viernes, 18 de diciembre de 2015

El Sendero de la Furia VII. Golpeados por el rayo



El viejo chamán observaba calmado el camino. Era una mañana como otras tantas en Nagrand: el sol calentaba su vieja y curtida piel con fuerza, mientras la brisa suave mecía su larguísima barba. Sin embargo, sus viejos huesos habían percibido una agitación inusual en los elementos: No iba a ser una mañana cualquiera.

Esperó durante horas al borde del camino, y cuando la mañana comenzaba a dar paso al mediodía, se levantó para poner rumbo a su humilde cabaña y calmar el hambre. No vio venir a los tres extraños al fondo del sendero, sus ojos ya no eran lo que habían sido, pero sin duda alguna sabía que se acercaban. Los espíritus elementales que se arremolinaban en torno al Trono de los Elementos, atraídos por la energía de las furias, bullían con excitación ante la presencia de los jinetes. El viejo se plantó en mitad del camino y se irguió todo lo que su maltrecha y achacosa espalda le permitía, lo que, pese al cayado que necesitaba para mantenerse en pie, conformaba una imagen bastante intimidante. 

–Saludos, viajeros, mi nombre es Zor´Tek y sirvo a las furias. ¿Quiénes sois? – El viejo examinó con sus ojos casi ciegos a los recién llegados. Habría jurado que dos de ellos, además de enormes, aunque no tanto como él, eran verdes. Sus ojos sin duda ya no eran de fiar.

-Mi nombre es Shan´Nah, Hija de Idnaar del Clan Lightningblade. Ellos son mi hermano Gromil y Pan´Chok de los Riecráneos. 

Pan’Chok saludó animado con la mano, a pesar de que era evidente que el viejo chamán probablemente ni vería el gesto. Al percatarse de esto, comenzó a hacer formas con sus manos: primero un roc, luego un lobo, mientras se esforzaba por contener la risa. Gromil, irritado por la falta de respeto al anciano chamán, propinó un puñetazo en el hombro al Riecráneos, que cogido con la guardia baja se cayó de su montura. 

-Estoy viejo y mis ojos ya no son lo que eran. - El anciano sonrió. – Pero veo suficiente como para percatarme de tus tonterías, Riecráneos.

-Discúlpale, a veces hace estas cosas. – Gromil trató de congraciarse con el anciano.

-No importa. – El chamán hizo un gesto con la mano, restando importancia al suceso.- Así que hijos de Id´Naar del Clan Lightningblade. Es un nombre que siempre le gustó a mi difunta compañera para sus nietos. Por desgracia, nuestro Graz’kar ya no vivirá para darnos nietos, ni ella estará aquí para verlo.- El rostro del anciano se ensombreció.

-Es Idnaar, todo junto. – Corrigió Gromil, a pesar de que había atado cabos rápidamente y sabía lo que las palabras del anciano significaban para ellos. Estaban en presencia de su ancestro. – Hemos venido a ver a las Furias.

- Lo sé, joven, los elementos están inquietos. – El viejo echó a andar por el camino. – Seguidme, sólo tú y tu hermana.

Pan´Chok iba a protestar pero se lo pensó mejor. Las Furias eran entes muy poderosos, y nunca salía nada bueno de tratar con ese tipo de poderes. Sin duda, la siesta a la sombra sería mucho más productiva.

Gromil tenía un nudo en el estómago: conocer a su antepasado era ya de por sí toda una ocasión, pero las Furias eran palabras mayores. Incluso su hermana, mucho más tensa de lo normal, estaba evidentemente nerviosa. Sin embargo, el viejo caminaba calmado y sereno, sin miedo.

Fueron conducidos hasta el centro del círculo de piedras, donde tres de las Furias se alzaban imponentes, enormes y aterradoras, mientras que un joven elemental de tierra ocupaba el lugar de la Furia de Tierra. El daño hecho por la Horda de Hierro comenzaba a sanar.

Shan´Nah no sabía qué hacer. Ella era una simple guerrera. Nunca había pensado que estaría ante aquellos seres y no sabía cómo comportarse; la grandeza de los elementales le hacía sentirse insignificante. Aquellos seres eran Draenor, y ella una simple orco. No se atrevió a mirarles directamente, y clavando sus armas en el suelo se arrodilló ante los majestuosos entes. Gromil, sin embargo, reunió el valor para quedarse de pie frente a las Furias, pues él era el chamán de su Clan, había sentido la llamada de las Furias desde que había puesto el pie en Draenor por primera vez, y pensaba averiguar el porqué.

-¿No te arrodillas, Gromil? – Kalandrios, la Furia de la tormenta preguntó, con su voz formada por el crepitante chisporroteo de la electricidad.

