errantes.wikia.com/wiki/Musimalapagu_Zarpa_Ventosa
- http://es.wiki-errantes.wikia.com/wiki/Lliffy

- ¡Alfreeee! ¡Xin! - Musi llamaba a los hombres desde la ventana del cuarto superior- ¡Volved ya a casa que hace rasca!

El viento corría cada vez más helado debido al intercambio de temperatura con el suelo y el lago, provocando que el rebaño de cabras montesas de la familia volviesen perezosamente al cercado guiados por Babas, la mascota de la pareja de granjeros. Lliffy y Xin se hallaban realizando la labor del pastoreo, mientras que Musi realizaba sus labores de ama de casa. En ese momento, Xin se ruborizó por el frío mientras y su tío se percataba de la llamada de Musi.

- Xin, la parienta nos llama. Volvamos. - Decía Lliffy mientras veía asentir a Xin.

Ambos seguían el camino de vuelta al hogar, guiados por la luz que desprendía y el olor cálido y acogedor de los guisos caseros de la esposa. Una vez allí, veía la mesa puesta por ella. Se sentaron velozmente y empezaron a engullir como patos los platos servidos. Musi les acompañó en la cena y comía con un poco de dignidad, aunque no se avergonzaba de limpiar el plato al final. Babas perseguía también el aroma del guiso de costillas de mushan, conseguidos a buen precio en el mercado de El Alcor. Mientras este ladraba y pedía una porción del sabroso plato, los tres se centraban en acabar de cenar.

Tras la cena, Musi se acordó de la mascota, le sirvió dos cuencos del guiso, separando lo sólido del lo líquido. Los hombres de la casa ensayaban sus gases orales en la puerta de la casa, debajo del cielo estrellado. A estas horas de la noche, las bandadas de aves del valle dejaron el vuelo para reposar en sus nidos y alimentar a sus crías. A lo lejos, se veía el farolero asegurando los caminos, asustando a las bestias de la noche con su luz candente.

- Alfre, ¿comprobastes el gallinero? Como vuelvan los zorros de nuevo mañana nos quedamos sin los calabacines que nos prometieron los "pijitos" de al lado. -

- Será posible... - Refunfuñaba Lliffy -  Ahora vooooooy... - Se levantaba perezosamente de la puerta y se acercaba al gallinero con una vela encerrada en un farolillo. Xin, al parecer, se quedó sin gases para expulsarlos de forma grotesca y se dispuso a acariciar a Babas mientras veía a su tío alejarse del hogar.

Después de que el marido regresase a casa, la señora y su sobrino se encontraban con sus ropajes de cama, esperando a que Lliffy se vistiese de la misma forma. La pareja duermen arriba, juntos en el piso de arriba, mientras que Xin duerme en una cama improvisada que, al paso del tiempo que llevaba este viviendo allí, mejoraba en su aspecto y comodidad. Babas dormía al lado de la puerta, rodeado de trapos viejos que los pandarens le cedían. Fue una noche tranquila, como todos los días en Pandaria.

Sin embargo, todo cambió al día siguiente...

Hace pocos días que la niebla que cubría Pandaria para ocultar el continente se había disipado, dejando tal inmensidad expuesta a cualquier extranjero, y, como se veía venir, las noticias de una nueva tierra inexplorada se difundieron por los continentes de Azeroth. Tanto Horda como Alianza, envueltos en su codicia y odio mutuo, embarcaron para conquistar la nueva zona misteriosa.

A ojos de la familia granjera, el día empezó como uno cualquiera. Mañana de tareas del hogar, del ganado, revisar los cultivos... Hasta el momento de ir al mercado. Musi, a lomos de Mogueh, una de las cabras que usan como montura, Lliffy, tirando de las riendas y yendo a pie, y Xin, cubriendo la espalda despreocupado, se dirigieron a El Alcor sin noticias algunas. Se veía, desde la lejanía, una multitud reunida en la zona baja del lugar: vecinos, vendedores, personas mayores, niños... Todos formaban una piña casi redonda, evento que casi nunca pasaba.

Lliffy y Musi lo vieron desde una distancia considerable, preguntándose mentalmente qué pasaba. Xin seguía con sus cosas de chico feliz. Sin embargo, a la hembra le picó su curiosidad de correveydile, alzó el brazo como descubridor y gritó "¡Corred, que quiero cotilleo fresco!". Lliffy, viéndola venir, se cubrió la cara de la vergüenza, y Xin, sorprendido, corrió, se adelantó al mercado e intentaba documentarse.

Al llegar a la multitud, se veía claramente como los comerciantes, con sus carros repleto de provisiones, estaban estancados en el lugar protestando, junto con unos peregrinos, en mitad de trayecto, que no podían seguir su ruta. Algunos se dirigían al Bosque de Jade, otros a Espesura Krasarang, pero no podían completar la ruta... El Shadopan se interponía en cada acceso. ¿Motivo? No hubo respuesta, por lo que la preocupación aumentaba por segundo.

Entre tanto barullo, Musi se colaba como culebra entre los lugareños para conseguir información acerca de lo ocurrido. Para ella, esa actitud es inevitable... Por poner un ejemplo, sería la antigua Fuente del Sol para los sin'dorei. Mientras, los dos hombres la esperaban, espectantes, a que la señora consiga su jugosa información, se dedicaban a olfatear los puestos de comida que habían por alrededor y a babear de forma discreta. El resumen que ésta les dijo a ellos fueron acerca los accesos cortados y la frustación de estos.

Sin más respuestas a lo ocurrido, la incertidumbre llegaba a todo el valle, dejando una nube de preocupación en toda la población. Era la primera vez que un acontecimiento irrumpía la tranquilidad después de tanto tiempo, excepto los avances en los territorios yaungol y mogu. Todo parecía pacífico tras la caída de Lei Shen y el sacrificio del último emperador... Tras tanto tiempo, el aire traía olores nuevos, los animales notaban los cambios bruscos que se avecinaban, incluso los jinyus cada vez notaban las tensiones que sufría el agua. La naturaleza sufría por un motivo desconocido. Sin embargo, todos confiaban en la única línea de defensa que contaban, aunque estos les ocultasen la verdadera historia.

