Gromil resopló con fuerza. Su hermana, a pesar de no llevar la
destrozada armadura, cuyos restos yacían ahora en la orilla del río, pesaba una
tonelada. Recordaba las muchas veces que ella había cargado con él, como por
ejemplo en su primera borrachera, o cuando aquel grupo de chavales trols le
habían dado una paliza por bocazas. Shani había hecho que aquellos tres
desearan no haber puesto un dedo sobre Gromil, y encima lo había cargado hasta
casa, a pesar de que ella también se había llevado su parte.
Gromil se preguntaba cómo una orco sin un gramo de grasa podía ser tan
pesada. ¡Él estaba gordo y ella lo había llevado decenas de veces como si no
pesase! Decidió que al volver a casa debía comenzar a escuchar más a su padre y
hacer algo más de trabajo físico. Siempre había pensado que la mayoría de las
cosas que decía su padre sobre el ejercicio eran porque era ignorante y no
había conocido otra cosa en la vida. Él era mucho más listo y compadecía a su
familia en ese aspecto, incluso a su hermana, que tenía bastante más cultura
que el orco promedio a pesar de ser una bruta cabezota.
Hizo una mueca y ladeó la cabeza levemente. La cabezonería y el
mandonismo eran obviamente herencia de las mujeres de su familia. A veces se preguntaba
si sin su madre tras el trono, Idnaar habría logrado ser un líder respetado. En
el fondo sabía que el carácter brusco de Radna completaba de algún modo al carácter
noble y amistoso de su padre.
De todos modos, Idnaar seguía siendo un gran guerrero; era un luchador
fiero y astuto a pesar de su escasa educación. Los fosos de gladiadores habían
sido excelentes maestros en ese aspecto. Probablemente de esos mismos fosos en
donde nadie les ayudaba, era de donde provenía la inclinación de su padre a
ayudar a todo el mundo desinteresadamente. Realmente tenía muchas cosas
admirables; si tan sólo hubiese sido algo más culto, podría haber llegado a ser
un prominente miembro de la Horda.
Pero él era más listo que su padre y ya contaba con el Clan para
respaldarle; él iba a ser un gran chamán, tal vez al nivel de Drek´thar o
Thrall, aunque para eso debía recibir la bendición de la furia de la tormenta,
y para llegar ahí debía ser capaz de encontrar un lugar seguro en donde esperar
a que su hermana se repusiera.
Un ruido entre los matorrales le sobresaltó y se sorprendió rezando para
que no fuese otra de esas adorables plantitas asesinas.
-¡Tío, pensé que erais pasto de los vainetes! - Pan´Chok sonrió.- Hasta
que encontré vuestro rastro abajo del barranco. Déjame que te ayude con ella.
El Riecráneos alivió parcialmente la carga de Gromil al ayudarle a
transportar a su hermana.
-Necesitamos resguardarnos. - Gromil hizo una pausa, considerando el
significado de sus palabras. - Ella casi muere, y ha perdido sus armas,
pertrechos y armadura. A mí aún me queda la mochila, aunque las raciones están
empapadas e inservibles.
Pan´Chok le habría dado una palmada en la espalda a Gromil de no estar
usando el brazo izquierdo para cargar a la inconsciente Shan´Nah.
-Tranqui, tronco, conozco una cueva cerca de aquí. Está resguardada y
hace unos días que un tren lleno de armas y municiones descarriló. Podemos ir a
investigar los restos, algo apañaremos.
Gromil ladeó la cabeza, no muy convencido con la idea de abandonar a su
hermana en una cueva, pero tampoco era como si tuviesen más opciones. Decidió
cambiar de tema.
-¿Tronco? - Preguntó ante la curiosa palabra del gorgrondés.
-Ya sabes, es una palabra de aquí, es en plan: colega, amigo... Tiene
gracia porque esto está plagado de plantas vivientes. ¿Pillas el chiste?
-Es siniestro hablar así de cosas que te podrían matar.
-Lo sé. Hilarante, ¿verdad? – Pan’Chok echó una carcajada digna de un
demente, y Gromil pensó que todo lo que había leído sobre que los Riecráneos
estaban locos, se quedaba corto.
Tras dejar a Shan´Nah en la cueva, a pesar de sus protestas, y caminar
un buen rato por la selva, llegaron a una explanada de carácter poco natural.
Era impresionante como la Horda de Hierro había sido capaz de montar aquellas
vías en mitad de una selva, pero lo verdaderamente impresionante era el
destrozo que los habitantes de aquella selva habían hecho al hacer descarrilar
el tren.
El cadáver de un enorme magnarón, parcialmente recubierto de vides se encontraba tirado obstruyendo la
vía. Probablemente la locomotora había chocado con la bestia. A los alrededores
había vagones, cajas y cadáveres de orco. Al menos la parte de conseguirle una
armadura nueva a su hermana no iba a ser difícil: había decenas de muertas,
todas ellas con armaduras completas.
Se acercó a una, no mucho mayor que ellos y la miró con detenimiento.
Parecía de los Roca Negra por su piel grisácea, era alta, fuerte, y su cráneo,
parcialmente destrozado, no podía ocultar que en algún momento anterior había
sido bastante atractiva. Le apenó pensar en cómo la locura iniciada por Grito
Infernal había sembrado de muerte este mundo, igual que lo había hecho con
Pandaria u Orgrimmar. Comenzó a retirar la armadura al cuerpo; tenía algunos
abollones, pero nada que no pudiera repararse con facilidad.
-¡Tronco! - Un grito desde el interior de un vagón volcado llamó su
atención. Se apresuró a terminar de coger la armadura y meterla en el saco que
había rapiñado. - ¡Nos ha tocado el gordo! ¡Esto le va a encantar a tu hermana!
