lunes, 14 de diciembre de 2015

El sendero de la furia V. La noche de los ladrones de cuerpos.



Gromil resopló con fuerza. Su hermana, a pesar de no llevar la destrozada armadura, cuyos restos yacían ahora en la orilla del río, pesaba una tonelada. Recordaba las muchas veces que ella había cargado con él, como por ejemplo en su primera borrachera, o cuando aquel grupo de chavales trols le habían dado una paliza por bocazas. Shani había hecho que aquellos tres desearan no haber puesto un dedo sobre Gromil, y encima lo había cargado hasta casa, a pesar de que ella también se había llevado su parte.

Gromil se preguntaba cómo una orco sin un gramo de grasa podía ser tan pesada. ¡Él estaba gordo y ella lo había llevado decenas de veces como si no pesase! Decidió que al volver a casa debía comenzar a escuchar más a su padre y hacer algo más de trabajo físico. Siempre había pensado que la mayoría de las cosas que decía su padre sobre el ejercicio eran porque era ignorante y no había conocido otra cosa en la vida. Él era mucho más listo y compadecía a su familia en ese aspecto, incluso a su hermana, que tenía bastante más cultura que el orco promedio a pesar de ser una bruta cabezota.

Hizo una mueca y ladeó la cabeza levemente. La cabezonería y el mandonismo eran obviamente herencia de las mujeres de su familia. A veces se preguntaba si sin su madre tras el trono, Idnaar habría logrado ser un líder respetado. En el fondo sabía que el carácter brusco de Radna completaba de algún modo al carácter noble y amistoso de su padre.

De todos modos, Idnaar seguía siendo un gran guerrero; era un luchador fiero y astuto a pesar de su escasa educación. Los fosos de gladiadores habían sido excelentes maestros en ese aspecto. Probablemente de esos mismos fosos en donde nadie les ayudaba, era de donde provenía la inclinación de su padre a ayudar a todo el mundo desinteresadamente. Realmente tenía muchas cosas admirables; si tan sólo hubiese sido algo más culto, podría haber llegado a ser un prominente miembro de la Horda.

Pero él era más listo que su padre y ya contaba con el Clan para respaldarle; él iba a ser un gran chamán, tal vez al nivel de Drek´thar o Thrall, aunque para eso debía recibir la bendición de la furia de la tormenta, y para llegar ahí debía ser capaz de encontrar un lugar seguro en donde esperar a que su hermana se repusiera.

Un ruido entre los matorrales le sobresaltó y se sorprendió rezando para que no fuese otra de esas adorables plantitas asesinas.

-¡Tío, pensé que erais pasto de los vainetes! - Pan´Chok sonrió.- Hasta que encontré vuestro rastro abajo del barranco. Déjame que te ayude con ella.

El Riecráneos alivió parcialmente la carga de Gromil al ayudarle a transportar a su hermana.
-Necesitamos resguardarnos. - Gromil hizo una pausa, considerando el significado de sus palabras. - Ella casi muere, y ha perdido sus armas, pertrechos y armadura. A mí aún me queda la mochila, aunque las raciones están empapadas e inservibles.

Pan´Chok le habría dado una palmada en la espalda a Gromil de no estar usando el brazo izquierdo para cargar a la inconsciente Shan´Nah.

-Tranqui, tronco, conozco una cueva cerca de aquí. Está resguardada y hace unos días que un tren lleno de armas y municiones descarriló. Podemos ir a investigar los restos, algo apañaremos.
Gromil ladeó la cabeza, no muy convencido con la idea de abandonar a su hermana en una cueva, pero tampoco era como si tuviesen más opciones. Decidió cambiar de tema.
-¿Tronco? - Preguntó ante la curiosa palabra del gorgrondés.

-Ya sabes, es una palabra de aquí, es en plan: colega, amigo... Tiene gracia porque esto está plagado de plantas vivientes. ¿Pillas el chiste?

-Es siniestro hablar así de cosas que te podrían matar.

-Lo sé. Hilarante, ¿verdad? – Pan’Chok echó una carcajada digna de un demente, y Gromil pensó que todo lo que había leído sobre que los Riecráneos estaban locos, se quedaba corto.

Tras dejar a Shan´Nah en la cueva, a pesar de sus protestas, y caminar un buen rato por la selva, llegaron a una explanada de carácter poco natural. Era impresionante como la Horda de Hierro había sido capaz de montar aquellas vías en mitad de una selva, pero lo verdaderamente impresionante era el destrozo que los habitantes de aquella selva habían hecho al hacer descarrilar el tren.

El cadáver de un enorme magnarón, parcialmente recubierto de vides se encontraba tirado obstruyendo la vía. Probablemente la locomotora había chocado con la bestia. A los alrededores había vagones, cajas y cadáveres de orco. Al menos la parte de conseguirle una armadura nueva a su hermana no iba a ser difícil: había decenas de muertas, todas ellas con armaduras completas.

Se acercó a una, no mucho mayor que ellos y la miró con detenimiento. Parecía de los Roca Negra por su piel grisácea, era alta, fuerte, y su cráneo, parcialmente destrozado, no podía ocultar que en algún momento anterior había sido bastante atractiva. Le apenó pensar en cómo la locura iniciada por Grito Infernal había sembrado de muerte este mundo, igual que lo había hecho con Pandaria u Orgrimmar. Comenzó a retirar la armadura al cuerpo; tenía algunos abollones, pero nada que no pudiera repararse con facilidad.

-¡Tronco! - Un grito desde el interior de un vagón volcado llamó su atención. Se apresuró a terminar de coger la armadura y meterla en el saco que había rapiñado. - ¡Nos ha tocado el gordo! ¡Esto le va a encantar a tu hermana!