El trío de pandarens, al ver que tenían que esperar la respuesta, continuaron con su rutina diaria.  Tras los recados, volvieron al hogar con sus despensas... Bueno... Semillenas de provisiones... Y dedicaron el resto del día a labrar la tierra y criar el ganado, esperando a que un agente del Shadopan les garantizase seguridad y paz.

Obviamente, esto no sucedió.

domingo, 1 de marzo de 2015

Chamán



La joven orco cayó de rodillas al suelo, con la lluvia golpeando con fuerza sobre su piel llena de heridas aún humeantes. Hizo un esfuerzo para tratar de ponerse en pie, sin éxito, y volvió a caer sobre el barro.

-Deja que te ayude, bajaremos a la fortaleza y… - Comenzó a decir su hermano Gromil, antes de verse súbitamente interrumpido.

-¡No! – Shan´Nah interrumpió al orco regordete. – Bajaremos de aquí como orcos de pleno derecho y por nuestro propio pie, o no bajaremos. - La respiración acelerada de la orco hacía ver que para ella la segunda opción era la más probable, aunque también era cierto que siempre había ido en contra de las probabilidades y había prevalecido.
 
-Vamos Shani, sé razonable. – El joven chamán suspiró, sabedor de que, muy a su pesar, su hermana era muchas cosas: fuerte, valiente, temeraria, honorable… pero desde luego razonable no estaba en la lista. – Puedo volver otro día y hacerlo yo también.

La joven guerrera rugió y se acercó ayudada por su hacha, que usaba como muleta, a su hermano. Le miro a los ojos llena de ira y enseñó los dientes. – Ponte ahí y levanta esa maldita hacha de juguete que llamas arma.

Gromil tragó saliva y comenzó a avanzar hacia el lugar que le correspondía. A decir verdad, aunque confiaba plenamente en ella, su hermana también le daba algo de miedo. Maldijo refunfuñando a sus ancestros, a las tradiciones barbáricas de su clan y a su familia, por no escuchar sus objeciones cuando su padre hizo esto por primera vez, cuando lo repitió su madre, su tío, o hacía unos instantes cuando su hermana había hecho la misma estupidez. Ahora esperaban que fuese él quien lo hiciera, y a pesar de que no veía el modo en el que ser alcanzado por tres rayos podría beneficiarle, prefería arriesgarse con la electricidad que enfadar a su melliza.

El joven orco, dubitativo, alzó su hacha hacia las terribles nubes de tormenta que rugían sobre ellos como bestias furiosas, lanzó un ruego a los elementos para que cuidasen de él y aspiró hondo, justo antes de que el rayo impactase sobre su arma, y la crepitante electricidad recorriese todo su cuerpo, abrasando su carne. Curiosamente, Gromil ni tan siquiera gruñó.

Sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Estaba en El Cruce, pero era un niño de nuevo. Otros cachorros de la Horda le habían tirado su libro al suelo y se burlaban de él llamándole elfito verde. Él no entendía muy bien a qué venía ese insulto. A fin de cuentas, su tío era realmente un elfo, uno muy honorable y fuerte, tanto que incluso se había ganado el sobrenombre de “Rosadito” porque según su padre, el elfo era en realidad un orco rosadito.

Se levantó, y sin cortarse un pelo, les dijo a los abusones que eso no era un insulto, que su tío era un elfo y era mil veces más honorable que todos sus padres juntos. En cuestión de segundos se vio alzado del cuello por un muchacho tauren, mientras otro joven orco, unos años mayor que él y bastante más corpulento, se crujía los nudillos. Gromil era demasiado listo y bocazas para su propio bien, y ahora se hallaba en una situación que tenía una frecuencia sorprendentemente habitual.

Entonces un borrón verde impactó de pleno contra la cara del orco que se disponía a arrearle, derribándolo. El tauren soltó instantáneamente a Gromil cuando sintió la rodilla de Shan´Nah clavarse en su estómago, justo antes de irse al suelo inconsciente de un cabezazo de la orco.

Su hermana se giró hacia Gromil, que estaba en el suelo junto a su libro. Sangraba profusamente por la frente, y los goterones resbalaban por su cara hasta una sonrisa de autosuficiencia, mientras le tendía la mano para levantarse.

Gromil parpadeó y contempló de nuevo ante sí el escarpado paisaje de Filospada ante sus pies. Echó un vistazo a su hermana maltrecha, por el rabillo del ojo, y sonrió. Por fin comenzaba a comprender la insistencia de su padre en aquella tradición que le había parecido tan estúpida al principio. Idnaar podía no ser muy listo, desde luego no tanto como él, pero a pesar de todo aún tenía lecciones que enseñarle. El primer rayo le había recordado su necesidad de humildad, y que aunque muchas veces las tuviera, no tenía todas las respuestas. El segundo rayo impactó sobre el arma, pero de algún modo esta vez no sintió el dolor lacerante del primer impacto, aunque sí el suficiente como para cerrar los ojos en una mueca de sufrimiento.

Cuando los abrió, vio ante él a un orco que no conocía, malherido. Un hueso partido asomaba entre la carne de su pierna. Gromil, sin pensarlo dos veces, lo recolocó mientras el orco aullaba de dolor, y canalizó la fuerza de los espíritus de vida a través de sí para sanar la herida. Sólo entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de lo que sucedía: un enorme gronn, mucho más de lo que había imaginado incluso en las leyendas sobre Gruul, estaba atacando la Fortaleza del Clan. Su madre yacía tirada en el suelo mientras Silver, protector, gruñía amenazando a la bestia, y su padre hacía retroceder al gigantesco monstruo con diestros golpes.