-No, vosotros me habéis llamado. – Tragó saliva, tratando de aparentar estar más convencido de lo que realmente estaba. – Tengo una teoría: vosotros me habéis traído hasta aquí, habéis obrado a través de mí. Mis poderes no son tan grandes como todo lo que he hecho últimamente. Queréis algo de mí, de nosotros. – Miró directamente a Aborius, la Furia del agua y responsable de la restauración, y con casi total seguridad de que su hermana no estuviese muerta.

Incineratus rió con un crepitante sonido como el de las ascuas al saltar. – Tenías razón, el muchacho es inteligente y el fuego arde en el espíritu de su hermana. Nos servirán bien. Levántate, chiquilla.- Shan´Nah obedeció.

-Os hemos ayudado porque tenemos una misión para vosotros.- La voz de Aborius era suave y calmada, como la corriente de un arroyo.

-Se avecina tormenta. – La atronadora voz de Kalandrios interrumpió la explicación de Aborius. – El destino os hizo aparecer en nuestro mundo justo en el momento adecuado, pues Zor´Tek es todo lo que queda de los Lightningblade, y aunque nos sirve bien, no está en condiciones de enfrentarse a lo que viene

-Gordawg, mi anterior encarnación, se corrompió por la obra de Cho´Gall. – El pequeño elemental de tierra hizo una pausa, admitir aquello no era agradable. – Fue destruida por héroes de vuestro mundo para sanar el nuestro y permitirme renacer en esta nueva forma. Sin embargo, las enseñanzas de Cho´Gall no se han perdido: su impía magia aún permanece, y hay quienes pretenden utilizarla contra nosotros de nuevo.

- ¡No podemos permitirlo! ¡Todos los restos de esa Horda de Hierro deben arder, volver a la tierra en cenizas! – La Furia de Fuego estalló, iracunda.

-Lo que Incineratus trata de decir es que la Horda de Hierro, o más bien la Horda Vil, ahora está fragmentada y desesperada. Sabemos que traman usar ese poder de nuevo contra nosotros sin importar el precio que el mundo deba pagar. Sin embargo, no podemos hacer nada. Necesitamos que seáis nuestros agentes en esta misión, pues tienen magia poderosa que nos impide actuar directamente.

-Existe una barrera de magia impía en el mundo espiritual que les protege de nuestro poder. – La Tormenta habló. – Necesitamos que paséis la barrera en el mundo físico, y una vez allí la derribéis desde dentro en el mundo espiritual.

-Lo haremos. – Se apresuró a decir Shan´Nah. – Aunque no entiendo bien cómo puedo ayudar yo en toda esta cosa mística.

-Tú deberás proteger a tu hermano mientras está en forma astral derribando la muralla en el reino del espíritu. – La pequeña Furia de tierra explicó.

-Pero yo allí dentro no tendré poder, habéis dicho que vosotros no tenéis poder una vez pasada la barrera. – Gromil trataba de procesar toda la información.

-Sólo aquellos con el Rayo en sus corazones… podrán enfrentar a la tormenta. – Dijo Zor’Tek, sin dirigirse a nadie en particular. - ¡Eso es! El viejo dicho de nuestro Clan es más literal de lo que parece. –Dos rayos descendieron sobre las espadas de la joven guerrera, que adquirieron un brillo azulado en el nervio central como única respuesta.

Shan´Nah recogió sus armas y sintió una conexión instantánea con ellas, como si de algún modo las armas estuviesen ahora vinculadas a su misma esencia y fuesen una prolongación natural de su brazo. Miró a su hermano y asintió.

-Haremos lo que nos pedís. – Gromil hacía gala de una resolución como nunca antes se había visto en él, que hacía a su hermana sentirse orgullosa. – Derribaremos la barrera.
-Id pues, Hijos del Rayo, Draenor cuenta con vosotros. – La Furia de agua los despidió.


Caminaron por el sendero, alejándose del círculo de piedra junto al anciano, en silencio, hasta que éste decidió hablar.

-Sois forasteros de otro mundo, un mundo diferente.– Hizo una pausa.- El Clan allí nunca fue destruido, ¿verdad?

-En realidad sí, la Legión lo hizo. – Respondió Shan´Nah, con escasez de tacto.

- Y vuestro padre Id´Naar…

-Idnaar. – Se apresuró a corregir Gromil. – Es hijo de Grazkar. Él y nuestra madre fueron los últimos de los nuestros. Han hecho un gran esfuerzo por reformar el Clan.

El anciano, con lágrimas en los ojos, abrazó a los dos jóvenes orcos. 

-Si se parece en algo a vosotros, debe ser un orco formidable. Graz´Kar se habría sentido orgulloso.
Shan´Nah y Gromil devolvieron el abrazo al enorme chamán. Al fin tenían lo que tanto ellos como sus padres habían buscado durante toda su vida: respuestas sobre su Clan, y una familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario