jueves, 5 de enero de 2017

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 4)

Tras la noticia impactante que la mujer pandaren cuenta a sus relativos, un silencio se apoderó de los tres por un breve momento. No daban crédito... ¡Extranjeros en Pandaria! Lo primero que pensaron los tres fueron los pandarens provenientes de la Isla Errantes. Sin embargo, les sonaba extraño dado que Shen-zin Su solía llegar al continente por la Espesura Krasarang, su lugar de nacimiento.

- ¡Por los cuatro vientos! - Saltaba Xingani.

- Encima los del Shado-Pan nos retienen aquí. - Sacaba el tema la señora. - Se acabó nuestro viajecito al Templo del Dragón de Jade...

- Pues yo pienso ir a ver lo que pasa. A mí no me retienen aquí por las buenas. - Sacaba pecho Lliffy.

- ¿En serio tenemos que investi...? - Preguntaba Xingani perezosamente antes de que Musi le cortase.

- ¡Ya sé! ¡Subamos la Escalera Velada! -

- Cortada. - El marido niega la propuesta rotundamente.

- Te equivocas, Alfre, están cortando los caminos hacia el bosque y la espesura. -

- Digo yo que no: cortarían también la escalera para que no hubiera ninguna forma para llegar al bosque, tía. - Xin la corregía.

- Bueno, por probar que no falte. - Decía Musi.

- Pues nosotros escuchamos en la taberna algo de barcos voladores... - Recordaba Lliffy rascándose la barbilla mientras miraba a su sobrino, quien le respondía asintiendo con la cabeza.

- ¡Y por qué no me lo habéis dicho antes! - Respondía a los pandarens con collejas con un estilo que era inevitable recibirlas.

A partir de aquí, la trama se vuelve algo irrealista aunque fue así como pasó.

Entre dolores y algún quejido del menor de los dos, Lliffy dijo - No tenemos ningún vehículo para subir la escalera. Mogueh no será capaz de llev... - Se cortó de repente al notar que su sobrino le retorcía el brazo para recordarle el camino por el que iba sus palabras (no será capaz de llevarte). Entonces carraspeó. - Preguntemos al grumel del establo para ver si nos ofrece una montura. - Ambos miraba a la mujer con una sonrisa fingida y Xin con temblores sospechosos.

Musi, con una ceja levantada y la otra arrugada, miraba a ambos pero lo dejó pasar. - Vayamos tirando para la Escalera.

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Tras una pequeña caminata desde El Alcor hasta la entrada de la Escalera Velada, los pandarens encontraron a un par de grumels: uno de ellos era el encargado del establo y el otro era el maestro de cometas de vuelo. El segundo estaba sentado en un rincón. Debido al revuelo en el Este, no era posible recurrir a este servicio.

- Mira Alfre, allí está los grumels. Pregunta~ - Le da un empujoncito a su marido para que haga el recado.

Lliffry cede ante el empujón y se presenta ante el grumel del establo. - Disculpe...- 

- ¡Hola, camarada de los grumels! - Le respondía. Se apellidaba Altocamino.

- Ho-hola. Me preguntaba si pudiéramos acceder hacia la cima con algún medio para los tres. -

- Con un yak... - Se retiró para traer a un yak de viaje con 3 plazas. - como este llegaréis muy lejos. -

El enorme yak sorprendió a los tres pandarens. Era inmenso y robusto. Se quedaron con la boca abierta al ver tal cantidad de carne bien compuesta con sus lujosos harapos.

- ¡Anda, qué majestuoso! - Sorprendido comenta el hombre de la casa. - ¿Por cuánto nos lo alquilas?

El grumel negaba con la cabeza. - Tan solo devolvérselo a mi primo en la cima. -

- A este le daba pereza devolvérselo que nos ha pasado el marrón, tssk. - Musitaba Xin aunque, sin quererlo, la señora le escuchó con sus tonificadas orejas le hizo callar con una colleja por tal bordería.

- Ah... Vale. Muchísimas gracias. - Agradecía Lliffy al maestro de establo. - Chicos, en marcha.

El grumel arreó unas palmadas suaves sobre el pelaje del animal para que éste se agachase y los pandarens se pudieran subir con mayor facilidad mientras Musi dejaba a Mogueh cerca de las escaleras para que le esperase, con la correa enlazada en lo primero que vio para amarrar. Cuando los tres procedieron a subirse, en el rostro del animal se mostraban gestos de fatiga por el peso de cada uno de ellos... Cada esos gestos se hacían más significativos, sobre todo cuando la parienta subió la última de ellos.

- Mi madre, qué de lujo tiene el bicho este... - Pronunciaba Musi sintiéndose una reina encima del animal. - Esto sí que es clase.

- Y tanta.- Respondía Xingani.

Por otro lado, Lliffy sacó un gorro de explorador. ¿Qué quieres que os diga? Le hacía mucha ilusión al hombre.


Los pandarens procedieron a dialogar mientras el yak subía por las dichosas escaleras:

- X: Pues se está cómodo y todo. *:D*

- M: Ahora que lo pienso, yo debería sentarme delante. Aquí detrás me siento mercancía, Alfre.

- Ll: Pues me extraña que hayas subido tu sola, si necesitas ayuda para subirte encima de Mogueh. Con ese culo que tiene...

- M: Al menos no soy como tú, que te tocas el higo cada vez que encuentras la situación. *¬¬*

- X: *Risa descarada*

- Ll: [...]

Después de un rato subiendo...

- Ll: Yo quiero uno de estos en casa. En serio, qué porte...

- M: Pues curra.

- X: O róbalo, también es una opción.

- Ll: A ver si puedo hacer mis pinitos...

- M: Xin, cuando bajemos, prepara el cuello para la mayor colleja del siglo.

- X: *glubs*

Acercándose al final de la escalera:

- Ll: Cada vez me cuesta más respirar...

- M: A mí también... T eso que vamos sentados...

- X: Me duelen los oídos... *Se coge de la cabeza*

- Ll: Veo algo... *Achina los ojos* Es la taberna de la Goya esa...

Sin embargo, el camino se empezó a derrumbar por el peso de los cuatro. Mientras el yak intentaba estabilizarse, los pandarens temían lo peor:

- X: ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!

- M: ¡ALFREEEEEEEEE!

- X: ¡QUE ME CAIGOOO!

- M: ¡ESO TE PASA POR GORDO! *Sufriendo los tambaleos*

- X: *Agarrándose lo máximo que podía*

- Ll: *Intentando controlar al animal* ¡Ayuda!

- M: *Se baja del yak en cuanto pudo*

- X: *No pudo resistír más y se cae al suelo* ¡Aaaaaaaah! Duele...

- Ll: *Pega un brinco desde su sitio y aterriza firmemente*

Por otro lado, el yak sufrió la peor parte. Sufrió el desprendimiento cayendo al anterior nivel de escaleras, lo que le provocó una huida pavorosa hacia el inicio.

- M: Pobre animalito...

- X: *Se sentía ignorado por culpa del yak*

- Ll: *Viendo al animal* Poh se va...