Cada vez que Idnaar golpeaba con las espadas del clan, era como si estallase un trueno, y allí donde hacía mella, la electricidad chisporroteaba con fuerza. El monstruo no estaba preparado para el gigantesco orco ni sus excepcionales armas. Gromil estaba seguro de que si lograba distraer a la bestia, su padre podría darle muerte, así que se concentró en canalizar la crepitante energía del aire en un potente rayo, que salió directo al único ojo de la bestia.

El monstruo rugió irritado, lleno de furia y dolor, se giró con una velocidad inesperada para una criatura de su tamaño, y lanzó un poderoso manotazo en dirección al chamán. Vio la mano descender hacia él, incapaz de reaccionar a tiempo, y se preparó para enfrentar su muerte con la cabeza alta. Esperaba que su padre le diera su merecido a ese engendro. De repente sintió un fuerte tirón que le sacó volando hacia atrás, seguido de un grito de dolor. Él estaba bien, pero su hermana había sido atrapada por el golpetazo.

Una nueva amenaza desde su costado llamo la atención del gronn: era Eidorian, su tío, que le ordenaba a gritos que sacase de ahí a su hermana. Claro que eso era más fácil decirlo que hacerlo. El cuerpo de Shan´Nah estaba destrozado, aplastado por la titánica fuerza del gronn, aunque ella milagrosamente aún seguía consciente y le sonreía entre tosidos sanguinolentos. Su hermana había muerto para salvarle. Gromil se sacudió las lágrimas de los ojos; su hermana estaba a las puertas de la muerte, pero aún no había muerto. Él era un chamán y podía traerla de vuelta.

Resoluto, enfocó toda su energía en reunir el poder suficiente para devolverle la vitalidad y sanar las heridas de Shan’Nah. Sentía el cansancio y la fatiga abrirse paso, mientras él acumulaba el poder necesario que envolvía a su hermana moribunda y la restauraba. Finalmente no pudo más y se desplomó, exhausto.

Shan´Nah se levantó y lo ayudó a ponerse en pie. Estaba completamente restablecida y llena de vigor. Le dio una palmada en el hombro y echó a correr desarmada y con la armadura destrozada hacia su padre y su tío, que combatían a la bestia. Idnaar lanzó una de las espadas a la joven, que la cogió en el aire y con una gran agilidad se encaramó a la espalda del gronn, por la que ascendió hasta la base del cuello, donde hundió la espada. La luz les cegó, y un trueno ensordecedor resonó por los estrechos cañones de Filospada, ahogando los vítores de los muchos orcos que habían participado en la batalla.

Su familia se acercaba a él: su tío, ahora sin un ojo, ayudaba a su madre herida a caminar, mientras que su enorme padre, al que la cresta ya se le comenzaba a volver gris, bromeaba con su hermana, aún joven pero ya adulta. Él siempre había envidiado aquella camaradería, aunque ahora se alegraba de poder presenciarla una vez más. Entonces su padre se acercó, y cogiéndolo de la muñeca, alzó su brazo en alto. Los orcos, que portaban el tabardo azul del clan, estallaron nuevamente en vítores, mientras su hermana posaba su mano sobre el otro hombro.

La fría lluvia fue lo que le trajo de vuelta a Filospada una vez más. Había visto un futuro no muy lejano, uno con un clan fuerte y unido, con el sueño de su padre hecho realidad, luchando juntos como verdaderos orcos.

No pudo evitar sentirse orgulloso de sí mismo y de su familia. Esperó con tranquilidad el tercer y último de los rayos que debían impactarle, cerrando los ojos, listo para el dolor, pero en su lugar simplemente se sintió bien, en comunión con los elementos; el rayo, el viento, la lluvia y la montaña bajo sus pies, eran uno.
 
Abrió los ojos frente a una gran pira funeraria. Notando el peso de los años a sus espaldas, miró a su alrededor. Unos enormes monumentos funerarios presidían la ceremonia; pertenecían a sus padres. Observó la pira y vio el cuerpo de su hermana, marcado por los años y la guerra. A su lado se encontraba Rosadito, viejo, pero aun así más joven que él, con las enormes espadas de Idnaar a la espalda, y cogiendo por el hombro a un entristecido adolescente orco de facciones extrañamente familiares. Un elfo custodiando las espadas de un clan orco; la imagen no pudo evitar recordarle a cuando los niños del Cruce se burlaban de él, y sonrió.

Avanzó con confianza ante los cientos de orcos allí reunidos para despedir a su hermana. A juzgar por la multitud, debía de haber sido una guerrera excepcional y una gran líder. Ahora él se encargaría de que su espíritu se reuniera con el de sus padres y otros ancestros, que la recibirían, complacidos con su legado y el honor y la gloria que había traído al clan en vida. Ese era su último regalo para su hermana: una despedida digna de los más grandes héroes de su clan.

La calidez del sol trajo de vuelta al mundo real a Gromil. La tormenta había pasado, y su hermana le esperaba con el hacha por muleta. Caminó hacia ella, con la piel crepitante aún por la energía, y los ojos brillantes.

-Has hecho trampa con tus cosas de chamán. –Shan´Nah torció el gesto. – No sé si eso es honorable.

El chamán simplemente rió y abrazó a su hermana, cuyas heridas comenzaron a sanar.


jueves, 19 de febrero de 2015

Darnai



Darnai se asomó a la ventana de su lujoso despacho y observó cómo su hijo jugaba en el jardín. El niño trataba de realizar una carga, armado con un escudo y una espada de madera exquisitamente tallada, cortesía de Nadari, su niñera y uno de los soldados más fiables de su padre.

Nadari era un ser profundamente inquietante. El trauma de recuperar su consciencia y deber reconciliar las atrocidades cometidas como siervo de la plaga, había sido demasiado para su pobre mente, que se había sumido en un estado cercano a la catatonía, desprovisto de cualquier atisbo de moral o sentimentalismo. Únicamente la sacaban de ese estado lamentable tres cosas: la batalla, que tan presente había estado en su vida como forestal, los animales, especialmente la crueldad con ellos, y los niños.

La pobre Gurth´dorei era en el fondo un alma realmente digna de lástima. Durante la batalla experimentaba una lucidez que rozaba la brillantez y demostraba un conocimiento táctico asombroso; ante la crueldad con los animales experimentaba rabia y odio, pero únicamente cuando estaba con niños parecía experimentar algo de felicidad. Era por eso que Darnai y Kyrie la habían acogido en su hogar.

Entrañas no era un lugar en el que los niños abundasen. La mayoría de razas de la Horda la evitaban si podían, y rara vez traían a sus cachorros. Kinay era la excepción: una pequeña excentricidad concedida a uno de sus más eminentes Generales por años de leal servicio. Muchos lo veían como una especie de mascota exótica; el niño elfo de Darnai, un objeto de lujo, como sus muchas armaduras, que simplemente remarcaba su estatus. Para él no era nada de eso.

Darnai soltó una leve carcajada cuando reflexionó sobre eso. En los viejos tiempos nunca se habría considerado un padre. Kinay simplemente había sido el resultado de actos abominables cometidos únicamente por amor a su esposa, y sin embargo, con los años había llegado a querer a aquel niño hasta hacer de su bienestar y protección su máxima prioridad.

Lejos quedaban los años de aventurero descarado que renegaba de servir a nada mayor que a sí mismo. Lejos quedaba la estupidez de la juventud, forjada en cientos de batallas en templanza, sabiduría, y lealtad a una nación que, a pesar de comenzar siendo poco más que un medio para escapar de su pasado como criminal, se había ganado su lealtad, y en pago le había dado todo.

Era por ello que luchaba a día de hoy, por conseguir mantener ese pequeño pedazo de felicidad que otros se empeñaban en negar a los de su raza: La Alianza, despreciables bastardos de doble moral, que habían aceptado a los Caballeros de la Muerte entre sus filas, pero tan sólo unos años antes habían rechazado a los renegados, y decretado que puesto que eran iguales a la Plaga, debían ser destruidos; Los idiotas de Kalimdor, incapaces de ver más allá de sus prejuicios y desconfianza, o los arrogantes elfos, que frecuentemente olvidaban que sin Su Majestad estarían muertos a manos de la Plaga. Razas inferiores, envidiosas de su inmortalidad y empeñadas en convertirles en desgraciados, únicamente para no darse cuenta de su patetismo.

Se dispuso a escupir y maldecir a todos aquellos bastardos, pero se contuvo. No tenía ganas de discutir con Ky si llegara a enterarse. A pesar de que los sirvientes lo limpiasen, diría que aquel comportamiento tabernario era incorrecto en una casa y un mal ejemplo para el niño. En lugar de eso, Darnai pensó en algo más alegre: la caída del Rey Exánime. Uno de sus enemigos, el mayor de su raza, que ya había caído, aunque no sin el valiente sacrificio de todos los que en aquel entonces habían sido sus amigos: Mïna, Valandil, Necro y cientos de leales renegados más habían dado sus vidas por el futuro que hoy él protegía con celo.

Tanto pensar en enemigos y caídos llevó su mente al inevitable recuerdo de Drakaren, el que había sido su mejor amigo y compañero de fatigas desde siempre, hasta que pocos meses atrás fuese despedazado en una emboscada huargen. 

Había hurgado en una herida reciente que aún escocía. Echaba de menos a su amigo y le odiaba, a la vez que se sentía culpable por su sacrificio: décadas de amistad terminadas por una carga suicida, que si bien le habían garantizado una retirada segura, él hubiera preferido tener que abrirse paso con sangre y acero al lado de su amigo; estaba seguro de que lo habrían conseguido. Pero no fue sólo su lealtad lo que llevó a Drak a la muerte: fueron también el  amor y la decepción de ver que su amada había seguido con su vida cuando por fin logró encontrarla en Villadorada, y que había muerto ya en la época en la que Drakaren se hallaba luchando en Rasganorte.

Darnai sacudió la cabeza y murmuró: “Ah, viejo idiota. Siempre fuiste un romántico estúpido. Ojalá ahora la hayas encontrado por fin”.

El General se acercó a un elaborado armario, sacó una botella de bourbon de Costasur y se sirvió un vaso mientras repasaba mentalmente todo lo que podía haber llevado al pobre Drak a ese arrebato de locura. Si de él dependía, procuraría que ninguno de sus hombres pasase por lo mismo. Era su deber cuidar de ellos; la mayoría de los nuevos aún le veían como una figura distante y en cierto modo aterradora, pero con los otros era diferente.

Volvió a echar un vistazo a Nadari, que arremetía con una de sus letales espadas contra el niño, que por acto reflejo, además de bloquear con el escudo, se envolvió en una burbuja protectora. Definitivamente lo estaba haciendo bien. Nadari había mejorado mucho desde que la habían acogido, incluso ocasionalmente hablaba. Y el cabo Joss, la cabo, se corrigió, iba mejorando desde que la reclutase forzosamente. Aún no tenía claro el empeño en hacerse pasar por un chico, pero podía dejarlo correr; había muerto en plena adolescencia, eso debía de ser confuso para ella. Ya maduraría, aunque sabía que, de algún modo, mientras la amiga esa suya siguiera rondando por ahí, eso iba a ser algo más difícil.

A pesar de todo, Joss era una buena muchacha y de fiar. Estaba seguro de podría hacer una buena oficial de ella; tal vez algún día llegase a capitana, aunque lograrlo requeriría tiempo, esfuerzo, y entender algunas de las cosas raras que hacía a veces.

-¿En qué piensas, querido? - La voz dulce de su esposa llegó desde la puerta del despacho.

-Nada, recordaba viejos tiempos y a algunos de los muchachos.- Darnai sonrió con tristeza y se acercó a su mujer, a la que besó con ternura.

-Yo también los echo de menos a veces. Pero debemos seguir adelante y hacer que sus vidas hayan servido para algo.

-Lo sé. Ven, vamos abajo, acabo de ver a Kinay invocar una burbuja protectora. A ver si puede repetirlo.

-¡Qué bien! Será sacerdote como mamá. – La guapa muerta pelirroja sonrió, orgullosa de su hijo.

- No si yo puedo evitarlo. Ese niño aprenderá a blandir espadas y usar escudos como que me llamo Darnai. A fin de cuentas, él es el futuro.

jueves, 12 de febrero de 2015

Takemaru

Notas: Esto lo escribí hace tiempo para un dk que tengo super abandonado pero como Vivaldi también reciclaba sus obras, la reciclé para Takemaru. XP


Takemaru. Caballero de la muerte.

La ciudad de Orgrimmar  rebozaba bullicio desde altas horas de la mañana, era normal en los tiempos que corrían. Las tropas entraban y  salían. Los soldados entrenaban duramente, preparaban sus equipos y reparaban su armamento. Los oficiales organizaban sus batallones para las nuevas campañas en Rasganorte. Era un constante ir y venir de gente;  pero entre tanta actividad siempre se podía sacar un rato libre para tomarse un respiro.
Aquel día la taberna estaba atestada. La guerrera y el chaman orcos disfrutaban de sus últimas horas juntos. Pronto cada uno de ellos partiría hacia su nuevo destino y quién sabe cuando volverían a verse. Se levantaron de la mesa para marcharse.

- Espera un momento, voy a…-Dijo el chamán a su compañera señalando hacia el baño.
- Te espero fuera - respondió la guerrera.

 Absorta en sus pensamiento se dirigía a la puerta sin prestar atención a su alrededor cuando una  mano la agarró con  fuerza por el brazo obligándola a volverse.

- ¿No vas a saludar a una vieja amiga?- Dijo el caballero de negra armadura que la sujetaba.

La guerrera quedó petrificada. Conocía muy bien aquella voz y aquel rostro, pero no aquellos ojos de mirada gélida. Aquella siniestra figura que estaba frente a ella no podía ser Takema. No podía ser ella, la orca de corazón valiente y sonrisa fanfarrona con el que había crecido en las llanuras de Durotar. No era posible. Takema Ru estaba muerta, había dado la vida defendiendo su patria. No podía ser ella. No podía ser.

- Zemdra ¿No me reconoces? - insistió la caballero.

Zemdra era incapaz de reaccionar paralizada de horror. Como si el helado contacto de la mano que le agarraba la hubiese congelado. La oportuna llegada de su compañero y el empujón que este propinó ala caballero la sacó de su trance.

- ¿Buscas problemas?- increpó el chaman a la caballero.
- No Zamdor...es…es...es una amiga. – Lo detuvo la guerrera.

La caballero Takema dirigió una mirada desafiante a su agresor pero se contuvo. Sabía que no era prudente retar a un oficial; podía acarrearle muchos problemas. Nadie apreciaba a los caballeros de la espada de ébano. Simplemente se les toleraba porque eran un poderoso aliado frente a los ejércitos de la plaga en tierras del norte. Se limitó a recolocarse la oscura armadura con  parsimonia. Sin decir palabra se encaminó a la salida con andar pausado. Al pasar junto a la guerrera se detuvo brevemente. Takema Ru se inclinó para hablarle tan cerca que Zemdra notó como el glacial halo de aquel cuerpo, que una vez fue cálido, la envolvía de forma asfixiante.

- Que el brillo de tus hojas nunca se apague. – Takema lanzó una última mirada desdeñosa al chaman mientras hablaba. - Nos volveremos a ver - Aquella frase en su voz distorsionada por la muerte sonó a amenaza más que a despedida.

Zamdor se puso a la defensiva. A pesar de la amnistía decretada por Thrall pocos eran los que no sentían aversión hacia aquellas aberraciones de la madre tierra.


- ¿Qué clase de amiga es esa?- exclamó Zamdor airado- ¿De qué va esa imbec...?- Se detuvo al ver el estado en que se encontraba su compañera. Estaba pálida y temblaba. Se agarraba el pecho en un intento inútil de controlar el torbellino de emociones que se le venía encima.

- ¿Qué te ocurre Zemdra? ¿Estás bien?- El enfado dejó paso a la preocupación.
-  Hace seis años... -Dijo ella en un hilo de voz.-... ¿Recuerdas la primera noche que pasaste conmigo?

Zamdor lo entendió -¿Ese caballero es...? – Recordó el terrible mazazo que había supuesto para Zemdra  la muerte de mejor amiga, a la que quería como a un hermana.

La caballero de la espada de ébano dejó atrás la ruidosa calle mayor inmersa en sus oscuros pensamientos. Abordar así a Zemdra había sido una estupidez. Sabía muy bien el efecto que provocaba en los demás. ¿Qué esperaba? Era muy consciente de su condición de exánime y de sus acciones pasadas. ¿Qué había pretendido? ¿Volver a ser la que era, recuperar su vida pasada? Soltó una seca carcajada de forma inconsciente y escupió al suelo. Ya nada podía ser como antes. El pasado que recordaba  no le pertenecía. No; Takema Ru ya no existía. Solo Takema; Takemaru Caballero de la Muerte.

                                                             Fin.

domingo, 8 de febrero de 2015

El despertar del druida.

Notas de la autora: He corregido un fallo de lore que había sobre la ubicación de los druidas durmientes y como soy así de fatiga no puedo releer un relato sin reescribir ciertas partes. 

Cap. I - Ulsey  CimadelTrueno.

Era una cálida mañana y como era la tradición tauren un grupo de jóvenes aprendices de druida se había reunido en Claro de Luna para celebrar el rito de primavera. 
Ulsey  no paraba de rascarse la barbilla. Estaba en esa edad en la que a los jóvenes  taurens empieza a crecerles la barba, lo que era un incordio porque picaba bastante. Comenzó a aburrirse. Conocía la ceremonia de memoria, la habían ensayado muchas veces. Tenía que permanecer allí sentado un buen rato hasta que sus maestros terminaran los rituales de presentación de ofrendas a los ancestros. 
Distraído observó el paisaje que le rodeaba. Su mirada se posó en una arboleda cercana que emanaba un tenue resplandor esmeralda. Dos palabras cobraron  forma en su cabeza de modo inmediato “Sueño esmeralda” Sus ojos se abrieron de par en par y una sonrisa pícara apareció en su cara. ¿Sería allí donde los druidas dormían el sueño esmeralda? ¡Eso tenía que verlo con sus propios ojos!

- ¡Oye Tolem! - le susurro a su compañero - Vuelvo enseguida, no me delates.
- ¡Que dices Ul! ¡¿A dónde vas?! - Tolem le miró sorprendido. 

Ulsey puso la mano en el suelo e hizo brotar un enorme champiñón. Cogió una rama, la partió en dos y se las clavó a modo de cuernos. Le puso su capa por encima y ¡Listo! Nadie notaría su ausencia. 

- Volveré antes de que se den cuenta. Lo prometo.- y se escabulló con sigilo felino hasta la arboleda.
- ¡Vuelve Ul! ¡Te la vas a cargar!- susurró su compañero alarmado.

Ulsey  cruzó la arboleda y llegó a la puerta del túmulo. Descendió de dos en dos los escalones que conducían a la cámara. La estancia estaba bañada de suave luz esmeralda y en su interior descansaban los druidas en círculo sobre lechos de piedra. Parecían congelados en el tiempo, pensó. Extendió la mano hacia la cúpula de luz pero no llegó a tocarla, sabía que no debía hacerlo. Su mirada recorrió las figuras durmientes hasta posarse en una fácilmente reconocible. El único tauren que descansaba allí. Le inundó un sentimiento de admiración y devoción. Lentamente caminó rodeando la cúpula hasta donde yacía el archidruida Hamuul. Tan fascinado se sentía  que no se fijó donde pisaba. Una raíz se enredó en su pezuña y sin que nada lo impidiera Ulsey cayó de bruces al interior de la cúpula esmeralda. Se dio la vuelta e intentó levantarse pero el cuerpo no le respondía, le pesaba demasiado. Un inmenso sopor le invadió. Los parpados se le cerraban sin poder evitarlo.
   - ¡No puede ser! Tengo que volver, tengo que…- El sueño esmeralda le envolvió por completo y el joven tauren quedó dormido junto a los demás druidas.

                   -o-

Ulsey intentó abrir los ojos. La luz era de un azul brillante y le dañaba. Los parpados le pesaban sobre manera. Lo intentó de nuevo. Con  los ojos entreabiertos vio un rostro de piel pálida y cabellera negra. La imagen era  borrosa. Alguien cantaba una dulce canción. No pudo entender lo que decía. Permaneció tumbado largo rato hasta que consiguió abrir los ojos por completo. Se encontró contemplando el techo de la cámara bellamente decorada. Entonces calló en la cuenta: la luz esmeralda había desaparecido. Se incorporó hasta quedar sentado.  Los durmientes tampoco estaban. 
Sintió un enorme peso en su cabeza que le hizo inclinarla hacía abajo, se quedó perplejo con lo que vio. Sus crines y su barba le habían crecido hasta la cintura y su pelaje gris se había vuelto negro. Se llevó las manos a las sienes donde sentía el peso palpando la enorme cornamenta que había crecido apuntando al frente como los de un adulto. ¿Un adulto? ¡Espera, no puede ser! Ulsey empezó a ponerse nervioso. Miró sus manos. Eran anchas y fuertes. ¡Eran Enormes! Cada vez estaba más alterado, no entendía nada. Se levantó de un salto pero el suelo y sus pies estaban a más distancia de la que debería. No controló el equilibrio y calló de morros. Su cornamenta se clavó en el terreno. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué significaba todo aquello? Ulsey se sentía cada vez más aterrado. Decenas de champiñones empezaron a brotar a su alrededor, uno nació debajo de su hocico y al crecer se le metió por el orificio nasal. Intentó zafarse  pero estaba bien clavado al suelo, tuvo que dar un enérgico impulso para soltarse. Tan fuerte fue el envite que quedó de nuevo tumbado boca arriba mientras montones de hongos surgían y explotaban soltando esporas a su alrededor. 
Un disco lunar comenzó a formarse encima de él, cuando completó la formación descargó su rayo. Ulsey quedó paralizado por el miedo. El rayo había impactado justo entre sus piernas. Se incorporó. El caos a su alrededor se aceleraba a medias que crecía  su pánico. El disco lunar aparecía aleatoriamente descargando rayos. Los champiñones germinaban y explotaban a un ritmo tan frenético como su respiración. El aire empezaba a arremolinarse y a formar pequeños tornados y él...él estaba a punto de ponerse a gritar igual que un crío histérico. El champiñón que le obstruía la fosa nasal hizo que se sintiese mareado. Le faltaba el aire y comenzó a perder la conciencia. En ese momento pudo percibir como la energía de su interior bullía descontrolada. 

  -¡Un momento!- Pensó- Aquí no hay nadie. ¿Esto lo estoy provocando yo?- Se sacó el hongo de la nariz, tomo una bocanada profunda de aire y exhaló despacio. Comenzó a controlar su respiración y a tratar de clamarse. A medida que lo hacía también se iba aplacando la naturaleza desatada de su alrededor. 
¿Que había ocurrido? Se preguntó mientras recuperaba la calma. Recordó haberse escabullido de la ceremonia para ver a los archidruidas durmientes y de haber tropezado en la estancia esmeralda. No recordaba nada del sueño, era más bien una sensación. La sensación de haber estado haciendo algo. ¿El qué? No lo recordaba.  ¿Durante cuanto tiempo?  Volvió a mirarse los brazos anchos como troncos de árbol. Sin duda había pasado el tiempo suficiente como para hacer de él un tauren adulto. Se quedó tumbado contemplando el techo abrumado por ese pensamiento. Una figura le tapó la visión. Ulsey se incorporó y reconoció al elfo de la noche que le miraba divertido. Era uno de los druidas durmientes, tuvo la certeza de conocerlo desde hacía mucho. El elfo se agachó y cubrió con su capa al tauren. Solo entonces Ulsey se percató de que estaba desnudo.

- ¿Cuánto tiempo ha pasado?- Preguntó.
- No lo sé amigo mío- respondió el elfo sosegado- Debes volver con tu gente. Cuando llegue el momento búscanos en el santuario de Malorne. Ahora debo irme.

El druida elfo se alejó dejando a Ulsey sentado en el suelo intentando asimilar todo aquello. ¿Qué habría sido de su gente? ¿Le reconocerían al verle? ¿Les reconocería él? Le caería una enorme bronca. Suspiró resignado y se puso en pié.
                                                



Cap. II - Yuhe Runaplata.

 Yuhe reprimió un bostezo. Estaba algo cansado de estar allí plantado junto a su compañero durante horas. Guardaba las puertas del pabellón mientras sus superiores estaban reunidos. Una tarea bastante tediosa para un joven sendorei deseoso de demostrar su valía. De momento tenía que conformarse con misiones de escolta o vigilancia y poco más. En aquella ocasión le había tocado escoltar a una delegación Horda a Claro de Luna. 
 Al término de la reunión su capitán les dio descanso hasta nueva orden. Comió con sus compañeros y luego decidió darse un paseo por el lugar. La frondosidad y belleza de aquel valle le recordaba mucho a los bosques de su patria.
 Caminaba tranquilamente cuando reparó en una puerta tallada en la roca. Había oído infinidad de veces las historias sobre los túmulos del sueño esmeralda y sus ocupantes. No pudo reprimir su curiosidad y bajó a la cámara. Al entrar llamó su atención un enorme tauren despatarrado en el suelo. Su ropa estaba hecha jirones como si le hubiesen estallado. Yuhe se acercó alarmado para comprobar si estaba vivo. Sorprendentemente el tauren roncaba plácidamente. Reparó en los druidas que descansaban en sus lechos de piedra a escasos metros de él. No había ninguna cama vacia, algo no encajaba en aquella escena. ¿Qué podía haber sucedido para que aquel druida estuviese en el suelo de aquella manera?
 Se levantó para acercarse al círculo de durmientes y antes de poder dar un paso sus pies tropezaron con algo yendo a aterrizar sobre la barriga del tauren. El joven elfo contuvo la respiración inmóvil. El druida abrió ligeramente los ojos, parpadeó resoplando levemente. El sonido de un cuerno se oyó en la lejanía. El paladín horrorizado se puso blanco y el pulso se le disparó. ¡Había sacado al druida del sueño esmeralda! Sin saber que hacer no se le ocurrió otra cosa que ponerse a cantar una nana Sin’dorei. Aquello pareció dar resultado. El tauren volvió a cerrar los ojos pero antes de poder sentirse aliviado Yuhe percibió movimientos a su alrededor. Levantó la vista y descubrió que los druidas estaban despertando. El cuerno seguía sonando ¡Había profanado el sueño de los druidas con su torpeza! Ese pensamiento se encendió en su cabeza chillando como una alarma gobling. No podía imaginar las consecuencias de semejante acto. Un pánico irracional le invadió y salió corriendo del túmulo. 
 Sin aliento llegó a la orilla del lago y se dejó caer. No podía creer lo que acababa de hacer. Había huido de la escena del crimen. Permaneció un buen rato allí intentado en vano calmarse. Lo que más aterraba a Yuhe no era el castigo por haber interrumpido el sueño de los druidas si no la vergüenza que supondría para la familia Runaplata. Su padre era un héroe caído en Rasganorte.  Prefería afrontar cualquier castigo aunque la condena supusiera el fin de su carrera como paladín antes que manchar su nombre. Se encogió angustiado. Les decepcionaría igualmente. Nunca estaría a su altura. Nunca sería lo suficientemente bueno.

-¡Yuhe, al fin te encuentro!- exclamó una voz a su espalda. Al oír a su compañero yuhe se puso rigido de un salto. - El capitán quiere que nos reunamos con él en el pabellón central. 

 El joven paladín sintió que el cielo se desplomaba sobre su cabeza. El tauren le había visto y le habrían identificado enseguida. Otros elfos de sangre componían la delegación horda pero solo él tenía el pelo de un negro azulado, algo bastante inusual entre los Sin’dorie. No podía huir otra vez, tenía que afrontar su culpa.
 Entró en el pabellón como un zombi. Todo el mundo estaba allí reunido. Se quedó plantado en la entrada. Estaba totalmente pálido y un sudor frío le recorría la espalda. Su compañero al verle allí quieto le instó a que ocupara su lugar como escolta. Su capitán estaba de espaldas, se volvió hacía él. Yuhe tragó saliva y deseó con todas sus fuerzas que un vacío abisal se abriera en ese preciso instante bajo sus pies y le tragara. Aquello significaba el fin. Armándose de valor dio un paso al frente.

 -Mi capitán, yo...yo...- intentó formar una frase coherente.
- ¿Qué te ocurre muchacho? Estás muy pálido. ¿Te encuentras bien?- El capitán le miraba preocupado.
- No. Yo…- Yuhe estaba cada vez más blanco.
- Tienes permiso para retirarte - Le interrumpió el capitán-. En cuanto nos aclaren el motivo de hacer sonar el cuerno de Cenarius despertando a los druidas, le pediré a algún sanador que vaya a atenderte.
¿¿Como?? ¿Cenarius era quien había despertado a los druidas? El joven elfo sintió que la tensión de su cuerpo se relajaba de golpe. Le fallaron las rodillas.