Terminó de echar piezas al saco y corrió excitado a ver el descubrimiento. Dejó el fardo y trepó por los ejes hasta el interior del vagón. La luna llena iluminaba con su luz el interior, donde cientos de enormes y extrañas espadas relucían. Las examinó con detenimiento, y recordó las historias que conocía sobre los Clanes.

-¿Son hojas de los Filoardiente?- Preguntó, extrañado de hallarse frente a tan legendarias e icónicas armas.

-Sí, pero aún no tienen chispa. - Pan´Chok se rió ante su propio chiste. - Aunque no tengan magia, sigue siendo acero de primera. Le llevaré un par a tu hermana; tal vez después de eso empiece a gustarle.

Gromil decidió que no quería saber a qué se refería con "gustarle"; a veces la ignorancia era una opción saludable. Se apoyó en una caja y se izó hasta la compuerta del vagón. Sus ojos se abrieron como platos por el terror: ahora a la luz de la luna podía ver decenas, tal vez cientos de orcos que les rodeaban y avanzaban torpemente hacia ellos; algunos estaban cubiertos por parras, otros, aunque evidentemente no estaban vivos, no.

-¡Mierda! - Pan´Chok, que cargaba a la espalda los enormes espadones, sacó sus hachuelas.
-¿Son no-muertos?- Preguntó, desconcertado.

-Ni de coña, ¿ves las vides? - Señaló a uno cubierto por una parra.- Eso se adueña de los cuerpos como un parásito. Por eso quemamos a nuestros muertos. El magnarón debió liberar las esporas al morir.- Dicho esto, lanzó un grito de guerra brutal y se metió al combate con furia desenfrenada y psicótica mientras reía.

Está como una regadera, pensó Gromil, que bajó del vagón, recogió el saco y siguió a su amigo, repartiendo mazazos con la mano libre.

Las oleadas de infectados parecían no tener fin: luchaban mano con mano, clavaban puñales y aplastaban cráneos. Avanzaban penosamente, abrumados por los ataques incesantes que no dejaban de venir. No podían ver la ruta de escape; de hecho, ni tan siquiera podía ver a Pan´Chok, que acababa de ser arrojado al suelo por un par de monstruos vegetales.

Gromil avanzó con decisión, sus ojos comenzaron a brillar con intensidad y un tono azulado, la energía crepitaba a su alrededor. Entonces balanceó su maza con furia y golpeó. El estruendo fue ensordecedor; el impacto atronador creó una onda expansiva que avanzó, derribando a todos los engendros de las cercanías, mientras los rayos saltaban de una a otra criatura, destruyéndolas a su paso y abriendo un camino por el que retirarse.

No hizo falta decir nada. Los dos orcos echaron a correr por el pasillo que se había abierto y que se cerraba más y más a cada paso que daban. Un mazazo derribó a una de las criaturas que se interponían entre ellos y la libertad; una ágil patada de Pan´Chok lanzó contra la muchedumbre a otro más. Apenas unos pasos y podrían perderlos en la selva.

Un fuerte tirón del saco derribó a Gromil. Pan´Chok, que ya había logrado salir de la muchedumbre se había percatado, y trataba en balde de llegar hasta él. Todo parecía perdido; nunca regresarían con su hermana, que desarmada, probablemente moriría en esta selva igual que él. Iba morir, y lo único en lo que podía pensar era en su tío Eidorian, el elfo más bocazas de Azeroth, y cómo cada vez que volvía a rastras de la taberna, molido a palos, decía: "deberías ver al otro tipo". Frunció el ceño: si iba a morir, se llevaría a tantos como pudiera por delante.

Vació su mente y se olvidó del mundo a su alrededor; fluyó con las voces de la tierra y los espíritus, inhaló el aire cargado de humedad que presagiaba tormenta, y sintió el fuego de la furia crecer en su interior. 

La tierra tembló, y Gromil se levantó con una fuerza que nadie habría creído posible. Alzó el arma, y el trueno presagió la llegada de centenares de rayos que aterrizaban entre las filas de enemigos; la lluvia que los acompañaba infundía nuevas energías, tanto a él como a su compañero, que luchaba con más fiereza aun, totalmente desquiciado, riéndose jubiloso.

Golpeó el suelo con fuerza y el fuego manó, incinerando a los terribles zombies planta sin piedad ninguna. Un segundo golpe, y las entrañas de la tierra se abrieron para devorar a las temibles criaturas. 

Todo había terminado. Gromil jadeaba y miraba a todas partes, totalmente desorientado.
-¡Tronco, eso ha sido brutal! - Pan´Chok estaba exageradamente animado y contento.- Eres un tipo muy duro. No sabía que supieses hacer esas cosas.

-La cosa es que no sé... - Gromil observaba la destrucción a su alrededor, asustado por las exageradas consecuencias de su pérdida de control. Había sentido su poder crecer desde el momento en que llegó a Draenor, pero aquello había sobrepasado todo lo imaginable y lo había dejado exhausto.
 
-La verdad es que no me divertía tanto desde ni me acuerdo. - El Riecráneos palmeó el hombro del joven Lightningblade.

-¡Casi nos matan, estaríamos muertos de no ser por lo que quiera que me ha pasado! - Gromil protestó enfadado, más por no comprender que por la actitud de su compañero.
-¡Lo sé, por eso es tan genial! -Pan´Chok volvió a reírse, alegre.
Gromil no contestó y se limitó a caminar en dirección a la cueva. Tenía mucho en lo que pensar

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