- X: *Se recompone* Nadie ha visto nada...

- Ll: En fin, espero que no lo echen de menos.

- X: No creo.

- M: Si alguien pregunta, no sabeís nada. ¿De acuerdo? Sigamos.

Tras este acontecimiento inesperado, los tres pandarens continuaron su subida a la cima. ¿Cuáles fueron las respuestas que encontraron?¿Cuáles fueron sus reacciones?





jueves, 24 de marzo de 2016

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 3)

Tras la tormenta que la señora de la casa desató en esa humilde granja, la calma llegó. Musi bajó a la planta de abajo, intentando relajarse lo más que pudiese, mientras, los otros dos no se podían creer que habían sobrevivido a tal fiera. Exhalaron un suspiro al unísono y luego se miraron mutuamente.

- Ufff, bueno...- Se relajaba Xingani.

- Cómo que "bueno". La próxima vez te las apañas. ¡Mi comida, mi tesoro! - Le regañaba Lliffy al joven pandaren.

- ¡Pero si hace un momento me pedías a mí! -

- ¡Niño, que comes de mi sueldo! -

En mitad de la discusión doméstica, la parienta irrumpió con un mandato escandaloso.- ¡BAJAD LOS DOS! ¡YA! -

Un nuevo escalofrío recorrieron por los cuerpos de Xin y Lliffy y obedecieron velozmente al reclamo de Musi. Ella les estaba esperando en las puertas y, al llegar estos, se mantuvieron en una posición militar a la espera de la orden de la sargento. Sin embargo, la cara de Musi no era como se la esperaban: una sonrisa de convenida aparecía en su rostro.

- Vamos a El Alcor de inmediato. ¡Quiero noticias, NO-TI-CIAS FRES-CAS! - La sangre de maruja empezaba a bullir por sus vasos sanguíneos.

- ¿Tan pronto? ¿Por qué? - Reprochaban los dos.

De nuevo, se le marcaron las venas de la frente de la mujer y patadea el suelo impacientemente. - ¿Es necesario dar explicaciones? -

Los dos hombres tragaron saliva y asintieron la cabeza como buen calzonazos que eran.

- Iré a por Mogueh...- Lliffy tiró al recinto donde tienen las cabras durante los momentos de no pastoreo y saca una con un cencerro destacado. Era la única de las cabras que se dejaban montar.

Babas, al que su dueña se preparaba para irse de casa, empezó a seguirla. Sin embargo, ésta le ordenó aguardar en casa.



Mientras, Xin se encontraba con ella. Cuando Lliffy estuvo lo suficiente cerca, Musi empezó a... Interrogar al joven pandaren.

- Y ahora tú...- Le miraba de forma fría.

Al escucharla, Xin se giraba lentamente hasta estar en frente de ésta.- ¿S-sí?

- Dime dónde guarda sus provisiones el inútil de mi marido.- Le presionaba en una postura de brazos cruzados.

- C-creo que de-detrás de la cama...- Le decía mirando al cielo por falta de valentía, aunque desvía sus ojos a ellas por temor a su reacción.

Y era de esperar, Musi le empezaba a mirar con una mirada entrecerrada con un significado de escepticismo que inquietaba incluso a cualquier rey o jefe de guerra.

Acorbadado, le respondía.- ¡Y-ya le vi comiendo cuando llegué allí, lo ju-juro! -

Musi le seguía presionando con aquella mirada, pero se percató de que Lliffy llegaba con Mogueh desde el corral, por lo que se relajó e hizo un voto de confianza a su sobrino.- De acuerdo...-

Cuando llegó, Lliffy se desmontó de Mogueh y, tras él, Musi se puso su gorro de paja y se subió a Mogueh. El animal no le parecía molestar el peso de cada uno de ellos, por lo que siguió con sus cosas.

Tras preparar la casa para la salida y dejar a Babas en la puerta de ésta, los tres pandarens se dirigieron a la capital del valle como una imagen de la Natividad, solo que en vez de José tirando de la mula y María apunto de parir, era Musi con impaciencia por llegar, su marido tirando de la cabra y preguntándose al mismo tiempo si esto era vida, y Xin detrás de su tía relajado y sin parar de observar aquel mundo que le rodeaba.

- CORTINILLA DE ESTRELLAS -

Un poco antes de entrar en El Alcor, Lliffy pudo observar más revuelo que en el día anterior. El bullicio de la vida local se escuchaba bastante desde aquella distancia, por lo que por momentos Musi irradiaba mayor interés. En cambio, Xin seguía con su rollo de inocente, aunque le empezó a rugir el estómago de repente.

- ¡A la aventura! - Decía Musi con una pose de descubridor mientras su marido se avergonzaba cada vez más.

A cada paso que daban, el gentío era cada vez más apreciable. El olor de los manjares que se cocinaban allí les entraban en las fosas de los hombres como agua bendita, haciendo más decadente el desayuno que tomaron.

Una vez que llegaron, Musi bajó de Mogueh y, remangándose, cogió carrerilla y entró de lleno en el gentío, dispuesta a arrasar con todos. Por otro lado, Lliffy y Xin se propusieron tomar el brunch en la taberna de la ciudad.

El panorama era el siguiente: los transportistas, una vez asumidos el tema de quedarse estancados en El Alcor durante un tiempo, empezaron desde muy temprano a vender sus mercancías a precios que provocaban una gran competitividad con los mercaderes del pueblo, los peregrinos no les quedaron otra que asentarse hasta próximo aviso hasta el punto de pedir alojamiento a los vecinos, etc.

Tras un par de horas cosechando información, la señora pandaren entró en la taberna, donde se encontraban los dos hombres teniendo un percance con el propietario hozen. La conversación era la siguiente:

- Unos menudillos de mushan y dos cervezas de Trueno, por favor. - Pedía amablemente Lliffy a Den Den, el camarero-propietario.

- Sí, por favor.- Reafirmaba Xingani.

- ¡Uh, uh, Dingue dar a panda carne mustia! -

- [...] - Ambos pandas se quedaron en blanco y el hozen sirve el plato.



- Mejor que la comida de la tía es. - Bromeaba Xingani con su tío. Ambos se dispusieron a probar los platos que el tabernero les sirvió.

- Diós, cómo echo de menos la sopa de esta mañana. - Al parecer, no era de su agrado ese plato de carne al mayor de los dos. - Menos mal que los Cerveza de Trueno no defraudan. - Empezó a beber seguidamente.

- ¡Nunca! - Alzó la voz Xingani.

- Aunque... Parece un poco aguado... - Lliffy se paró un momento para estudiar esa cerveza...

- ¡Ahora pandas pagar a Dingue! - Se impacientaba el hozen.

- ¿Pagar? ¿Crees que esto es calidad? - Se indignaba el viejo pandaren con el propietario.

Ese comentario no le sentó muy bien al tabernero. Es más, su instinto salvaje cada vez se hacía más presentable en establecimiento. Para no buscarse ninguna bronca en el lugar, tanto con el propietario como con la parienta, los dos pandarens tuvieron que ceder:

- ¡Esos modales, macaco! - Decía Lliffy mientras buscaba en sus bolsillos y, seguidamente, aflojaba la pasta. - Dios, mucha geta tiene algunos.