- ¡Dahirus, Llévale a la enfermería!- ordenó el capitán.
- No, no. Estoy bien, estoy bien – Yuhe se sentó. El color volvió poco a poco a sus mejillas mientras daba gracias mentalmente a la luz, a Cenarius y todos los ancestros jurandose que jamás volvería a huir de sus responsabilidades y que siempre afrontaría las consecuencias de sus actos.
 Ya recuperado del traumático trance observó a los reunidos. Se fijó en los druidas durmientes ahora despiertos. Había un tauren entre ellos pero no era aquél sobre el que había caído. Pensándolo con más calma, la presencia de aquel tauren en el túmulo era bastante extraña. Estaba fuera del círculo de piedra, tumbado sobre el suelo frío como si alguien lo hubiese arrojado allí sin ningún miramiento y su ropa estaba destrozada. Lo buscó con la mirada por toda la sala pero no lo vio. No volvería a verle hasta muchos años después. 
Afortunadamente para Yuhe aquello quedó en una vergonzosa anécdota que jamás contaría a nadie.


Cap. III.

 Las tropas de la Horda comenzaron a embarcar en los zeppelines. Había un gran bullicio. Todos estaban entusiasmados y charlaban animados sobre el nuevo continente descubierto al sur de Azeroth al que se dirigían como apoyo. 
 Una vez dentro del zeppelín Yuhe buscó un hueco entre sus enormes compañeros donde soltar su equipo de campaña. Orcos, taurens y trols le doblaban en tamaño. 
Entre la algarabía se oía la voz grave de un tauren que no paraba de contar chiste, hacer bromas y animar a sus compañeros con su alegre cháchara. Se volvió para mirarle divertido por su acento sureño. Se quedó de piedra. Conocía a aquel druida. Jamás había olvidado su rostro. ¿Como olvidarlo después de lo sucedido en Claro de Luna? Un sentimiento de vergüenza y culpa le había perseguido durante todos aquellos años. El druida reparó en la cara desencajada del elfo y se acercó.

-¡Eh, tú!- dijo posando su mano en el hombro del pálido Yuhe- ¿Es tu primera vez? No tienes ná que temer compañero. Los camaradas estamos pa protegernos los unos a los otros. Yo soy sanador y te aseguro que me emplearé al máximo pa que ninguno de vosotros recibáis daño.- el druida hablaba con entusiasmo mientras le estrujaba con su enorme brazo. Al retirar la mano de la armadura de Yuhe brotó un champiñón.

-¡Ups! Disculpa- dijo el druida mientras le quitaba el hongo- Aún no controlo del tó este hechizo.
   - Deja al muchacho Ul. Le vas a poner más nervioso de lo que ya está – dijo la sacerdotisa que lideraba el grupo.
-Y a mi me va a estallar la cabeza como no te calles - Exclamó un orco que andaba cerca.
- Pos aquí tengo un champiñón curativo ideal pa dolores de cabeza compañero Jorf- El druida se giró para seguir dando la tabarra al orco.

El joven paladín aprovechó para escabullirse. Al parecer el druida no le había reconocido, le había tomado por un novato. Prefirió pasar desapercibido y no discutir sobre sus logros. 

- ¿Te encuentras bien?- La sacerdotisa se le acercó. 
- No se preocupe por mí, lady Aorela- Yuhe se puso firme. 

Sentía una enorme admiración por aquella mujer. Siempre que la miraba no podía evitar preguntarse como alguien que llevaba tantos años luchando en tantas guerras absurdas podía seguir conservando la serenidad. No solo tenía el don de sanar el cuerpo si no también de sosegar el alma con la dulzura de su voz. 

   - Procura descansar, el viaje será largo- Tocó suavemente su hombro y la agitación que sentía desapareció.
- Así haré, lady Aorela.

   - ¡Para de una vez Ul! - Se oyó protestar una voz al fondo -¡Eres más latoso que un gobling!
- ¡¡Eeeeh!! ¡¿Que pasa con los goblings?! - respondió otra voz chillona.

Las horas pasaban lentamente. La noche había caído ya. En el interior de la nave solo se escuchaba el monótono rugir de los motores. Todos dormían excepto Yuhe que no conseguía conciliar el sueño. Comenzó cantar en voz baja una vieja canción Sin’dorei. Cantar le ayudaba a relajarse en las noches difíciles previas a un enfrentamiento.

- Eras tú quien cantaba aquel día. ¿Verdad?- era la voz del druida.
Yuhe calló de inmediato. Dudó un instante, luego tomó aire y contestó.
- Sí. Fui yo quien te despertó- Esperó la reacción del druida sin atreverse a mirarle directamente.
- Gracias- respondió el tauren recostado en un nicho cercano. Tenía cerrados los ojos y reposaba tranquilo con una sonrisa en la cara.
- ¿No estás enfadado?- Dijo Yuhe desconcertado.
- Ummm...yo no debía estar en el sueño esmeralda y...aún estaría perdido en él de no ser... por ti- Esta vez hablaba con la parsimonia habitual de los taurens- Lo que estoy es...agradecido.
- ¿Qué hacías allí tirado? Siempre me lo he preguntado- La cuestión le había estado reconcomiendo desde entonces.
   - Digamos que...mi entrada en el sueño fue... un dasafortunado…tropiezo.
   - Y tu despertar también lo fue- Murmuró Yuhe sintiéndose aliviado.

El druida se incorporó y le tendió la mano amistosamente.

 – Me llamo Ulsey Cimadeltrueno- le guiñó un ojo con picardía- Ul para los amigos.
    - Yuhe – El elfo le estrechó la mano profundamente agradecido por el indulto que acababa de recibir- Yuhe Runaplata.

Al soltar la mano del tauren sintió un tremendo hormigueo en su palma. Un champiñón crecía en ella.

- ¡Ups!- Ulsey disculpándose le despegó la seta de la mano- Tengo que practicar más.
 Al joven elfo le entró la risa floja y los dos comenzaron a reír.
   -¡Callaos!- grito un orco irritado- ¡algunos intentamos dormir!

Ambos volvieron a sus nichos y permanecieron en silencio. Aquella noche Yuhe durmió tan profundamente como hacia años que no lo hacía.

                                      Fin.