Terminó de echar piezas al saco y corrió excitado a ver el descubrimiento.
Dejó el fardo y trepó por los ejes hasta el interior del vagón. La luna llena
iluminaba con su luz el interior, donde cientos de enormes y extrañas espadas
relucían. Las examinó con detenimiento, y recordó las historias que conocía
sobre los Clanes.
-¿Son hojas de los Filoardiente?- Preguntó, extrañado de hallarse frente
a tan legendarias e icónicas armas.
-Sí, pero aún no tienen chispa. - Pan´Chok se rió ante su propio chiste.
- Aunque no tengan magia, sigue siendo acero de primera. Le llevaré un par a tu
hermana; tal vez después de eso empiece a gustarle.
Gromil decidió que no quería saber a qué se refería con
"gustarle"; a veces la ignorancia era una opción saludable. Se apoyó
en una caja y se izó hasta la compuerta del vagón. Sus ojos se abrieron como
platos por el terror: ahora a la luz de la luna podía ver decenas, tal vez
cientos de orcos que les rodeaban y avanzaban torpemente hacia ellos; algunos
estaban cubiertos por parras, otros, aunque evidentemente no estaban vivos, no.
-¡Mierda! - Pan´Chok, que cargaba a la espalda los enormes espadones,
sacó sus hachuelas.
-¿Son no-muertos?- Preguntó, desconcertado.
-Ni de coña, ¿ves las vides? - Señaló a uno cubierto por una parra.- Eso
se adueña de los cuerpos como un parásito. Por eso quemamos a nuestros muertos.
El magnarón debió liberar las esporas al morir.- Dicho esto, lanzó un grito de
guerra brutal y se metió al combate con furia desenfrenada y psicótica mientras
reía.
Está como una regadera, pensó Gromil, que bajó del vagón, recogió el
saco y siguió a su amigo, repartiendo mazazos con la mano libre.
Las oleadas de infectados parecían no tener fin: luchaban mano con mano,
clavaban puñales y aplastaban cráneos. Avanzaban penosamente, abrumados por los
ataques incesantes que no dejaban de venir. No podían ver la ruta de escape; de
hecho, ni tan siquiera podía ver a Pan´Chok, que acababa de ser arrojado al
suelo por un par de monstruos vegetales.
Gromil avanzó con decisión, sus ojos comenzaron a brillar con intensidad
y un tono azulado, la energía crepitaba a su alrededor. Entonces balanceó su
maza con furia y golpeó. El estruendo fue ensordecedor; el impacto atronador
creó una onda expansiva que avanzó, derribando a todos los engendros de las
cercanías, mientras los rayos saltaban de una a otra criatura, destruyéndolas a
su paso y abriendo un camino por el que retirarse.
No hizo falta decir nada. Los dos orcos echaron a correr por el pasillo
que se había abierto y que se cerraba más y más a cada paso que daban. Un
mazazo derribó a una de las criaturas que se interponían entre ellos y la libertad;
una ágil patada de Pan´Chok lanzó contra la muchedumbre a otro más. Apenas unos
pasos y podrían perderlos en la selva.
Un fuerte tirón del saco derribó a Gromil. Pan´Chok, que ya había
logrado salir de la muchedumbre se había percatado, y trataba en balde de
llegar hasta él. Todo parecía perdido; nunca regresarían con su hermana, que
desarmada, probablemente moriría en esta selva igual que él. Iba morir, y lo
único en lo que podía pensar era en su tío Eidorian, el elfo más bocazas de
Azeroth, y cómo cada vez que volvía a rastras de la taberna, molido a palos,
decía: "deberías ver al otro tipo". Frunció el ceño: si iba a morir,
se llevaría a tantos como pudiera por delante.
Vació su mente y se olvidó del mundo a su alrededor; fluyó con las voces
de la tierra y los espíritus, inhaló el aire cargado de humedad que presagiaba
tormenta, y sintió el fuego de la furia crecer en su interior.
La tierra tembló, y Gromil se levantó con una fuerza que nadie habría
creído posible. Alzó el arma, y el trueno presagió la llegada de centenares de
rayos que aterrizaban entre las filas de enemigos; la lluvia que los acompañaba
infundía nuevas energías, tanto a él como a su compañero, que luchaba con más
fiereza aun, totalmente desquiciado, riéndose jubiloso.
Golpeó el suelo con fuerza y el fuego manó, incinerando a los terribles
zombies planta sin piedad ninguna. Un segundo golpe, y las entrañas de la
tierra se abrieron para devorar a las temibles criaturas.
Todo había terminado. Gromil jadeaba y miraba a todas partes, totalmente
desorientado.
-¡Tronco, eso ha sido brutal! - Pan´Chok estaba exageradamente animado y
contento.- Eres un tipo muy duro. No sabía que supieses hacer esas cosas.
-La cosa es que no sé... - Gromil observaba la destrucción a su
alrededor, asustado por las exageradas consecuencias de su pérdida de control.
Había sentido su poder crecer desde el momento en que llegó a Draenor, pero
aquello había sobrepasado todo lo imaginable y lo había dejado exhausto.
-La verdad es que no me divertía tanto desde ni me acuerdo. - El
Riecráneos palmeó el hombro del joven Lightningblade.
-¡Casi nos matan, estaríamos muertos de no ser por lo que quiera que me
ha pasado! - Gromil protestó enfadado, más por no comprender que por la actitud
de su compañero.
-¡Lo sé, por eso es tan genial! -Pan´Chok volvió a reírse, alegre.
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