Tras la regañina, los gritos de Musi eran cada vez más nítidos, más fuertes. Cada vez estaba más cerca de la taberna.

- ¿Dónde estáis? - Gritaba la mujer de Lliffy a los cuatro vientos.

Al escuchar los gritos, Lliffy cerró la boca de Xin de inmediato, el cuál estaba algo acobardado. - No-di-gas-na-da.-

Entonces, esta se presenta en el local algo cansada y resoplando. Cuando los dos hombres escucharon aquellos pasos notorios que Musi hizo al entrar, se dispusieron firmes instantáneamente y se dieron la vuelta para saludarla de una forma antinatural.

- ¡Ho-hola! - Saludaba Xingani.

- ¡Por fin que os encuentro! -

- ¿Qué tal te fue? - Preguntaba Lliffy a su esposa.

- Finiquitao'.-

- Me alegro.-

- ¿Y por qué hay tanta gente? ¿Y los agentes del Shado-Pan? - Preguntaba Xingani.

- ¡Es verdad, no lo vais a creer! ¡Extranjeros en el bosque! - Emocionada respondía Musi.

- ¿Extranjeros? ¿En el bosque? - Preguntaban los dos impactados.

- ¡Y UNA BATALLA CERCA DEL TEMPLO! ¡LA ESTÁN ARMANDO PERO BIEN! - Respondía Musi.

- ¡¿BATALLA?! -




miércoles, 23 de marzo de 2016

El Heredero Cap. 7

Capitulo 7- Llamamiento

Imperialdra se dirigió hacia la calle donde se hallaban las grandes casas sobrevivientes a la destrucción de Lunargenta. Nunca le habían llamado la atención aquellas casas. Siempre había pensado que los ricos y nobles eran una panda de arrogantes egocéntricos y de hecho; todos los que había conocido, en su mayoría protectores, miraban por encima del hombro a sus compañeros como perdonándoles la vida por tener que molestarse en protegerlos.

Pero Yuhe era muy diferente. Siempre dispuesto a servir y proteger a cualquiera que lo necesitase sin pedir nada a cambio. Nunca se habría imaginado que había crecido en una mansión con sirvientes si él no se lo hubiera dicho.

Sonrió como una niña pequeña al sentir el hormigueo que le recorría el estomago cada vez que pensaba en él. Estaba deseando verle de nuevo. Aflojó el paso y empezó a dudar, quizás era demasiado descarado presentarse en su casa, al fin y al cabo hacía poco que pertenecía a su escuadrón. “pero soy la sanadora, es normal que me interese por su recuperación” se convenció a sí misma y retomó el paso, dobló la esquina. Allí estaba la vieja mansión con el escudo de los Runaplata labrado en piedra sobre el dintel.
Reconoció al mensajero oficial que estaba entregando correo en la puerta. Conocía a la mujer personalmente, era una vieja amiga de su tía.

-¿¡Cómo estás ni niña?!- la mujer le dio un cariñoso abrazo.- Perdona que no haya ido a verte pero he estado de lo más atareada con tanto comunicado oficial. La cosa anda muy revuelta y las noticias de Tierras Devastadas no son buenas. Lord Theron ha llamado a todos sus consejeros. Ves esa casa de ahí-señaló la mansión Runaplata sin parar de hablar- ahí vive un pez gordo del consejo arcano. Dicen que es el mayor experto en cosas de demonios. Yo digo que es un viejo brujo de lo más estirado y desagradable. ¡Nada que ver con su hermano Koga! Yo le conocí ¿Sabes? Su hermano sí que era un encanto ¡Y muy guapo! ¡Guapísimo! - la mensajera dio un profundo suspiro. Imperialdra no tuvo muy claro si era por recordar un amor de juventud o porque necesitaba aire para seguir hablando. -Tu madre sirvió en su batallón ¿lo sabías? Seguro conoces a su hijo. ¿No le conoces? Tiene tu edad. Un muchacho moreno, muy atractivo. Seguro que le conoces. ..

Mientras la cartera seguía con su retahíla algo llamó la atención de la paladina. Un cuervo negro se posó sobre el escudo de piedra de la mansión. El pájaro no era de la fauna autóctona, tenía que ser compañero de algún cazador. Una figura cubierta de pies a cabeza con una raída capa de cuero se detuvo al pié de la escalera seguido de un enorme lobo gris.

-Botas gruesas, gastadas y polvorientas, paso firme. Un explorador – Pensó Impe. Si por algo era una excelente sanadora era por su gran capacidad de observación.

La puerta se abrió lentamente y de ella salió un hombre pelirrojo, que por su vestimenta tenía más pinta de truhan que de noble. Entregó al hombre de la capa lo que parecían unas páginas enrolladas, murmuró algo y el otro asintió. Ambos se marcharon cada uno por donde había venido.

……a tu orden. Y hablando de orden, ahora que lo mencionas-La señora cartera que no había dejado de hablar rebuscó en su zurrón.- También hay un llamamiento para los caballeros de sangre.
 Impe cogió la carta sin prestar atención. La escena de la escalera le había resultado tan extraña que se sentía desconcertada. No era porque los dos hombres la habían mirado directamente a ella por un instante. Si no por el color de ojos del encapuchado.

-o-

“…y a pesar de estar sellado en mi interior siento como lucha por abrirse camino hacia mi conciencia. Mi voluntad es fuerte, cada vez estoy más cerca de hallar el modo de deshacer esta maldición.
Mi investigación me ha traído hasta Rasganorte. Aquí es muy probable que… “

Era la última anotación del diario, las siguientes páginas estaban arrancadas y el resto en blanco. Eray las pasó frenética, no había nada más escrito. Lo cerró de golpe. Nunca se había sentido tan impotente y frustrada. Se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos.

-¿Que se me escapa?- Se repetía una y otra vez- ¿Qué salió mal?

Pensar que la muerte de Koga había sido en vano dolía demasiado, sin embargo era evidente que el demonio dominaba a voluntad la conciencia de su padre. ¿Les había estado engañando y riéndose de ellos todos estos años? ¿Por qué ahora? ¿Por qué Yuhe? ¿Había dejado Koga algo en herencia a su hijo? ¿Algo que Razíd ansiaba y no podía tocar? Entonces tendría algo de sentido haberle nombrado heredero pero...no, era absurdo. Koga murió sin saber de la existencia de su hijo. No lo sabía.

Eray quedó pensativa unos minutos y de repente la luz se hizo en su cabeza. Se puso en pié impulsada como por un resorte. - ¡Eso es! ¡No lo sabía!-Tenía que hablar con Yuhe y contarle toda la verdad sobre su padre.- Koga nunca supo que su mujer dio a luz. La maldición...

La puerta se cerró de golpe. Una figura voluptuosa empezó a tomar forma delante de la puerta.

-¿¿La súcubo de mi padre??- Zerth jamás invocaba demonios dentro de la casa excepto en su laboratorio. Algo iba condenadamente mal.- ¡Déjame pasar demonio!

La súcubo se recostó contra la puerta y se estrujó los pechos de forma lasciva – solo obedezco al maestro.

-No puedes impedirme salir.

- Claro que no querida pero tú no quieres salir, tú lo que quieres es dormir.- La súcubo hizo un gesto con su mano y un enorme sopor invadió a la sacerdotisa. Solo le dio tiempo de agarrarse al brazo del sillón antes de caer en él profundamente dormida.

Yuhe se dirigía al pequeño despacho donde el ama le había dicho que encontraría a su tata para despedirse de ella. La puerta cerrada le frenó en seco. Era extraño. Si mal no recordaba, aquella puerta no tenía cerrojo. Volvió a forcejear con la puerta y finalmente consiguió abrirla. Tendría que pedir que la revisaran.

Eray estaba dormida en un sillón con un libro en su regazo. Yuhe se agachó para ponerse a su altura, le cogió la mano y observó su dulce rostro en el que empezaban a marcarse las arrugas. El paladín la beso en la frente y se despidió con tristeza. Era la peor parte de la vida que había elegido: estar lejos de la familia.


-o-

domingo, 21 de febrero de 2016

El descubrimiento de Pandaria: Olor a pólvora y manada de cabras. (Parte 2)

Ya era de esperar que los acontecimientos entre ambas facciones evolucionasen a un ritmo alarmante para la población pandaren en todo el continente. La Alianza consiguió el apoyo de los jinyus, los cuales se mostraban escépticos al principio con estos, y la Horda se ganó el apoyo de los hozens del bosque, derrocando a su antiguo líder y defendiéndolos de las amenazas que se presentaban, tales como el hambre, las rivalidades jinyu y hozen, y la Alianza como nuevo problema. Gracias a estos avances en el norte y sur del Bosque de Jade, la tensión aumentaba por momentos...

Sin embargo, en la humilde casa de nuestros granjeros, las noticias de la inminente batalla seguían sin venir. Los esfuerzos del Shado-Pan por mantener la calma en el valle se volvían cada vez más fastidiosas... El olor a pólvora llegaba cada vez más al centro del continente, por lo que los rumores ya corrían desde muy temprano. El poder de la información era demasiado poderoso como para que los guardianes del muro lo manteniesen a raya.

Pero no vayamos tanto al grano. Empecemos narrando esa mañana:

La vida en villa Zarpa Ventosa continuaba sin ningún traspié. Tras el sonido del gallo, Musi comenzó a trastear con el desayuno, Lliffy se levantó después de su esposa a contemplar el paisaje por la ventana de su habitación. Xin, en cambio, ha tenido un momento de retraso, lo cual escuchó al gallo 15 minutos tarde. Tras su despertar, se dirigió al piso de arriba a hacerle compañía a Lliffy. Babas se mantenía dormido en su lecho de trapos sucios.

Mientras Musi tarareaba una canción de pueblo mientras cortaba las verduras, los dos hombres discutían sobre sus labores para ese día.

- Te dije ayer, Y TE RECORDÉ ANOCHE, que necesitaba ayuda en el cobertizo.- Lliffy le enunciaba a Xin su labor un poco molesto.

- Oh, mierda. Es verdad... Se me olvidó por completo.- Decía Xin mientras se rascaba la cabeza un poco avergonzado.

- Pues nada, tú sigue durmiendo, como lo hacemos los demás.- Las broncas de Lliffy eran un tanto sarcásticas.

Mientras tanto, Musi estaba acabando con el desayuno. Para esa mañana, ella había preparado una sopa de verduras.

- En fin...- Suspiraba Lliffy negando la cabeza de decepción ante Xin.

- Entonces, ¿qué quieres que haga?-

- Pues darme una alegría, de vez en cuando.-

- A saber cómo...-

- ¡BAJAD, PAZGUATOS! - Musi, aporreando una cacerola y un rodillo de cocina, gritaba al piso de arriba avisando del desayuno. Del grito, Babas empezó a despertarse, un poco molesto, y, seguidamente, bostezaba tendido en su lecho.

- Anda, ve a desayunar.- Ordenaba Lliffy a Xin de forma más sosegada.

- ¡A desayunar! - Continuaba Musi gritando.

- Sí, que ya mi estómago empieza a rugir.- Xin obedeció a su tío y corrió al piso de abajo. Saludó a su tía y se sentó rápido en la mesa.

Tras Xin, Lliffy bajó seguidamente de una forma más perezosa, rascándose la barriga de forma varonil. Musi le observaba negando la cabeza. Era una de las cosas que odiaba de su marido, entre muchas otras...

Ya abajo, el hombre de la casa le besó en la mejilla. - Buenos días, cariño.- Le deseó a ésta seguidamente.

- Venga, coge sitio que voy a repartir.- Mirándole un poco cabizbaja.

- ¿Qué hay de comer? - Preguntó Xin a su tía.

Musi se giró hacia la cocina para ir repartiendo los cuencos. - Sopa.-

Los dos pandarens se vieron decepcionados ante tal desayuno, guardando un pequeño tiempo de silencio, hasta que Xin lo rompió. - ¿Sopa para desayunar? -

Viendo que a los hombres no les sentaron bien ese menú para desayunar, la señora empezó a crujir los nudillos como forma de aviso. La respuesta de Lliffy y Xin fue un trago amargo de saliva y tomar la sopa a sorbos, sin rechistar. Al mismo tiempo, Musi cogió su propio cuenco y se sentó a degustarlo al lado de su marido tomando pequeños sorbos. Sin embargo, los dos hombres empezaron a mantener una conversación entre susurros.

- ¿No te parece algo insípido? - Le susurraba Lliffy a Xin.

- Bastante, la verdad. - Le respondió a éste.

- ¡Shhhhhh, que te puede escuchar con esas orejas super tonificadas! - Le advertía susurrando.

Como era de esperar, subestimaron el poder del correveydile de Musi, la cual respondió ante esos susurros mientras se le marcaba la vena de la frente. - ¿Perdón...? -

Los hombres, asustados, empezaron a responder de cualquier manera para apaciguar a la señora.

- Digo que nadie supera tus sopas, tía. Son muy buenas, bastante buenas.- Respondía Xin con una sonrisa temblorosa.

- Muy buena, cariño...- Respondió Lliffy de manera casi antinatural. - Todo un desayuno continental.-


Musi se emociona a escucharlos, de manera un tanto teatral, respondiéndoles... - Pues ha sobrado, así que preparad los cuencos que hay que acabársela.-

Los hombres empezaron a arrepentirse de sus actos por dentro. Por fuera eran más sonrisas forzadas o un "¡Qué bien!". Por otra parte, Musi no iba a repetir, sino se dirigió a lavar su cuenco mientras seguía tarareando aquella canción de pueblo.

- Pssssss. - Le chistaba Lliffy a Xingani. - Dime que tienes algo guardado en los bolsillos para comer.-

- Qué va.- Le respondió de con voz baja. - Ayer me acabé la cena de media noche.-

- Dios... Esto no se lo daba yo ni a los peces de acá.-

- Ya te digo...-

Durante la conversación secreta que Lliffy y Xin mantenían, Babas se espabiló de una vez, con lo que Musi respondió. - ¡Ayyy, mi Babas! - Seguidamente, le sirvió un cuenco de comida que a los dos hombres le parecía mejor que aquella sopa.

- ¡Ya he terminado! - Decía Lliffy a Musi de forma conveniente. - Voy a por las herramientas al piso de arriba...- Se marchó de ese piso, dejando a Xin tirado en la mesa.

- ¿Y ahora qué hago yo? - Pensaba Xingani en voz alta.

- Anda, ve a ayudar a tu tío...- Le respondió Musi mientras se volvía a la mesa y la recogía para lavar los cuencos.

- Está bieeeeeeen...- Xingani empezó a subir las escaleras de forma perezosa.

- ¡Luego tenemos que volver a El Alcor, que quiero enterarme de más cotilleos! - Grita la parienta, pero sin respuesta.

Dentro del piso se arriba, se encontraba a Lliffy rebuscando entre sus cosas algún resto de la comida de ayer. El muy gañán ocultaba sus cosas debajo de su almohada, cubierto con una tela para proteger. Desenvolvió los restos de ayer y empezó a comer en secreto. Xin, nada más pisar el suelo de ese piso, vio a su tío sentado de espaldas al mundo. Sabía lo que hacía...

- ¿TE QUEDA ALGO? - Preguntó de forma desesperada.

Lliffy, al escuchar a Xin, tragó una buena parte de lo que tenía guardado, tanto que sonó por el piso ese trago.

- ¡Pasa! - Pedía Xin.

- ¡Calla! -

- No diré nada si me das un poquito.-

- Toma, pero solo un poco.- Le cedió un mendrugo de pan y un poco de la cena de ayer.

- ¡Gracias! -

- ¡Shhhhhh! - Le chistó Lliffy a Xingani.

Lo que ellos no sabía, es que Musi le olía a sospecha. Tanto tiempo para coger su cinturón de herramientas la obligó a subir las escaleras de forma sigilosa hasta encontrarles con las manos en la masa.


 Musi empezó a patadear el suelo de forma impaciente y lo combinó con una tos fuerte y falsa. - ¡Ejem! -

Cuando se percataron de que la parienta les había pillado, empezaron a secretar sudores fríos por sus cuerpos y, titubeantes, se giraron para verla mejor. Musi entró en un estado de furia (Modo Sombras) y desenfundó su sartén para repartir lecciones de humildad a estos dos, los cuales suplicaron por sus vidas. Lógicamente, nadie escuchó sus súplicas...


Los granjeros que entraban a trabajar en sus respectivos huertos pudieron escuchar la bíblica bronca que Musi soltó esa "tranquila" mañana.

- ¡HASTA LOS OVARIOS ME TENÉIS! - Furiosa, se arregló las mangas y, después, bajó las escaleras de forma frustada.

En esa mañana... Los dos hombres lloraron de tal manera que incluso los vecinos temieron por sus vidas al escuchar esos gritos de ira infinita.

viernes, 18 de diciembre de 2015

El Sendero de la Furia VII. Golpeados por el rayo



El viejo chamán observaba calmado el camino. Era una mañana como otras tantas en Nagrand: el sol calentaba su vieja y curtida piel con fuerza, mientras la brisa suave mecía su larguísima barba. Sin embargo, sus viejos huesos habían percibido una agitación inusual en los elementos: No iba a ser una mañana cualquiera.

Esperó durante horas al borde del camino, y cuando la mañana comenzaba a dar paso al mediodía, se levantó para poner rumbo a su humilde cabaña y calmar el hambre. No vio venir a los tres extraños al fondo del sendero, sus ojos ya no eran lo que habían sido, pero sin duda alguna sabía que se acercaban. Los espíritus elementales que se arremolinaban en torno al Trono de los Elementos, atraídos por la energía de las furias, bullían con excitación ante la presencia de los jinetes. El viejo se plantó en mitad del camino y se irguió todo lo que su maltrecha y achacosa espalda le permitía, lo que, pese al cayado que necesitaba para mantenerse en pie, conformaba una imagen bastante intimidante. 

–Saludos, viajeros, mi nombre es Zor´Tek y sirvo a las furias. ¿Quiénes sois? – El viejo examinó con sus ojos casi ciegos a los recién llegados. Habría jurado que dos de ellos, además de enormes, aunque no tanto como él, eran verdes. Sus ojos sin duda ya no eran de fiar.

-Mi nombre es Shan´Nah, Hija de Idnaar del Clan Lightningblade. Ellos son mi hermano Gromil y Pan´Chok de los Riecráneos. 

Pan’Chok saludó animado con la mano, a pesar de que era evidente que el viejo chamán probablemente ni vería el gesto. Al percatarse de esto, comenzó a hacer formas con sus manos: primero un roc, luego un lobo, mientras se esforzaba por contener la risa. Gromil, irritado por la falta de respeto al anciano chamán, propinó un puñetazo en el hombro al Riecráneos, que cogido con la guardia baja se cayó de su montura. 

-Estoy viejo y mis ojos ya no son lo que eran. - El anciano sonrió. – Pero veo suficiente como para percatarme de tus tonterías, Riecráneos.

-Discúlpale, a veces hace estas cosas. – Gromil trató de congraciarse con el anciano.

-No importa. – El chamán hizo un gesto con la mano, restando importancia al suceso.- Así que hijos de Id´Naar del Clan Lightningblade. Es un nombre que siempre le gustó a mi difunta compañera para sus nietos. Por desgracia, nuestro Graz’kar ya no vivirá para darnos nietos, ni ella estará aquí para verlo.- El rostro del anciano se ensombreció.

-Es Idnaar, todo junto. – Corrigió Gromil, a pesar de que había atado cabos rápidamente y sabía lo que las palabras del anciano significaban para ellos. Estaban en presencia de su ancestro. – Hemos venido a ver a las Furias.

- Lo sé, joven, los elementos están inquietos. – El viejo echó a andar por el camino. – Seguidme, sólo tú y tu hermana.

Pan´Chok iba a protestar pero se lo pensó mejor. Las Furias eran entes muy poderosos, y nunca salía nada bueno de tratar con ese tipo de poderes. Sin duda, la siesta a la sombra sería mucho más productiva.

Gromil tenía un nudo en el estómago: conocer a su antepasado era ya de por sí toda una ocasión, pero las Furias eran palabras mayores. Incluso su hermana, mucho más tensa de lo normal, estaba evidentemente nerviosa. Sin embargo, el viejo caminaba calmado y sereno, sin miedo.

Fueron conducidos hasta el centro del círculo de piedras, donde tres de las Furias se alzaban imponentes, enormes y aterradoras, mientras que un joven elemental de tierra ocupaba el lugar de la Furia de Tierra. El daño hecho por la Horda de Hierro comenzaba a sanar.

Shan´Nah no sabía qué hacer. Ella era una simple guerrera. Nunca había pensado que estaría ante aquellos seres y no sabía cómo comportarse; la grandeza de los elementales le hacía sentirse insignificante. Aquellos seres eran Draenor, y ella una simple orco. No se atrevió a mirarles directamente, y clavando sus armas en el suelo se arrodilló ante los majestuosos entes. Gromil, sin embargo, reunió el valor para quedarse de pie frente a las Furias, pues él era el chamán de su Clan, había sentido la llamada de las Furias desde que había puesto el pie en Draenor por primera vez, y pensaba averiguar el porqué.

-¿No te arrodillas, Gromil? – Kalandrios, la Furia de la tormenta preguntó, con su voz formada por el crepitante chisporroteo de la electricidad.

-No, vosotros me habéis llamado. – Tragó saliva, tratando de aparentar estar más convencido de lo que realmente estaba. – Tengo una teoría: vosotros me habéis traído hasta aquí, habéis obrado a través de mí. Mis poderes no son tan grandes como todo lo que he hecho últimamente. Queréis algo de mí, de nosotros. – Miró directamente a Aborius, la Furia del agua y responsable de la restauración, y con casi total seguridad de que su hermana no estuviese muerta.

Incineratus rió con un crepitante sonido como el de las ascuas al saltar. – Tenías razón, el muchacho es inteligente y el fuego arde en el espíritu de su hermana. Nos servirán bien. Levántate, chiquilla.- Shan´Nah obedeció.

-Os hemos ayudado porque tenemos una misión para vosotros.- La voz de Aborius era suave y calmada, como la corriente de un arroyo.

-Se avecina tormenta. – La atronadora voz de Kalandrios interrumpió la explicación de Aborius. – El destino os hizo aparecer en nuestro mundo justo en el momento adecuado, pues Zor´Tek es todo lo que queda de los Lightningblade, y aunque nos sirve bien, no está en condiciones de enfrentarse a lo que viene

-Gordawg, mi anterior encarnación, se corrompió por la obra de Cho´Gall. – El pequeño elemental de tierra hizo una pausa, admitir aquello no era agradable. – Fue destruida por héroes de vuestro mundo para sanar el nuestro y permitirme renacer en esta nueva forma. Sin embargo, las enseñanzas de Cho´Gall no se han perdido: su impía magia aún permanece, y hay quienes pretenden utilizarla contra nosotros de nuevo.

- ¡No podemos permitirlo! ¡Todos los restos de esa Horda de Hierro deben arder, volver a la tierra en cenizas! – La Furia de Fuego estalló, iracunda.

-Lo que Incineratus trata de decir es que la Horda de Hierro, o más bien la Horda Vil, ahora está fragmentada y desesperada. Sabemos que traman usar ese poder de nuevo contra nosotros sin importar el precio que el mundo deba pagar. Sin embargo, no podemos hacer nada. Necesitamos que seáis nuestros agentes en esta misión, pues tienen magia poderosa que nos impide actuar directamente.

-Existe una barrera de magia impía en el mundo espiritual que les protege de nuestro poder. – La Tormenta habló. – Necesitamos que paséis la barrera en el mundo físico, y una vez allí la derribéis desde dentro en el mundo espiritual.

-Lo haremos. – Se apresuró a decir Shan´Nah. – Aunque no entiendo bien cómo puedo ayudar yo en toda esta cosa mística.

-Tú deberás proteger a tu hermano mientras está en forma astral derribando la muralla en el reino del espíritu. – La pequeña Furia de tierra explicó.

-Pero yo allí dentro no tendré poder, habéis dicho que vosotros no tenéis poder una vez pasada la barrera. – Gromil trataba de procesar toda la información.

-Sólo aquellos con el Rayo en sus corazones… podrán enfrentar a la tormenta. – Dijo Zor’Tek, sin dirigirse a nadie en particular. - ¡Eso es! El viejo dicho de nuestro Clan es más literal de lo que parece. –Dos rayos descendieron sobre las espadas de la joven guerrera, que adquirieron un brillo azulado en el nervio central como única respuesta.

Shan´Nah recogió sus armas y sintió una conexión instantánea con ellas, como si de algún modo las armas estuviesen ahora vinculadas a su misma esencia y fuesen una prolongación natural de su brazo. Miró a su hermano y asintió.

-Haremos lo que nos pedís. – Gromil hacía gala de una resolución como nunca antes se había visto en él, que hacía a su hermana sentirse orgullosa. – Derribaremos la barrera.
-Id pues, Hijos del Rayo, Draenor cuenta con vosotros. – La Furia de agua los despidió.


Caminaron por el sendero, alejándose del círculo de piedra junto al anciano, en silencio, hasta que éste decidió hablar.

-Sois forasteros de otro mundo, un mundo diferente.– Hizo una pausa.- El Clan allí nunca fue destruido, ¿verdad?

-En realidad sí, la Legión lo hizo. – Respondió Shan´Nah, con escasez de tacto.

- Y vuestro padre Id´Naar…

-Idnaar. – Se apresuró a corregir Gromil. – Es hijo de Grazkar. Él y nuestra madre fueron los últimos de los nuestros. Han hecho un gran esfuerzo por reformar el Clan.

El anciano, con lágrimas en los ojos, abrazó a los dos jóvenes orcos. 

-Si se parece en algo a vosotros, debe ser un orco formidable. Graz´Kar se habría sentido orgulloso.
Shan´Nah y Gromil devolvieron el abrazo al enorme chamán. Al fin tenían lo que tanto ellos como sus padres habían buscado durante toda su vida: respuestas sobre su Clan, y una familia.

lunes, 14 de diciembre de 2015

El sendero de la Furia VI. Seguir adelante



El viaje había sido largo pero había valido la pena. Una vez que Pan´Chok los había sacado de aquella selva donde casi mueren, todo había sido coser y cantar. Talador estaba terriblemente tranquilo. Tras meses de asedio demoníaco a Shattrath, la Horda de Hierro se encontraba dispersa y había sido obligada a replegarse a Tanaan. La región disfrutaba de una paz que no había conocido en mucho tiempo.

Cruzarla había sido fácil, incluso agradable, a pesar de las bromas y chistes siniestros del Riecráneos, que de vez en cuando aún incomodaban a ambos hermanos. La tranquilidad y unos días de reposo habían obrado milagros, y permitido que Shan´Nah recuperase la salud y pudiera viajar a un buen ritmo de nuevo.

La guerrera lucía orgullosa los nuevos pertrechos que su hermano y Pan´Chok le habían conseguido, e incluso había logrado que ganasen suficiente dinero, gracias a las apuestas en combates contra algunos de los más veteranos guerreros que Orgullo de Vol´jin podía ofrecer. Shan´Nah estaba recuperada por completo; lejos quedaba ya el cuerpo roto y maltrecho al final del barranco, de la joven pendenciera que ahora bebía cerveza con curtidos veteranos y presumía de gestas que levantaban orgullosos aplausos entre los más viejos. “Así deberían ser todos los críos de hoy”, había dicho uno, antes de pasar a quejarse de los orcos practicando hechicería. 

Gromil era feliz; no sólo su hermana estaba sana y a salvo, sino que la historia de los muertos vivientes que Pan´Chok había narrado, había sido también un éxito, a pesar de que le habían acusado de exagerar en la última parte.

Un orco gargantuesco, manco, y borracho como una cuba se acercó a Gromil y lo examinó de arriba abajo.

-No pareces tan duro…- El manco miró fijamente a los ojos al chamán, que veía venir la pelea. – Pero les enseñaste a esas cosas a no subestimarte. – Le dio un par de palmadas en exceso efusivas y dolorosas en el hombro. - ¡Bien hecho, chaval, tu Clan estaría orgulloso! Una pena que los Señor del Trueno se los cargasen.- Como si fuera repentinamente consciente del triste hecho, agarró a Gromil con su brazo bueno y lo abrazó, bañándolo en cerveza. Pan´Chok, ante la escena, no pudo más que partirse de risa.


A la mañana siguiente compraron unas monturas con las ganancias que no se habían gastado bebiendo con los veteranos (que para ser justos, habían invitado a decenas de rondas), y partieron con una resaca que les hacía desear haber sido pasto del genosaurio.

La conversación no era muy amena; cansados y sin sentirse muy bien, cabalgaban en silencio, aunque eso al menos le daba tiempo a Gromil para pensar. El orco manco había dicho que los Señor del Trueno habían destruido a su Clan en este mundo. Era algo sorprendente, ya que en el mundo de donde venían ellos, habían sido aliados de su gente. En este nuevo mundo, la aparición de Garrosh lo había echado todo a perder.

Maldijo a Grito infernal, padre e hijo por igual, y elucubró cómo unos reforzados Señor del Trueno debían haberse olvidado de las alianzas forjadas, y tratado de absorber en su seno a los demás clanes. Los Lightningblade, si su abuelo se parecía en algo a Idnaar o a su hermana, se habría negado a ser un vasallo de nadie. Negó con la cabeza; el pobre bastardo no debía ni de saber lo que se le venía encima: la tecnología, la muerte sin honor con las armas de guerra goblins, las tácticas deshonestas, el modus operandi de la Horda de Hierro: victoria a cualquier precio. Todo aquello era simplemente despreciable.

Maldijo su suerte, pues en alguna parte de su interior había creído que tal vez en este mundo hallaría un Clan del que aprender, una familia grande y fuerte, tal y como las historias contaban. Uno que cuando les conociesen, les creyesen dignos, y en el que Idnaar podría por fin escuchar de labios de su padre cómo se enorgullecía de todo lo que había hecho.

Respiró hondo, apesadumbrado, y miró a la lejanía: pronto estarían en Nagrand. Tal vez no conocería a su Clan en persona, pero seguramente la Furia de la tormenta podría darle el conocimiento necesario para recuperar las tradiciones del mismo, y así enorgullecer a su padre y ancestros. Tanto en su mundo, como en este.

El sendero de la furia V. La noche de los ladrones de cuerpos.



Gromil resopló con fuerza. Su hermana, a pesar de no llevar la destrozada armadura, cuyos restos yacían ahora en la orilla del río, pesaba una tonelada. Recordaba las muchas veces que ella había cargado con él, como por ejemplo en su primera borrachera, o cuando aquel grupo de chavales trols le habían dado una paliza por bocazas. Shani había hecho que aquellos tres desearan no haber puesto un dedo sobre Gromil, y encima lo había cargado hasta casa, a pesar de que ella también se había llevado su parte.

Gromil se preguntaba cómo una orco sin un gramo de grasa podía ser tan pesada. ¡Él estaba gordo y ella lo había llevado decenas de veces como si no pesase! Decidió que al volver a casa debía comenzar a escuchar más a su padre y hacer algo más de trabajo físico. Siempre había pensado que la mayoría de las cosas que decía su padre sobre el ejercicio eran porque era ignorante y no había conocido otra cosa en la vida. Él era mucho más listo y compadecía a su familia en ese aspecto, incluso a su hermana, que tenía bastante más cultura que el orco promedio a pesar de ser una bruta cabezota.

Hizo una mueca y ladeó la cabeza levemente. La cabezonería y el mandonismo eran obviamente herencia de las mujeres de su familia. A veces se preguntaba si sin su madre tras el trono, Idnaar habría logrado ser un líder respetado. En el fondo sabía que el carácter brusco de Radna completaba de algún modo al carácter noble y amistoso de su padre.

De todos modos, Idnaar seguía siendo un gran guerrero; era un luchador fiero y astuto a pesar de su escasa educación. Los fosos de gladiadores habían sido excelentes maestros en ese aspecto. Probablemente de esos mismos fosos en donde nadie les ayudaba, era de donde provenía la inclinación de su padre a ayudar a todo el mundo desinteresadamente. Realmente tenía muchas cosas admirables; si tan sólo hubiese sido algo más culto, podría haber llegado a ser un prominente miembro de la Horda.

Pero él era más listo que su padre y ya contaba con el Clan para respaldarle; él iba a ser un gran chamán, tal vez al nivel de Drek´thar o Thrall, aunque para eso debía recibir la bendición de la furia de la tormenta, y para llegar ahí debía ser capaz de encontrar un lugar seguro en donde esperar a que su hermana se repusiera.

Un ruido entre los matorrales le sobresaltó y se sorprendió rezando para que no fuese otra de esas adorables plantitas asesinas.

-¡Tío, pensé que erais pasto de los vainetes! - Pan´Chok sonrió.- Hasta que encontré vuestro rastro abajo del barranco. Déjame que te ayude con ella.

El Riecráneos alivió parcialmente la carga de Gromil al ayudarle a transportar a su hermana.
-Necesitamos resguardarnos. - Gromil hizo una pausa, considerando el significado de sus palabras. - Ella casi muere, y ha perdido sus armas, pertrechos y armadura. A mí aún me queda la mochila, aunque las raciones están empapadas e inservibles.

Pan´Chok le habría dado una palmada en la espalda a Gromil de no estar usando el brazo izquierdo para cargar a la inconsciente Shan´Nah.

-Tranqui, tronco, conozco una cueva cerca de aquí. Está resguardada y hace unos días que un tren lleno de armas y municiones descarriló. Podemos ir a investigar los restos, algo apañaremos.
Gromil ladeó la cabeza, no muy convencido con la idea de abandonar a su hermana en una cueva, pero tampoco era como si tuviesen más opciones. Decidió cambiar de tema.
-¿Tronco? - Preguntó ante la curiosa palabra del gorgrondés.

-Ya sabes, es una palabra de aquí, es en plan: colega, amigo... Tiene gracia porque esto está plagado de plantas vivientes. ¿Pillas el chiste?

-Es siniestro hablar así de cosas que te podrían matar.

-Lo sé. Hilarante, ¿verdad? – Pan’Chok echó una carcajada digna de un demente, y Gromil pensó que todo lo que había leído sobre que los Riecráneos estaban locos, se quedaba corto.

Tras dejar a Shan´Nah en la cueva, a pesar de sus protestas, y caminar un buen rato por la selva, llegaron a una explanada de carácter poco natural. Era impresionante como la Horda de Hierro había sido capaz de montar aquellas vías en mitad de una selva, pero lo verdaderamente impresionante era el destrozo que los habitantes de aquella selva habían hecho al hacer descarrilar el tren.

El cadáver de un enorme magnarón, parcialmente recubierto de vides se encontraba tirado obstruyendo la vía. Probablemente la locomotora había chocado con la bestia. A los alrededores había vagones, cajas y cadáveres de orco. Al menos la parte de conseguirle una armadura nueva a su hermana no iba a ser difícil: había decenas de muertas, todas ellas con armaduras completas.

Se acercó a una, no mucho mayor que ellos y la miró con detenimiento. Parecía de los Roca Negra por su piel grisácea, era alta, fuerte, y su cráneo, parcialmente destrozado, no podía ocultar que en algún momento anterior había sido bastante atractiva. Le apenó pensar en cómo la locura iniciada por Grito Infernal había sembrado de muerte este mundo, igual que lo había hecho con Pandaria u Orgrimmar. Comenzó a retirar la armadura al cuerpo; tenía algunos abollones, pero nada que no pudiera repararse con facilidad.

-¡Tronco! - Un grito desde el interior de un vagón volcado llamó su atención. Se apresuró a terminar de coger la armadura y meterla en el saco que había rapiñado. - ¡Nos ha tocado el gordo! ¡Esto le va a encantar a tu hermana!

Terminó de echar piezas al saco y corrió excitado a ver el descubrimiento. Dejó el fardo y trepó por los ejes hasta el interior del vagón. La luna llena iluminaba con su luz el interior, donde cientos de enormes y extrañas espadas relucían. Las examinó con detenimiento, y recordó las historias que conocía sobre los Clanes.

-¿Son hojas de los Filoardiente?- Preguntó, extrañado de hallarse frente a tan legendarias e icónicas armas.

-Sí, pero aún no tienen chispa. - Pan´Chok se rió ante su propio chiste. - Aunque no tengan magia, sigue siendo acero de primera. Le llevaré un par a tu hermana; tal vez después de eso empiece a gustarle.

Gromil decidió que no quería saber a qué se refería con "gustarle"; a veces la ignorancia era una opción saludable. Se apoyó en una caja y se izó hasta la compuerta del vagón. Sus ojos se abrieron como platos por el terror: ahora a la luz de la luna podía ver decenas, tal vez cientos de orcos que les rodeaban y avanzaban torpemente hacia ellos; algunos estaban cubiertos por parras, otros, aunque evidentemente no estaban vivos, no.

-¡Mierda! - Pan´Chok, que cargaba a la espalda los enormes espadones, sacó sus hachuelas.
-¿Son no-muertos?- Preguntó, desconcertado.

-Ni de coña, ¿ves las vides? - Señaló a uno cubierto por una parra.- Eso se adueña de los cuerpos como un parásito. Por eso quemamos a nuestros muertos. El magnarón debió liberar las esporas al morir.- Dicho esto, lanzó un grito de guerra brutal y se metió al combate con furia desenfrenada y psicótica mientras reía.

Está como una regadera, pensó Gromil, que bajó del vagón, recogió el saco y siguió a su amigo, repartiendo mazazos con la mano libre.

Las oleadas de infectados parecían no tener fin: luchaban mano con mano, clavaban puñales y aplastaban cráneos. Avanzaban penosamente, abrumados por los ataques incesantes que no dejaban de venir. No podían ver la ruta de escape; de hecho, ni tan siquiera podía ver a Pan´Chok, que acababa de ser arrojado al suelo por un par de monstruos vegetales.

Gromil avanzó con decisión, sus ojos comenzaron a brillar con intensidad y un tono azulado, la energía crepitaba a su alrededor. Entonces balanceó su maza con furia y golpeó. El estruendo fue ensordecedor; el impacto atronador creó una onda expansiva que avanzó, derribando a todos los engendros de las cercanías, mientras los rayos saltaban de una a otra criatura, destruyéndolas a su paso y abriendo un camino por el que retirarse.

No hizo falta decir nada. Los dos orcos echaron a correr por el pasillo que se había abierto y que se cerraba más y más a cada paso que daban. Un mazazo derribó a una de las criaturas que se interponían entre ellos y la libertad; una ágil patada de Pan´Chok lanzó contra la muchedumbre a otro más. Apenas unos pasos y podrían perderlos en la selva.

Un fuerte tirón del saco derribó a Gromil. Pan´Chok, que ya había logrado salir de la muchedumbre se había percatado, y trataba en balde de llegar hasta él. Todo parecía perdido; nunca regresarían con su hermana, que desarmada, probablemente moriría en esta selva igual que él. Iba morir, y lo único en lo que podía pensar era en su tío Eidorian, el elfo más bocazas de Azeroth, y cómo cada vez que volvía a rastras de la taberna, molido a palos, decía: "deberías ver al otro tipo". Frunció el ceño: si iba a morir, se llevaría a tantos como pudiera por delante.

Vació su mente y se olvidó del mundo a su alrededor; fluyó con las voces de la tierra y los espíritus, inhaló el aire cargado de humedad que presagiaba tormenta, y sintió el fuego de la furia crecer en su interior. 

La tierra tembló, y Gromil se levantó con una fuerza que nadie habría creído posible. Alzó el arma, y el trueno presagió la llegada de centenares de rayos que aterrizaban entre las filas de enemigos; la lluvia que los acompañaba infundía nuevas energías, tanto a él como a su compañero, que luchaba con más fiereza aun, totalmente desquiciado, riéndose jubiloso.

Golpeó el suelo con fuerza y el fuego manó, incinerando a los terribles zombies planta sin piedad ninguna. Un segundo golpe, y las entrañas de la tierra se abrieron para devorar a las temibles criaturas. 

Todo había terminado. Gromil jadeaba y miraba a todas partes, totalmente desorientado.
-¡Tronco, eso ha sido brutal! - Pan´Chok estaba exageradamente animado y contento.- Eres un tipo muy duro. No sabía que supieses hacer esas cosas.

-La cosa es que no sé... - Gromil observaba la destrucción a su alrededor, asustado por las exageradas consecuencias de su pérdida de control. Había sentido su poder crecer desde el momento en que llegó a Draenor, pero aquello había sobrepasado todo lo imaginable y lo había dejado exhausto.
 
-La verdad es que no me divertía tanto desde ni me acuerdo. - El Riecráneos palmeó el hombro del joven Lightningblade.

-¡Casi nos matan, estaríamos muertos de no ser por lo que quiera que me ha pasado! - Gromil protestó enfadado, más por no comprender que por la actitud de su compañero.
-¡Lo sé, por eso es tan genial! -Pan´Chok volvió a reírse, alegre.
Gromil no contestó y se limitó a caminar en dirección a la cueva. Tenía mucho en lo que pensar